La sobrevaloración del consenso

La semana pasada, en el Parlamento, el debate entre Rodríguez Zapatero y Rajoy se centro en la necesidad de llegar a un acuerdo sobre las medidas adoptar para afrontar la crisis. Esa misma semana, la Corona había hecho un llamamiento a las fuerzas políticas en esa línea que había sido recogida con mucha habilidad por la bandada socialista, con Leire Pajín a la cabeza. También por Duran-Lleida, uno de los que sale reforzado tras el debate. De esta forma, Zapatero constituía una Comisión para analizar las medidas para abordar la crisis y llegar a un consenso con el tándem SalgadoSebastián a la cabeza.

Sin embargo, el toque de atención que nos dieron los mercados a principios de febrero (ver El riesgo país de la economía española) no fue, precisamente, por falta de consenso, diálogo o talante, que dice nuestro Presidente, sino por una falta de proyecto. La obsesión por adoptar un consenso, que ha llegado ya al debate de las pensiones (basta ver los periódicos de hoy), es pensarse que el consenso es la solución. Y eso es falso. España es un enfermo que necesita cuidados intensivos. Y el alcohol normalmente escuece. Si el consenso ha de servir para postergar lo inevitable, esto es las reformas que tenemos pendientes, lo único para lo que servirá es para edulcorar lo que queda de legislatura a Zapatero, pero para nada más.

Ahora necesitamos liderazgo y propuestas resolutivas encaminadas a cortar la hemorragia de gasto público y empezar las reformas estructurales que necesita nuestra economía con carácter de urgencia (laboral, pensiones, educación, fiscal, administrativa). Sin duda, el temporal es mala época para hacer reformas, pero ese es el coste que hay que asumir cuando uno gobierna el país en base a los índices de popularidad y no marcando una agenda con los asuntos que realmente importan, aunque sean costosos políticamente en el corto plazo.

Al igual que un capitán de barco no somete a votación sus decisiones en medio de la tempestad, la cobardía de Zapatero no puede camuflarse con un falso consenso con políticas aguadas. Además, eso es justo lo que no necesitamos: más bandazos y más políticas erráticas que no son ni blanco ni negro. La semana pasada, Antonio Maqueda en el editorial de elEconomista, señalaba como Napoleón cuando no le interesaba aprobar una ley constituía una comisión. Señor Presidente: tiene mayoría en el Congreso y margen para gobernar de manera resolutiva. Tome decisiones sin miedo y gobierne. Si algo no nos gusta ya se lo diremos en las urnas.

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