Notas sobre la década (3): Guerra y terrorismo global

Por desgracia, durante estos últimos años, pocas cosas han copado tanto los medios como la guerra contra el terrorismo islámico. Entramos en el siglo XXI con un gran estruendo: los ataques terroristas del 11S en Nueva York (sin ignorar otros tristes episodios similares en Londres, Madrid o Bali). La primera respuesta fue la fuerza: cuatro semanas después de los ataques de 11S, Estados Unidos bombardeaba Afganistán donde se suponía tenía su base militar Osama Bin Laden, número uno de la red terrorista islámica de Al Qaeda y autor ideológico de los ataques. El régimen talibán, producto directo de los muyahidines organizados por Pakistán y la CIA para combatir la extinta Unión Soviética, fue derrocado por Estados Unidos que instauró un régimen previsional presidido por Hamid Karzai.

La otra gran reacción a los ataques terroristas del 11S fue la guerra contra el régimen de Sadam Hussein, del que se decía poseía armas de destrucción masiva y suponía una amenaza para la región – aunque nada tenía que ver con Al Qaeda y el terrorismo islámico. Entre ambas contiendas, y teniendo en cuenta las sucesivas invasiones, han involucrado de manera directa e indirecta a 35 naciones y más de medio millón de militares. Pese a los esfuerzos, los resultados de ambas contiendas dista mucho de ser óptima. Principalmente, porque Al Qaeda es una red desorganizada, donde las diferentes cédulas cuentan con una mínima infraestructura sin que exista una estratégia u organización clara. En otras palabras, la lucha contra el terrorismo islámico es como la lucha contra un fantasma. En cualquier caso, ambas regiones siguen inestables pese al importantísimo coste económico y humano.

Así pues, la solución tenía que venir por otras vías. En 2001, Joseph Nye Jr., a la sazón subsecretario de Estado del gobierno de George Bush, señaló que el poder no sólo se ejerce desde el mando militar sino que se trata de algo mucho más complejo. Nye acuñó el concepto de soft power. Desde 2008, con la presidencia histórica de Barack Obama, Estados Unidos parecen haber rescatado este concepto para hacer frente al avispero en el que se ha convertido tanto Afganistán (que ya lo era), como Iraq. De esta forma, la administración Obama, con Hillary Clinton a la cabeza, ha iniciado procesos de diálogo con potencias no amigas. Diálogo, por el momento, poco fructífero.

El fundamentalismo islámico es uno de los grandes focos de conflicto en el mundo y se trata, ante todo, de un movimiento de marcado acento socialista. En efecto, el islamismo radical impide que estos países prosperen al mantener un férreo control de la sociedad en base a estamentos y regimenes autárquicos, parecidos a los de la negra Edad Media en Europa, que los mantiene al margen de las dinámicas creadoras de riqueza de la economía global. Para las próximas décadas, el reto de occidente ha de ser el de favorecer la integración de estos países en lo que venimos llamando comúnmente como globalización. Sin duda un gran reto, aunque existen algunos brotes verdes y motivos para ser optimistas. Y es que, como señala Vali Nasr en Forces of Fortune, el capitalismo también se esta abriendo camino en Oriente Medio.

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