¿El fin del milagro chino?

El pasado 1 de octubre, la República Popular de China cumplió su 65 aniversario. Pocos países han cambiado tanto, y tan rápido, en estos últimos años. En 1949, cuando Mao proclamó la nueva República, el paisaje que asomaba desde la Ciudad Prohibida no podía ser más desolador, el contraste con el dinamismo y la complejidad de la China actual no puede ser mayor. Tras los sonados fracasos del maoísmo que sumieron durante tres décadas a China en la hambruna y la convulsión, Deng Xiaoping dio un giro copernicano al país que pasó de la autarquía ideológica a la apertura y el pragmatismo; el crecimiento relegó como principal prioridad al dogma de fe marxista. La globalización, el papel creciente de los mercados y el sector privado hicieron el resto de lo que hoy muchos se refieren como “milagro chino”.

Xi Jinping, Presidente, y Li Keqiang, primer ministro, asumían el nuevo liderazgo del imperio chino en marzo de 2012, el último relevo de una nueva dinastía. Se trata de una dinastía marxista, no feudal; una tecnocracia administrativa cuyo relato busca satisfacer, como antaño, el “mandato del Cielo” fuente de legitimidad del antiguo Emperador por la cual el poder adquiere su legitimidad de ejercicio en tanto en cuanto el líder es capaz de garantizar la seguridad y el bienestar del pueblo. El aniversario coincide con un momento especialmente turbulento para el país que ve como su economía se ralentiza mientras sus estructuras políticas se enfrentan al cáncer de la corrupción endémica que pone en entre dicho el liderazgo del propio Partido Comunista: ¿estamos, pues, ante el fin del milagro chino?

En las últimas décadas, mientras China despertaba en lo económico, las viejas estructuras políticas han seguido inmutables: se ha corregido el rumbo, no se ha cambiado de barco. Los mecanismos de poder establecidos por Mao han sido de gran utilidad a sus sucesores que los han utilizado no para fantasear con el credo marxista sino para liderar el programa de “reforma y apertura” que ha marcado la agenda del país desde finales de los setenta y es base del vertiginoso crecimiento económico de estas tres últimas décadas.

Volviendo al presente, dos ejes articulan la política china: ahondar las reformas y luchar contra la corrupción. Respecto a lo primero, ciertamente, poco se ha hecho. China tiene, por así decirlo, una crisis importante en su cuenta de pérdidas y ganancias: entra menos dinero en el país (se exporta menos) y los márgenes se han ajustado por la caída del consumo global. Sin embargo, su balance sigue siendo solvente, hasta el punto que la nación mantiene una posición de financiadora neta con respecto el resto del mundo. Con todo, resulta evidente que el colchón de ahorro que tenía el país para hacer frente a eventuales crisis se está agotando. Hace falta un nuevo modelo. La élite china se esfuerza por poner el acento en la reforma pero, lo cierto, es que el desarrollo legislativo está siendo más bien pobre. Existen importantes contrapoderes –intereses creados– que obstaculizan el avance de las privatizaciones y las liberalizaciones en mercados clave –como sucedió antaño– lo que hace imprescindible un liderazgo en la cúspide fuerte, capaz de movilizar los cuadros del Partidos aguas abajo para que la política del cambio siga haciendo camino. En cualquier caso, todo sigue estando dentro del guion: la historia reciente de China es la historia hacia la libertad económica, camino que siempre ha sido difícil y no exento de problemas en todos los lugares y en todas las épocas. China, en este sentido, no será diferente.

La República Popular no únicamente debe avanzar en las reformas, sino hacerlo de forma harmoniosa, prudente, siguiendo el precepto chino de “cruzar el río sintiendo las piedras”. Para ello la legitimidad del sistema de poder es esencial para que el liderazgo del Partido no se erosione. Sin liderazgo no hay reformas y no hay liderazgo sin que las estructuras estén debidamente legitimadas. Es aquí donde se cruza la inevitable batalla contra la corrupción –segundo aspecto clave en la agenda política– y que constituye el principal riesgo para con la legitimidad del Partido.

Xi Jinping, un príncipe de la Revolución, como se les llama a los líderes que provienen de familias ilustres que lucharon por recuperar la soberanía de la república, es probablemente el líder que más poder tiene en el Partido desde Deng Xiaoping. De él se han destacado muchas virtudes: inteligente, seguro de sí mismo y poseedor de un gran control de sus emociones, que no deja que interfieran en la toma de decisiones. No es tan carismático como el defenestrado Bo Xilai, pero sí despierta simpatías entre el pueblo chino que ve en él una persona de gran preparación y valiente a la hora de tomar decisiones, por ejemplo, contra la corrupción. Xi pertenece a una generación de líderes que, muchos de ellos, afrontaron situaciones personales difíciles durante la Revolución Cultural, lo que ha forjado en ellos caracteres férreos, vacunados por completo del populismo comunista.

Xi ha afirmado en diversas ocasiones lucharía contra la corrupción de “tigres y moscas” y así ha sido. Bajo su tutela se han destapado escándalos de toda índole y a todos los niveles. Algunos sólo se entienden en clave política (como el citado caso de Bo Xilai), otros responden a un deseo genuino de limpiar las instituciones y el país y fortalecer el país y que han alcanzado a las más altas esferas de la superestructura: Zhou Yongkang, será el primer antiguo miembro del Comité Permanente del Politburó juzgado por corrupción. Si el avance de las reformas por sí sólo ya es un reto, la batalla contra la corrupción es un reto aún mayor que plantea dilemas en el frágil equilibro entre lo que conviene al país y lo que conviene al Partido.

En Occidente, la lucha contra la corrupción se consigue con una mejora continuada en base a los principios del imperio de la ley, separación de poderes y un efectivo y continuado autocontrol por cada uno de ellos, muy especialmente por la sociedad civil, auditora última del sistema: cuanto más fuerte es ésta, más sano es el complejo entramado institucional. En un orden social liberal, todos ejercemos, en mayor o menor grado, cierto nivel de contrapoder, contribuyendo a la tensión, en el buen sentido, constante entre gobernante y gobernados. Principios como la libertad de prensa son esenciales para mantener vivos nuestros sistemas democráticos. Así mantenemos a raya y corregimos situaciones de arbitrio, abuso de poder o monopolio del poder estatal y la corrupción es menor. Cuando se producen situaciones de “despiste masivo” y dejamos de fiscalizar al poder o es el Estado el que peligrosamente coloniza demasiados ámbitos de la sociedad civil, el marco de convivencia se hace más frágil, las instituciones quedan presas de los intereses creados y la corrupción mientras la economía se deteriora irremediablemente, como afirma Niall Ferguson en La gran degeneración.

En China, una civilización disfrazada de ‘Estado-Nación’, estos conceptos inherentes a una democracia liberal no existen. No hay separación de poderes, ni imperio de la ley, ni libertad de prensa. El Estado-Partido es quien suple todas estas funciones ostentando un monopolio de poder muy fuerte. Como reza el célebre aforismo de Lord Acton: “el poder corrompe, y el poder absoluto corrompe absolutamente.” Este hecho fundamental hace que luchar contra la corrupción implique al mismo tiempo erosionar las estructuras de poder que, como destacábamos antes, resultan imprescindibles para asegurar la gobernabilidad de la nación. En otras palabras, luchar contra la corrupción es imprescindible para salvar el país, pero hacerlo implica torpedear la línea de flotación de la legitimidad del sistema. Cualquier movimiento en falso podría comprometer la transformación histórica que vive el país. Errar la intensidad del tiro podría acabar provocando un naufragio colectivo, un escenario que no interesa ni a China ni al resto del mundo.

Resulta imposible no mencionar la situación política en Hong Kong que reclama a Pekín la elección democrática de sus líderes. La mentalidad autoritaria y uniformadora china cocha con una realidad policroma y compleja donde se mezclan factores políticos, pero también culturales, étnicos y, muy especialmente, históricos. No hay una cuestión más delicada para el gigante asiático que la soberanía sobre su territorio. Muchas de las heridas abiertas durante el llamado “siglo de humillaciones”, cuando el país estuvo sometido a la voluntad de diversas potencias extranjeras, siguen abiertas. Es terreno sensible. El gobierno central no evita hablar de la reforma política y en muchos cenáculos de la capital se discute sobre los pasos a dar para que el régimen avance hacia un sistema, de entrada, más constitucionalista. Sin embargo, la elite dirigente no permitirá, como no lo hizo antaño, que le impongan el tempo ni la agenda, de ahí la fragilidad de la situación. Como señaló el propio Xi Jinping al inicio de su mandato: “Tenemos que arreglar el motor del avión sin perder altura”. Todo un reto para la civilización viva más longeva del planeta.

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