Monthly Archives: October 2014

La batalla contra la corrupción en China (via Expansión)

Se han cumplido 65 años de la proclamación de la República Popular de China por parte de Mao Zedong. Pocos países han cambiado tanto, y tan rápido, desde entonces. En 1949, el paisaje que asomaba desde la Ciudad Prohibida no podía ser más desolador, y el contraste con el dinamismo y la complejidad de la China actual no puede ser mayor. En 2012 tuvo lugar el último relevo generacional de esa dinastía en que ha convertido el Partido Comunista. Es una dinastía marxista, no feudal; una tecnocracia administrativa cuyo relato busca satisfacer el viejo “mandato del Cielo”, antigua fuente de legitimidad de los emperadores chinos, por el cual el poder adquiere su legitimidad de ejercicio en tanto en cuanto es capaz de garantizar la seguridad y el bienestar del pueblo. Tras el sonado fracaso del maoísmo durante tres décadas de convulsión y hambruna, Deng Xiaoping dio un giro copernicano a la política china, pasando de la autarquía ideológica a la apertura y el pragmatismo; el crecimiento se antepuso al dogma de fe marxista. La globalización, el papel creciente de los mercados y el sector privado hicieron el resto.

Mientras China despertaba, sus viejas estructuras seguían inmutables: los chinos corregían el rumbo pero sin cambiar de barco. Los mecanismos de poder establecidos por Mao probaron ser de mucha utilidad a Deng, verdadero arquitecto de la nueva China y estadista sin el que es imposible entender la configuración geopolítica de Asia, que los utilizó para pilotar el programa de “reforma y apertura” que ha marcado la agenda política del país desde finales de los setenta. Volviendo al presente, dos ejes articulan la política del nuevo tándem dirigente, Xi Jinping (presidente) y Li Keqiang (primer ministro): proseguir las reformas y luchar contra la corrupción. Respecto a lo primero, poco se ha hecho. La reforma tiene como objetivo ahondar en la modernización y favorecer la paulatina integración de China en la economía global, de la que es ya un actor principal. Pese a las declaraciones bienintencionadas, en la última década los avances legislativos han sido más bien tímidos y muchos analistas la califican de década perdida. La privatización de muchas empresas estatales sigue posponiéndose sine die, y lo mismo sucede con la liberalización de ciertos mercados, especialmente el bancario y los mercados financieros.

Existen importantes contrapoderes –intereses creados– que obstaculizan las reformas que para unos pocos, aunque muy poderosos, suponen una importante pérdida de beneficios y prebendas. El gigante asiático no únicamente debe avanzar con sus reformas, sino hacerlo de forma harmoniosa y prudente, siguiendo el clásico precepto de “cruzar el río sintiendo las piedras”. Por ello, es fundamental un liderazgo fuerte y legitimado en las bases para que el conjunto pueda proseguir su particular camino de prosperidad y crecimiento. Aquí se cruza la batalla inevitable contra la corrupción endémica que pone en riesgo la legitimidad de las estructuras y, por extensión, el instrumento principal de gobernanza de la transformación económica y, aunque se haga de manera más discreta, también política. Xi Jinping, un príncipe de la Revolución, como se llama a los líderes que provienen de familias ilustres que lucharon por recuperar la soberanía de la república, es probablemente el líder que más poder concentra desde Deng Xiaoping. Dicen que es una persona de grandes virtudes: poseedor de gran inteligencia, muy seguro de sí mismo, con mucha autoestima y un gran control de sus emociones, que no deja que interfieran en la toma de decisiones. No es tan carismático como el defenestrado Bo Xilai, pero sí despierta simpatías entre el pueblo chino, que ve en él una persona de gran preparación y valentía para tomar decisiones duras contra la corrupción. Xi pertenece a la generación de líderes que afrontaron situaciones personales muy duras y complicadas durante la Revolución Cultural (1966-76), lo que ha forjado líderes de carácter férreo y completamente vacunados respecto a las fantasías del credo marxista.

Al inicio de su mandato, Xi afirmó que en el tema de la corrupción lucharía contra “tigres y moscas”. Así ha sido. Bajo su tutela y control se han destapado escándalos de toda índole y a todos los niveles. Algunos sólo se entienden en clave política (como el del citado Bo Xilai, que le disputó el puesto de líder supremo), otros responden al deseo genuino de limpiar las instituciones para fortalecer el país y han alcanzado a las más altas esferas de la superestructura: Zhou Yongkang, será el primer antiguo miembro del Comité Permanente del Politburó juzgado por corrupción. Si el avance de las reformas por sí sólo ya es un reto, la batalla contra la corrupción es mayor, pues plantea importantes dilemas para el frágil equilibro entre lo que conviene al país y al Partido. Cualquier movimiento en falso podría comprometer la transformación histórica que vive China.

Imperio de la ley

En Occidente, la lucha contra la corrupción se consigue con una mejora continuada en base a los principios del imperio de la ley, separación de poderes y un efectivo y continuado autocontrol por cada uno de ellos, muy especialmente por la sociedad civil, auditora última del sistema: cuanto más fuerte es ésta, más tensionadas y sanas son las instituciones y mejor funciona el sistema, pues produce mayores niveles de riqueza y su reparto es considerado justo por la sociedad. En un orden social liberal, todos ejercemos, en mayor o menor grado, cierto nivel de contrapoder, contribuyendo a la tensión, en el buen sentido, constante entre gobernante y gobernados. Principios como la libertad de prensa son esenciales para mantener vivos nuestros sistemas democráticos. Así mantenemos a raya y corregimos situaciones de arbitrio, abuso de poder o monopolio del poder estatal. Cuando se producen situaciones de “despiste masivo” y dejamos de fiscalizar al poder o de ejercer nuestras funciones como ciudadanos responsables, o es el Estado el que peligrosamente coloniza demasiados ámbitos de la sociedad civil, el marco de convivencia se hace más frágil, las instituciones quedan presas de los intereses creados y la economía se deteriora irremediablemente, como afirma Niall Ferguson en La gran degeneración (libro que aprovecho para recuperar su lectura).

Pero en China, una civilización disfrazada de ‘Estado-Nación’, estos conceptos inherentes dentro de una democracia liberal no se dan. No hay separación de poderes, ni imperio de la ley, ni libertad de prensa. El Estado-Partido es quien suple estas funciones ostentando un monopolio de poder muy fuerte. Este hecho fundamental hace que luchar contra la corrupción implique al mismo tiempo erosionar de forma dramática e inevitable las estructuras de poder que, al mismo tiempo, resultan imprescindibles para asegurar la gobernabilidad de la nación y proseguir con el avance de las reformas. En otras palabras, luchar contra la corrupción es una batalla ineluctable para salvar el país, pero hacerlo supone correr con un riesgo altísimo –riesgo que de momento Xi Jinping está asumiendo, para muchos, incluso demasiado–, ya que implica torpedear la legitimidad del sistema, lo que podría abrir una vía en el casco de la nave. Errar la intensidad del tiro podría por acabar provocando el naufragio colectivo, escenario que no interesa ni a China ni tampoco al resto del mundo (si aún queda alguien que piensa que de su colapso puede salir beneficiado es que no ha hecho bien sus cálculos).

Es imposible ignorar las protestas que estos días protagonizan los ciudadanos de Hong Kong para poder escoger a sus líderes políticos democráticamente. La mentalidad autoritaria y uniformadora china cocha con una realidad policroma y compleja donde se mezclan factores políticos, pero también culturales, étnicos e históricos. No hay una cuestión más delicada para el gigante asiático que la soberanía sobre su territorio. Muchas de las heridas abiertas durante el llamado “siglo de humillaciones”, cuando el país estuvo sometido a la voluntad de diversas potencias extranjeras, siguen abiertas. Es terreno sensible. Pekín no evita hablar de la reforma política y en muchos cenáculos de la capital se discute sobre los pasos a dar para que el régimen avance hacia un sistema, de entrada, más constitucionalista. Sin embargo, la elite dirigente no permitirá, como no lo hizo antaño, que le impongan el tempo y la agenda, de ahí la fragilidad de la situación. Como señaló el propio Xi Jinping al inicio de su mandato: “Tenemos que arreglar el motor del avión sin perder altura”. Todo un reto para la civilización viva más longeva del planeta.

Expansión (10/X/2014) (link)

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Un polvorín llamado Hong Kong

Hoy se cumplen cinco días de movilizaciones en Hong Kong en defensa de un elección libre, sin terna previa y por sufragio universal del próximo jefe de Gobierno en 2017. Hong Kong se suma así a la larga lista de elementos de riesgo e inestabilidad que acumulamos este año. Se trata sin duda de la situación política más compleja a la que pontencialmente se enfrenta Pekín desde Tiananmen y conviene abordarla con inteligencia y cuanto antes. Si algo vamos aprendiendo, es que los problemas difícilmente se corrigen solos sino que, más bien, tienden, por naturaleza propia, a complicarse con el tiempo si no se hacen las cosas bien (lo que no siempre implica tomar un curso de acción). Hong Kong es ya hoy, si se me permite el juego de palabras, una china en el zapato de Xi Jinping. Tenemos pocos elementos de juicio para intentar dilucidar cual podría ser el curso de los eventos en el corto y medio plazo, pero si podemos trazar algunos elementos que contextualizan el conflicto y que, desde mi punto de vista, me hacen pensar que, pese a la situación de alto riesgo existente a día de hoy, es más plausible un escenario de pacto-estabilidad que uno de disenso-ruptura.

Hong Kong es para la República Popular de China una herida mal cicatrizada. El origen del enclave tiene una enorme significación para el gigante asiático ya que marca, hace ahora 155 años, el inicio de lo que los chinos se refieren como “siglo de humillaciones”: tras la primera guerra del Opio los ingleses imponían Hong Kong como hacienda aduanera lo que marcaría una etapa dura y humillante de dominación extranjera por parte de diferencias potencias. Este elemento, siempre es subestimado por Occidente pero en China, donde los tempos funcionan con otros ciclos y el sentido de la historia es más profundo, se trata de elementos que hoy siguen teniendo un peso emocional importante en la clase dirigente china. Durante años, los hongokoneses fueron ciudadanos de segunda bajo la dominación colonial de Londres que dictó sucesivos gobernadores para la región desde otro continente a más de 6.000 millas de distancia y atendiendo únicamente a los intereses de la corte de Su Majestad. En 1990, se introdujeron reformas en la antigua colonia (Basic Law) de manera que los habitantes de la península adquirieron el derecho de escoger a su jefe de Gobierno. Eso sí, entre los ya previamente incluidos en la terna de Londres. Exactamente el statu quo actual excepto que es Pekín y no Londres la que propone candidatos y, de alguna manera, condiciona quién ostenta el poder político en Hong Kong. La persona dela que estamos hablando es Leung Chun-ying, conocido como CY Leung, Gobernador de HK desde 2012 cuando inicio su mandato y de la que la revista Time en su último número publica una entrevista en profundidad.

Pocos temas hay más sensibles para China que los conflictos de soberanía territorial. Es un tema irrenunciable para Pekín. Desde el impulso de las reformas de Deng Xiaoping a finales de los setenta, el país no ha parado de crecer al tiempo que la economía se iba abriendo cada vez más a la economía global. Durante finales de los noventa y dosmil, Hong Kong, ya bajo soberanía china, jugó un papel predominante como “puerto de entrada natural” a los capitales extranjeros que entraban en China. Hoy este papel sigue siendo importante, aunque el desarrollo de otras plazas financieras en el continente ha ido diluyendo esta importancia. Con todo, la región autónoma de Hong Kong hoy tiene un rol parecido al que pueda tener Londres o Luxemburgo en Europa.

¿Cómo abordar las protestas? ¿Qué actitud adoptar? Es difícil no empatizar por alguien que lo que está pidiendo es votar. Incrementar la presión policial sería un error ya que solo alimentaría las propuestas. Dejando de lado cuestiones políticas, Hong Kong tiene mucho que ganar con China, y China puede y debería de tener una buena apoyatura en Hong Kong para el proseguir de sus reformas. El ámbito económico conduce, por lo tanto, a un escenario en donde el acuerdo es el resultado más plausible.

Sin embargo, la compleja ecuación del conflicto no acaba en cuestiones económicas. En Hong Kong, ante todo, hay un doble conflicto de poder e identidad que amenaza en convertirse en un polvorín para China si este se reboza de populismo. Hong Kong se sintió aliviada de dejar de ser colonia británica. Por un lado, Hong Kong se había beneficiado de un curso de la historia diferente al de sus compatriotas del continente, en donde las instituciones económicas y políticas se habían ajustado a los estándares occidentales. Se producía una bifurcación histórica entre unos y otros. Después de muchos avatares, China continental, como decíamos, también se puso andar para converger en prosperidad y bienestar con sus vecinos de Hong Kong, y demás tigres asiáticos, que habían adoptado parte significativa del marco institucional occidental obteniendo resultados extraordinarios.

Sin embargo, aunque la convergencia es real y los resultados parecidos, China ha desarrollado este crecimiento económico desarrollando sus propias formulas, al margen de injerencias extranjeras y manejando sus propios tempos. Llegados a este punto, es cuando en 1997, los reformistas optan por la formula “un país, dos sistemas”. Una fórmula única en el mundo que quería reconocer esta anomalía histórica de manera que China recuperase la soberanía de su territorio al tiempo que los habitantes de Hong Kong no perdían sus libertades e instituciones económicas propias.

Tras 17 años bajo soberanía china, Hong Kong ha experimentado uno de los procesos de crecimiento más vertiginosos del mundo: por un lado ha sido “país” de entrada preferente en China con todas las ventajas fiscales y corporativas que eso suponía; por el otro, ha gozado de total autonomía para mantener y modificar sus instituciones hoy de las más robustas, sólidas y favorables al comercio y los negocios a tenor de la mayoría de rankings y estudios disponibles.

Parece lógico pensar que el futuro de Hong Kong pasa por China, pero también es legítimo pensar que es una decisión que únicamente compete a los ciudadanos de la península. Sin embargo, China no reconoce soberanía sobre Hong Kong que la considera parte indivisible de su territorio aunque disponga de libertades e instituciones propias. Ahí el choque, ahí la base del conflicto, y ahí el problema.

Pekín, por la propia naturaleza de sus estructuras políticas, no tiene las herramientas para ser flexible y hacer quiebros en el guion. Sabemos por otro lado que la democracia no exportable. Se ha intentado, pero a la larga imponer modelos no es la solución, como tampoco es la solución para China ahora forzar una situación que desde Hong Kong se perciba como una agresión grave hacia sus instituciones. En opinión de este analista, no creo que China realice ningún movimiento de fuerza en ningún sentido. El uso de la fuerza, como he señalado al principio, sería un grave error estratégico que limitaría la salida pactada al conflicto y alentaría aún más las propuestas. Con todo, es un riesgo altísimo que el conflicto salga a la calle y que entre comillas se descontrole y se intenten utilizar las legítimas y, hasta cierto punto, sanas las protestas de los ciudadanos de Hong Kong en una lucha por el poder en la península en donde el populismo es una baza muy golosa a la que pocos se resisten. No hace falta viajar muy lejos para ver qué pasa cuando el populismo barniza el debate y el debate se realiza al margen de las instituciones (por débiles e imperfectas que estas sean), este se hace resbaladizo y es casi imposible que no se caiga de las manos. Cuando eso pasa, todos pierden.

Esperemos que se impongan escenarios de entendimiento. Por un lado, Hong Kong debiera ver a China como una fuente de oportunidades crecientes, que lo es, y no tanto como amenaza a sus libertades. Por otro lado, China tiene que, si se me permite el símil, “mejorar sus modales” y tratar de seducir más que de imponer un modelo, dando un mayor protagonismo a Hong Kong y sus líderes en el conjunto de las estructuras de poder. Antes que la democracia, si es que algún día llega por completo al gigante asiático, China tiene que transicionar de un régimen autoritario de Partido único, hacia un régimen constitucionalista, como así se está debatiendo ya en la capital.

Digo todo esto, porque el principal reto, y para mi fuente del conflicto, son las diferentes velocidades y puntos de partida entre Hong Kong y China. Realidades muy dispares bajo un misma soberanía. Adecuar los tiempos entre la península y el continente es vital para que ambas partes que hoy, en lo político, corren a dos velocidades, vayan convergiendo y compartiendo un mismo proyecto. La estabilidad entre los lazos Hong Kong-China la juzgo de vital para que China pueda seguir avanzando con sus importante y ya de por sí retadora agenda de reformas, lo que as u vez, es el principal elemento que condiciona e influye en el crecimiento y prosperidad no sólo de China sino también de Hong Kong. En suma, esperemos que ambas partes reconozcan que aún teniendo dos sistemas, hay un mismo barco.

Carta des de Hong Kong (Revista F)

Carta des de Hong Kong

Artícle publicat al número 2.141 de la Revista de Foment del Treball, “F. LA REVISTA DEL FOMENT”, Tardor 2014. La històrica publicació periòdica de Foment del Treball –que té l’origen a l’any 1849- obre aquest setembre de 2014 una nova etapa editada per en Valentí Puig que, sota la capçalera F. La revista del Foment, es lliga a la tradició europea de revistes de pensament i ofereix anàlisi i reflexió des de la perspectiva dels acadèmics, els filòsofs, els escriptors, els periodistes, els poetes o els artistes.