La moralidad de la deuda (breve reflexión)

 

“neither a borrower nor a lender be.”

William Shakespeare, Hamlet

 

“As a very important source of strength and security, cherish public credit. One method of preserving it is to use it as sparingly as possible, avoiding occasions of expense by cultivating peace, but remembering also that timely disbursements to prepare for danger frequently prevent much greater disbursements to repel it, avoiding likewise the accumulation of debt, not only by shunning occasions of expense, but by vigorous exertion in time of peace to discharge the debts which unavoidable wars may have occasioned, not ungenerously throwing upon posterity the burden which we ourselves ought to bear.”

George Washington (1796)

 

El desarrollo de la institución del dinero se desarrolla prácticamente al mismo tiempo que los mercados de crédito y con ello surge la contrapartida natural: la deuda. A lo largo de la Historia, en todas las culturas y civilizaciones, el concepto de deuda ha ido ligado a una valoración moral. El Diccionario de la Real Academia de la Lengua, sin ir más lejos, define deuda como “una obligación moral”. Esto es relevante por qué ante un problema de impago de esta deuda se erige siempre y peligrosamente la solución en falso de impagar la deuda. De ahí también las reflexiones alrededor sobre el umbral a partir del cual la deuda se convierte en nociva o cual ha de ser el comportamiento honroso por parte de acreedores y deudores. Unas cuestiones ya difíciles de afrontar en el ámbito de lo concreto (micro), y que se convierte en un tema aún más complejo cuando afectan a todo un país (macro): ¿hasta dónde llega la responsabilidad institucional y hasta que punto los ciudadanos no tienen ninguna culpa o responsabilidad?

Se trata de una cuestión espinosa, como todas las que afectan a las palabras grandes, pero ineluctable si queremos salir robustecidos intelectual y moralmente de la presente crisis de deuda y alumbrar un nuevo ciclo apoyado sobre una base más sólida que el que hemos dejado atrás.

INSTITUCIONES Y CONFIANZA

Para que la economía –el intercambio– funcione normalmente necesitamos de un ingrediente mágico que es la confianza. La confianza es un intangible que, como la salud, depende de multitud de factores: la existencia de un marco institucional sólido, el grado de cumplimiento de normas y contratos, los valores éticos de una sociedad, etc., y que sólo valoramos cuando no la tenemos. Evaluar la calidad de las instituciones es de por sí un tema complejo. El cumplimiento de las normas, la eficacia de las normas, no únicamente depende de la capacidad del Rey o los modernos estados modernos a la hora de imponer la ley (top-down), sino también (y sobretodo) de la propensión misma de las personas hacia el cumplimiento de los contratos y el nivel de respeto a la ley y los derechos de propiedad (ya sea pública o privada) (bottom-up). Es precisamente este elemento informal, intangible, el que marca la diferencia. El profesor Benito Arruñada es de quién más y mejor ha explorado este campo.

El cumplimiento de la palabra dada, el repago de las deudas, la honestidad, la responsabilidad, el esfuerzo, la puntualidad, la capacidad de trabajo, y un largo etcétera son valores que durante siglos las sociedades prósperas han respetado y cumplido y que se sitúan en la base de la gran prosperidad que ha experimentado el mundo en su conjunto desde prácticamente la baja edad media hasta nuestros días.

Esto es importante por qué es el conjunto de los valores de una sociedad, su grado de comportamiento ético lo que, a la postre, determina el crecimiento de una economía. Esta es la visión clásica de los pensadores moralistas para quienes la moral es precisamente el vínculo natural entre comportamiento y prosperidad. Por eso, como luego veremos, relativizar el pago de la deuda, o mejor dicho, la “relativización del pago de la deuda” –por otra parte, nada nuevo–, no deja de ser un síntoma más de una erosión moral y ética de la sociedad, variables sin las que no es posible tampoco entender el proceso de paulatino estancamiento que caracteriza el grueso de economías avanzadas. Si durante siglos han existido duras leyes para el cumplimiento y pago de las deudas y la morosidad y el impago han sido delitos duramente castigados ha sido por qué así se aseguraba un correcto funcionamiento de los mercados de crédito siendo este más barato: en una sociedad en donde si las deudas no se pagan quién impaga no sufre ningún tipo de castigo (por ejemplo, el no poder volver hacer negocios con nadie), los banqueros tienen que proteger sus inversiones reflejando este mayor nivel de riesgo de las operaciones de crédito con un tipo de interés más elevado, por citar solo el efecto más directo y visible.

El impago de una deuda, como el incumplimiento de cualquier otro contrato, no únicamente afecta de manera directa a la contraparte del mismo, sino que si este incumplimiento no tiene ninguna reacción por parte del orden institucional tiene consecuencias para el conjunto.

El crédito es un intercambio complejo dentro de cualquier economía ya que incorpora juicios de valor subjetivos sobre el futuro. Es decir, es un intercambio sujeto y expuesto a un elevado grado de incertidumbre; una incertidumbre que no es algo objetivo, sino que responde a las percepciones subjetivas de cada agente (“acción humana”, Mises). Se trata de un intercambio inter-temporal -un cálculo económico- que da pie a que fácilmente se haga una valoración ex ante, y una ex post que pueden no coincidir dando lugar a un dilema moral universal. William Shakespeare universalizó la cuestión con el lúgubre personaje de Shylock en El mercader de Venecia, donde se refleja el papel importante que juegan estos elementos que, además, se mezclan poderosas emociones como la vergüenza o la humillación pública.

DEUDA COMO OBLIGACION MORAL

A lo largo de los tiempos, la palabra deuda ha ido asociada a múltiples significados y acepciones. En varios idiomas hindo-europeos la palabra deuda viene coligada al concepto de “servidumbre”, “gratitud” y “honor”. La palabra deuda deriva del latín, debita, dehibere que tiene el explicito significado de “tener, sin tener”: una definición tremendamente exacta desde un punto de vista financiero. En otros países la connotación es más negativa. Especialmente es ilustrativo el caso del alemán, también del danés, en donde la palabra utilizada para designar la deuda, “schuld”, es la misma que se utiliza para designar la culpabilidad de alguien. El filósofo idealista alemán Friedrich Nietzsche ofreció una explicación antropológica de la asociación histórica entre “deuda” y “culpabilidad” haciendo hincapié en el hecho de que la deuda estaba ligada a la “moralización” de los conceptos de deber, el honor, la autoestima.[1] Esta negativa asociación de palabras también se da en la cultura hebrea con la palabra “chayav”. Esta ansiedad cultural y los poderosos sentimientos de vergüenza que puede provocar una situación de impago es una dinámica que ha llegado intacta a nuestros días.

Una de las citas más célebres de Thomas Jefferson es “never spend before you earn it”. Un consejo que refleja no solo austeridad, sino sobretodo prudencia en la gestión del riesgo: el entorno es siempre incierto con lo que para comprometerse a repagar una cantidad de dinero en un plazo futuro uno ha de contar con las suficientes garantías. Los hogares alemanes se han educado bajo la máxima no escrita de que “uno debe vivir en consonancia con sus propios medios”. De nuevo, un aserto que quiere subrayar la necesidad de ser prudente con respecto a las deudas que se contraen ya que estas pueden tener consecuencias muy negativas después.

Demasiadas veces ante una situación de impago de deuda soberana, también en el ámbito micro, las consideraciones emocionales, de carácter, es fácil que marquen la dinámica del debate y entorpezcan que se alcancen situaciones de “win-win”.  La dimensión económica del impago, es decir, el volver a consensuar una situación en donde (si es posible) se reestructure la deuda de manera que el acreedor pueda recuperar, al menos, parte de la cantidad adeuda, mientras que el deudor asume una nueva carga de deuda que le permite seguir siendo solvente. Se ajusta el calendario de cash-flows a la nueva realidad del mercado como “mejor escenario” ante una situación de “default”: en definitiva, de esta forma es como se ha de afrontar un proceso de reestructuración. Cuestión previa, sin duda, es determinar si el deudor es solvente en ningún caso para no alargar la agonía innecesariamente (casos de “extend and pretend”).

CREDITO Y DINERO

Crédito (deuda) y Dinero son dos conceptos que se desarrollan en paralelo. De hecho podemos decir que la idea de “crédito” (creer en la promesa de pago de alguien) es anterior a la idea de dinero, que de hecho es una institución que surge, para responder al reto de cómo “cuantificar el crédito”. Pensemos en una sociedad cazadora-recolectora, con una economía muy básica basada en el trueque y donde una deuda se podía contraer en forma, por ejemplo, de favor entre amigos y vecinos. Se trata de un “trueque” de servicios en diferido, lo que creaba vínculos morales dentro de las primeras sociedades humanas.

El dinero, como decíamos, vino a cubrir la necesidad de servir como “unidad de medida” de dichas deudas, lo que permitían mejorar la gestión y el seguimiento de las mismas.El dinero introdujo un elemento adicional en el desarrollo de la deuda que es la desnaturalización –despersonalización, si se quiere– de la relación entre acreedores y deudores. Una despersonalización que seguirá evolucionando en el tiempo hasta llegar a situaciones extremas, como la comercialización mediante productos estructurados de hipotecas subprime (modelos de “originar para distribuir”), en donde el vínculo entre deudor y acreedor esta totalmente diluido. La actividad bancaria pierde el contacto con el cliente (la rentabilidad deriva del correcto repago de las deudas), para pasar a ser “otra cosa” en donde la rentabilidad deriva del incremento de precio de las garantías o la generación de negocio únicamente para generar fees y comisiones vía un crecimiento desmedido de los balances. La gestión y buena práctica bancaria –un negocio que aconseja prudencia– se ve completamente distorsionada.

En algunas sociedades, por ejemplo China, en donde no hay un sistema de Imperio de la ley y no hay una cultura tan impersonal con respecto a los contratos, la economía, también los mercados de crédito, sigue teniendo un componente de confianza personal entre acreedores y deudores muy importante. En efecto, en China, para hacer negocios, es necesario desarrollar con carácter previo una relación personal y de confianza. No hace falta decir que esta manera de proceder, en donde la confianza depende de la relación personal no de la existencia de unas instituciones que aseguren el cumplimiento de los contratos es cara y limita enormemente el potencial de la economía.

De hecho, las sociedades comerciales únicamente son posibles mediante esta “despersonalización” que permite que se puedan establecer negocios e intercambios entre personas que no se conocen pero que sí confían en el cumplimiento de unas normas e instituciones comunes a todos. Sin mercados modernos de crédito, no hubiera sido posible la paulatina internacionalización de la “división del trabajo” de Adam Smith que ha permitido a los hombres salir de las cavernas, abandonar el miedo a la naturaleza, y ser poco a poco dueños de nuestro propio destino. Para el historiador Niall Ferguson, los mercados de crédito son uno de los elementos imprescindibles sin los cuales no es posible entender el gran bienestar construido por los hombres, al facilitar el comercio y el intercambio (es decir, la cooperación social voluntaria). Para que el crédito fluyese, y con el crédito el comercio, es necesario la existencia de un meta mercado que asegure el complimiento de los contratos, la innovación, la mejora en la gestión del riesgo y los esquemas de garantías de los créditos y préstamos.

Sin embargo, la visión negativa con respecto a la moralidad de la deuda será una constante en la historia, y muy especialmente en los momentos especialmente vulnerables desde un punto de vista económico. En la relación acreedor-deudor siempre se ha establecido un vínculo de dominación, los antiguos llegaron hablar de esclavitud, sin entender que uno es libre de endeudarse o no. Lo mismo pasa con la ley laboral entre “empresarios” y “trabajadores”, cuando en cualquier momento un trabajador puede decidir emprender su propia aventura empresarial, y cualquier empresario puede, debido a los avatares inciertos del destino, acabar trabajando para un tercero. Podemos afirmar que, de facto, todos somos empresarios, lo que varían son los perfiles de riesgo. Todos, por ejemplo, somos empresarios de nuestro tiempo escaso o de nuestra carrera profesional.

Esta relación de poder que se establece entre acreedor y deudor la vemos reflejado en los procesos de revolución política en donde el alumbramiento de un nuevo régimen suele supone las cancelaciones de deuda y la destrucción de los registros de las mismas, no siempre. En los casos extremos, esto incluye también una reordenación forzosa y confiscación de las propiedades.

La historia demuestra como esta manera de avanzar de forma rupturista, no únicamente acarrear unos costes sociales y humanos inasumibles e inmorales, sino que la evidencia empírica demuestra como una cambio pausado en la mejor y más efectiva manera de cambiar realmente de régimen.[2] Este sometimiento se refleja ya en las civilizaciones antiguas: “El rico domina a los pobres, y el que toma prestado es siervo del que presta”, reza el proverbio bíblico (Proverbios 22:7) que se utilizaba para cancelar las “dudas odiosas” (hoy se habla de ilegítimas), que servía precisamente de justificante a la cancelación de este tipo de deudas.

Con el surgimiento y consolidación de las sociedades comerciales (prosaicas) a partir del siglo XVIII el mercado de crédito se acabó de consolidar definitivamente y en parte contribuyo a ello el hecho de que el grueso de la sabiduría convencional y el pensamiento por parte de las élites favoreció una visión moralista de la deuda: las deudas debían pagarse. La sociedad comercial favorecía una mayor y creciente respeto a la propiedad privada, la multiplicación y respeto a las relaciones contractuales, solo posible en la medida en que se expandió también los mercados de crédito y los sistemas de garantían que permitían articular y ampliar las relaciones de confianza sin las que es imposible el intercambio, y por lo tanto la prosperidad y el bienestar en nuestras sociedades modernas.

COMERCIO Y CRÉDITO

La primera consecuencia en la ampliación de la enjundia de los mercados de crédito, antes limitados a los comerciantes, será una creciente importancia social, también política (especialmente durante el siglo XIX y XX, ya veremos que pasa en el XXI) de la relación entre acreedor y deudor que marcará, en gran medida, el devenir de la Historia y los grandes avatares políticos. Recordemos cuando explicábamos las “consecuencias económicas de la paz”, y como la salida en falso a las negociaciones en Versalles en 1919 –por unas posiciones excesivas con respecto a Alemania– serán la semilla de la Segunda Guerra Mundial, por poner solo un ejemplo ilustrativo.

Con este ejemplo llegamos al segundo gran catalizador, además de la consolidación del modelo de sociedad comercial, que será la deuda pública cuya sistematización moderna la podemos situar en la pericia financiera de William Pitt el joven a la hora de financiar la campaña contra Napoleón y que será uno de los elementos que explican la victoria final por parte de los ingleses. El auge de la deuda pública será un desarrollo natural y acompasado al propio desarrollo de los mercados de crédito pero que supondrá importantes dilemas políticos y morales: se abría el debate sobre si la deuda pública era una fuerza para el bien o para mal (como ya habían advertido muchos liberales clásicos). En Francia, por ejemplo, las ruinosas finanzas reales franceses en el siglo XVIII –recordemos el fatídico episodio de la Banque Royal de John Law–, tuvieron su efecto en el pensamiento de la época. Voltaire fue de los primeros en alertar sobre la “locura” que suponía la espiral deuda/inflación.  Montesquieu, escribió, “toma el verdadero ingresos del estado de aquellos que tienen la actividad y la industria, para transmitir a los indolentes.” En otras palabras, la deuda pública acaba beneficiando el trabajo a los que no trabajan, y dificulta la tarea a los espíritus que trabajan de forma honrada.[3]

Los pensadores moralistas escoceses del siglo XVIII David Hume y Adam Smith fueron muy explícitos al señalar los riesgos que suponía la deuda pública como origen de corrupción y la generación de una política basada en los excesos de la retórica y la ilusión que supone apoyar los presupuestos a cargo de impuestos futuros vía deuda. Hume es claro:

“[…] our modern expedient, which has become very general, is to mortgage the public revenues, and to trust that posterity will pay off the incumbrances contracted by their ancestors […] practice which appears ruinous, beyond all controversy; it seems pretty apparent, that the ancient maxims are, in this respect, more prudent than the modern; even though the latter had been confined within some reasonable bounds, and had ever, in any instance, been attended with such frugality, in time of peace, as to discharge the debts incurred by an expensive war. For why should the case be so different between the public and an individual, as to make us establish different maxims of conduct for each?”[4]

Adam Smith, por su parte, en el capitulo III del libro V de La riqueza de las naciones, habla sobre la importancia que tiene para el comercio y la prosperidad en general la acumulación de capital y no el apalancamiento excesivo. Una idea clave en su pensamiento y que, en su acepción más amplia, no es otra cosa que el motor mismo del progreso y las civilizaciones humanas.[5] Smith concluye:

The government of such a state is very apt to repose itself upon this ability and willingness of its subjects to lend it their money on extraordinary occasions. It foresees the facility of borrowing, and therefore dispenses itself from the duty of saving.”[6]

Ambos pensadores denunciaron como el uso de instrumentos de financiación de deuda pública facilitada ruinosas guerras en Europa y sustenta la vana persecución del imperio en el Atlántico y en otros rincones remotos. Hume y Smith también alertaron en cierta medida de cómo la deuda ampliaba el clientelismo político como consecuencia de ampliar el arco de gasto discrecional en manos del monarca y de los burócratas con grave perjuicio a las libertades individuales. De forma creciente, y como hemos visto anteriormente, se fue forjando una fuerte dependencia mutua entre los Estados (cada vez más endeudados, y más adictos a esta deuda), y los acreedores. De esta forma los acreedores fueron formando de nuevo una oligarquía (no feudal) que irremediablemente generaba unos incentivos perversos: la rentabilidad de los negocios de estos acreedores al final dependía de los poderes públicos creándose un escenario disfuncional y viciado que afecta negativamente tanto al buen desempeño del negocio bancario como a la virtud de los asuntos públicos y del “bien común.”

En América, este debate tendrá una importancia vital durante los primeros años desde el nacimiento de la nueva república. El máximo exponente de esta discusión con respecto al moderno papel que debía tener la deuda pública en una sociedad libre y abierta lo encontramos en el debate entre el liberal clásico Thomas Jefferson y el federalista Alexander Hamilton, ambos miembros del primer gobierno de Washington, primer secretario de Estado y del Tesoro respectivamente. Jefferson atacó la búsqueda de la financiación para sufragar los gastos públicos que buscaban así financiar la organización de un nuevo imperio y de nuevos ejércitos. Jefferson, que poseyó una amplia biblioteca y conocía bien los textos de Smith y Hume, intuía como la absorción de recursos económicos por parte del Estado iba en prejuicio de la inversión productiva privada. Argumentó que la prioridad debe ser la liberación de la nueva nación de la deuda. En una carta de 1809 a Albert Gallatin del Tesoro, Jefferson afirmaba de forma clara y contundente:

I consider the fortunes of our republic as depending in an eminent degree on the extinguishment of the public debt before we engage in any war; because that done, we shall have revenue enough to improve our country in peace and defend it in war without recurring either to new taxes or loans. But if the debt should once more be swelled to a formidable size, its entire discharge will be despaired of, and we shall be committed to the English career of debt, corruption and rottenness, closing with revolution. The discharge of public debt, therefore, is vital to the destinies of our government.”[7]

En la misma línea se expresó al presidente George Washington años antes, en 1788:

“I am anxious about everything which may affect our credit. My wish would be, to possess it in the highest degree, but to use it little. Were we without credit, we might be crushed by a nation of much inferior resources, but possessing higher credit.”

La deuda tienen un componente adictivo muy importante, como los hidratos de carbono, al principio seductora en la medida que permite ensanchar los límites del gasto público, pero al final acaba teniendo un coste que además se traslada hacia la siguiente generación. Si la deuda pública se mezcla con el monopolio de dinero bancario el coctel resulta explosivo e ineluctablemente acaba derivando en lesivas espirales inflacionistas. Como se observa a lo largo de la historia, ‘there is no free lunch‘.

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[1] Friedrich Nietzsche (1887), La genealogía de la moral, Alianza Editorial, 1996.

[3] El primer ejemplo registrado de esto parece ser en el año 2400 a.C. por el Rey de la ciudad-estado sumeria de Lagash en Mesopotamia. Siglos más tarde pensadores como Tocqueville concluirían que la revolución era la mejor manera de no cambiar nada viendo como la Revolución Francesa acaba con Napoleón. A. de Tocqueville, El antiguo régimen y la revolución, Alianza Editorial, 2004.

[3] David W. Carrithers, Michael A. Mosher, y Paul A. Rahe (eds.) (2001): Montesquieu’s Science of Politics: Essays on the Spirit of Laws, Rowan & Littlefield, pp. 361-364.

[4] David Hume (1752): Of Public Credit (en Essays, Moral, Political, and Literary, Part II, Essay IX).Véase también John Christian Laursen y Greg Coolidge (1994): “David Hume and Public Debt: Crying Wolf?”, Hume Studies Volume XX, Number 1, pp. 143-150; Maria Pia Paganelli (2012): “David Hume on Public Credit.

[5] Adam Smith (1776): La riqueza de las naciones, Book V, Capítulo III, V. 3.2.

[6] Ibíd., V.3.8.

[7] Carta de Thomas Jefferson a Albert Gallatin, 11 October 1809. “Thomas Jefferson on public debt”: http://famguardian.org/Subjects/Politics/thomasjefferson/jeff1340.htm