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Reseña de “El despertar de China” en Actualidad Económica (por Lorenzo Bernaldo de Quirós)

En 1803 refiriéndose a China Napoleón observó: “aquí reposa un gigante dormido, dejarlo dormir que cuando despierte hará temblar el Mundo.” Y efectivamente así ha sido. En el transcurso de una generación, China ha pasado de ocupar una posición de cada marginalidad a situarse como una de las claves de bóveda en la configuración de un nuevo orden global para el siglo XXI que ha puesto entredicho cinco siglos de preeminencia occidental.

Aproximar la realidad del dragón asiático y la verdadera magnitud del cambio y reto que ello supone es precisamente el principal objetivo del recién publicado El despertar de China del joven economista y consultor financiero Luis Torras y con prólogo del Presidente de CEOE Juan Rosell. Se trata de una obra clara y sintética en donde se desgrana la cuestión china desde todas sus dimensiones: económica, política y cultura.

El libro arranca señalando de entrada que China no es una economía emergente más, es una civilización antiquísima –con más de 5.000 años de historia– cuyo resurgir económico va aparejado un proceso de renacimiento social y cultural del que todavía estamos en los primeros compases. Este proceso de profundo cambo y renovación se iniciará en 1978 con el advenimiento de Deng Xiaoping quién derribará la muralla ideológica que durante siglos aíslo China del resto del mundo.

En poco más de tres décadas China ha transformado una economía cerrada, agraria y planificada, en una economía abierta, industrial y, básicamente, sometida a los procesos de mercado. En suma, estas reformas han consistido en adoptar el grueso del marco institucional occidental a las estructuras autocráticas chinas. Hoy China dista mucho del “ideal capitalista” –si es que tal cosa existe en algún parte– y su proceso de transición está aún inconcluso. Hasta la fecha el proceso puede juzgarse como un éxito político y económico rotundo aunque los retos a los que se enfronta el dragón rojo se cuenten por centenares.

El éxito de las reformas no se comprende únicamente con sus contenidos, esto es restauración paulatina de la propiedad privada, apertura y liberalización de los mercados, sino también con el enfoque y las estrategias utilizados por el Partido Comunista. China ha llevado el despliegue de sus reformas de forma gradual, siguiendo un enfoque pragmático y descentralizado que ha permitido a los nuevos mandarines aprender de los errores e ir desmontando la antigua economía sovietizada –que durante años encorseto y estranguló la productividad del país– de forma ordenada, evitando vacíos de poder, y manteniendo la gobernanza de un país que agrupa una sexta parte de la población del planeta. Los resultados están encima de la mesa: en los últimos años unos 600 millones de chinos han abandonado la pobreza. El The Economist lo ha señalado como la mejora de bienestar más importante de la Historia.

Hoy, la República Popular es un inmenso paraguas político que agrupa un conjunto de regiones económicas, tremendamente dispares las unas con las otras, que compiten entre sí en un mundo globalizado por atraer talento y capital.

Los retos que afronta el recién nombrado nuevo tándem dirigente XiLi se cuentan por centenares. De entre todos destaca uno: la corrupción del sistema y la gobernanza del país. Se trata de dos caras de la misma moneda que suponen el verdadero Talón de Aquiles del gigante. China, a diferencia de los países occidentales, no ha desarrollado instituciones democráticas ni lo que en el mundo anglosajón conocemos como rule of law, y que se sitúan en la base más fundamental del desarrollo de bienestar en los países de nuestro entorno.

Diferentes son los valores entre Oriente y Occidente, como diferente ha sido nuestro relato histórico, diferentes son también, por tanto, sostiene el autor, las instituciones políticas a ambos lados de la cuenca pacífica. En este sentido, esta por ver si China sabrá adoptar el grueso de instituciones occidentales como el imperio de la ley o la separación de poderes, o si por el contrario encontrará sus propias “soluciones políticas” al gran problema de la legitimidad de los poderes públicos y la gobernanza del Imperio distintas a las que conocemos en nuestras latitudes.

El autor remarca la importancia de comprender la singularidad de China que no es un “estado-nación”, es un Imperio en reconstrucción, un imperio sin muralla; con una nueva dinastía, el Partido Comunista, marxista, no feudal, que por el momento se ha sabido reconvertir como una eficiente tecnocracia pudiendo pivotar una de las transformaciones económicas más importantes de la Historia. En definitiva, el libro ofrece al futuro lector un relato accesible sobre uno de los grandes retos intelectuales de nuestro tiempo y del que en, nos guste o no, dependerá el devenir de los acontecimientos en el nuevo siglo.

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Recensión sobre el libro “El despertar de China” (por el profesor Jesús Domínguez)

Una de las realidades económicas innegables para salir de la delicada coyuntura en España ha sido y sigue siendo el papel fundamental que ha jugado el poder de las exportaciones. Dada la profundidad de la crisis, la necesidad de abrir nuevas vías comerciales, más allá de los mercados tradicionales de venta, se ha convertido en una prioridad para las empresas españolas, que buscan un modo de superar las dificultades que la gran recesión ha impuesto.

La incipiente y creciente aparición de una, desconocida hasta la fecha, clase media en China, el país más poblado de la tierra, ha abierto unas posibilidades de intercambios comerciales con el gigante asiático que atisban un halagüeño futuro gracias al inmenso potencial existente. La fuerte inmigración interna, desde los núcleos rurales hacia las grandes urbes, contribuye al asentamiento de focos de creciente creación de riqueza.

Pero para conseguir introducirse en el complejo mercado chino, se debe disponer de un completo conocimiento de su realidad. El presente libro contribuye a conseguir esta finalidad desde una perspectiva multifocal, de modo que se descifran los aspectos más relevantes desde una visión no solamente económica, sino que permite conocer otros elementos no menos importantes, como son la realidad política y cultural. Sin un adecuado conocimiento de estas últimas, el esfuerzo de las empresas españolas sería baldío a la hora de intentar colocar sus productos en la complejidad de ese lejano entorno.

Siete son los capítulos que, a lo largo de poco más de dos centenares de páginas, integran los pilares centrales de la obra, además de un explicativo comentario sobre la transliteración de nombres chinos y una completa y ordenada guía de lecturas recomendadas y una selecta bibliografía, amén de listados con los gráficos, cuadros y mapas organizados según el capítulo donde aparecen.

El primer capítulo explica el crecimiento sin precedentes que se ha producido en China en las últimas tres décadas, algo que no tiene parangón a lo largo de toda la historia, y que potenciará a este país a posicionarse como la primera economía mundial sin dilación en un horizonte temporal menor al medio siglo. Este escenario tiene un efecto dominó sobre el resto de economías, dadas las crecientes necesidades, tanto de materias primas como de productos acabados, requisitos imprescindibles para mantener la maquinaria productiva acorde al tamaño económico generado.

Antes de continuar con los aspectos más directamente relacionados con lo económico, el autor presenta los mimbres que conforman el peculiar entramado del que el empresario que se acerque debe ser plenamente consciente. Así, se explicitan conceptos que muestran los esquemas de pensamiento y valores que sustentan la sociedad china y que, sin duda, poseen una influencia incuestionable en las futuras negociaciones y pactos comerciales. Además, se profundiza en el sui generis sistema y organización de índole político existente desde la revolución de Mao, así como el no menos importante escenario geográfico.

Los capítulos tercero y cuarto están destinados a narrar históricamente, de manera amena y precisa, los acontecimientos y la gran antítesis existente entre la era maoísta y el cambio de rumbo establecido a partir de la llegada al poder de Deng Xiaoping y la implantación de la Reforma económica. La proclamación de la República Popular de China con el posterior plan económico encuadrado en el denominado Gran Salto Adelante, con nefastas consecuencias económicas y sociales contrastan con el punto de inflexión que se produce en 1978 con el cambio de rumbo, primero económico y posteriormente social, ya con el aperturismo económico que impera en el presente.

La explicación del modelo de crecimiento que asombra al mundo entero, se desgrana en el quinto apartado, donde se exponen pormenorizadamente los factores propiciatorios para alcanzar las tasas incrementales de PIB. Los elementos a los que se hace referencia documentada son el desarrollo tecnológico, la mejora del capital humano, la acumulación de capital y el archiconocido incremento de la productividad, sin olvidar el papel estratégico fundamental que ha desempeñado el manejo y manipulación del tipo de cambio, tan criticados en más de una ocasión por las economías occidentales.

Además de contar con detalle no carente de profundidad las cuestiones anteriormente mencionadas, se hace mención, en la sexta sección, a la nueva transición que se está produciendo y que, indefectiblemente, provoca unos indeseables efectos colaterales, plasmados en grandes desequilibrios, acordes al tamaño del país. Así, la aparición de la clase media, no ha impedido elevados focos de pobreza, casos de corrupción, y todo ello acompañado de un modelo que, aunque deja de lado la dependencia de las exportaciones, genera un preocupante dilema en cuanto a la eficiencia energética necesaria para conseguir un desarrollo sostenible.

En el capítulo final se definen las claves para entender el despertar de China, ayudando al lector a comprender e interiorizar no a un Estado-nación, sino a un Estado-civilización, concepto que traspasa lo económico o social y que tiene la capacidad de influir de manera incuestionable en el diseño del Nuevo Orden Mundial y que nadie debería dejar pasar por alto.

En la encrucijada de apostar por posicionarse en el mercado chino, no sirven las recetas que se emplean en otros escenarios. El libro de Luis Torras, especialista que ha vivido en primera persona la realidad del país asiático, permite al lector conocer en profundidad y, desde una óptica multidisciplinar, la diversidad y dificultades con las que cualquier exportador, cuyos productos vayan destinados a esa plaza, se va a encontrar. El nivel de información proporcionado se convierte así en una guía imprescindible que, si no lo asegura, sí que garantiza evitar tropiezos y desencuentros que entorpezcan las deseadas transacciones comerciales y que pudieran dar al traste con la finalidad última.

Crítica del libro aparecida en la Revista Economistas del Colegio de Economistas de Madrid. Jesús Domínguez es profesor en la Universidad Autónoma de Madrid.

Historia monetaria del siglo XX: la hiperinflación en Weimar

“Si el pueblo americano permite un día que los Bancos privados controlen la emisión de su moneda, primero por la inflación, luego por deflación, los bancos y corporaciones que crecerán alrededor de ellos privarán al pueblo de toda propiedad hasta que sus hijos despierten sin hogar en el continente que sus padres conquistaron.”

— Thomas Jefferson

El verano de 1914 fue caluroso y especialmente apacible según todas las crónicas de la época. El mundo estaba inmerso en grandes cambios científicos y tecnológicos y el avance del comercio hacía presagiar un gran periodo de paz. El periodista Norman Angell publicaba un célebre panfleto en 1910 titulado The Great Ilusion en el que defendía que la guerra, en una sociedad de consumo y materialista, era un mecanismo inaceptable no tanto por su crueldad sino por su gran inutilidad. Sin embargo, y como sucede con todas las crisis, éstas aparecen de repente, y sin previo aviso. La Primera Guerra Mundial entre los años 1914-1919, tendrá una gran transcendencia en el devenir histórico de Europa y del mundo durante todo el siglo XX. La revolución de octubre de 1917, la hiperinflación alemana en 1933, la Segunda Guerra Mundial (1939-1945), y el abandono definitivo, también su desprestigio, del patrón oro, son algunas de las dramáticas consecuencias del segundo gran suicidio europeo en menos de una generación.

La Gran Guerra finalizo en armisticio el 11 de noviembre de 1918 dejando un continente en ruinas y lastrado por grandes deudas. Las economías de Francia y Alemania se habían contraído un 30% mientras su endeudamiento público había crecido de forma exponencial. El Reino Unido, por su parte, salía debilitado de su liderazgo de antaño que, de una forma cada vez más clara y evidente, quedaba eclipsado por Estados Unidos que consolidaba su posición de liderazgo en el escenario tras la Guerra. Si antes de 1914 el PIB de EE UU se situaba en 40.000 millones de dólares, cifra equivalente a la producción combinada de Alemania, Reino Unido y Francia, en 1919 ya era un 50% superior. En cuatro años de contienda, las naciones europeas se habían gastado 200.000 millones de dólares, consumiendo prácticamente la mitad del PIB en su destrucción mutua. Un gasto militar que básicamente se había sufragado con préstamos, como se venía haciendo desde siempre, de manera más sofisticada desde que William Pitt, el joven, revoluciono los mercados de bonos para financiar la guerra contra Napoleón. Estas deudas de guerra rápidamente se convertían en el gran y principal obstáculo para recuperar la normalidad, la confianza y la prosperidad en el continente. Su mala resolución en Versalles, anticipada brillantemente por Keynes, entre otros, será la semilla de la Segunda Guerra Mundial.[1]

Las consecuencias económicas de la paz

El Tratado de Versalles exigió a Alemania el pago de una cantidad desmesurada de dinero, inicialmente 55.000 millones de dólares, como reparación de guerra a las potencias aliadas –Francia, Reino Unido y Estados Unidos–, lo que suponía tener que hacer frente de la noche a la mañana a una enorme mochila de deuda sobrevenida al mismo tiempo que se le obligaba a realizar cesiones territoriales, una octava parte de su territorio que la privaban de una parte relevante de su capital productivo. Un joven John Mynard Keynes, catedrático en Cambridge y con ganas de hacerse notar, fue quién mejor anticipó, y supo explicar, las negativas consecuencias del tratado expresadas de forma clara en el best-seller, hoy clásico, Las consecuencias económicas de la paz (1919). Keynes señaló como Versalles estaba poniendo la semilla para la destrucción y asfixia económica de Alemania, lo que dibujaba un escenario de consecuencias impredecibles, en cualquier caso malas. El Tratado, señaló Keynes, era una humillación en toda regla a Alemania, y la semilla del nazismo y posterior Segunda Guerra Mundial. Keynes concluyó que si se quería albergar alguna esperanza con respecto al pago por parte de Alemania de las indemnizaciones impuestas, lo que no se podía hacer era arruinar al país ahogándolo.

Era urgente restablecer la confianza, reparar lazos, para que el crédito volviera a fluir normalmente. Una opción era que Estados Unidos, nueva potencia emergente, emitiese nuevos certificados de garantía y nuevos préstamos que sirviesen para dotar de liquidez al sistema y así dar paso a una nueva fase de integración comercial y financiera con la que reflotar la maltrechas economías de la posguerra. Otra opción era la de la condonación, hacer tabla rasa, y empezar a construir de nuevo. Como veremos, ninguna de las dos opciones, que seguramente hubieran permitido escapar al “ahogo” alemán del que bien advirtió Keynes, resulto satisfactoria para Francia, sobretodo, también para Inglaterra, que, en mayor o menor medida, impusieron sus intereses nacionales, miopes, exigiendo cuantiosas cantidades en metálico, oro y en especie a Alemania, imposibilitando la solución del problema y convirtiéndolo en uno aún más grave.

Los franceses se habían fijado en el oro alemán que en 1915 sumaba 876 toneladas métricas y con el que pensaban compensar sus propias deudas. La guerra, sin embargo, había dibujado un escenario complejo, con un tejido productivo muy dañado y con mucho menos capital que dificultaba hacer las estimaciones en la capacidad de devolver la deuda. En su magnífico libro, Paris 1919, la historiadora Margaret MacMillan destaca las complejas relaciones financieras entre potencias tras la guerra en un mundo ya globalizado. Inglaterra y Francia habían extendido importantes préstamos a Rusia, que había entrado en default tras la revolución bolchevique. Italia, que también había recibido fondos de Inglaterra y Francia tampoco disponía de recursos para pagar. Francia adeudaba 3.000 millones de dólares al Reino Unido y 4.000 millones de dólares a Estados Unidos. A su vez Inglaterra debía 4.700 millones de dólares a Estados Unidos. En 1919, nadie podía pagar y los mecanismos de crédito estaban congelados.[2]

Las advertencias de Keynes fueron desoídas. La presión del pago de las reparaciones de guerra tuvo un impacto demoledor sobre la economía alemana, las cesiones de soberanía sobre territorios y colonias alemanas y el peso moral de la culpa que explicitaba el Tratado desembocaron, primero, en la crisis de la hiperinflación alemana entre 1919 y 1923 y, después, en el advenimiento del nazismo en 1933 y la Segunda Guerra Mundial entre los años 1939 y 1945.

El mal acuerdo de Versalles, es decir un acuerdo que no resultó razonable, creíble y asumible por las partes, favoreció un gran clima de desconfianza e incertidumbre que sobrevoló los mercados financieros y la economía global durante los años siguientes. Debido a la imposibilidad técnica de realizar un cálculo concreto, el Tratado de Versalles no llegó a incluir una cantidad específica de la cuantía de los daños causados por Alemania durante la guerra. Se establecieron unos paneles de expertos que fueron desarrollando el estudio de la cuestión, anticipando así una moda muy actual de delegación de responsabilidades y aplazamiento de decisiones en fórmula tan aparentemente correcta.

La posición inicial más dura, no fue de los franceses, sino de los ingleses que fijaron la cifra en 55.000 millones de dólares. Estados Unidos prefería un acuerdo substancialmente menor, entre los 10.000 y los 12.000 millones, sobre la hipótesis de que a la economía americana le convenía una economía alemana fuerte. Estas posiciones, por imposibles, fueron cambiando, lo que ayudó a generar más incertidumbre a medida que se iba comprobando que la recién creada República de Weimar no podía pagar. En mayo de 1921, altos funcionarios de la hacienda pública británica presentaron una nueva propuesta consistente en el pago de reparaciones por valor de 12.500 millones de dólares, casi el 100% del PIB alemán de antes de la guerra. Esta propuesta exigía el pago anual, entre intereses y principal, de entre 600 y 800 millones, cerca del 5% del PIB.[3] Esta nueva propuesta se acercaba, y en cierto modo estuvo muy influenciada, por las propuestas de Keynes pero llegaba tarde.

Pese a todo, y debido a los cambios sucesivos de Gobierno que dificultará aún más la búsqueda  –entre 1919 y 1922 se sucederán cinco gobiernos en Francia y seis en Alemania–, y a las dudas del propio Gobierno alemán sobre si podría o no pagar las reparaciones debido a la precaria situación en la que había quedado el país tras la contienda, el calendario de repago de la deuda avanzó sin cumplirse. El Tratado había dejado importantes incertidumbres abiertas que estarían planeando sobre el conjunto del sistema, añadiendo desconfianza permanente durante la década siguiente. Asimismo, la aceptación de los términos recogidos en Versalles supuso una grave herida para el sistema parlamentario que alumbró a la recién creada República de Weimar que nació herida de muerte.

Sobre endeudamiento, hiper inflación y nazismo

Asolada por la guerra y acosada por las deudas, la recién estrenada República de Weimar buscaban acelerar la recuperación de la competitividad perdida frente a los socios comerciales vía la impresión de moneda. En 1921, el Reichsbank, luego reconocido en el mundo entero precisamente por su ortodoxia monetaria, dió comienzo a un plan de impresión de moneda e inoculó la inflación al sistema mediante la compra de facturas pendientes de pago, deudas, del Gobierno alemán. Dinero en efectivo que el Gobierno necesitaba para hacer frente a sus obligaciones con los proveedores y sufragar el déficit. Se pensó que la la devaluación del marco iba a ser una oportunidad para facilitar el crédito e impulsar las exportaciones del país.

Los perjudicados fueron clases medias trabajadoras, ahorradores y pensionistas, –perfiles de bajo riesgo o que no tenían acceso fácil a la bolsa–. Las políticas del Reichsbank de imprimir moneda sin límite supusieron su ruina financiera, económica y también moral. En apenas un año, en 1922, la inflación paso a ser hiperinflación a medida que el instituto emisor imprimía dinero a espuertas para hacer frente a sus compromisos financieros. Un dólar estadounidense pasó a valer tanto que era casi imposible encontrar bancos que pudieran hacer el cambio de divisa. En 1923, los billetes se imprimían solo en una cara para ahorrar tinta y el proceso de logística para la impresión de los billetes llegó a incluir 133 talleres de imprenta con 1.783 máquinas y más de 30 fábricas de papel.[4]

Como se ha dejado constancia en diversas memorias, el crimen, la prostitución y los robos se volvieron algo habitual, la moral del conjunto de la sociedad se devalúo a la misma velocidad que lo hacia el marco alemán. Stefan Zweig describe en sus memorias:

“¡Qué época más desenfrenada, anárquica e irreal la de aquellos años en que, con la disminución del valor del dinero, todos los demás valores empezaron a decaer en Austria y Alemania! Era una época de enardecido éxtasis y feas maquinaciones, una curiosa mezcla de intranquilidad y fanatismo. Las ideas más extravagantes […] dieron una cosecha dorada.”[5]

El desmoronamiento del sistema monetario alteró profundamente el orden de prioridades de la población. Se alteró de forma violenta y dramática la preferencia temporal: sin valor de la moneda, solo importaba el presente y las antiguas instituciones de estabilidad como el capital, el ahorro, el préstamo o el crédito dejaron de tener sentido. La gente dejó de confiar en el marco alemán y en todo lo esto significaba. Alemania quedó sumida en el caos al tiempo que el populismo político avanzaba de manera inexorable.

Las cifras resultan elocuentes. En 1914, antes del estallido de la Primera Guerra Mundial, el tipo de cambio del marco estaba fijado en 24 centavos de dólar (1 dólar, 4,2 marcos alemanes aproximadamente). A principios de 1920, con los efectos de la financiación inflacionista ya en marcha, el cambio se situaba en 1 dólar, 65 marcos.[6] A finales de 1921 la inflación de los precios al consumo ya se hacía notar pero, equivocadamente, no se percibió como una amenaza.

Los bancos alemanes, y cualquiera con activos reales, estaban protegidos beneficiados antes esta coyuntura dramática. La inflación afectaba al valor real de sus activos en el balance, con lo que estaban cubiertos ante un proceso que haría aumentar el valor nominal de los mismos a la vez que reduciría la carga de la deuda al menos temporalmente. Algo similar sucedía con las grandes empresas y corporaciones alemanas que tenían en sus balances una posición importante, de activos reales como maquinaria, equipos industriales y fábricas. Al mismo tiempo, muchas de estas grandes empresas tenían operaciones fuera de Alemania lo que permitía llevar a cabo cierta estrategia de diversificación de divisas y proteger el negocio de un hipotético colapso del marco. Por último, la pequeña burguesía alemana tampoco se alarmó de inmediato con el repunte inflacionario, ya que si bien su poder de compra en el exterior se veía reducido, este efecto se compensaba hasta cierto punto con las ganancias del mercado de capitales que subía con fuerza y una falsa sensación de incremento de riqueza y bienestar.

Alemania experimentó la mayor destrucción de valor monetario de la historia de la Humanidad hasta aquel momento, con el agravante de que el proceso afectaba una gran potencia y no una república secundaria. Su experiencia sigue sin ser comparable con otros procesos de hiperinflación igualmente devastadores, pero en países de menor tamaño y por tanto, de menor repercusión internacional.[7] El 1 de noviembre de 1923, una libra de pan costaba 3.000 millones de marcos, una libra de carne, 36.000 millones. Un vaso de cerveza, 4.000 millones. Una deuda de principios de la etapa inflacionaria, nada.

Ante esta destrucción imparable del valor del marco, el Reichsbank decidió crear una divisa alternativa que estaría anclada en préstamos hipotecarios y en derechos sobre el cobro de impuestos futuros que subyacían sobre dichas propiedades. Su emisión y circulación estuvo dirigida y supervisada por el ambicioso e implacable ministro de Economía Hjalmar Schancht que poco más tarde se convertiría en el nuevo jefe del Reichsbank y que acabaría sucumbiendo al encanto del nazismo al final de la década. El marco colapsó poco después que la nueva divisa, el nuevo marco alemán, fuese introducida. Su equivalencia era, aproximadamente, de un billón de marcos por cada nuevo marco.[8]

La hiperinflación arrasó el país en todos los ámbitos imaginables lo que recuerda la célebre frase de Lenin, afirma con sorprendente clarividencia:

Todo el mundo reconoce que la emisión de papel moneda es la peor clase de préstamo obligatorio, que empeora principalmente las condiciones de los trabajadores, de la parte más pobre de la población, que es el mal más importante en la confusión financiera […] la emisión ilimitada de papel moneda favorece la especulación, permite a los capitalistas hacerse millonarios y crea tremendos obstáculos en el camino de una muy necesaria expansión de la producción: la carestía de las materias primas, maquinaria, […] Avanza a saltos y crea límites. ¿Cómo pueden mejorarse las cosas cuando las riquezas acumuladas por los ricos son ocultadas?”.[9]

Este pensamiento va en línea con la célebre cita de Lenin, atribuida por Keynes: “la forma más directa de destruir el sistema capitalista es subvertir la moneda.” Tan cierto como eso. Por eso la defensa de una moneda sana es el primer bastión de defensa para una sociedad libre y abierta.

El gran pensador austríaco Ludwig von Mises, que sufrió en primera persona tanto el nazismo como el comunismo, es quizás quién mejor alcanzó a entender las consecuencias derivadas de la manipulación del dinero. Dice en su libro Socialismo:

La inflación es la última palabra del destruccionismo. Los bolcheviques, con la incomparable habilidad de que dan muestra para encubrir su odio en forma racional y para transformar las derrotas en victorias, han hecho de la inflación una política financiera propia para abolir el capitalismo, al destruir la moneda.”[10]

Conclusión

Adam Fergusson concluye su magnífico libro sobre la hiperinflación alemana –y en línea con la observación de Lenin citada anteriormente–: “Esto es, creo, un cuento moral. Va mucho más que demostrar el axioma revolucionario que si desea destruir una nación primero debe corromper su moneda. Este dinero debe sonar ser el primer bastión de la defensa de una sociedad.”[11]

En efecto, si por alguna cosa resulta importante entender las manipulaciones y perversiones del orden monetario es por las graves consecuencias que estos desordenes han tenido en clave política y social. La hiperinflación en la República de Weimar demuestra que la pérdida de confianza en los medios convencionales de intercambio económico rompe el orden social. Una verdad universal que ya había subrayado Cicerón en sus Filípicas: “el dinero sin medida forma los nervios de la guerra.”[12]

Queda otra lección para el futuro: la hiperinflación, si bien destruye el tejido social, permite una recuperación económica rápida cuando los precios vuelven a estabilizarse. Es lo que ocurrió cuando tras lograr controlar la inflación, el país, uno de los más industrializados de la época y rico en recursos naturales, volvió con fuerza al camino del crecimiento.[13]

En paralelo a la crisis alemana, las grandes potencias mundiales promovieron en aquellos tumultuosos años numerosos encuentros multilaterales, como la Conferencia de Génova de 1922, para dar respuesta a la crisis y fijar un orden monetario que devolviese al conjunto de las naciones el camino de la prosperidad mediante puntos de anclaje y normas claras a las que aferrarse. Esfuerzos en vano o que llegaban demasiado tarde. Las costuras del sistema se romperían de forma brusca y dramática.

[1]Ahamed (2010), p. 124.

[2]Margaret MacMillan, Paris 1919: Six Months That Changed the World, Random House, 2007.

[3]Ahamed (2010), p. 141.

[4]Ahamed (2010), p.146.

[5]StefanZweig, El mundo de ayer. Memorias de un europeo, Acantilado, 2009, p. 381-82.

[6]Ahamed (2010), p. 144.

[7] Destacan los casos de Hungría o Zimbabue. El caso de Hungría es el record absoluto en cuanto a procesos de inflación se tienen constancia: en 1946 se llegó a lanzar un billete de 100 trillones de pengos, que tiene en su haber el dudoso honor ser el billete de mayor denominación de la historia. El ejemplo más reciente es el de Zimbabue que en Noviembre de 2008 alcanzaba una inflación del 79.600.000.000%, lo que implica duplicar el nivel de precios cada día, una de las tasas de inflación más altas jamás alcanzadas.

[8]Constantino Bresciani-Turroni, The Economics of Inflation: A Study of Currency Depreciation in Post-War Germany, John Dickens & Co., 1968, p. 441, Tabla IV.

[9]V.I. Lenin, “The Threatening Catastrophe”, Septiembre 1917.

[10]Ludwig von Mises, Socialismo, Editorial Hermés, 1968, p. 513.

[11]“This is, I believe, a moral tale. It goes far to prove the revolutionary axiom that if you wish to destroy a nation you must first corrupt its currency. This must sound money be the first bastion of a society’s defense.” Fergusson (2010), p. xiv. Fergusson describe con detalle algunas de las rarezas derivadas del desorden monetaria (p. 140), y como esta situación de hiperinflación derivo en el desarrollo de sistemas de trueque (p. 113).

[12]Ahamed (2010), p. 95.

[13]Rickards (2012), p. 60.