Desequilibrios

No hace mucho, decíamos que si una palabra podía definir la economía mundial de la última década, esta era burbuja (ver Post). Por su parte, si alguna palabra puede describir la economía de España en la actualidad, esa es, sin duda, la palabra desequilibrio. Por un lado están los graves desequilibrios acumulados durante la fase expansiva de los que en otra ocasión ya hemos hablado in extenso: concentración excesiva de recursos en el sector inmobiliario, un elevado endeudamiento de empresas y familias y unos riesgos potenciales – muchos ya materializados – para la competitividad como consecuencia de una década de aumentos de costes y precios superiores a los de la Unión Monetaria. Del mismo modo, la desproporcionada destrucción de empleo durante la fase recesiva a puesto de relieve las deficiencias institucionales de nuestro mercado de trabajo, con un grave impacto sobre el tejido empresarial fuertemente dañado con numerosas quiebras, y la respuesta de falso estímulo fiscal no ha hecho otra cosa que debilitar las finanzas públicas con grandes desequilibrios de déficit y deuda. De esta forma podemos estar seguros de que sí no se emprenden las reformas profundas y de calado que necesita nuestra economía estará seguirá en un largo letargo de débil crecimiento y nula creación de empleo con el negativo impacto que esto tiene sobre la sostenibilidad futura de las finanzas públicas, el sistema financiero y, en general, nuestro nivel de bienestar.

La persistencia en el error

Una de las grandes cuestiones de la presente crisis es la de porqué políticos de todos los partidos parecen hacer oídos sordos a las recomendaciones de los economistas que, en la mayoría de casos, alcanzan amplios consensos sobre gran variedad de temas. En este sentido, parece que los nubarrones en Grecia no desaparecen, principalmente por la falta de determinación política a la hora de emprender reformas estructurales profundas, mientras en España no nos queramos dar cuenta de la gravedad de la situación y sigamos perdiendo un valioso tiempo para empezar a enderezar nuestra débil posición financiera.

Desde Bruselas se ha exigido a Grecia una reducción del déficit en 9 puntos porcentuales de aquí a 2013, objetivo que, sin duda, implica medidas drásticas para la economía helena que parece no estar muy por la labor. Es por eso, que economistas como Martin Feldstein, profesor de Harvard y antiguo asesor de Ronald Reagan quién ya advirtió sobre las debilidades del Euro hace dos décadas, ha señalado que este objetivo es poco menos que una fantasía. Este es también el diagnostico de Lorenzo Bernaldo de Quirós, quién hace una semana que alertaba en ABC sobre la falta de medidas profundas en la economía de Grecia para afrontar la importante crisis presupuestaria a la que se enfrenta y como, sin dichas medidas (que incluían fuertes liberalizaciones en los mercados) sería imposible cumplir con el plan marcado desde la Comisión Europea. En efecto, sí Grecia no emprende de forma inmediata una radical liberalización y privatización de los mercados y una drástica reducción del gasto público corre graves riesgos de caer en default o incluso de ser expulsada del Euro lo que sería dramático para su economía como ya hemos señalado desde esta tribuna.

Sin embargo, la difícil coyuntura de la economía griega no parece que este apremiando a nuestro Gobierno a la hora de tomar medidas concretas que alivien de forma efectiva el déficit público y las reformas necesarias para reactivar la economía real. Estamos perdiendo un valioso tiempo a la hora de enderezar los graves problemas coyunturales (déficit y paro), y estructurales (reforma laboral, principalmente) que debilitan nuestra posición financiera en el corto plazo y la solvencia futura de la economía en el largo plazo. Y es que, únicamente cuando se recorte de forma drástica los gastos de las administraciones públicas y se liberalicen los mercados, principalmente el laboral, con todo lo que ello supone, España podrá empezar a pensar en clave de recuperación. Lo demás son sólo palabras vacías.

En este escenario, la única excepción a la norma parece ser Irlanda en donde sí se están afrontando importantes planes de contención fiscal al tiempo que se han bajado impuestos y se han liberalizado mercados para facilitar el ajuste y la absorción de los distorsionadores efectos de la burbuja inmobiliaria. Esperemos, por el bien de la economía y de la finanzas públicas del Reino, que nuestros políticos tomen nota y empiecen a ser resolutivos cuanto antes. Como dice en estos casos mi buen amigo Emili Masferrer recordando las palabras de Maquiavelo: “las batallas no se evitan, sólo se posponen y siempre en contra tuya”.

Einstein

No pretendamos que las cosas cambien si siempre hacemos lo mismo. La crisis es la mejor bendición que puede sucederle a personas y países porque la crisis trae progresos. La creatividad nace de la angustía como el día nace de la noche oscura. En la crisis nacen la inventiva, los descubrimientos y las grandes estrategias. Quien supera la crisis se supera a sí mismo sin quedar “superado”. Quien atribuye a la crisis sus fracasos y penurias violenta su propio talento y respeta más a los problemas que a las soluciones. La verdadera crisis es la crisis de la incompetencia. El inconveniente de las personas y los países es la pereza para encontrar salidas y soluciones. Sin crisis no hay desafíos, sin desafíos la vida es una rutina, una lenta agonía. Sin crisis no hay méritos. Es en la crisis donde aflora lo mejor de cada uno, porque sin crisis todo viento es caricia. Hablar de crisis es promoverla, y callar en la crisis es exaltar el conformismo. En vez de esto trabajaremos duro. Acabemos de una vez con la única crisis amenzadora que es la tragedia de no querer luchar por superarla.

Albert Einstein

La importancia de hacer los deberes

En 1999, España entraba por la puerta grande en el Euro. Los planes de contención fiscal, junto con un amplio abanico de reformas estructurales – liberalización de mercados y privatizaciones de empresas públicas –, permitieron a España cumplir con los criterios de convergencia de Maastricht. De esta forma, España se integraba en la Unión Monetaria beneficiándose de una reducción del riesgo de inflación y de un tipo de interés bajo. Sin embargo, esta situación ha actuado de placebo en cuanto a reformas estructurales se refiere: nos hemos dormido en los laureles. En efecto, las excelentes condiciones crediticias durante los últimos diez años han hecho que no hayamos emprendido las reformas estructurales necesarias que nos hubieran permitido crecer sin acumular los enormes desequilibrios que arrastramos de la etapa expansiva (pérdida de competitividad, déficit comercial, burbuja inmobiliaria). Ahora, estos desequilibrios se han convertido en un talón de Aquiles que debilita nuestra posición financiera en el corto plazo y nuestro potencial de crecimiento en el largo plazo. Para superar esta situación sólo cabe coraje y valentía a la hora de tomar decisiones y repartir el esfuerzo que hemos de hacer todos en conjunto para ajustar a la baja nuestra riqueza y nivel de vida. En otras palabras, nos hacen falta políticos a los que no les de miedo perder votos. Y una lección: el crecimiento basado en dinero barato o en estímulos fiscales de gasto público es pan para hoy y hambre para mañana.

La unión monetaria post-crisis

Después de la crisis presupuestaria y de deuda de la economía Griega, muchos se preguntan ahora sobre la vigencia del marco de nuestra unión monetaria. Algunos incluso han llegado a plantear la creación de un fondo monetario europeo para capear escenarios como el que ahora se cierne sobre la economía helena. Sin embargo, no todas las iniciativas que se escuchan estos días suponen pasos en la buena dirección.

En primer lugar, es importante recordar que el Euro es una unión monetaria, no política. Esta unión supone la aceptación de dos principios fundamentales. Por un lado, la cesión hacia el Banco Central Europeo de la política monetaria. Y por otro lado, una política fiscal responsable que no pudiese dañar la credibilidad de la divisa común y afectar a los distintos miembros. Es decir, los diferentes Estados mantienen la soberanía sobre su política fiscal, manteniendo un compromiso de disciplina y responsabilidad presupuestaria marcado por el Pacto de Estabilidad y Crecimiento. En resumen, el objetivo del Pacto de Estabilidad es establecer un marco normativo, un límite, que impida la generación de déficit y deudas excesivas:  3%  de déficit; y un máximo de un 60%  de deuda.

Este modelo parece que ha funcionado bastante bien durante estos últimos años (con alguna crisis menor), y ha ayudado a la convergencia a los estados miembros que han adoptado dicha disciplina en sus cuentas públicas. Sin embargo, la crisis ha servido de excusa perfecta para que los diferentes países se embarcaran en macro proyectos de presunto estímulo que lejos de reanimar la economía sólo han conseguido postergar el irremediable ajuste debilitando en sobremanera las finanzas públicas. De esta forma, la disciplina fiscal que estableció el Pacto de Estabilidad, que a la postre tenía como objetivo motivar reformas estructurales a la hora de dinamizar las diferentes economías al limitar el margen de actuación del gasto público, se ha imcumplido de forma sistemática desde el comienzo de la crisis. En efecto, los gobiernos han vuelto a tirar del recurso “fácil” del endeudamiento excesivo y el déficit para afrontar la crisis minimizando los costes políticos.

Por añaduría, muchos de los estados miembros, por ejemplo Grecia o,  en menor medida España, no cuentan con un marco institucional que permita confiar en una correcta recuperación de la economía real. En otras palabras, estas economías no transmitan a los mercados suficiente solvencia de cara al futuro por la falta de credibilidad de sus políticas económicas y de reformas. De esta forma, la crisis financiera se convierte en crisis de deuda entrando en un círculo vicioso del que es difícil salir sin un importante plan de contención fiscal.

¿Quiere decir esto que el Pacto de Estabilidad haya fracasado? Pues en principio no, pero no se le puede juzgar porque dicho pacto no se ah cumplido. En efecto,  se ha incumplido de forma sistemática desde el inicio de la crisis. Y es que no sólo los gobiernos han incumplido su compromiso de disciplina fiscal, sino que parte de este sobre endeudamiento de algunos estados miembros se ha monetizado de forma tácita con las políticas monetarias extremadamente expansivas del BCE. La no monetarización de la deuda pública por parte del sistema financiero es de un criterio básico para garantizar la credibilidad del instituto emisor en su compromiso de estabilizar los precios y con respecto a la efectiva limitación del binomio déficit/deuda a todos los miembros de la unión monetaria. Esta práctica, aunque en teoría ha sido respetada, la política monetaria extremadamente expansiva ha hecho que se haya visto debilitada, y gran parte del endeudamiento de los estados miembros ha sido absorbido por el sistema financiero que ha utilizado esta liquidez para adquirir deuda pública.

Es por eso, que la creación de un supuesto fondo de rescate no haría sino aumentar el riesgo moral (moral hazard) de los diferentes Estados, que verían en dicho fondo la vía de escape a su irresponsabilidad fiscal. Como señalaba Lorenzo Bernaldo de Quirós en ElEconomista, sería premiar a los irresponsables y castigar a los prudentes.

Cabe una reflexión final. La presente coyuntura ha puesto de manifiesto ciertas debilidades con respecto a los criterios de convergencia. De alguna manera, la arquitectura institucional del Euro es manifiestamente mejorable, probablemente con unos criterios de convergencia más profundos que a la larga corrijan las importantes disparidades de carácter institucional que existen entre los diferentes estados miembros y que en situaciones extremas se pueden convertir en un problema serio.

Las crisis, en todos los ámbitos de la vida, son exámenes que nos ayudan a detectar problemas y salir reforzados. Esta crisis no ha de ser una excepción, y nos ha de servir como la excusa perfecta para mirarnos al espejo y ponernos al día en temas de política económica y mejora de nuestro marco institucional, incluida también la revisión de la unión monetaria que tan buenos resultados nos ha dado en el pasado y que sin duda es un activo a favor más de cara a superar el actual periodo recesivo.

Martí Saballs: “Llegiu història i no us enamoreu”.

Si això fos un diari i jo un redactor, aquest seria el titular resum del sopar del Cercle Jefferson amb Martí Saballs, sotsdirector de Expansión, el principal diari econòmic del país, i autor del llibre Historias de un corresponsal económico. Saballs és un periodista econòmic experimentat amb una dilatada trajectòria al Grupo Recoletos on ha treballat per diverses de les seves capçaleres tant a Espanya com a l’estranger.

El primer missatge de Saballs va ser el de llegir història. “Tanta com pugueu”, ens va insistir. Si alguna cosa hem d’aprendre d’aquesta crisi és que el fil conductor dels cicles econòmics és repeteix i continuarà repetint en el futur: el deute. Des de els temps on la família Rothschild controlava el món de les finances internacionals, fins la crisi de les subprime, el leitmotiv de totes les crisi ha estat el deute. L’excés d’apalancament. L’eufòria, l’excés de confiança, els animal spirits, en terminologia keynesiana, l’enamorament, en paraules del propi Saballs, a propiciat al llarg de la història períodes d’endeutament excessiu, auspiciats per un sistema financer que pa, allò que en diem estirar més el braç que la màniga, el que a la llarga ha portat també a períodes recurrents on aquest excès és té que corregir (cícles econòmics).

Saballs va fer menció expressa a Niall Ferguson, conegut d’aquest blog, historiador de la Universitat de Harvard, i un dels ponents més cotitzats avui en dia precisament per això, per el seu coneixement en la historia monetària i financera que és, al final, un dels factors més decisius que determina tota la resta (veure La importancia del dinero).

Durant el debat també van sorgir altres temes com quin paper té que tindre la premsa en una societat lliure i oberta, quins són els reptes que afronta amb els nous mitjans que surten a Internet, al independència dels mitjans, o el tema sobre la importància de les reformes estructurals de les que tothom en parla. Saballs va emfatitzar el fet de que ell es periodista no economista, i va valorar el fet de que moltes d’aquestes son més de sentit comú que no pas una qüestió de partits o ideològica. En aquest sentit, Martí Saballs va parlar de la importancia de reduir la despesa pública, una reforma laboral que permeti la creació de nous llocs de treball, o una millora substancial de la eficiència del conjunts de administracions públiques (estatal, autonòmiques, locals). Es temps per la feina ben feta i l’austeritat.

Martí, gràcies i fins la propera.

La reforma laboral y su urgencia

Hace unas semanas, el Gobernador del Banco de España, Miguel Ángel Fernández Ordoñez, volvía a incidir en las dos principales prioridades de nuestra economía en cuanto a política económica se refiere: (i) la consolidación fiscal para atajar el déficit público (ya se habla de algunas propuestas: recorte del gasto público o la polémica revisión del Pacto de Toledo); y (ii) la reforma laboral para corregir los problemas estructurales de la economía española a la hora de generar y destruir empleo. De las dos, hoy quiero hablar de la segunda.

Una reforma laboral profunda es condición imprescindible, aunque no suficiente, para que la economía española vuelva a empezar una etapa de crecimiento sostenido. Esta reforma es necesaria por tres razones fundamentales. Primero, para reducir las desorbitadas cifras de paro que sufre nuestra economía. Segundo, para que el sistema bancario no se vea tensionado, todavía más, debido al presunto aumento de la morosidad resultado de las abultadas cifras de desempleo. Finalmente, la reforma laboral es también un elemento imprescindible dentro del plan de consolidación fiscal y que este pueda ser ejecutado con éxito.  Si no conseguimos atajar el problema del paro, las cuentas públicas se debilitarían por dos vías: por un lado por el aumento del gasto en prestaciones sociales, ya desorbitado; y por otro lado, por una disminución de los ingresos, porque estos millones de parados apenas aportan ingresos a las arcas públicas.

Dinamizar la economía pasa, inevitablemente, por corregir los desequilibrios acumulados durante la etapa expansiva, esto es, una pérdida sostenida de competitividad, un abultado déficit comercial y un sobredimensionamiento de muchos sectores (principalmente el sector de la construcción). Por eso, resulta imprescindible dar más flexibilidad al mercado laboral a la hora de fijar salarios y condiciones laborales para así mejorar la competitividad dentro de la unión monetaria donde ya no cabe la devaluación. De esta forma se podrán ajustar los diferentes sectores y reubicar los recursos productivos hacía aquellos sectores que sean más competitivos.

La lista de medidas correctoras a incluir en la reforma laboral es muy larga pero destacan dos de fundamentales: establecer una modalidad de contrato indefinido que no disuada a los empresarios a contratar de forma indefinida, y descentralizar la negociación colectiva. En primer lugar, parece obvio que hay que mirar de facilitar el ajuste de plantilla aquellos trabajadores con contrato indefinido de manera que no sea disuasorio para el empresario generar empleo. En segundo lugar, y quizás el aspecto más relevante de la reforma laboral, sindicatos y patronales – sí, patronales también, ya que nadie quiere tener el conflicto laboral en la puerta de su empresa  –, tienen que dejar más margen de libertad y actuación a empresarios y trabajadores para que estos fijen libremente las condiciones de trabajo que mejor atiendan a sus intereses. En otras palabras, es necesario descentralizar la negociación de las condiciones laborales a la realidad particular de cada empresa.

Este punto es fundamental porque de él depende en buena medida que la economía española pueda transicionar hacía un modelo productivo de más valor añadido. Lo que denominamos “modelo productivo” es, en palabras del propio MAFO, el resultado de los rasgos estructurales e institucionales, yo subrayó institucionales, de una economía (ver Economía Sostenible). El modelo que tenemos es inseparable de nuestro marco institucional y, si queremos que nuestra economía avance hacía un marco basado en sectores de mayor productividad,  resulta imprescindible dotar a nuestro marco laboral de la flexibilidad necesaria para realizar esta reasignación.

En suma, si bien la reforma de nuestro mercado de trabajo no es condición suficiente, es condición completamente imprescindible para que nuestra economía se ajuste y pueda mejorar su competitividad y empezar a salir de la difícil coyuntura en la que se encuentra en la actualidad.