En tiempo de descuento

El alargamiento innecesario de la crisis, principalmente por la inoperancia del gobierno (no hemos hecho nada), esta añadiendo tensiones a nuestro maltrecho sistema financiero hasta límites insospechables hace tan sólo un año. De todos es sabido que bancos y cajas han financiado nuestra particular burbuja inmobiliaria. Este boom, además, ha sido financiado por fondos del extranjeros (ya que aquí no ahorramos nada), y a unos precios elevadamente altos a personas cuya solvencia ahora esta en entredicho. No son deudores Ninja pero casi. Y lo peor es que nuestros deficitarias instituciones laborales dificulta, aún más, la solvencia de estos deudores.

De un tiempo a esta parte, nuestra nación ha perdido credibilidad en los mercados financieros a marchas forzadas. En los próximos meses, son muchas las entidades financieras que tendran que hacer frente a importantes pagos a prestamistas extranjeros que nos dieron dinero para comprarnos casas (Alemania, Japón o China). Ahora toca devolver esos préstamos. En la actual coyuntura se sitúa la llamada guerra por el pasivo: bancos y cajas, sobretodo las pequeñas, están peleando fuertemente por captar liquidez de familias y empresas para poder pagar sus deudas, visto que los mercados internacionales están más duros que nunca. En paralelo, el gobierno se lo sigue mirando desde la barrera como si el asunto no fuera con él. El gasto sigue descontrolado: se ha desviado al alza en el último trimestre justo cuando estamos lanzando mensajes a los mercados en sentido opuesto. Además, el gobierno sigue sin ofrecer perspectivas creíbles de que la situación se pueda revertir en el medio y largo plazo.

Estamos en una dinámica autodestructiva con pintas de acabar en tragedia griega si nadie lo remedia. Para romper este círculo vicioso las reformas estructurales resultan imprescindibles. La recuperación de las exportaciones – principalmente a Alemania y Estados Unidos -, es manifiestamente insuficiente para generar empleo. El problema del recorte del gasto público exige también un cambio drástico de tendencia. Y no se trata sólo de amortizar algunos cientos de altos puestos en la Administración, se trata de cambiar el rol del Estado en muchos aspectos y reformar verdaderamente nuestro ineficiente sector público redimensionándolo a la baja. Inclusive, seguramente, una reforma de nuestra carta magna que permita la competencia entre regiones.

Necesitamos afrontar sin demora la dualidad existente en nuestro mercado de trabajo que condena a la mayoría de nuestros jóvenes al paro o a la precariedad laboral, con muy pocas posibilidades de formarse y desarrollar una carrera profesional. Necesitamos mejorar la flexibilidad y capacidad de ajuste al ciclo económico de nuestras empresas, sobretodo de las PYMES, para que puedan afrontar la crisis sin tener que recurrir al despido masivo. Y sobretodo, descentralizar nuestro modelo de negociación colectiva por uno que permita un mejor encaje de necesidades entre empresario y trabajador. En suma, necesitamos ganar competitividad lo que aliviaría las tensiones acumuladas durante la burbuja en nuestro sistema financiero, facilitaría el desapalancamiento de familias y empresas, y permitiría equilibrar con más facilidad las cuentas públicas de la nación. Todavía es posible ganar el partido a la crisis, pero conviene tener presente que estamos en tiempo de descuento.

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