Estrechamente relacionado con el nuevo reparto del poder económico, está la reordenación del poder político. Con la caída del Muro de Berlín y la derrota del comunismo, muchos fueron los que se unieron a las tesis triunfalistas del fin de la historia de Francis Fukuyama: la democracia liberal había ganado la batalla y los años que estaban por venir serían de hegemonía occidental debído, principalmente, a la falta de alternativas viables. Sin embargo, el declive de Estados Unidos (que ya se encargó de señalar a finales de los ochenta Paul Kennedy en su libro The Rise and Fall of Great Powers; y que desarrollaría más adelante otro profesor de Harvard, Niall Ferguson en su libro Colossus: The Rise and Fall of American Empire), y una clara lógica demográfica favorable a las naciones asiáticas – principalmente China e India –, han puesto en entredicho la, hasta ahora, pax americana, y las instituciones supranacionales y su configuración vuelven a estar en crisis (si es que algún día no lo estuvieron).

Todavía estamos lejos de ver como queda configurado el escenario político mundial. Sin embargo, parece lógico que la relación China-Estados Unidos – el ya conocido como G2 –, irá ganando relevancia en la toma de decisiones globales, con Rusia, India, Brasil, Japón y, probablemente Irán, como eventuales potencias secundarias que también querrán luchar por sus intereses nacionales. En paralelo, la Unión (de Estados) Europea se va configurando como un segundo occidente, sobretodo a raíz de la articulación del Tratado de Lisboa, y como el principal aliado de Estados Unidos. Más o menos aliado según el momento. Como señala el sinólogo Martin Jacques, esta reordenación promete ser convulsa, y es que la carrera por el reparto del pastel ya esta en marcha.

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