“Si el pueblo americano permite un día que los Bancos privados controlen la emisión de su moneda, primero por la inflación, luego por deflación, los bancos y corporaciones que crecerán alrededor de ellos privarán al pueblo de toda propiedad hasta que sus hijos despierten sin hogar en el continente que sus padres conquistaron.”

— Thomas Jefferson

El verano de 1914 fue caluroso y especialmente apacible según todas las crónicas de la época. El mundo estaba inmerso en grandes cambios científicos y tecnológicos y el avance del comercio hacía presagiar un gran periodo de paz. El periodista Norman Angell publicaba un célebre panfleto en 1910 titulado The Great Ilusion en el que defendía que la guerra, en una sociedad de consumo y materialista, era un mecanismo inaceptable no tanto por su crueldad sino por su gran inutilidad. Sin embargo, y como sucede con todas las crisis, éstas aparecen de repente, y sin previo aviso. La Primera Guerra Mundial entre los años 1914-1919, tendrá una gran transcendencia en el devenir histórico de Europa y del mundo durante todo el siglo XX. La revolución de octubre de 1917, la hiperinflación alemana en 1933, la Segunda Guerra Mundial (1939-1945), y el abandono definitivo, también su desprestigio, del patrón oro, son algunas de las dramáticas consecuencias del segundo gran suicidio europeo en menos de una generación.

La Gran Guerra finalizo en armisticio el 11 de noviembre de 1918 dejando un continente en ruinas y lastrado por grandes deudas. Las economías de Francia y Alemania se habían contraído un 30% mientras su endeudamiento público había crecido de forma exponencial. El Reino Unido, por su parte, salía debilitado de su liderazgo de antaño que, de una forma cada vez más clara y evidente, quedaba eclipsado por Estados Unidos que consolidaba su posición de liderazgo en el escenario tras la Guerra. Si antes de 1914 el PIB de EE UU se situaba en 40.000 millones de dólares, cifra equivalente a la producción combinada de Alemania, Reino Unido y Francia, en 1919 ya era un 50% superior. En cuatro años de contienda, las naciones europeas se habían gastado 200.000 millones de dólares, consumiendo prácticamente la mitad del PIB en su destrucción mutua. Un gasto militar que básicamente se había sufragado con préstamos, como se venía haciendo desde siempre, de manera más sofisticada desde que William Pitt, el joven, revoluciono los mercados de bonos para financiar la guerra contra Napoleón. Estas deudas de guerra rápidamente se convertían en el gran y principal obstáculo para recuperar la normalidad, la confianza y la prosperidad en el continente. Su mala resolución en Versalles, anticipada brillantemente por Keynes, entre otros, será la semilla de la Segunda Guerra Mundial.[1]

Las consecuencias económicas de la paz

El Tratado de Versalles exigió a Alemania el pago de una cantidad desmesurada de dinero, inicialmente 55.000 millones de dólares, como reparación de guerra a las potencias aliadas –Francia, Reino Unido y Estados Unidos–, lo que suponía tener que hacer frente de la noche a la mañana a una enorme mochila de deuda sobrevenida al mismo tiempo que se le obligaba a realizar cesiones territoriales, una octava parte de su territorio que la privaban de una parte relevante de su capital productivo. Un joven John Mynard Keynes, catedrático en Cambridge y con ganas de hacerse notar, fue quién mejor anticipó, y supo explicar, las negativas consecuencias del tratado expresadas de forma clara en el best-seller, hoy clásico, Las consecuencias económicas de la paz (1919). Keynes señaló como Versalles estaba poniendo la semilla para la destrucción y asfixia económica de Alemania, lo que dibujaba un escenario de consecuencias impredecibles, en cualquier caso malas. El Tratado, señaló Keynes, era una humillación en toda regla a Alemania, y la semilla del nazismo y posterior Segunda Guerra Mundial. Keynes concluyó que si se quería albergar alguna esperanza con respecto al pago por parte de Alemania de las indemnizaciones impuestas, lo que no se podía hacer era arruinar al país ahogándolo.

Era urgente restablecer la confianza, reparar lazos, para que el crédito volviera a fluir normalmente. Una opción era que Estados Unidos, nueva potencia emergente, emitiese nuevos certificados de garantía y nuevos préstamos que sirviesen para dotar de liquidez al sistema y así dar paso a una nueva fase de integración comercial y financiera con la que reflotar la maltrechas economías de la posguerra. Otra opción era la de la condonación, hacer tabla rasa, y empezar a construir de nuevo. Como veremos, ninguna de las dos opciones, que seguramente hubieran permitido escapar al “ahogo” alemán del que bien advirtió Keynes, resulto satisfactoria para Francia, sobretodo, también para Inglaterra, que, en mayor o menor medida, impusieron sus intereses nacionales, miopes, exigiendo cuantiosas cantidades en metálico, oro y en especie a Alemania, imposibilitando la solución del problema y convirtiéndolo en uno aún más grave.

Los franceses se habían fijado en el oro alemán que en 1915 sumaba 876 toneladas métricas y con el que pensaban compensar sus propias deudas. La guerra, sin embargo, había dibujado un escenario complejo, con un tejido productivo muy dañado y con mucho menos capital que dificultaba hacer las estimaciones en la capacidad de devolver la deuda. En su magnífico libro, Paris 1919, la historiadora Margaret MacMillan destaca las complejas relaciones financieras entre potencias tras la guerra en un mundo ya globalizado. Inglaterra y Francia habían extendido importantes préstamos a Rusia, que había entrado en default tras la revolución bolchevique. Italia, que también había recibido fondos de Inglaterra y Francia tampoco disponía de recursos para pagar. Francia adeudaba 3.000 millones de dólares al Reino Unido y 4.000 millones de dólares a Estados Unidos. A su vez Inglaterra debía 4.700 millones de dólares a Estados Unidos. En 1919, nadie podía pagar y los mecanismos de crédito estaban congelados.[2]

Las advertencias de Keynes fueron desoídas. La presión del pago de las reparaciones de guerra tuvo un impacto demoledor sobre la economía alemana, las cesiones de soberanía sobre territorios y colonias alemanas y el peso moral de la culpa que explicitaba el Tratado desembocaron, primero, en la crisis de la hiperinflación alemana entre 1919 y 1923 y, después, en el advenimiento del nazismo en 1933 y la Segunda Guerra Mundial entre los años 1939 y 1945.

El mal acuerdo de Versalles, es decir un acuerdo que no resultó razonable, creíble y asumible por las partes, favoreció un gran clima de desconfianza e incertidumbre que sobrevoló los mercados financieros y la economía global durante los años siguientes. Debido a la imposibilidad técnica de realizar un cálculo concreto, el Tratado de Versalles no llegó a incluir una cantidad específica de la cuantía de los daños causados por Alemania durante la guerra. Se establecieron unos paneles de expertos que fueron desarrollando el estudio de la cuestión, anticipando así una moda muy actual de delegación de responsabilidades y aplazamiento de decisiones en fórmula tan aparentemente correcta.

La posición inicial más dura, no fue de los franceses, sino de los ingleses que fijaron la cifra en 55.000 millones de dólares. Estados Unidos prefería un acuerdo substancialmente menor, entre los 10.000 y los 12.000 millones, sobre la hipótesis de que a la economía americana le convenía una economía alemana fuerte. Estas posiciones, por imposibles, fueron cambiando, lo que ayudó a generar más incertidumbre a medida que se iba comprobando que la recién creada República de Weimar no podía pagar. En mayo de 1921, altos funcionarios de la hacienda pública británica presentaron una nueva propuesta consistente en el pago de reparaciones por valor de 12.500 millones de dólares, casi el 100% del PIB alemán de antes de la guerra. Esta propuesta exigía el pago anual, entre intereses y principal, de entre 600 y 800 millones, cerca del 5% del PIB.[3] Esta nueva propuesta se acercaba, y en cierto modo estuvo muy influenciada, por las propuestas de Keynes pero llegaba tarde.

Pese a todo, y debido a los cambios sucesivos de Gobierno que dificultará aún más la búsqueda  –entre 1919 y 1922 se sucederán cinco gobiernos en Francia y seis en Alemania–, y a las dudas del propio Gobierno alemán sobre si podría o no pagar las reparaciones debido a la precaria situación en la que había quedado el país tras la contienda, el calendario de repago de la deuda avanzó sin cumplirse. El Tratado había dejado importantes incertidumbres abiertas que estarían planeando sobre el conjunto del sistema, añadiendo desconfianza permanente durante la década siguiente. Asimismo, la aceptación de los términos recogidos en Versalles supuso una grave herida para el sistema parlamentario que alumbró a la recién creada República de Weimar que nació herida de muerte.

Sobre endeudamiento, hiper inflación y nazismo

Asolada por la guerra y acosada por las deudas, la recién estrenada República de Weimar buscaban acelerar la recuperación de la competitividad perdida frente a los socios comerciales vía la impresión de moneda. En 1921, el Reichsbank, luego reconocido en el mundo entero precisamente por su ortodoxia monetaria, dió comienzo a un plan de impresión de moneda e inoculó la inflación al sistema mediante la compra de facturas pendientes de pago, deudas, del Gobierno alemán. Dinero en efectivo que el Gobierno necesitaba para hacer frente a sus obligaciones con los proveedores y sufragar el déficit. Se pensó que la la devaluación del marco iba a ser una oportunidad para facilitar el crédito e impulsar las exportaciones del país.

Los perjudicados fueron clases medias trabajadoras, ahorradores y pensionistas, –perfiles de bajo riesgo o que no tenían acceso fácil a la bolsa–. Las políticas del Reichsbank de imprimir moneda sin límite supusieron su ruina financiera, económica y también moral. En apenas un año, en 1922, la inflación paso a ser hiperinflación a medida que el instituto emisor imprimía dinero a espuertas para hacer frente a sus compromisos financieros. Un dólar estadounidense pasó a valer tanto que era casi imposible encontrar bancos que pudieran hacer el cambio de divisa. En 1923, los billetes se imprimían solo en una cara para ahorrar tinta y el proceso de logística para la impresión de los billetes llegó a incluir 133 talleres de imprenta con 1.783 máquinas y más de 30 fábricas de papel.[4]

Como se ha dejado constancia en diversas memorias, el crimen, la prostitución y los robos se volvieron algo habitual, la moral del conjunto de la sociedad se devalúo a la misma velocidad que lo hacia el marco alemán. Stefan Zweig describe en sus memorias:

“¡Qué época más desenfrenada, anárquica e irreal la de aquellos años en que, con la disminución del valor del dinero, todos los demás valores empezaron a decaer en Austria y Alemania! Era una época de enardecido éxtasis y feas maquinaciones, una curiosa mezcla de intranquilidad y fanatismo. Las ideas más extravagantes […] dieron una cosecha dorada.”[5]

El desmoronamiento del sistema monetario alteró profundamente el orden de prioridades de la población. Se alteró de forma violenta y dramática la preferencia temporal: sin valor de la moneda, solo importaba el presente y las antiguas instituciones de estabilidad como el capital, el ahorro, el préstamo o el crédito dejaron de tener sentido. La gente dejó de confiar en el marco alemán y en todo lo esto significaba. Alemania quedó sumida en el caos al tiempo que el populismo político avanzaba de manera inexorable.

Las cifras resultan elocuentes. En 1914, antes del estallido de la Primera Guerra Mundial, el tipo de cambio del marco estaba fijado en 24 centavos de dólar (1 dólar, 4,2 marcos alemanes aproximadamente). A principios de 1920, con los efectos de la financiación inflacionista ya en marcha, el cambio se situaba en 1 dólar, 65 marcos.[6] A finales de 1921 la inflación de los precios al consumo ya se hacía notar pero, equivocadamente, no se percibió como una amenaza.

Los bancos alemanes, y cualquiera con activos reales, estaban protegidos beneficiados antes esta coyuntura dramática. La inflación afectaba al valor real de sus activos en el balance, con lo que estaban cubiertos ante un proceso que haría aumentar el valor nominal de los mismos a la vez que reduciría la carga de la deuda al menos temporalmente. Algo similar sucedía con las grandes empresas y corporaciones alemanas que tenían en sus balances una posición importante, de activos reales como maquinaria, equipos industriales y fábricas. Al mismo tiempo, muchas de estas grandes empresas tenían operaciones fuera de Alemania lo que permitía llevar a cabo cierta estrategia de diversificación de divisas y proteger el negocio de un hipotético colapso del marco. Por último, la pequeña burguesía alemana tampoco se alarmó de inmediato con el repunte inflacionario, ya que si bien su poder de compra en el exterior se veía reducido, este efecto se compensaba hasta cierto punto con las ganancias del mercado de capitales que subía con fuerza y una falsa sensación de incremento de riqueza y bienestar.

Alemania experimentó la mayor destrucción de valor monetario de la historia de la Humanidad hasta aquel momento, con el agravante de que el proceso afectaba una gran potencia y no una república secundaria. Su experiencia sigue sin ser comparable con otros procesos de hiperinflación igualmente devastadores, pero en países de menor tamaño y por tanto, de menor repercusión internacional.[7] El 1 de noviembre de 1923, una libra de pan costaba 3.000 millones de marcos, una libra de carne, 36.000 millones. Un vaso de cerveza, 4.000 millones. Una deuda de principios de la etapa inflacionaria, nada.

Ante esta destrucción imparable del valor del marco, el Reichsbank decidió crear una divisa alternativa que estaría anclada en préstamos hipotecarios y en derechos sobre el cobro de impuestos futuros que subyacían sobre dichas propiedades. Su emisión y circulación estuvo dirigida y supervisada por el ambicioso e implacable ministro de Economía Hjalmar Schancht que poco más tarde se convertiría en el nuevo jefe del Reichsbank y que acabaría sucumbiendo al encanto del nazismo al final de la década. El marco colapsó poco después que la nueva divisa, el nuevo marco alemán, fuese introducida. Su equivalencia era, aproximadamente, de un billón de marcos por cada nuevo marco.[8]

La hiperinflación arrasó el país en todos los ámbitos imaginables lo que recuerda la célebre frase de Lenin, afirma con sorprendente clarividencia:

Todo el mundo reconoce que la emisión de papel moneda es la peor clase de préstamo obligatorio, que empeora principalmente las condiciones de los trabajadores, de la parte más pobre de la población, que es el mal más importante en la confusión financiera […] la emisión ilimitada de papel moneda favorece la especulación, permite a los capitalistas hacerse millonarios y crea tremendos obstáculos en el camino de una muy necesaria expansión de la producción: la carestía de las materias primas, maquinaria, […] Avanza a saltos y crea límites. ¿Cómo pueden mejorarse las cosas cuando las riquezas acumuladas por los ricos son ocultadas?”.[9]

Este pensamiento va en línea con la célebre cita de Lenin, atribuida por Keynes: “la forma más directa de destruir el sistema capitalista es subvertir la moneda.” Tan cierto como eso. Por eso la defensa de una moneda sana es el primer bastión de defensa para una sociedad libre y abierta.

El gran pensador austríaco Ludwig von Mises, que sufrió en primera persona tanto el nazismo como el comunismo, es quizás quién mejor alcanzó a entender las consecuencias derivadas de la manipulación del dinero. Dice en su libro Socialismo:

La inflación es la última palabra del destruccionismo. Los bolcheviques, con la incomparable habilidad de que dan muestra para encubrir su odio en forma racional y para transformar las derrotas en victorias, han hecho de la inflación una política financiera propia para abolir el capitalismo, al destruir la moneda.”[10]

Conclusión

Adam Fergusson concluye su magnífico libro sobre la hiperinflación alemana –y en línea con la observación de Lenin citada anteriormente–: “Esto es, creo, un cuento moral. Va mucho más que demostrar el axioma revolucionario que si desea destruir una nación primero debe corromper su moneda. Este dinero debe sonar ser el primer bastión de la defensa de una sociedad.”[11]

En efecto, si por alguna cosa resulta importante entender las manipulaciones y perversiones del orden monetario es por las graves consecuencias que estos desordenes han tenido en clave política y social. La hiperinflación en la República de Weimar demuestra que la pérdida de confianza en los medios convencionales de intercambio económico rompe el orden social. Una verdad universal que ya había subrayado Cicerón en sus Filípicas: “el dinero sin medida forma los nervios de la guerra.”[12]

Queda otra lección para el futuro: la hiperinflación, si bien destruye el tejido social, permite una recuperación económica rápida cuando los precios vuelven a estabilizarse. Es lo que ocurrió cuando tras lograr controlar la inflación, el país, uno de los más industrializados de la época y rico en recursos naturales, volvió con fuerza al camino del crecimiento.[13]

En paralelo a la crisis alemana, las grandes potencias mundiales promovieron en aquellos tumultuosos años numerosos encuentros multilaterales, como la Conferencia de Génova de 1922, para dar respuesta a la crisis y fijar un orden monetario que devolviese al conjunto de las naciones el camino de la prosperidad mediante puntos de anclaje y normas claras a las que aferrarse. Esfuerzos en vano o que llegaban demasiado tarde. Las costuras del sistema se romperían de forma brusca y dramática.

[1]Ahamed (2010), p. 124.

[2]Margaret MacMillan, Paris 1919: Six Months That Changed the World, Random House, 2007.

[3]Ahamed (2010), p. 141.

[4]Ahamed (2010), p.146.

[5]StefanZweig, El mundo de ayer. Memorias de un europeo, Acantilado, 2009, p. 381-82.

[6]Ahamed (2010), p. 144.

[7] Destacan los casos de Hungría o Zimbabue. El caso de Hungría es el record absoluto en cuanto a procesos de inflación se tienen constancia: en 1946 se llegó a lanzar un billete de 100 trillones de pengos, que tiene en su haber el dudoso honor ser el billete de mayor denominación de la historia. El ejemplo más reciente es el de Zimbabue que en Noviembre de 2008 alcanzaba una inflación del 79.600.000.000%, lo que implica duplicar el nivel de precios cada día, una de las tasas de inflación más altas jamás alcanzadas.

[8]Constantino Bresciani-Turroni, The Economics of Inflation: A Study of Currency Depreciation in Post-War Germany, John Dickens & Co., 1968, p. 441, Tabla IV.

[9]V.I. Lenin, “The Threatening Catastrophe”, Septiembre 1917.

[10]Ludwig von Mises, Socialismo, Editorial Hermés, 1968, p. 513.

[11]“This is, I believe, a moral tale. It goes far to prove the revolutionary axiom that if you wish to destroy a nation you must first corrupt its currency. This must sound money be the first bastion of a society’s defense.” Fergusson (2010), p. xiv. Fergusson describe con detalle algunas de las rarezas derivadas del desorden monetaria (p. 140), y como esta situación de hiperinflación derivo en el desarrollo de sistemas de trueque (p. 113).

[12]Ahamed (2010), p. 95.

[13]Rickards (2012), p. 60.

Advertisements