La insurrección del mundo árabe (1): causas estructurales

Las sucesivas insurrecciones (revueltas de diferente intensidad) que hemos vivido en el mundo árabe (Oriente Medio y Norte África) desde principios de año han cogido con el paso cambiado a todos los gobiernos y analistas occidentales en la zona. En efecto, nadie hubiera predicho un grado de malestar lo suficientemente alto como para hacer caer los gobiernos de Túnez, Egipto y Libia y amenazar al resto de regímenes de la región. Se trata de una zona de vital importancia por su valor geopolítico (control de los recursos naturales). Existen diversas causas algunas de carácter más estructural (causas históricas y políticas) y otras más relacionadas con la coyuntura económica actual que conviene tener en cuenta a la hora de entender las dinámicas que han tenido lugar y hacerse una idea de lo que podemos esperar próximamente y poder evaluar con criterio el sentido, o no, de una hipotética intervención militar en la región.

Antes de entrar propiamente con las causas de carácter estructural que pudieran haber motivado la revuelta, resulta pertinente hacer algunos comentarios generales de carácter previo. Primero, hay que recordar que nada, o muy poco, tiene que ver Marruecos con Egipto, lo mismo entre Libia con Yemen por poner dos ejemplos. Aclaro esto, porqué resulta muy impreciso hacer referencia al “mundo árabe”, y es preciso realizar un análisis minucioso de cada país, del mismo modo que es tremendamente impreciso el termino de cristiandad. La histórica nomenclatura de la marina británica que dividió oriente en tres: oriente próximo, oriente medio y extremo oriente resulta hoy obsoleta (y no deja de ser un signo más que evidencia la poca solidez de las fronteras establecidas en la región basadas principalmente en los antiguos regímenes coloniales), y más aún cuando tratamos esta gran región como un todo. Parag Khanna – uno de los muchos expertos en geopolítica y estudios internacionales que fue incapaz de predecir lo más mínimo las revueltas pese haber visitado la zona en in situ diversas veces y haberse entrevistado con los diferentes líderes de la región – enfatiza está idea hablando del Magreb como un “cinturón roto” en su libro El segundo mundo, y en todo caso, ha sido con la globalización, y el auge de flujos comerciales en la zona las que pueden haber iniciado la reintegración de la región.

Un segundo apunte previo imprescindible es resumir el contexto histórico de la zona. Desde la implosión del imperio Otomano y la Primera Guerra mundial que occidente ha tenido dos prioridades diplomáticas principales en la zona: asegurar el suministro de hidrocarburos, y garantizar un hogar seguro para los judíos. Después del drama del Holocausto, la creación del estado de Israel (en 1948) coincidió con la liberalización de muchos países de los antiguos regímenes colonialistas y la instauración de gobiernos anti-sionistas (esto es, contrarios a la existencia de Israel). Algunos de estos gobiernos fueron de corte militar nacionalista (Egipto y Yemen) y otros dictaduras socialistas (también llamado socialismo árabe, si es que esta expresión tiene algún sentido) en Irak, Siria, Libia y Argelia.

Tras varias guerras perdidas contra el estado de Israel (la última en 1973 que propició la primera gran crisis del petróleo), Egipto y Jordania firmaron sendos armisticios con el estado judío y a alinearse con Estados Unidos que en paralelo, desde el final de la Segunda Guerra Mundial – y en el contexto de la guerra fría –, había estado buscando la complicidad de todas las petro-monarquías de la península arábiga así como Líbano, Túnez y Marruecos. De esta forma se sellaba una especie de pacto entre el los aliados y los países de oriente medio que no tendrían ningún problema sino amenazaban la estabilidad del suministro energético ni la seguridad del Estado de Israel.

Así se establecía un nuevo status quo en la región en donde bajo el pretexto de la lucha anti-imperialista o la caza de comunistas (este pretexto también se dio en Eurasia en dónde Estados Unidos llegó a financiar a los Talibanes para frenar el avance hacia el oeste de la Unión Soviética; ver La Guerra de Charlie Wilson con guión del siempre sugerente Aaron Sorkin) en estos países se establecieron duras dictaduras de partido único y de marcado acento represor lideradas por déspotas: Muamar al Gadafi, Sadam Hussein, o Al Assad entre otros. Dictaduras, que a pesar de no respetar los derechos humanos más básicos, garantizaban la estabilidad en los precios del petróleo sin amenazar la existencia de Israel. El coste de este status quo recayó sobre el pueblo árabe que se vio condenado a convivir con estos regímenes mientras en el resto del mundo la democracia parecía avanzar de forma imparable.

En la década de los 70s, desaparecieron las dictaduras de España, Portugal y Grecia. En 1983, en Turquía. Tras la caída del muro de Berlín en 1989, se derrumbaba el telón de acero y con él el colapso del “socialismo real” dando paso a nuevas democracias en Europa del Este y Europa continental. En américa latina, en la década de los 90s caían diferentes dictaduras militares. Sin embargo, y pese a la proximidad con la demócrata Europa, el mundo árabe quedo al margen de todas estas olas democratizadoras dejando a oriente medio en un estado de glaciación autocrática, parafraseando a Ignacio Ramonet.

En este escenario de estancamiento social y político, y también como han señalado varios analistas con independencia de su signo político, nos encontramos que las voces críticas se concentran en el único sitio en el que uno se puede reunir sin problemas: la mezquita. Y en torno al único libro no censurable: el Corán. De esta forma, las diferentes corrientes que integran la rama violenta (fundamentalista si utilizamos el término más eufemístico) del islam se han ido fortaleciendo (de alguna manera, y salvando todas las distancias, pasa como el comunismo en tiempos de franco que concentro y capitalizó todas las fuerzas contrarias al régimen de Franco).

Así se fueron fortaleciendo los islamismos con la complicidad de Estados Unidos que veía en esta tendencia una forma de mantener sumisos (significado de la palabra Islam) a las naciones árabes. El máximo exponente de esta dinámica lo encontramos en Arabia Saudí en dónde se han concentrado las facciones más radicales del islamismos y que, en cambio, siempre ha contado con la complicidad de Washington. Esta tendencia se agudizó con la “revolución islámica” de 1979 en Irán: el islamismo político poco a poco iba articulando a través del Corán un esqueleto de argumentos para reclamar más justicia social y denunciar el nepotismo, la corrupción y la tiranía de los antiguos regímenes.

Estas ramas, han actuado siempre de forma independiente y han estado relativamente poco organizadas. Sus objetivos diversos, pero principalmente conquistar el poder mediante vías violentas y la “guerra Santa” o yihad. Este es el origen de Al-Qaeda, principal organización paramilitar yihadista organizada en base a cédulas independientes (cuyo líder espiritual es Osama Bin Laden, millonario de origen Saudí, y cuyas raíces se sitúan en el apoyo que recibió por parte de la CIA para contener las fuerzas de la Unión Soviética en Afganistán). Después de los brutales y dramáticos atentados terroristas del 11S en Nueva York y Washington, las potencias occidentales se concentraron en responder a los regímenes de los Talibán en Afganistán y de Saddam Hussein en Irak pero sin atacar la complicidad existente entre dictaduras “amigas” y los terroristas. En cualquier caso, los atentados añadían miedo y provocaron (seguramente no faltos de razón) una mayor represión en estos regímenes con el objetivo de mantener un férreo control sobre el islamismo radical. Sin embargo, se ignoró el hecho de que éste era consecuencia de la carencia de libertad y la autonomía de mucha de estas naciones agregando más injusticia, más represión y más frustración en la zona.

Seguramente era imposible arreglar el desaguisado histórico (resultado de sucesivas interferencias en los asuntos de otros países de las potencias occidentales) justo después del 11-S ya que cualquier concesión en este sentido hubiera alentado aún más a los jóvenes radicales. En cualquier caso, la doctrina Bush se centraba en aplicar una respuesta dura y contundente para con cualquier régimen que pusiera en entredicho la seguridad del Estado de Israel, diera cobijo a cédulas terroristas o amenazase el suministro de hidrocarburos. El resultado fue la relativa estabilidad de la zona pero con el elevado coste social de la represión y el caldo de cultivo perfecto para la gestación de más radicalismos en la zona. El problema, o uno de los problemas, es que esta doctrina, equivocada o no, se ha sustituido por nada con la llegada de Obama a la Casa Blanca: ¿Esta justificada una intervención militar? ¿Podría servir para solucionar estos conflictos? ¿Sabemos quienes son y que pretenden los rebeldes en cada uno de estos países? ¿Saldrá la izquierda ha defender el No a la Guerra?  …

One Response to La insurrección del mundo árabe (1): causas estructurales

  1. luistorras says:

    Adjunto un artículo sobre la crisis Libia del siempre brillante Bernaldo de Quirós

    http://www.eleconomista.es/opinion-blogs/noticias/2931779/03/11/LA-CRISIS-LIBIA.html

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