La crisis japonesa (III)

Segunda salida en falso: estímulo fiscal (primera parte)

Esta lenta agonía de sucesivas quiebras de entidades financieras, pese al fuerte bálsamo de liquidez genero una fuerte desconfianza entre los agentes económicos. Esta desconfianza se tradujo de forma directa en un incremento sustancial de la tasa de ahorro por parte de familias y empresas. El desapalancamiento privado, por otro lado tan lógico como necesario, se tradujo en una dramática caída en el consumo. Partiendo del mismo diagnóstico erróneo en clave neoclásica, el gobierno japonés emprendió un decidió plan de expansión fiscal visto que el estímulo crediticio no reactivaba la economía nipona, y que el consumo aceleraba su caída. Dicho plan, obstaculizo de nuevo el necesario ajuste en la economía, provocó un efecto expulsión entre los agentes económicos, y debilitó enormemente las finanzas de la nación.

En efecto, al ver que el estímulo monetario no surgía efecto sobre la economía, el Gobierno japonés acudió a la política fiscal como rezan los cánones de corte keynesiano-intervencionista para mirar de reactivar la maltrecha economía nipona. Esta decidida política fiscal expansiva se basaba principalmente en una fuerte inversión en infraestructuras y gasto público, así como en bajadas impositivas. El resultado no podía ser otro que el desequilibrio de las cuentas públicas: Japón pasó de un superávit de 2,9% en 1991 a un déficit del 4,3% en 1996. No en vano, Japón creció en 1996 un 5,1% pero era un crecimiento con pies de barro, insostenible, ineficiente, y que además estaba acrecentando las distorsiones en una economía ya distorsionada por los efectos de una burbuja especulativa y anestesiada por una política monetaria tremendamente laxa. Todo lo anterior, retrasó de forma dramática la depuración de malas inversiones condenando a Japón al letargo económico.

Los errores en materia económica no acaban aquí. El crecimiento de 1996 (fruto del estímulo fiscal), la consiguiente ligera subida en la tasa de inflación, y el histórico respeto por el equilibrio presupuestario de la economía nipona, hicieron que el gobierno japonés invirtiera el sentido de la política fiscal de forma drástica en tan sólo un año. De la noche a la mañana se redujo el gasto público en 80.000 millones de USD, se aumentaron los impuestos sobre la renta, sobre el consumo y las cotizaciones sociales de las empresas. Esta inversión en el signo de las políticas fiscales coincidió con la crisis financiera que asoló el sudeste asiático (1997-1998), uno de los principales destinos de las exportaciones japonesas. La suma de ambos factores devolvió a la economía japonesa a un escenario recesivo: el PIB creció un 1,4% en 1997 y volvió a tasas negativas en 1998 (-2,0%). Este complicado cuadro macroeconómico se vio agravado por una ligera tendencia deflacionista, que obstaculizaba el uso de nuevos estímulos monetarios dejando como única alternativa, según el prisma neoclásico-keynesiano, un nuevo estímulo fiscal. Por tercera vez, la incomprensión de la situación económica y la naturaleza de la crisis, provoco nuevos y graves errores de política económica que volvieron a retrasar el ajuste alargando nuevamente la recesión económica.

Tercera  salida en falso: estímulo fiscal (segunda parte)

En efecto, viendo que la economía nipona se volvía a contraer, el Gobierno volvió a invertir el signo de su política fiscal esta vez de manera definitiva: el nuevo estímulo fiscal de 1998 incluye medidas expansivas por valor 1,8 billones de USD (más de tres veces el PIB de España en aquel entonces). Las medidas se concentraron en tres ámbitos: aumento del gasto público y transferencias a las familias (450.000 millones de USD), saneamiento del sector financiero (780.000 millones de USD; lo que hoy llamamos FROB), transferencias a países del sudeste asiático (27.000 USD). Este nuevo paquete de medidas de corte keynesiano supuso una nueva patada en los riñones, y ya van tres, a la distorsionada y convulsa economía japonesa que era de nuevo asolada por una inyección de liquidez basada en el endeudamiento masivo del Estado que lejos de suponer una saluda a la crisis, hipotecaba por tercera vez su recuperación futura.

En efecto, los estímulos artificiales de corte intervencionista – monetarios o fiscales –, a una economía cuya estructura económica ha sido distorsionada por una burbuja especulativa sólo servirán para postergar lo inevitable bloqueando los procesos de mercado que sirven para liquidar las malas inversiones como paso previo a sentar de nuevo una base sólida en la que reemprender la senda del crecimiento sostenido. Por añaduría, el conjunto de despropósitos en materia de política económica del gobierno japonés ralentizó aún más el consumo provocando de nuevo un efecto expulsión entre los agentes económicos sentenciando a la economía japonesa a un circulo vicioso de estancamiento económico deflación que ha llegado a nuestros días veinte años después del estallido de la burbuja.

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