Thomas Jefferson y los derechos individuales

En un agasajo a una comitiva de premios Nobel de visita en la Casa Blanca, el Presidente Kennedy dijo: “esta es la más extraordinaria colección de talento y sabiduría que jamás haya sido reunida en la Casa Blanca, con la posible excepción de cuando Thomas Jefferson cenaba aquí solo”.

Esta anécdota, recogida por Carlos Rodríguez Braun en su libro Panfletos Liberales (Madrid: LID, 2005), p. 305, ilustra la lucidez de un personaje que, con sus matices, ha transcendido a lo meramente patriótico o americano.

Thomas Jefferson fue el redactor de la Declaración de Independencia, primer secretario de Estado, segundo vicepresidente, y tercer Presidente de los Estados Unidos, fundador del partido democráta-republicano y de la Universidad de Virginia, pero también algo más. Fue el ideólogo de un nuevo modelo de sociedad universal: la sociedad del rule of law o imperio de la ley (más conocida por su mala traducción Estado de Derecho).

Jefferson resumió de forma clara y precisa las claves de una sociedad libre: los derechos son individuales, porque son inherentes a la propia naturaleza del hombre y provienen en última instancia de Dios, y por tanto preceden a cualquier forma de Estado. De entre estos, destacó tres: “life, liberty and property”. Más tarde, en sucesivas revisiones de la Declaración por parte del comité que tenía que elaborar el borrador del texto al Congreso continental (que incluyo personajes como Ben Franklin o John Adams), se sustituyó el derecho a la propiedad por el conocido “pursuit of hapiness”. Sobre esta base, Jefferson añadió que los Gobiernos se constituyen entre las gentes precisamente para asegurar, garantizar y proteger esos derechos. Cito textualmente:

We hold these truths to be self evident: that all man are created equal; that they are endowed by their Creator with certain inalienable rights; that among these are life, liberty, and the pursuit of happiness; that to secure these rights, governments are instituted among men, deriving their just Powers for the consent of the governed; that whenever any form of government becomes destructive to these ends, it is the right of the people to alter or to abolish it, and to institute new government, laying its foundation on such principles, and organizing its powers in such form, as to them shall seem most likely to effect their safety and happiness.

A DECLARATION BY THE REPRESENTATIVES OF THE UNITED STATES OF AMERICA, IN GENERAL CONGRESS ASSEMBLED. JULY 4, 1776.

¿Por qué hablo de todo esto? Mañana se celebra una consulta popular al margen de las instituciones para preguntar a los ciudadanos de 166 municipios catalanes si están o no a favor de que la nación catalana se convierta en un Estado de derecho independiente, democrático y social. Dejando al margen cuestiones prácticas y jurídicas, conviene recordar las lecciones de Jefferson para comprobar como, en efecto, desde un punto de vista estrictamente liberal, sólo los individuos son objeto de derechos. En este sentido, la consulta puede ser criticada y uno podra estar a favor o en contra, pero es dificilmente condenable desde un punto de vista puramente liberal.

La unidad de España es defendible sólo con los mismos argumentos que esgrimen los mismos nacionalistas catalanes con respecto a la independencia de Cataluña (y hablo en líneas generales, ya que hay mucha gente que defiende la independencia de Cataluña sin ser nacionalista): tan nacionalista es imponer la unidad de España aunque hipotéticamente los ciudadanos de una región quieran independizarse, que hablar, por ejemplo, dels “Països Catalans”. Para los días de disparates que nos esperan, es fundamental reconocer que tan nacionalistas son unos (Españolistas favorables al uso de la fuerza para asegurar la unidad de España), como los otros (nacionalistas catalanes que quieran imponer un modelo de sociedad en Catalunya).

La Constitución es la que es, y se ha de cumplir y modificar a partir de los procedimientos que legalmente estan previstos. Pero consultar al pueblo su opinión nunca puede ser el incumpliento de ninguna ley porque no tiene sentido. Cada día, de una forma u otra, mostramos nuestra aprovación o rechazo con respecto las leyes que nos aplican y esto no significa incumplirlas: nos podemos quejar en contra la Ley antitabaco, por ejemplo, sin necesidad de incumplirla.

Por último, me permito una sugerencia para preparar con criterio el debate al respecto que nos espera. Se trata del interesante libro de Thomas diLorenzo, El verdadero Lincoln (Madrid: Unión Editorial, 2008). Su lectura no deja indiferente, y desmitifica muchos falsos mitos. Fernando Díaz Villanueva, escritor y periodista, hace una excelente glosa en su blog.

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