La insurrección del mundo árabe (2): detonantes y causas coyunturales

A parte de las causas históricas y políticas, causas estructurales de las insurrecciones en el mundo árabe, existen también, como en cualquier revolución de estas características, elementos coyunturales y detonantes que han propiciado las revueltas que sacuden desde principios de año el conjunto del mundo árabe con más o menos intensidad.

El 28 de junio de 1914 una banda de nacionalistas serbios asesinaba al archiduque Francisco Fernando de Austria, candidato al trono de la corono austro-húngara, y a su esposa. En un principio pareció una trifulca más de las existentes en la región por aquél entonces. Semanas después, Europa entera estaba en guerra. Lo local desemboco en lo global. De una forma más o menos análoga, el 17 de diciembre Mohamed Buazizi, un vendedor ambulante tunecino, se auto-inmolaba en señal de protesta por la confiscación de su licencia de venta ambulante por parte de la policía del régimen del Rais Ben Alí (Buazizi fallecía en el hospital a principios de enero como consecuencia de las quemaduras). Este es considerado como el principal factor detonante de las revueltas que se han sucedido desde principios de año en el Norte de África y Oriente Medio.

Otro detonante, o mejor dicho: un facilitador del detonante han sido las redes sociales. En efecto, las actuales revueltas no se comprenden sin el papel que han jugado las redes sociales, Facebook y Twitter principalmente, a la hora de canalizar las revueltas y hacer que el malestar latente en la región eclosionara de la forma en que lo ha hecho. Los regímenes de la zona, como el de Ben Alí y familia en Túnez, habían impuesto una fuerte represión social que disuadía cualquier acto de protesta por miedo a fuertes represalias. Sin embargo, la existencia de estas redes sociales ha permitido franquear el muro del miedo al permitir la comunicación y canalizar el descontento de manera que la gente sabía de antemano las protestas y no se exponía al riesgo de protestar solos y sufrir la represión del sistema. Se trata de un papel fundamental que permitió canalizar las protestas al saber el día y la hora de las mismas envalentonando a la población en su conjunto.

Hasta aquí algunos de los detonantes, pero también hay otros factores menores que juntos han desembocado en la oleada de furia que se ha desatado en todo el mundo Árabe de Marruecos a Yemen. La principal de estas: la precaria situación económica de la región. Estos países tienen un grueso enorme de población joven con unas estratosféricas cifras de desempleo. Estas economías no sólo han aplicado las políticas económicas propias del socialismo más rancio, sino que han instaurado regímenes autocráticos en donde los mejores puestos se reparten entre los miembros del clan familiar o de los “amigos” del régimen. En definitiva, se trata de regímenes corruptos y poco transparentes y un caldo de cultivo perfecto para generar frustración y tensiones sociales. Aquí es justo señalar las diferencias: no es lo mismo el Egipto de Mubarack, país relativamente próspero en comparación con otros, como tampoco tiene el mismo talante el Rey Hussein de Jordania que Mohammed VI de Marruecos. Aunque existen características comunes en la región propias de sistemas institucionales muy precarios.

Esta situación, ya de por sí dramática, se ha visto agravada desde 2008 con la crisis financiera en las economías desarrolladas. En primer lugar, Europa se ha blindado, aún más, a los flujos migratorios condenando a los jóvenes a convivir en estos regímenes con pocas o nulas posibilidades de prosperar. Del mismo modo, la crisis ha supuesto una fuerte contracción en el envío de remesas hacia estos países, así como la pérdida de muchos empleos en estos países lo que en muchos casos se ha traducido en flujos de trabajadores que han regresado para engrosar las filas de paro en estos países. Por añaduría, los ingresos por el turismo también se han contraído por la crisis, y los precios de los hidrocarburos, en caso de los países exportadores de petróleo, se disminuyeron de forma dramática (los precios han vuelto a subir después de la crisis en Libia) reduciendo los ingresos de estos países.

Finalmente, y por si todo lo anterior no fuese suficiente para generar un clima de elevada tensión y conflictividad social, algunos analistas han señalado causas climáticas que hubiesen podido agravar, aún más, la situación. En efecto, el año pasado Rusia fue azotada por una gravísima ola de calor que provocó diversos incendios, y los peores de su historia. Este hecho malogró un tercio de la cosecha de trigo y Moscú tuvo que suspender sus exportaciones de cereal con la consiguiente subida en los precios de los alimentos. Primero los cereales, pero a partir de diciembre de 2010 el encarecimiento paulatino de otros: pan, leche, carne, pollo…  El mayor incremento registrado desde 1990. En economías poco desarrolladas o emergentes, como las de Oriente Medio, hasta dos tercias partes de la renta disponible se destina a la compra de alimentos y productos básicos lo que hace que estas economías estén altamente expuestas – sean muy sensibles – a hipotéticas subidas en los precios de los alimentos. Así, las protestas por el encarecimiento de la vida también fueron en aumento.

Todo lo anterior, más las causas de carácter estructural, históricas y políticas que resumíamos el otro día, han convertido a la región en una zona fuertemente inestable. En el futuro hemos de esperar que la región pueda encontrar la paz a través de regímenes democráticos, más transparentes y más tolerantes, aunque todavía está por ver si las revueltas habrán servido para aquello tan antiguo de salir de las brasas para caer en el fuego… Esperemos que no.

La insurrección del mundo árabe (1): causas estructurales

Las sucesivas insurrecciones (revueltas de diferente intensidad) que hemos vivido en el mundo árabe (Oriente Medio y Norte África) desde principios de año han cogido con el paso cambiado a todos los gobiernos y analistas occidentales en la zona. En efecto, nadie hubiera predicho un grado de malestar lo suficientemente alto como para hacer caer los gobiernos de Túnez, Egipto y Libia y amenazar al resto de regímenes de la región. Se trata de una zona de vital importancia por su valor geopolítico (control de los recursos naturales). Existen diversas causas algunas de carácter más estructural (causas históricas y políticas) y otras más relacionadas con la coyuntura económica actual que conviene tener en cuenta a la hora de entender las dinámicas que han tenido lugar y hacerse una idea de lo que podemos esperar próximamente y poder evaluar con criterio el sentido, o no, de una hipotética intervención militar en la región.

Antes de entrar propiamente con las causas de carácter estructural que pudieran haber motivado la revuelta, resulta pertinente hacer algunos comentarios generales de carácter previo. Primero, hay que recordar que nada, o muy poco, tiene que ver Marruecos con Egipto, lo mismo entre Libia con Yemen por poner dos ejemplos. Aclaro esto, porqué resulta muy impreciso hacer referencia al “mundo árabe”, y es preciso realizar un análisis minucioso de cada país, del mismo modo que es tremendamente impreciso el termino de cristiandad. La histórica nomenclatura de la marina británica que dividió oriente en tres: oriente próximo, oriente medio y extremo oriente resulta hoy obsoleta (y no deja de ser un signo más que evidencia la poca solidez de las fronteras establecidas en la región basadas principalmente en los antiguos regímenes coloniales), y más aún cuando tratamos esta gran región como un todo. Parag Khanna – uno de los muchos expertos en geopolítica y estudios internacionales que fue incapaz de predecir lo más mínimo las revueltas pese haber visitado la zona en in situ diversas veces y haberse entrevistado con los diferentes líderes de la región – enfatiza está idea hablando del Magreb como un “cinturón roto” en su libro El segundo mundo, y en todo caso, ha sido con la globalización, y el auge de flujos comerciales en la zona las que pueden haber iniciado la reintegración de la región.

Un segundo apunte previo imprescindible es resumir el contexto histórico de la zona. Desde la implosión del imperio Otomano y la Primera Guerra mundial que occidente ha tenido dos prioridades diplomáticas principales en la zona: asegurar el suministro de hidrocarburos, y garantizar un hogar seguro para los judíos. Después del drama del Holocausto, la creación del estado de Israel (en 1948) coincidió con la liberalización de muchos países de los antiguos regímenes colonialistas y la instauración de gobiernos anti-sionistas (esto es, contrarios a la existencia de Israel). Algunos de estos gobiernos fueron de corte militar nacionalista (Egipto y Yemen) y otros dictaduras socialistas (también llamado socialismo árabe, si es que esta expresión tiene algún sentido) en Irak, Siria, Libia y Argelia.

Tras varias guerras perdidas contra el estado de Israel (la última en 1973 que propició la primera gran crisis del petróleo), Egipto y Jordania firmaron sendos armisticios con el estado judío y a alinearse con Estados Unidos que en paralelo, desde el final de la Segunda Guerra Mundial – y en el contexto de la guerra fría –, había estado buscando la complicidad de todas las petro-monarquías de la península arábiga así como Líbano, Túnez y Marruecos. De esta forma se sellaba una especie de pacto entre el los aliados y los países de oriente medio que no tendrían ningún problema sino amenazaban la estabilidad del suministro energético ni la seguridad del Estado de Israel.

Así se establecía un nuevo status quo en la región en donde bajo el pretexto de la lucha anti-imperialista o la caza de comunistas (este pretexto también se dio en Eurasia en dónde Estados Unidos llegó a financiar a los Talibanes para frenar el avance hacia el oeste de la Unión Soviética; ver La Guerra de Charlie Wilson con guión del siempre sugerente Aaron Sorkin) en estos países se establecieron duras dictaduras de partido único y de marcado acento represor lideradas por déspotas: Muamar al Gadafi, Sadam Hussein, o Al Assad entre otros. Dictaduras, que a pesar de no respetar los derechos humanos más básicos, garantizaban la estabilidad en los precios del petróleo sin amenazar la existencia de Israel. El coste de este status quo recayó sobre el pueblo árabe que se vio condenado a convivir con estos regímenes mientras en el resto del mundo la democracia parecía avanzar de forma imparable.

En la década de los 70s, desaparecieron las dictaduras de España, Portugal y Grecia. En 1983, en Turquía. Tras la caída del muro de Berlín en 1989, se derrumbaba el telón de acero y con él el colapso del “socialismo real” dando paso a nuevas democracias en Europa del Este y Europa continental. En américa latina, en la década de los 90s caían diferentes dictaduras militares. Sin embargo, y pese a la proximidad con la demócrata Europa, el mundo árabe quedo al margen de todas estas olas democratizadoras dejando a oriente medio en un estado de glaciación autocrática, parafraseando a Ignacio Ramonet.

En este escenario de estancamiento social y político, y también como han señalado varios analistas con independencia de su signo político, nos encontramos que las voces críticas se concentran en el único sitio en el que uno se puede reunir sin problemas: la mezquita. Y en torno al único libro no censurable: el Corán. De esta forma, las diferentes corrientes que integran la rama violenta (fundamentalista si utilizamos el término más eufemístico) del islam se han ido fortaleciendo (de alguna manera, y salvando todas las distancias, pasa como el comunismo en tiempos de franco que concentro y capitalizó todas las fuerzas contrarias al régimen de Franco).

Así se fueron fortaleciendo los islamismos con la complicidad de Estados Unidos que veía en esta tendencia una forma de mantener sumisos (significado de la palabra Islam) a las naciones árabes. El máximo exponente de esta dinámica lo encontramos en Arabia Saudí en dónde se han concentrado las facciones más radicales del islamismos y que, en cambio, siempre ha contado con la complicidad de Washington. Esta tendencia se agudizó con la “revolución islámica” de 1979 en Irán: el islamismo político poco a poco iba articulando a través del Corán un esqueleto de argumentos para reclamar más justicia social y denunciar el nepotismo, la corrupción y la tiranía de los antiguos regímenes.

Estas ramas, han actuado siempre de forma independiente y han estado relativamente poco organizadas. Sus objetivos diversos, pero principalmente conquistar el poder mediante vías violentas y la “guerra Santa” o yihad. Este es el origen de Al-Qaeda, principal organización paramilitar yihadista organizada en base a cédulas independientes (cuyo líder espiritual es Osama Bin Laden, millonario de origen Saudí, y cuyas raíces se sitúan en el apoyo que recibió por parte de la CIA para contener las fuerzas de la Unión Soviética en Afganistán). Después de los brutales y dramáticos atentados terroristas del 11S en Nueva York y Washington, las potencias occidentales se concentraron en responder a los regímenes de los Talibán en Afganistán y de Saddam Hussein en Irak pero sin atacar la complicidad existente entre dictaduras “amigas” y los terroristas. En cualquier caso, los atentados añadían miedo y provocaron (seguramente no faltos de razón) una mayor represión en estos regímenes con el objetivo de mantener un férreo control sobre el islamismo radical. Sin embargo, se ignoró el hecho de que éste era consecuencia de la carencia de libertad y la autonomía de mucha de estas naciones agregando más injusticia, más represión y más frustración en la zona.

Seguramente era imposible arreglar el desaguisado histórico (resultado de sucesivas interferencias en los asuntos de otros países de las potencias occidentales) justo después del 11-S ya que cualquier concesión en este sentido hubiera alentado aún más a los jóvenes radicales. En cualquier caso, la doctrina Bush se centraba en aplicar una respuesta dura y contundente para con cualquier régimen que pusiera en entredicho la seguridad del Estado de Israel, diera cobijo a cédulas terroristas o amenazase el suministro de hidrocarburos. El resultado fue la relativa estabilidad de la zona pero con el elevado coste social de la represión y el caldo de cultivo perfecto para la gestación de más radicalismos en la zona. El problema, o uno de los problemas, es que esta doctrina, equivocada o no, se ha sustituido por nada con la llegada de Obama a la Casa Blanca: ¿Esta justificada una intervención militar? ¿Podría servir para solucionar estos conflictos? ¿Sabemos quienes son y que pretenden los rebeldes en cada uno de estos países? ¿Saldrá la izquierda ha defender el No a la Guerra?  …

La fragilidad de nuestra economía (Boletín de coyuntura Marzo, 2)

Ayer, resumía las que en opinión de este analista son las principales causas del pobre crecimiento experimentado por nuestra economía y las pobres perspectivas de cara al próximo ejercicio. Es justo pues, explicar los riesgos y puntos débiles de nuestra economía causa última de este pobre crecimiento que amenaza con dejarnos al margen de la recuperación que ya empiezan a experimentar algunas economías de nuestro entorno.

El primer gran riesgo que amenaza nuestra economía es el todavía inflado mercado inmobiliario. España, junto con los Estados Unidos e Irlanda, fue una de las economías en las que se gestó una mayor burbuja inmobiliaria durante la etapa expansiva. Con respecto a 1995, los precios de la vivienda en España se incrementaron un 200% en 2008 año en el que el mercado de la vivienda empieza su corrección a la baja.  En Estados Unidos, el peak se alcanza en 2006 y la subida es de un 150% con respecto a los precios de 1995. En Irlanda, el ciclo también se agota en 2006 y en este caso la escalada de precios es aún más fuerte alcanzando un incremento del 315% desde 1995. Así pues, la burbuja en España ha sido algo más fuerte que en Estados Unidos, y bastante menor que en Irlanda. Sin embargo, la corrección en las tres economías ha sido muy dispar. Irlanda ha corregido el precio de la vivienda en un 40% desde su momento más álgido (2006). Este porcentaje es un 27% en el caso del mercado de real estate estadounidense, y sólo un 15% en el caso de la economía española. Si comparamos este 15% con el 27% en Estados Unidos, tenemos que como mínimo nos queda un 20-30% de corrección adicional para corregir por completo los sobre precios en el mercado inmobiliario.

Muchos analistas han escrito sobre la naturaleza de este ajuste dispar entre las economías anglosajonas y la española que tiene su origen en las  diferencias a la hora de establecer el régimen jurídicos de los préstamos hipotecarios en estos países. En efecto, en el caso español, las hipotecas no sólo están respaldadas por el colateral, sino también por los ingresos y el patrimonio del deudor. De esta forma, incluso en los momentos en los que la diferencia entre el montante de la deuda y la depreciación del colateral es más alta, la mora queda contenida y los precios de la vivienda se ajustan con mayor lentitud.

Sin embargo, la situación actual de la economía, en la que las reformas no se han emprendido con la suficiente fuerza para generar crecimiento económico (capaz de generar empleo), juntamente con el importante ajuste presupuestario que hemos de abordar durante el presente ejercicio, o el hándicap añadido de una reforma bancaria todavía lejos de cumplir con sus objetivos últimos (recapitalizar el sistema en su conjunto), hacen que estas tensiones latentes pudieran aflorar durante los próximos meses. Teniendo en cuenta lo anterior, la tasa de paro sólo puede mantenerse (esto es consolidar un escenario de estancamiento), o incluso aumentar hasta el 25% (escenario de recaída, hoy por hoy, no descartable).

Por otro lado, existen factores estructurales y coyunturales (en forma de shocks endógenos, Japón y Libia principalmente) que pueden añadir aún más presiones inflacionistas provocando una retirada de los estímulos monetarios antes de lo previsto. En efecto, la barra libre de liquidez que desde hace meses inunda los mercados a ambos lados del Atlántico (origen de la extrema fragilidad de nuestra coyuntura actual) está llegando a su fin. El repunte en los precios del petróleo obligaría a sucesivas subidas en el precio del dinero, lo que encarecería la carga financiera de muchas hipotecas (en España la inmensa mayoría de los créditos hipotecarios está referenciado al Euribor; lo que en el pasado también ha aliviado a las familias y empresas que se han beneficiado de tipos de interés inusualmente bajos), esto a su vez dispararía aún más la mora – que podría llegar a doblarse a finales de año –, y en suma provocar un nuevo periodo de contracción del PIB en verano/otoño de este año.

Estos son sólo algunas de las debilidades de nuestra economía pero hay más (competitividad, déficit crónico con el exterior, reforma educación, arquitectura ineficiente del Estado y sobre endeudamiento de las entidades locales, etc.). Es por ello que el Gobierno debe proseguir intensificando su actuación en tres ámbitos principales: (1) contención del gasto público, con especial atención a las partidas “estructurales” del Estado para ganar credibilidad en los mercados y reducir la sobre carga financiera que supone la prima por riesgo país; (2) ahondar en las reformas en la economía productiva para reactivarla de manera clara (sólo reforma que descentralicen de forma efectiva la negociación colectiva, alivien la carga financiera de pensiones y subsidios de desempleo, y liberalicen los mercados se traducirán en crecimiento económico); y (3) acelerar la reforma del sistema financiero liquidando cuanto antes aquellas entidades que resulten inoperantes y entorpezcan y encarezcan de forma innecesaria el proceso de recapitalización (paso ineludible para la normalización de los flujos de crédito).

Como decíamos el otro día, por desgracia todavía no llega la primavera a nuestra economía, aunque depende de nosotros emprender las medidas necesarias para disipar los nubarrones y recuperar la senda del crecimiento sostenido.

De la recesión al estancamiento (Boletín de coyuntura Marzo)

Después de un invierno de mucho frío y mucha lluvia llega la primavera a los mercados aunque por desgracia no desde un punto vista metafórico ya que el cuadro macro de la economía española sigue sin dar motivos para el optimismo. En las últimas semanas, se han empezado a dar los datos macro para 2010 que vienen a confirmar lo que ya se sabía: la economía española confirma su tercer ejercicio consecutivo con crecimiento negativo o próximo a cero (para 2010 el dato ha sido de un crecimiento del PIB de entre el 0,1-0,2%). Este dato, se convierte en aún más “malo” cuando tenemos a toda la Zona Euro empezando a crecer a tasas medias del 1,7%, con una Alemania que tira del carro creciendo al 3,5%. Nos volvemos a quedar atrás.

Las causas del estancamiento económico son diversas y ya las hemos comentado desde esta tribuna en diversas ocasiones. En primer lugar, los planes de contención fiscal diseñados por el ejecutivo, aun yendo en la buena dirección, se quedan cortos como lo demuestra la hipersensibilidad de los mercados financieros a cualquier desvío en las cuentas públicas o mala noticia relacionada con nuestra economía. Es necesario aliviar las necesidades de financiación del Estado de forma estructural para que las finanzas públicas sean sostenibles, y creíbles, y no estemos sometidos a continuados repuntes del riesgo país lo que encarece el endeudamiento del sector público y privado de la nación.

Relacionado con este punto, y en el centro del debate político, se encuentra la necesidad de emprender reformas estructurales de calado en el ámbito de las pensiones y los mercados de trabajo. Patronal y sindicatos parece que desde Enero han emprendido un diálogo serio con la voluntad firme de llegar acuerdos que han avanzado en la buena dirección. Sin embargo, nuestro anémico crecimiento y la incapacidad de nuestra economía de generar empleo, sino más bien de seguir destruyendo empleo, hace evidente la necesidad de alcanzar acuerdos todavía más agresivos, que descentralicen de forma efectiva la negociación colectiva de manera que los salarios se ajusten a los incrementos de la productividad de cada empresa, punto fundamental para reemprender la senda del crecimiento y aliviar las tensiones financieras existentes en las cuentas públicas y en los Balances de la práctica totalidad de las entidades financieras.

Por último, pero no menos importante, resulta apremiante completar de forma rápida la reestructuración del sistema financiero condición previa e imprescindible para recuperar la normalización de los flujos de crédito. Se trata de depurar aquellas entidades cuyos procesos de gestión interna sean insalvables y recapitalizar las entidades resultantes. El coste de esta recapitalización recaerá inevitablemente sobre el contribuyente, así que es de esperar que el regulador ponga las salvaguardas necesarias para que dichos fondos vayan destinados a depurar los balances de activos ilíquidos (o tóxicos), dotas las provisiones necesarias, y por último sufragar las pérdidas derivadas de todo ello.

Así pues, nos espera un invierno largo en cuanto a lo económico. La economía española está en una posición de extrema fragilidad. El escenario base para 2011 es la consolidación de un escenario de crecimiento anémico (recuperación en L, que ya anticipamos en 2009), pero el riesgo de una recaída (double dip) es especialmente alto para nuestra economía.

Artículo publicado en el Instituto Juan de Mariana (23/03/2011)

Ilustración de Pere Feliu.

Revueltas en Oriente Medio, subida del crudo y riesgo de estanflación

Desde finales de Enero que la actualidad mundial viene marcada por las revueltas en la región que comúnmente conocemos como Oriente medio y norte de África. La polvareda se inició en diciembre cuando un vendedor tunecino se inmoló como símbolo de protesta ante el régimen de Ben Alí. Lo que en un primer momento pareció como un acto de protesta aislada, pronto comenzó a tener un efecto bola de nieve que acabó con el régimen del Rais tunecino y que ha tenido ramificaciones en otros países, principalmente Egipto y Libia, aunque amenaza con extenderse con similar intensidad a otros países de la región.

Al margen de la incertidumbre política en estos países y el drama civil y humanitario que subyace estas revueltas,  estos procesos de interregno suelen ser muy violentos (el caso de Libia es especialmente preocupante: ya en una fase de guerra civil entre los rebeldes versus afines y mercenarios al servicio del coronel Gadafi), y en cualquier caso, estas revueltas dinamitan 40 años de política internacional por parte de Occidente en la región en donde sucesivos Gobiernos han jugado la carta de la ambivalencia con estos países: poniendo en primer lugar la garantía del suministro energético con independencia de otros asuntos (tema que espero tratar próximamente).

En el corto y medio plazo es difícil prever la posibilidad real de convocar comicios democráticos con garantías en estos países. La mayoría no disponen de un sistema de partidos mínimamente asentado y los procesos de transición serán previsiblemente débiles y por tanto muy inestables. Este hecho hace que estos países estén altamente expuestos a posibles golpes de Estado, principalmente de corte militar o populista, o la irrupción de sucesivas revueltas.

Ahora bien, ¿qué efectos económicos se derivan de las revueltas en el mundo árabe? Esta situación de inusitada incertidumbre en una región ya de por sí inestable podría situar de nuevo el precio del petróleo por encima de los 100 dólares de forma estructural lo que en el medio plazo supondría un nuevo bache (riesgo de double dip) para la economía mundial en su conjunto. Como señalaba la semana pasada Nouriel Rubini, las revueltas en el mundo árabe aumentan el riesgo de estanflación al incrementar las presiones inflacionistas en un escenario de débil crecimiento económico. Un escenario, por otra parte, que ya se estaba gestando incluso antes de las revueltas de Túnez y Egipto.

En efecto, la historia reciente nos muestra como los desórdenes políticos en Oriente Medio conllevan inevitablemente un aumento en el precio del crudo (desde la primera crisis del petróleo 1973 fruto de la guerra árabe israelí), que a su vez han desencadenado, o como mínimo agudizado, tres de las últimas cinco recesiones mundiales. La Guerra de Yom Kippur de 1973 provocó un repentino aumento en los precios del petróleo, causa última del periodo de estanflación global en 1974-1975. La revolución iraní liderada por el Ayatolá Ruhollah Jomeini de 1979 generó también una subida similar que desemboco en el periodo recesivo  1980-1981. Finalmente, la invasión de Kuwait por el régimen en Iraq de Saddam Husein en agosto de 1990 generó un incremento de los precios del petróleo en un momento en que una crisis bancaria ya estaba deprimiendo la economía norteamericana.

Más recientemente, en 2008, cuando los mercados financieros estuvieron al borde del colapso, el precio del barril también se situaba en máximos – más de 140 dólares el barril de Brent –, lo que aumento, aún más si cabe, las tensiones en los mercados.

Hoy nadie se atreve aventurar qué gobiernos podemos esperar después de la sacudida. El escenario base es que las revueltas persistan y seguramente se extiendan a otros países como Jordania, Omán, Yemen, Bahrein, e incluso Arabia Saudi. En cualquier caso, a finales de 2010 el petróleo se situaba en una horquilla entre los 80-90 dólares (caro) y no sólo por factores fundamentales. Es cierto que las economías emergentes, ávidas de recursos energéticos y creciendo a tasas medias del 6%, han empujado con fuerza los precios al alza. Sin embargo, también influían motivos relacionados con el momentum de coyuntura económica: principalmente una demanda motivada por los excesos de liquidez derivadas de las políticas de quantitaive easing impulsadas por la Fed y las tasas de interés próximas a cero a ambos lados del atlántico. A estos factores, ahora tenemos que añadir la incertidumbre adicional sobre previsibles cortes en el suministro lo que añaden presiones inflacionistas al precio del petróleo.

La subida en el precio del petróleo sólo puede tener consecuencias negativas para la economía mundial. Primero, porqué supone una presión inflacionista más a las ya de por sí sobrecalentadas economías emergentes (es importante recordar que el aumento del petróleo tiene un efecto directo sobre el precio de los alimentos, que todavía supone un porcentaje muy elevado sobre la cesta de consumo en los países emergentes).  Este aumento de la inflación, será menos importante, pero también relevante en las economías desarrolladas.

En cualquier caso, para las economías desarrolladas, una subida en los precios del petróleo puede suponer un riesgo añadido para su débil crecimiento aumentándose así el riesgo de una segunda recaída o doble dip.  Las bases del frágil crecimiento en Estados Unidos se sitúan en la compra masiva de activos por parte de la Fed a fin y efecto de rebajar los tipos de referencia de largo plazo y así estimular la inversión en el sector privado. Obama ha hablado del multiplicador de la confianza (sic). Sin embargo, estos objetivos están lejos de alcanzarse, y la barra de libre de liquidez se tendrá que ir retirando a lo largo del próximo ejercicio… las subidas en el precio del crudo podrían acelerar la retirada de las políticas de extraordinaria liquidez al forzar subidas de tipos (aunque leves podrían ser suficientes para dinamitar el crecimiento económico). Por añaduría, parece lógico que este nuevo escenario acentúe la aversión al riesgo de los inversores (y deprima las bolsas como ya esta pasando), y provoque inevitablemente caídas en el consumo e inversión en el corto plazo.