Por un orden social liberal en España (reseña al libro “Por una derecha liberal” de L. B. de Quirós)

El último libro de Lorenzo Bernaldo de Quirós representa una visión liberal, desde su acepción más clásica del termino, abordando tanto la difícil tarea del diagnóstico con especial foco en las instituciones, los principios y los individuos; abordando también el qué debiéramos hacer para recuperar la senda del crecimiento y la prosperidad. El título del libro reza “Por una derecha liberal”, dos conceptos que, como bien señala el propio autor, durante gran parte de la historia de España no han tenido nada que ver llegando en muchos casos hasta ser antagónicos. Al margen de las provocaciones del título, el libro de Bernaldo de Quirós constituye un ensayo del máximo interés y que supone la versión española del fantástico opúsculo de Hayek “Principios de un orden social liberal”.

Armado con principios e ideas, que han brillado por su ausencia en el debate político español desde al menos la última década, B. de Quirós desmonta una por una las tesis por las cuales la actual situación de crisis económica (que nos ha conducido al borde del impago) y desesperación social hunde sus raíces en un “exceso” de liberalismo, en unos mercados desbocados, o en una falta manifiesta de regulación. Por el contrario, el relato de Bernaldo de Quirós explica de manera muy comprensible como la entente entre socialistas y conservadores a la hora pervertir los fundamentos de una sociedad verdaderamente libre basada en la propiedad privada, la libertad de contratos, la responsabilidad individual y una presión fiscal baja constituye la verdadera causa del deterioro en el tejido institucional, económico, político y social que azota las Españas y que supone, coincidiendo con el inicio del reinado de Felipe VI, el momento más complejo y delicado desde la Transición.

En las últimas tres décadas, el foco de la política se ha centrado en desarrollar el estado de bienestar por el cual toda una serie de disposiciones han ido garantizando más y más derechos sociales a unos y otros grupos sociales según gobernasen los “azules” o los “rojos”. Este positivismo normativo, con el tiempo, ha ido diluyendo el concepto de ciudadanía por el cual todos los ciudadanos son iguales ante la ley, al tiempo que ha generado un clima de “guerra civil fría” por conquistar el poder convirtiendo la democracia en una especie de Juego de Tronos. En efecto, en el escenario actual dependerá de si soy trabajador por cuenta ajena, médico, maestro, autónomo, o político que mis condiciones y privilegios serán unos u otros sin que exista una causa objetiva y moral que justifique dichos privilegios o prebendas más que la historia o la conquista democrática del poder.

De esta manera, hemos convertido al Estado en una gran ilusión a través de la cual todos nos robamos los uno a los otros en una maraña de intereses cruzados en donde los verdaderamente necesitados se han convertido en los más olvidados en vez de ser un instrumento de protección de la propiedad, los derechos individuales, la seguridad ciudadana y como garante último del cumplimiento de contratos. Además, el aumento paulatino del gasto público, y una descentralización administrativa desigual y politizada han servido en bandeja un campo fértil para la corrupción política. En efecto, el aumento del volumen de rentas a repartir vía discrecionalidad política, por un lado, sumado a la enorme tentación que supone el enorme poder económico que tienen muchos cargos públicos muchos de los cuales moviendo tan solo una línea dentro de un plano urbanístico pueden enriquecer enormemente al prójimo genera un sistema de incentivos en donde incluso alguien de corazón inmaculado acabaría cayendo en los tentáculos del pecado.

Por eso, la solución al complejo y frustrante para la ciudadanía problema de la corrupción para por fortalecer los mecanismos del imperio de la ley, por despolitizar los órganos de gobierno de la justicia, y por limitar las bolsas de rentas en manos de los políticos al mínimo que sea posible. En la misma línea, hay que fortalecer el derecho a la propiedad privada, hoy menoscabado y pisoteado por multitud de leyes de carácter normativo o positivista que obstaculizan los procesos de creación de riqueza y, juntamente con una presión fiscal inusitadamente alta, condenan a nuestra economía a un paro estructural que condena a nuestros jóvenes a emigrar a otros países y a, en muchos casos, no poder desarrollar un proyecto de vida pleno con la consiguiente frustración y enorme pérdida de recursos que esto implica para el país.

Una de las grandes conclusiones del ensayo, escrito con un lenguaje ágil que hace que el libro se lea de un tirón, es comprobar como las fantasiosas, en muchos casos directamente absurdas, propuestas de nuevas formaciones políticas como Podemos, Guayem, y hasta en cierto punto también Ciudadanos/UPyD (cuyo discurso es menos populista pero igualmente poco riguroso y solvente), son meros intentos de paliar síntomas: despliegues programáticos que carecen de principios y valores sólidos de acción, que no aciertan a entender las causas últimas de porque estamos donde estamos y que, por lo tanto, no únicamente están condenados a fracasar sino que además agravan la situación de crisis al añadir aún más costes normativos y fiscales al ya maltrecho y maltratado sector productivo.

En definitiva, el libro hunde sus raíces teóricas en el liberalismo clásico. Constituye un ensayo que bien hubiese podido firmar el propio Hayek, o alguno de sus discípulos en España más aventajados como el hoy injustamente olvidado Salvador Millet i Bel quién escribió un ensayo de naturaleza similar al libro aquí reseñado (también con un provocativo título): “Qué siginifica ser conservador, avui?”. Libro que animo a releer (sino a reeditar) por su asombrosa vigencia y su enorme clarividencia. La política tiene que sofisticar su dialéctica si quiere servir de instrumento útil para encauzar políticas que realmente tengan un impacto directo en el prosperidad y bienestar de la gente, en especial de aquellos más necesitados. En el futuro hemos de prescindir de debates estériles entre sobre si imponemos el modelo “rojo” o “azul” sino en cómo recuperamos los valores de defensa de los derechos individuales, unas instituciones que limiten de manera efectiva el poder del gobierno y la defensa de la propiedad como garantías irrenunciables para que nuestros sistemas democráticos recuperen el vigor, la legitimidad y la representatividad que nunca debieron haber perdido. No se trata de imponer A o B, se trata de generar un marco de convivencia, unas normas de juego universales, en donde cada uno de los individuos pueda llevar a cabo su plan de vida como mejor considere sin atentar contra los derechos y la propiedad de los demás. Se trata, en resumen, de ser más libres.

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