Presunto estímulo: el fracaso anunciado del keynesianismo fiscal

Los mal llamados planes de estímulo  –como el PlanE de Zapatero –, empiezan a surgir efecto, dicen los políticos y algunos analistas con poca vista o, dicho de otro modo, vista muy corto plazo. En Estados Unidos, por ejemplo, el vicepresidente Biden se congratulaba hace un par de semanas de como el plan de gasto de la administración Obama había evitado la destrucción de 750.000 puestos de trabajo según previsiones del propio Gobierno. La jugada, como explica muy bien Greg Mankiw, es la siguiente: los gobiernos han elaborado predicciones en donde la economía se pegaba una buena leche – por aquello de ser finos –, pero la leche, aparentemente, era mucho peor sin el presunto estímulo. En este sentido, políticos a ambos lados del Atlántico se han expresado en la misma línea subrayando el hecho de que la tasa de destrucción de empleo estaba creciendo pero a ritmos mucho menores gracias al estímulo (sic).

Sin embargo, los diferentes planes de gasto y presunto estímulo de la economía puede que no sean la mejor respuesta a la difícil coyuntura a la que se enfrentan nuestras economías sino más bien lo contrario, unas medidas que nos acaben de empujar hacia un escenario recesivo en el medio/largo plazo similar al de “estanflación” que sufrieron el conjunto de economías occidentales a finales de los años setenta del siglo pasado.

Miopía en dos derivadas.

Primera derivada: como señala Mario Rizzo, los políticos están haciendo buena la falacia económica de causa falsa (o correlación coincidente), es decir, post hoc ergo propter hoc, esto es en su traducción al castellano: “después de esto, luego causa de esto”. Esta falacia asume que si un acontecimiento sucede después de otro, el segundo es consecuencia del primero. A todas luces, una falsedad ya que correlación nada tiene que ver con causalidad.

Segunda derivada: el economista francés Frédéric Bastiat publicó en 1839 el artículo Ce qu’on voit et ce qu’on ne voit pas (Lo que se ve y lo que no se ve), en el que enfatizaba el hecho de que muchos malos economistas se fijan solamente en los “efectos visibles” de cualquier política o intervención en la economía sin ser conscientes, muchas veces, de los perniciosos efectos, distorsiones y costes de dichas políticas. Para ejemplificar su argumentación, Bastiat se hacía servir de un cristal roto por una gamberrada en una panaderia. Aparentemente, a los ojos del economista necio, el hecho que se rompa un cristal es bueno porqué genera trabajo para el cristalero. Sin embargo, continua diciendo Bastiat, este hecho no genera riqueza alguna ya que el efecto se neutraliza con los ingresos que deja de percibir, por ejemplo, el sastre, que no puede hacerle un traje nuevo al panadero que se ha gastado sus ahorros en sustituir el cristal – Sala-i-Martín utiliza la misma falacia para rebatir, por ejemplo, los planes renove del sector automoción (ver La Vanguardia 17/08/09).

Apliquemos la sencilla idea de Bastiat al PlanE del Gobierno. Pensemos en un caso típico: el gobierno se endeuda para abrir una calle para volver a pavimentarla después. En este caso, el “efecto visible” son los puestos de trabajo de las personas que trabajan tres meses en dicha zanja. Bien. Sin embargo, lo que no se ve es la destrucción de actividad económica en otros sectores por el aumento de la carga fiscal que la partida de gasto de la zanja inevitablemente conlleva. En otras palabras, la financiación de dicha zanja absorbe recursos del sector privado – lo que en el ejemplo de Bastiat era el sastre –, via una subida futura en la presión fiscal destruyendo actividad económica potencial en otros sectores de la economía.

El resultado es muy desalentador: el Gobierno con dichas políticas de gasto está hipotencando al país con un endeudamiento innecesario, y retrasando el irremediable el ajuste que tiene que realizar nuestra economía. De esta forma, los presuntos estímulos no hacen más que postergar lo irremediable, esto es el necesario ajuste después de las distorsiones y excesos del pasado, y nos condenan a una recuperación en L. Eso sí, cada vez con la cola más larga.

El correcto análisis de cualquier política económica no únicamente exige el análisis del impacto de dichas políticas en el corto plazo, sino también sus efectos en el largo plazo; no únicamente hay que tener en cuenta lo efectos “visibles” de dichas políticas, sino también aquellas consecuencias, seguramente no previstas, que no se ven y que pueden resultar letales en un escenario ya de por sí que arroja muchas incertidumbres y tremendamente frágil. Ante todo, falla el diagnóstico de la situación.

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