La crisis financiera global, si alguna cosa ha puesto de manifiesto es la debilidad de la arquitectura financiera mundial, poblada de entes y organismo regulatorios que no han podido pasar de ser observadores de lujo del crac bursátil y de cómo el sistema llegaba al borde del colapso. Dentro del entramado regulatorio de los mercados financieros destaca el Banco de Pagos Internacionales (BIS en sus siglas en inglés) con sede en la localidad suiza de Basilea, organismo internacional  cuyo objeto principal es fomentar la cooperación entre los diferentes bancos centrales estableciendo pautas normativas comunes para la coordinación del sistema financiero internacional. En efecto, el BIS emite de forma periódica informes y recomendaciones comunes a todos los bancos centrales, con el objetivo de que estos los implementen en sus áreas de influencias.

Fruto de la presente crisis financiera, el BIS ha elaborado un nuevo marco de recomendaciones que se ha venido a llamar Basilea III. No ataca los fundamentos del sistema, pero si que establece directrices y recomendaciones que van en la dirección adecuada. La recomendación más importante de Basilea III es elevar el llamado “core capital” (capital básico) de un mínimo del 2% vigente a un 4,5%. El BIS define el ‘capital básico’ como la cifra de capital en su sentido clásico: esto es, el capital subscrito por los accionistas más las reservas o beneficios retenidos de ejercicios posteriores, más primas por ampliaciones de capital. De esta manera, el ratio de capital básico será el resultado de dividir los activos del banco ponderados según si riesgo partido capital más reservas.

¿Por qué no lo llamamos simplemente capital? Porqué la ‘calidad’ del capital de alguna manera no es homogénea. La sofisticación financiera de los últimos años, ha obligado a incluir distintas definiciones de capital según su calidad (eufemismo para reflejar instrumentos de financiación híbridos, que sin ser considerados capital, presentan alguna característica similar al concepto clásico de capital comúnmente aceptado). De esta forma, aparece el ratio Tier I (capital de primer nivel), que incluye el core capital  más las acciones o participaciones preferentes.

Las acciones preferentes (participaciones en el caso de las cajas de ahorros) son un híbrido entre acciones y bonos: obligan al emisor a pagar un dividendo fijo, siempre que haya beneficios (en esto, son como un bono); pero no hay obligación de pagarlo si no hay beneficios y, a veces, tampoco hay que devolver el principal, aunque son transferibles (en esto, son como una acción). A efectos de regulación bancaria, computan como capital para el cálculo del Tier I, aunque queda claro que si bien el Tier I siempre será superior al ‘core capital’ recoge capital que podríamos decir presenta una peor ‘calidad’.

Los bancos han emitido bastantes acciones preferentes, ya que permiten captar dinero más fácilmente que con las acciones ordinarias (ampliaciones de capital), te cuenta como capital, y con ello cumples con el regulador bancario y, sobre todo, la bolsa no te penaliza, pues no has aumentado el números de acciones y, por tanto, la rentabilidad del inversor no se verá penalizada. En suma, se trata de una alternativa válida para levantar financiación, aumentar la rentabilidad del accionista y cumplir con el regulador. En otras palabras, los híbridos generalmente sirven a la entidad emisora como una manera de aumentar la rentabilidad sin que parezca que se aumenta el riesgo. Este invento es de origen estadounidense, donde se usa mucho y desde hace muchos años. En España, los bancos lo empezaron a usar hace sólo unos 10 años, pero en esta década han sido asiduos emisores (especialmente las cajas).

No hemos de subestimar la innovación financiera, sino todo lo contrario: esta es una piedra angular para la economía y para que esta siga innovando. Sin embargo, es importante llamar a las cosas por su nombre y ser prudente a la hora de analizar el capital de una entidad financiera, ya que llegado el caso, es decir, cuando arremete la crisis (como la actual), y se descubren malas inversiones, lo único que nos servirá para mantener nuestra solvencia será el capital desembolsado por los socios y los beneficios no distribuidos, todo lo demás tiende a fallar (por su propia naturaleza cíclica) cuando todo falla.

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