El riesgo país de la economía española (El Economista)

El pasado jueves la bolsa española vivió su episodio más negro de los últimos 15 meses al caer un 6%. El mercado no discriminó y bajaron todos los valores. La jornada reflejó las expectativas del mercado con respecto al conjunto de la economía española, cuya política económica ha perdido toda credibilidad. Los bandazos de Rodríguez Zapatero en temas puntales como la reforma laboral o de las pensiones, sus políticas keynesianas de gasto público y su falta de determinación y objetivos claros en el largo plazo han agotado la paciencia de los inversores que ven con recelo las perspectivas económicas de España. Como resumía de forma irónica el mismo jueves desde la Bolsa de Madrid Lorenzo Bernaldo de Quirós, “España S.A. esta en grave riesgo de quiebra”.

¿Qué ha pasado? En España, la crisis financiera mundial ha sido, en opinión de este analista, un asunto menor en comparación con la crisis de modelo económico. En efecto, sin necesidad de las subprime, España ahora también estaría afrontando una etapa de severo ajuste al no haber afrontado con determinación, y en su momento, las importantes reformas estructurales que necesita nuestra economía para adaptar el marco institucional, que determina el crecimiento económico de una economía en el largo plazo, al nuevo entorno económico y competitivo que nos rodea.

Este retraso viene siendo denunciado de forma sistemática por algunos pocos economistas que han alertado sobre la continuada pérdida de competitividad reflejada, sobretodo, en nuestro abultado déficit comercial. Sin embargo, esta pérdida de competitividad no ha sido atajada a tiempo en parte por la burbuja en el sector de la construcción y las beneficiosas condiciones que nos ha reportado ser miembros de la Unión Monetaria.

Esta semana, España se ha enfrentado a  una crisis presupuestaria de caballo. En suma, las políticas económicas de aumento del gasto público para atajar la actual crisis ya no resultan creíbles. Este gasto público, con el consiguiente debilitamiento de las finanzas públicas, ha servido entre otras cosas para repavimentar aceras y ajardinar avenidas. Además, dichas políticas han sido erráticas y con altas dosis de improvisación. Sin objetivos claros en el largo plazo, y si algo teme el dinero, esto es la incertidumbre. Por si esto no fuese suficiente, España cuenta con un enorme pasivo bancario derivado del endeudamiento hipotecario generado durante la etapa expansiva. Hoy, pese a que el riesgo de quiebra sigue siendo muy limitado – algunos analistas han estimado la probabilidad en un 6% –, los inversores han reflejado una importante pérdida de confianza en España y su deuda soberana.

Esto no es nuevo, y viene cociéndose a fuego lento pese a los oídos sordos de del gobierno. Nouriel Roubini en Davos ya alertó sobre la importante amenaza que suponía España para la UE y califico el posible escenario como “desastroso”. El mismo Paul Krugman, invitado en su día por el Presidente Zapatero, subrayaba estas mismas tesis llegando afirmar que España presentaba un cuadro macroeconómico más preocupante que el de Portugal o Grecia. Martin Wolf o Martin Feldstein también se manifestaron en su día en esta misma línea.

De esta forma, España se une a la cola de países por los que ha planeado el fantasma del default. Irlanda, Hungría, Letonia, o más recientemente Grecia, por poner algunos ejemplos, han seguido patrones similares y han tenido que diseñar importantes planes de consolidación fiscal para transmitir credibilidad al mercado con respecto a sus cuentas públicas. Dichos países han tenido que afrontar reducciones drásticas del gasto público para así lograr el deseado ajuste interno de los salarios con la consiguiente mejora de competitividad. El caso de Grecia esta siendo especialmente doloroso. Yorgos Papandreu ya ha congelado el sueldo a 700.000 funcionarios públicos y ha afrontado importantes (e impopulares) reformas en el terreno de las pensiones y el sector sanitario. Todo ello bajo la atenta mirada de la Comisión Europea, que ya ha pedido el compromiso de Atenas para reducir su déficit público del 13,7% actual a niveles cercanos al 3% en 2012. Para España, cabe esperar un camino similar.

Llegados a este punto, y para que nuestra deuda soberana no siga su particular  descenso en los ratings internacionales, no nos podemos permitir más salidas en falso. España únicamente recuperará la senda del crecimiento sostenido con importantes reformas estructurales que permitan depurar los excesos y errores del pasado, y una drástica reducción del gasto público que devuelva la credibilidad a los mercados. Pero para eso hace falta determinación, valentía y alguna tarde más de economía.

El riesgo país de la economía española

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