La crisis japonesa (y IV): conclusiones

De la crisis de la economía japonesa se desprenden diversas conclusiones y mensajes que conviene recordar, sobretodo teniendo en cuenta nuestra particular coyuntura económica. Primero, la crisis financiera de Japón, como tantas otras en el trascurso de las últimas tres décadas, pone de relieve la falta de consistencia teórica de la ortodoxia económica – dominada por el paradigma neoclásico –, para explicar de forma completa los ciclos económicos. El dominio de las tesis neoclásicas en casi la totalidad del globo a la hora de afrontar crisis financieras es como mínimo insatisfactorio. Al contrario de lo que normalmente reza la vulgata popular, la inherente inestabilidad de nuestros sistemas financieros, proclives a un comportamiento maníaco-depresivo – parafraseando al profesor Huerta de Soto –, no responde a una falta de regulación del sistema capitalista sino precisamente a la intervención Estatal en su libre funcionamiento.

En efecto, nuestra mal llamada economía capitalista no es más que una modelo de economía mixta en la que en promedio el gasto público sigue representando cerca del 50 por cien del producto interior bruto. Por añaduría, nuestros sistemas financieros adolecen de graves errores de diseño institucional principalmente por la intervención Estatal en los mercados financieros y la violación sistemática de los principios tradicionales del derecho privado. En este sentido, nuestras economías se asemejan más a un capitalismo de Estado en donde la oferta monetaria no viene fijada por el ahorro voluntario genuino (criterio de mercado) de los agentes económicos sino por un órgano de planificación central, o Banco central, presuntamente omnisciente capaz de determinar la oferta monetaria necesaria en cada momento (criterio político).

Si se tiene claro el primer punto, y se comprende como la emisión de crédito sin respaldo de ahorro sirve de base para la generación de burbujas especulativas que a la postre distorsionan la estructura productiva de las economías provocando sucesivos ciclos de auge y contracción, la segunda lección clave a remarcar es que una vez este proceso ha tenido lugar, el ajuste es inevitable. En otras palabras: una vez nos hemos bebido cinco copas, la resaca es inevitable. Si a las seis de la mañana, cuando aparecen los primeros síntomas de la resaca, nos bebemos una última copa, quizás aliviaremos los síntomas una hora más, pero no nos salvaremos de la resaca que seguramente será peor cuando llegue definitivamente. Conviene tener muy claro este aspecto fundamental en cualquier crisis financiera porque cualquier intento de postergar lo inevitable – vía estímulos fiscales o bien monetarios –, sólo acrecentará las distorsiones acumuladas durante la etapa de la burbuja postergando lo inevitable y condenando a la economía a un largo letargo económico de lenta agonía (como precisamente hemos visto explicando el ejemplo de Japón).

Este último punto, a su vez, nos tiene que poner sobre la pista de que podemos hacer para hacer que dicho ajuste, que hemos señalado como es inevitable, se produzca con la mayor celeridad posible. En este sentido, ante una economía azotada por una burbuja especulativa sólo cabe una liberalización de los mercados para facilitar la rápida recolocación de los factores productivos, políticas que no penalicen el ahorro para recapitalizar la economía, y bajadas de impuestos que liberen renta disponible para facilitar el desapalancamiento financiero acumulado por familias y empresas. Dichas políticas tienen que ir acompañadas del consiguiente ajuste del gasto público para evitar desequilibrios presupuestarios que pudieran desembocar en crisis presupuestarias que pudiesen poner en peligro la recuperación (como ha pasado recientemente en España).

Todo lo anterior, tiene que ser afrontado de forma valiente y drástica para evitar repuntes excesivos en la tasa de paro (que subirá durante el ajuste o recesión mientras se depuran las malas inversiones y surgen las nuevas), que pudiesen tensionar aún más el sistema financiero en cuyos balances siempre se acumula la inflación de los activos provocada por la borrachera de crédito, y manteniendo controlado el equilibrio presupuestario (cuyo desequilibrio también añadiría tensiones añadidas al sistema financiero). Sólo así la estructura de precios relativos puede corregirse desvelándose de nuevo cuáles son las inversiones son realmente rentables y cuáles eran rentables sólo por los efectos de la burbuja generando de nuevo una base sólida en la que se pueda apoyar una nueva etapa de crecimiento sostenido.

Sin embargo, en el caso de Japón, como también en la actualidad con la crisis de las subprime, la mayoría de los gobiernos occidentales, una vez formada la burbuja, en vez de dejar actuar al mercado para que depurase los errores del pasado – en cuyo caso la evidencia empírica demuestra como el sistema capitalista supera las crisis con inusitada rapidez –, se llevaron a cabo una serie de sucesivas intervenciones monetarias y fiscales que entorpecieron el ajuste de la economía condenándola a un largo letargo económico con el consiguiente coste social y económico. De esta forma, todas las teorías sobre la refundación del capitalismo o los presuntos “fallos de mercado”, no son más que palabras huecas que carecen de sentido cuando uno ha comprendido los perniciosos efectos de la creación de base monetaria sin respaldo de ahorro real en un sistema de planificación financiera que se sitúa en el extremo opuesto de cómo debiera ser un sistema financiero en una sociedad verdaderamente capitalista (pero eso ya es otro asunto).

2 Responses to La crisis japonesa (y IV): conclusiones

  1. Jose Miguel says:

    Me ha gustado mucho la explicación de la crisis japonesa, sin embargo, no creo que sirva como patrón universal para tratar la crisis actual que esta aconteciendo en Europa y USA. Las conclusiones que sacas son erróneas.
    Se esta demostrando que las políticas de contracción de gasto publico, bajadas de impuestos, etc parece que no bastan por si solas para salir de la crisis. Tienes como ejemplo a UK o Irlanda.

  2. Mi jefe me comento acerca esta pagina. Ciertamente esta bien hecha.

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