Nuevas perspectivas sobre las reformas en China

Esta mañana el premier Li Keqiang ha hecho su tradicional discurso “sobre el Estado de la Nación”. Antes de que estos días extraigamos conclusiones sobre el estado de la coyuntura actual, resulta un momento propicio para tomar algo de perspectiva y reflexionar sobre el estado actual en el que se encuentra su importante proceso de transición económica. Debido a su gran importancia y tamaño, de lo bien o mal que lo haga china depende en gran medida lo bien o mal que nos pueda ir a nosotros.

China está agotando los últimos cartuchos del modelo de crecimiento basado en unos costes laborales excepcionalmente bajos lo que ha permitido a su industria exportadora exprimir al máximo los márgenes de prácticamente todos los sectores industriales acaparando cuota de mercado en prácticamente todos los sectores y segmentos. Este modelo ha perdido cierto fuelle de un tiempo a esta parte por diferentes motivos. El primero de todos, es el propio éxito del modelo: los chinos han dejado de ser “pobres”, y de tener salarios bajos, gracias a los frutos de su propio esfuerzo. Hoy China es una gran potencia exportadora en prácticamente todos los mercados y fruto de ello que también los salarios hayan subido. Otro motivo, es la caída estructural –llega para quedarse– del consumo mundial tras la crisis financiera de 2008. Los mandatarios chinos son muy conscientes del estado de las cosas y de los enormes riesgos que supondría para la economía seguir el curso actual.

Para que una nueva generación de chinos pueda vivir con un crecimiento sostenido del crecimiento y la prosperidad, China deberá cambiar la estructura y composición de su economía en diversos aspectos: cambiar exportaciones por demanda doméstica, una estructura básicamente industrial y manufacturera por una estructura con un mayor peso de los servicios, cambio de inversión a consumo, y finalmente transicionar un modelo de crecimiento alimentado por el binomio crédito/deuda hacia uno con más capital.

La pieza angular para conseguir todo lo anterior siguen siendo las reformas. La principal característica de la economía china –de la que a veces se olvidan muchos analistas – es su aún muy prematuro estadio de desarrollo. Con un PIB per cápita que en 2014 superó por primera vez los 12.000 dólares per cápita, vemos que el país tiene un nivel de desarrollo global muy primario. De hecho podemos decir que hay dos chinas: una desarrollada que cuenta con cerca de 300 millones de personas que configuran sus clases medias y altas; y el resto formado por las de 1.000 millones de personas cuyos ingresos, pese haber crecido de manera vertiginosa en las últimas dos décadas, aún tienen un nivel de vida y de bienestar muy primario. ¿Cómo gobernarlos a todos? Ese es el verdadero gran reto del tándem dirigente Xi-Li.

El complejo entramado de iniciativas al que llamamos por el genérico de reforma, tiene el objetivo último, como así lo han ido reafirmando los diferentes dirigentes del país desde finales de los setenta, de transicionar el régimen comunista y de planificación estatal que caracterizó el paradigma durante la era Maoísta hacia un sistema más de mercado, abierto y en donde el sector privado y las libertades individuales tengan un peso cada vez mayor. La manera y forma de afrontar este reto por parte la élite china no tienen precedentes en la historia y, por el momento constituye un caso de gran éxito. Solo basta poner las cifras encima de la mesa.

¿Qué nos espera para los próximos años? El desarrollo de un modelo industrial no requiere de grandes sofisticaciones institucionales, un mínimo de estabilidad política, apertura al capital extranjero y a los mercados exteriores, así como un mínimo reconocimiento de la propiedad privada para ciertos actores en determinados sectores pueden ser elementos suficientes para que, una economía que partía de una situación inicial paupérrima y dramática (tras los estragos causados por el socialismo chino de Mao), pueda experimentar procesos de rápida convergencia y crecimiento. Es mucho más fácil el modelo de copiar y mejorar a partir de fabricar más barato y exportar el resto del mundo, que un modelo económico basado en el servicio y la innovación en donde se necesitan esquemas aún más dinámicos y abiertos, economías más capitalizadas y con un mayor grado de seguridad jurídica y de respeto a la propiedad privada.

En este sentido, las reformas a las que tiene que hacer frente la República Popular son, a juicio de este analista, mucho más ambiciosas y de una mayor profundidad que las acometidas en las tres décadas precedentes. Entre otras muchas, nos encontramos con la compleja y al mismo tiempo ineluctable reforma de los mercados financieros. Esta reforma es imprescindible por varios motivos. En primer lugar, porque es un elemento indispensable para mejorar la eficiencia de las inversiones en China y mejorar el acceso al crédito de las empresas del sector privado. Al mismo tiempo, la reforma financiera permitirá expandir el consumo chino al permitir un mejor retorno al gran ahorro de las familias y las empresas chinas y que, en el sistema actual, queda preso para financiar de manera constante el insolvente tejido de empresas públicas. Por último, la reforma financiera es paso clave y previo a la posterior apertura paulatina de la balanza de capitales de China y la libre fluctuación del yuan. Ambas, condiciones ineludibles para proseguir con la senda del crecimiento sostenido del país.

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