Reseña de “El despertar de China” en Actualidad Económica (por Lorenzo Bernaldo de Quirós)

En 1803 refiriéndose a China Napoleón observó: “aquí reposa un gigante dormido, dejarlo dormir que cuando despierte hará temblar el Mundo.” Y efectivamente así ha sido. En el transcurso de una generación, China ha pasado de ocupar una posición de cada marginalidad a situarse como una de las claves de bóveda en la configuración de un nuevo orden global para el siglo XXI que ha puesto entredicho cinco siglos de preeminencia occidental.

Aproximar la realidad del dragón asiático y la verdadera magnitud del cambio y reto que ello supone es precisamente el principal objetivo del recién publicado El despertar de China del joven economista y consultor financiero Luis Torras y con prólogo del Presidente de CEOE Juan Rosell. Se trata de una obra clara y sintética en donde se desgrana la cuestión china desde todas sus dimensiones: económica, política y cultura.

El libro arranca señalando de entrada que China no es una economía emergente más, es una civilización antiquísima –con más de 5.000 años de historia– cuyo resurgir económico va aparejado un proceso de renacimiento social y cultural del que todavía estamos en los primeros compases. Este proceso de profundo cambo y renovación se iniciará en 1978 con el advenimiento de Deng Xiaoping quién derribará la muralla ideológica que durante siglos aíslo China del resto del mundo.

En poco más de tres décadas China ha transformado una economía cerrada, agraria y planificada, en una economía abierta, industrial y, básicamente, sometida a los procesos de mercado. En suma, estas reformas han consistido en adoptar el grueso del marco institucional occidental a las estructuras autocráticas chinas. Hoy China dista mucho del “ideal capitalista” –si es que tal cosa existe en algún parte– y su proceso de transición está aún inconcluso. Hasta la fecha el proceso puede juzgarse como un éxito político y económico rotundo aunque los retos a los que se enfronta el dragón rojo se cuenten por centenares.

El éxito de las reformas no se comprende únicamente con sus contenidos, esto es restauración paulatina de la propiedad privada, apertura y liberalización de los mercados, sino también con el enfoque y las estrategias utilizados por el Partido Comunista. China ha llevado el despliegue de sus reformas de forma gradual, siguiendo un enfoque pragmático y descentralizado que ha permitido a los nuevos mandarines aprender de los errores e ir desmontando la antigua economía sovietizada –que durante años encorseto y estranguló la productividad del país– de forma ordenada, evitando vacíos de poder, y manteniendo la gobernanza de un país que agrupa una sexta parte de la población del planeta. Los resultados están encima de la mesa: en los últimos años unos 600 millones de chinos han abandonado la pobreza. El The Economist lo ha señalado como la mejora de bienestar más importante de la Historia.

Hoy, la República Popular es un inmenso paraguas político que agrupa un conjunto de regiones económicas, tremendamente dispares las unas con las otras, que compiten entre sí en un mundo globalizado por atraer talento y capital.

Los retos que afronta el recién nombrado nuevo tándem dirigente XiLi se cuentan por centenares. De entre todos destaca uno: la corrupción del sistema y la gobernanza del país. Se trata de dos caras de la misma moneda que suponen el verdadero Talón de Aquiles del gigante. China, a diferencia de los países occidentales, no ha desarrollado instituciones democráticas ni lo que en el mundo anglosajón conocemos como rule of law, y que se sitúan en la base más fundamental del desarrollo de bienestar en los países de nuestro entorno.

Diferentes son los valores entre Oriente y Occidente, como diferente ha sido nuestro relato histórico, diferentes son también, por tanto, sostiene el autor, las instituciones políticas a ambos lados de la cuenca pacífica. En este sentido, esta por ver si China sabrá adoptar el grueso de instituciones occidentales como el imperio de la ley o la separación de poderes, o si por el contrario encontrará sus propias “soluciones políticas” al gran problema de la legitimidad de los poderes públicos y la gobernanza del Imperio distintas a las que conocemos en nuestras latitudes.

El autor remarca la importancia de comprender la singularidad de China que no es un “estado-nación”, es un Imperio en reconstrucción, un imperio sin muralla; con una nueva dinastía, el Partido Comunista, marxista, no feudal, que por el momento se ha sabido reconvertir como una eficiente tecnocracia pudiendo pivotar una de las transformaciones económicas más importantes de la Historia. En definitiva, el libro ofrece al futuro lector un relato accesible sobre uno de los grandes retos intelectuales de nuestro tiempo y del que en, nos guste o no, dependerá el devenir de los acontecimientos en el nuevo siglo.

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