La batalla contra la corrupción en China (via Expansión)

Se han cumplido 65 años de la proclamación de la República Popular de China por parte de Mao Zedong. Pocos países han cambiado tanto, y tan rápido, desde entonces. En 1949, el paisaje que asomaba desde la Ciudad Prohibida no podía ser más desolador, y el contraste con el dinamismo y la complejidad de la China actual no puede ser mayor. En 2012 tuvo lugar el último relevo generacional de esa dinastía en que ha convertido el Partido Comunista. Es una dinastía marxista, no feudal; una tecnocracia administrativa cuyo relato busca satisfacer el viejo “mandato del Cielo”, antigua fuente de legitimidad de los emperadores chinos, por el cual el poder adquiere su legitimidad de ejercicio en tanto en cuanto es capaz de garantizar la seguridad y el bienestar del pueblo. Tras el sonado fracaso del maoísmo durante tres décadas de convulsión y hambruna, Deng Xiaoping dio un giro copernicano a la política china, pasando de la autarquía ideológica a la apertura y el pragmatismo; el crecimiento se antepuso al dogma de fe marxista. La globalización, el papel creciente de los mercados y el sector privado hicieron el resto.

Mientras China despertaba, sus viejas estructuras seguían inmutables: los chinos corregían el rumbo pero sin cambiar de barco. Los mecanismos de poder establecidos por Mao probaron ser de mucha utilidad a Deng, verdadero arquitecto de la nueva China y estadista sin el que es imposible entender la configuración geopolítica de Asia, que los utilizó para pilotar el programa de “reforma y apertura” que ha marcado la agenda política del país desde finales de los setenta. Volviendo al presente, dos ejes articulan la política del nuevo tándem dirigente, Xi Jinping (presidente) y Li Keqiang (primer ministro): proseguir las reformas y luchar contra la corrupción. Respecto a lo primero, poco se ha hecho. La reforma tiene como objetivo ahondar en la modernización y favorecer la paulatina integración de China en la economía global, de la que es ya un actor principal. Pese a las declaraciones bienintencionadas, en la última década los avances legislativos han sido más bien tímidos y muchos analistas la califican de década perdida. La privatización de muchas empresas estatales sigue posponiéndose sine die, y lo mismo sucede con la liberalización de ciertos mercados, especialmente el bancario y los mercados financieros.

Existen importantes contrapoderes –intereses creados– que obstaculizan las reformas que para unos pocos, aunque muy poderosos, suponen una importante pérdida de beneficios y prebendas. El gigante asiático no únicamente debe avanzar con sus reformas, sino hacerlo de forma harmoniosa y prudente, siguiendo el clásico precepto de “cruzar el río sintiendo las piedras”. Por ello, es fundamental un liderazgo fuerte y legitimado en las bases para que el conjunto pueda proseguir su particular camino de prosperidad y crecimiento. Aquí se cruza la batalla inevitable contra la corrupción endémica que pone en riesgo la legitimidad de las estructuras y, por extensión, el instrumento principal de gobernanza de la transformación económica y, aunque se haga de manera más discreta, también política. Xi Jinping, un príncipe de la Revolución, como se llama a los líderes que provienen de familias ilustres que lucharon por recuperar la soberanía de la república, es probablemente el líder que más poder concentra desde Deng Xiaoping. Dicen que es una persona de grandes virtudes: poseedor de gran inteligencia, muy seguro de sí mismo, con mucha autoestima y un gran control de sus emociones, que no deja que interfieran en la toma de decisiones. No es tan carismático como el defenestrado Bo Xilai, pero sí despierta simpatías entre el pueblo chino, que ve en él una persona de gran preparación y valentía para tomar decisiones duras contra la corrupción. Xi pertenece a la generación de líderes que afrontaron situaciones personales muy duras y complicadas durante la Revolución Cultural (1966-76), lo que ha forjado líderes de carácter férreo y completamente vacunados respecto a las fantasías del credo marxista.

Al inicio de su mandato, Xi afirmó que en el tema de la corrupción lucharía contra “tigres y moscas”. Así ha sido. Bajo su tutela y control se han destapado escándalos de toda índole y a todos los niveles. Algunos sólo se entienden en clave política (como el del citado Bo Xilai, que le disputó el puesto de líder supremo), otros responden al deseo genuino de limpiar las instituciones para fortalecer el país y han alcanzado a las más altas esferas de la superestructura: Zhou Yongkang, será el primer antiguo miembro del Comité Permanente del Politburó juzgado por corrupción. Si el avance de las reformas por sí sólo ya es un reto, la batalla contra la corrupción es mayor, pues plantea importantes dilemas para el frágil equilibro entre lo que conviene al país y al Partido. Cualquier movimiento en falso podría comprometer la transformación histórica que vive China.

Imperio de la ley

En Occidente, la lucha contra la corrupción se consigue con una mejora continuada en base a los principios del imperio de la ley, separación de poderes y un efectivo y continuado autocontrol por cada uno de ellos, muy especialmente por la sociedad civil, auditora última del sistema: cuanto más fuerte es ésta, más tensionadas y sanas son las instituciones y mejor funciona el sistema, pues produce mayores niveles de riqueza y su reparto es considerado justo por la sociedad. En un orden social liberal, todos ejercemos, en mayor o menor grado, cierto nivel de contrapoder, contribuyendo a la tensión, en el buen sentido, constante entre gobernante y gobernados. Principios como la libertad de prensa son esenciales para mantener vivos nuestros sistemas democráticos. Así mantenemos a raya y corregimos situaciones de arbitrio, abuso de poder o monopolio del poder estatal. Cuando se producen situaciones de “despiste masivo” y dejamos de fiscalizar al poder o de ejercer nuestras funciones como ciudadanos responsables, o es el Estado el que peligrosamente coloniza demasiados ámbitos de la sociedad civil, el marco de convivencia se hace más frágil, las instituciones quedan presas de los intereses creados y la economía se deteriora irremediablemente, como afirma Niall Ferguson en La gran degeneración (libro que aprovecho para recuperar su lectura).

Pero en China, una civilización disfrazada de ‘Estado-Nación’, estos conceptos inherentes dentro de una democracia liberal no se dan. No hay separación de poderes, ni imperio de la ley, ni libertad de prensa. El Estado-Partido es quien suple estas funciones ostentando un monopolio de poder muy fuerte. Este hecho fundamental hace que luchar contra la corrupción implique al mismo tiempo erosionar de forma dramática e inevitable las estructuras de poder que, al mismo tiempo, resultan imprescindibles para asegurar la gobernabilidad de la nación y proseguir con el avance de las reformas. En otras palabras, luchar contra la corrupción es una batalla ineluctable para salvar el país, pero hacerlo supone correr con un riesgo altísimo –riesgo que de momento Xi Jinping está asumiendo, para muchos, incluso demasiado–, ya que implica torpedear la legitimidad del sistema, lo que podría abrir una vía en el casco de la nave. Errar la intensidad del tiro podría por acabar provocando el naufragio colectivo, escenario que no interesa ni a China ni tampoco al resto del mundo (si aún queda alguien que piensa que de su colapso puede salir beneficiado es que no ha hecho bien sus cálculos).

Es imposible ignorar las protestas que estos días protagonizan los ciudadanos de Hong Kong para poder escoger a sus líderes políticos democráticamente. La mentalidad autoritaria y uniformadora china cocha con una realidad policroma y compleja donde se mezclan factores políticos, pero también culturales, étnicos e históricos. No hay una cuestión más delicada para el gigante asiático que la soberanía sobre su territorio. Muchas de las heridas abiertas durante el llamado “siglo de humillaciones”, cuando el país estuvo sometido a la voluntad de diversas potencias extranjeras, siguen abiertas. Es terreno sensible. Pekín no evita hablar de la reforma política y en muchos cenáculos de la capital se discute sobre los pasos a dar para que el régimen avance hacia un sistema, de entrada, más constitucionalista. Sin embargo, la elite dirigente no permitirá, como no lo hizo antaño, que le impongan el tempo y la agenda, de ahí la fragilidad de la situación. Como señaló el propio Xi Jinping al inicio de su mandato: “Tenemos que arreglar el motor del avión sin perder altura”. Todo un reto para la civilización viva más longeva del planeta.

Expansión (10/X/2014) (link)

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