La crisis japonesa (II)

Primera salida en falso: estímulo monetario

Llegados a este punto, empiezan a sucederse los errores de política económica. Errores que, como siempre pasa,  fruto de un mal diagnóstico de la situación y de los orígenes de la misma. Al igual que con las subprime, la respuesta a la crisis del gobierno japonés se baso en una visión neoclásica de la crisis cuya explicación responde básicamente a una caída en la demanda agregada que ha de ser suplida o estimulada de forma artificial por nuevos estímulos crediticios, o agotado el estímulo monetario – “trampa de la liquidez” en terminología keynesiana –, en base a estímulos fiscales (esto es, sustitución del apalancamiento privado por apalancamiento público.

Por el contrario, y como hemos explicado en repetidas ocasiones desde esta tribuna, las crisis financieras tienen su origen precisamente en una “mala” política monetaria que tiende a expandir el crédito de forma casi ilimitada sin la necesidad de captar ahorro genuino con carácter previo. Esto sólo es posible por la existencia de graves errores de diseño institucional de los mercados financiero y bancarios que permiten está emisión de crédito con una base casi irrisoria de ahorro lo que sirve de base a la aparición de burbujas especulativas en base a “easy money” que distorsionan de forma grave la estructura de precios relativos de la economía, induciendo al error masivo a familias y empresas que tienden a sobre endeudarse para emprender proyectos empresariales no rentables. Más tarde o más temprano, cuando el instituto emisor se ve obligado a contraer la masa monetaria, o aminorar su expansión, revelándose insostenible el proceso de expansión crediticia, todas estas malas inversiones y errores empresariales tiene que depurarse inevitablemente en dolorosos periodos recesivos y de ajuste a los que llamamos crisis económicas.

Así pues, el primer gran error consistió en establecer una política monetaria decididamente expansiva. En efecto, a partir de 1990, y como reacción al pinchazo de la burbuja inmobiliaria, el Banco de Japón emprendió una agresiva política monetaria expansiva situando los tipos de interés del 6% en 1990, a tan sólo 0,5% en 1995. Sin embargo, este nuevo bálsamo de liquidez resulto contraproducente y ahora veremos porqué. Hemos señalado como durante la década de los ochenta, familias y empresas se habían embarcado en proyectos de inversión no rentables arrastrados por la fiebre de la burbuja inmobiliaria. Dichas inversiones se habían convertido en errores empresariales cuyas pérdidas empezaban aflorar en 1990, cuando el sector de la construcción empezaba a dar signos de agotamiento y los precios de la vivienda empezaban a caer. En suma, las pérdidas empresariales en una economía capitalista es la señal inequívoca que identifica las inversiones no rentables. La expansión crediticia camufla estas pérdidas empresariales dando lugar al sobre dimensionamiento de determinados sectores, por ejemplo la construcción. Cuando el estímulo crediticio desaparece afloran las pérdidas en aquellos sectores distorsionados por la burbuja de forma inexorable y de manera brusca debido, como hemos visto, al dirigismo en política monetaria del instituto emisor.

El corolario de todo lo anterior es claro: es necesario depurar los excesos del pasado (promociones inmobiliarias de más, subidas de salarios por encima de la productividad, etc.) permitiendo la necesaria catarsis de los procesos de mercado. Sin embargo, el Gobierno, con el estímulo crediticio paralizó este proceso de catarsis, por otro lado inevitable en el largo plazo, camuflando de nuevo estas malas inversiones y postergando la recuperación en una primera fase.

De esta forma, aunque el pinchazo de la burbuja lo podemos situar a mediados de 1990 (esto es, la caída en los precios de la vivienda), la crisis financiera no empieza hasta 1995. La crisis financiera hace referencia al proceso de quiebras generalizadas en el sistema financiero cuando las entidades acumulan en sus balances créditos respaldados por activos cuyo valor esta inflado por la burbuja, y que con el pinchazo se vuelven ilíquidos (también llamados “tóxicos”). Así pues, no es hasta agosto de 1995 cuando quiebra la primera entidad financiera japonesa: el Hyogo Bank, un banco regional de la región de Kobe que presenta en sus cuentas créditos impagados por valor de 6.500 millones de USD. En 1996 quebrarán dos bancos más. Sin embargo, no será hasta 1997 cuando quiebre una entidad financiera de primer orden, la Nissan Mutual Life Insurance Corporation uno de los mayores grupos aseguradores del país: 38.000 millones de créditos en default. Esta lenta agonía de procesos de quiebras de entidades financieras se alargará hasta finales de 1999 y acumulará unas pérdidas totales de 65.000 millones de USD para el conjunto del sistema financiero.

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