En diciembre de 2001 estalló la más grave crisis financiera que ha asolado Argentina en toda su historia. Después de una crisis financiera en 1995, Argentina se enfrento al llamado “corralito”, que supuso el cierre al acceso de los ciudadanos a sus depósitos bancarios. Luego vino la expropiación con una triplicación de la tasa de inflación y una rebaja, de más de la mitad, en el valor en dólares de sus depósitos. De esta forma, los argentinos veían como su nivel de riqueza se reducía de forma dramática en un abrir y cerrar de ojos. En paralelo, la deuda soberana de Argentina cayó en default convirtiéndose en la mayor suspensión de pagos de la historia y condenando la frágil economía argentina a contraerse más de un 10% en 2002. Como suele pasar en estos episodios, la crisis financiera y presupuestaria argentina fue atribuida al neoliberalismo rampante del presidente a la sazón Carlos Menem. Sin embargo, como señala Carlos Rodriguez Braun, el liberal de Menem (sic) estableció una política económica con un profundo acento intervencionista: aumento de los impuestos, aumento del gasto público y aumento del endeudamiento público. Los tres a la vez. Todo lo anterior era incompatible con el tipo de cambio establecido con el dólar de un peso argentino igual a un dólar. Los mercados financieros no son tontos y no tardaron en descubrir el pufo devolviendo a la realidad las fantasiosas políticas intervencionistas de Menem y ajustando de forma drástica la economía Argentina. Convendría recordarlo.

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