¿Gastar o no gastar? Esa es la cuestión

De un tiempo a esta parte, hemos asistido como en el centro del debate económico se situaba (de nuevo) la idoneidad o no de los diferentes (mal llamados) estímulos fiscales: lo que parecía el remedio a la crisis parece que hoy se haya convertido en parte de la enfermedad. Se trata de un debate académico con importantísimas implicaciones políticas.

Por un lado, la administración Obama – con un estímulo fiscal de 863 billones de dólares –, defiende las políticas de corte keynesiano y de abultado déficit para preveer, sostiene, una recesión aún mayor. Sin embargo, esta postura se ha defendido en días recientes con la boca pequeña. Ben Bernanke, por ejemplo, presidente de la Fed, sostenía que la economía de los EE.UU. necesitaba todavía de un estímulo fiscal, pero que este tenía que venir acompañado de un plan creíble para reducir futuros déficits en el medio plazo. En el otro lado del debate, se sostiene que atajar de forma drástica el déficit público es ahora la gran prioridad para evitar así males mayores en el futuro como subidas adicionales en los tipos de interés o incrementos en la presión fiscal.

Existe una postura híbrida, como la que sostenía Olivier Blanchard hace unas semanas en elEconomista, en donde el dilema que planteamos se resuelve en base a la realidad de cada país. En suma, el FMI esta defendiendo la paulatina corrección de los estímulos fiscales. La velocidad con la que estos estímulos se han de ir retirando dependerá de la credibilidad de cada una de las economías, y el crédito que tengan en los mercados internacionales. En cualquier caso, la corrección del déficit y las reformas estructurales, son dos condiciones sine qua non para la recuperación sólida y sostenida de las diferentes economías como han señalado los principales organismos internacionales.

En Europa, la mayoría de los países con desequilibrios en sus cuentas públicas han emprendido la segunda vía aunque haya sido por motivos diferentes. En el caso de Grecia y España, por citar los dos ejemplos más mediáticos, el recorte del gasto público como prioridad sobre cualquier otro asunto en materia económica ha venido motivado principalmente por la presión de los mercados financieros y organismos internacionales como el FMI. En el caso de Alemania o el Reino Unido, el plan de austeridad por encima de la recuperación en el corto plazo responde a una decisión interna de las administraciones locales: Merkel, firme defensora de la disciplina en las cuentas públicas, y la nueva administración Cameron/Clegg respectivamente. Por añadiría, y a diferencia de su homologo en Estados Unidos, Jean Claude Trichet, presidente del BCE, ha sostenido públicamente que es un error pensar que los planes de austeridad suponen una amenaza para el crecimiento y la creación de empleo.

En esta misma línea, en un artículo reciente, también en elEconomista, el profesor de Harvard Alberto Alesina, defendía estas mismas tesis resumiendo diversos estudios empíricos que muestran como los países que atajan el gasto público crecen (estudio al que esta semana hacía referencia el Wall Street Journal en una de sus editoriales). En su estudio, que incluía 91 planes de estímulo en 21 economías desarrollados entre 1970 y 2007, Alesina concluía que las bajadas impositivas eran más favorables al crecimiento económico que no el aumento del gasto público.

Volvemos al debate económico de los años 30. Por aquel entonces, el economista Británico John Maynard Keynes dominó el debate intelectual con sus propuestas de gasto público, intervención de los mercados y aumento del sector público como vías para salir de la crisis. Sin embargo, como se han demostrado numerosos economistas y la propia evidencia empírica, intentar hacer crecer una economía en base al gasto público es como un hombre con los pies en un cubo tratando de levantarse tirando del asa (Winston Churchill dixit; ver post sobre la Gran Depresión). El debate persiste por los matices: no es lo mismo un ajuste fiscal en época de bonanza que durante una recesión. En efecto, el análisis desvela como el multiplicador keynesiano – este que dice que un euro de gasto público aumenta el crecimiento en ese euro y algo más –, es mayor durante los periodos recesivos. No mucho mayor. Y en cualquier caso, negativo (ver los estudios realizados por Robert Barro en esta materia).

¿Por qué el gasto público dificulta el crecimiento? Porque el gasto público es ineficiente. Porque distorsiona, aún más, el tejido productivo de la economía. Porque aumenta el tamaño del Estado. Porque provoca un efecto expulsión y dificulta la inversión privada, así como disuade al consumo a los agentes económicos que anticipan subidas de impuestos en el futuro. En la actual situación parece que se esta cumpliendo la teoría que hemos expuesto. Cristina Romer, asesora principal de Obama en asuntos económicos pronosticaba en Enero de 2009 que sin el soporte del Gobierno la tasa de paro llegaría al 9% pero que con el estímulo esta se podría contener en el 8%. Hoy la tasa de paro en Estados Unidos se sitúa en el 9,5% con el sobre coste del déficit y el endeudamiento (ver Costes del presunto estímulo y Presunto estímulo).

No deja de ser curioso el hecho de que la misma Cristina Romer, antes de incorporarse a la administración, en un estudio con su marido, el también economista David Romer, para la Universidad de Berkeley, sostenía que los recortes impositivos tenían mayores y mejores efectos sobre la economía mientras que las subidas de impuestos, siempre y en cualquier ocasión, entorpecen el crecimiento económico y la creación de empleo. Por añaduría, Carmen Reinhart, competente economista de la Universidad de Maryland, sostiene que nuevos estímulos fiscales podrían ser aún más contraproducentes en el actual contexto de elevado endeudamiento, al incrementar entre los agentes económicos el descuento de subidas impositivas futuras, como ya esta ocurriendo.

En suma, volvemos al eterno debate sobre el rol del gasto público como remedio a una depresión económica. Sin embargo, lo que puede parecer un “remedio” resulta que no es más que parte de la propia enfermedad. El gasto público, y como hemos experimentado con toda su crudeza en el caso de España, sólo sirve de bálsamo pasajero, que distorsiona aún más las economías afectadas por una burbuja y debilita las finanzas públicas de la nación con las implicaciones que esto conlleva a nivel de credibilidad y confianza del Gobierno y sus derivadas con el riesgo país que hemos tratado en esta misma tribuna con anterioridad. Es hora de disciplinar el gasto con urgencia, al tiempo que emprendemos reformas liberalizadoras en los mercados que ayuden de forma efectiva a que la economía se regenere y pueda reprender la senda del crecimiento sobre bases sólidas.

2 Responses to ¿Gastar o no gastar? Esa es la cuestión

  1. Juan says:

    Estoy de acuerdo con el análisis del marco de politca económica y de las recomendaciones en cuanto a disciplina en la reducción del deficit y de la fiscalidad, apoyando un proceso de reestructuración, impulso y de generación de nuevas inicitivas en el tejido empresarial. Además de contar con un sistema monetario sólido que sirva de base para un sistema financiero que responda a las necesidades del sistema de pagos y cobros, la aportación de credito circulante y de recursos para inversión en base al ahorro generado

  2. Padrino says:

    Este análisis me parece muy adecuado, y la calidad de los comentarios sobre las medidas y las citas son muy buenas, en ese contexto el artículo es sobresaliente.

    En ese mismo orden de cosas, el artículo es muy didáctico, que entiendo es lo que pretendías, y dejas abiertas una serie de preguntas que den que pensar al lector, ahora me faltan tus conclusiones, que supongo las tienes, y que implican mojarse, yo tengo las mías y Juan tiene las suyas, pero ¿cuales son las tuyas?…

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