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La partida de ajedrez continua (6/04/2015 via Global Asia)

La semana pasada supimos más detalles del nuevo organismo supra nacional que nace a iniciativa china y de espaldas a Estados Unidos. No ha sido la primera vez y seguramente no será la última. Se trata del Banco Asiático de Inversión en Infraestructuras (AIIB, por sus siglas en inglés) que a principios de abril formalizaba las peticiones de los futuros estados miembros fundadores: un total de 45 estados miembros pese al rechazo explícito de Estados Unidos. De esta forma, el AIIB avanza en su proceso de constitución y espera convertirse en la primera gran institución supranacional no controlada por Estados Unidos o por alguno de sus aliados institucionales.

Hace tiempo que se venía anunciando que el rearme económico de China tenía que ir aparejado irremediablemente a un mayor poder en la esfera política y así está siendo. Parece que existe cierto consenso a la hora de certificar que el paradigma de Bretton Woods ha quedado superado pero tampoco disponemos de un modelo claro al que dirigirnos. Caminante no hay camino se hace camino al andar. Esto deben de pensar los mandatarios chinos que, en los últimos años, han intensificado su agenda internacional estableciendo inteligentes alianzas con sus principales socios comerciales y financieros, siguiendo el mismo modelo, de hecho, que los estadounidenses en su día. Después de la creación de un fondo de ayuda mutua con los BRICS, China extiende su influencia global con la creación de un nuevo banco que contará con un capital inicial de 50.000 millones de dólares y 100.000 millones comprometidos, aunque muchos de los flecos  y detalles sobre la política y objetivos del nuevo organismo todavía no se han dado a conocer.

Quizás sea este grado de incertidumbre lo que despierta recelos en Washington que ha acogido con mucha frialdad la iniciativa china. Estados Unidos ha manifestado su oposición al considerar que el nuevo organismo debilita muchas de las instituciones ya existentes, y que ya controla, como el mencionado Banco Mundial o el Banco Asiático de Desarrollo (BAD). Al mismo tiempo, la administración de Obama ha manifestado sus reservas a que el AIIB tenga los estándares y el rigor necesario para la concesión de este tipo de créditos. Por su parte, los países que están solicitando su ingreso desde el primer momento, arguyen que es más fácil influir y ayudar a determinar el funcionamiento del nuevo banco “desde dentro” que hacerlo sin participar de la institución. Los mandatarios chinos se han apresurado a contestar que China utilizará las instituciones existentes como ejemplo y punto de anclaje para emular sus buenas prácticas así como mejorar sus posibles deficiencias. Xi Jinping ha subrayado que el nuevo banco quiere ser un soporte adicional a las labores de organismos ya existentes. Según recogía El País declaraciones del máximo representante político China, Xi Jinping dijo la semana pasada: “Ser un gran país implica asumir una mayor responsabilidad en la región, y no buscar un mayor monopolio en los asuntos regionales o globales.”

Los lazos entre China y Estados Unidos se han intensificado de manera exponencial en la última década pero parece ineluctable la existencia de discrepancias entre las dos únicas súper potencias (a la espera de que la UE se decida a mantener unos criterios de política exterior comunes y suficientemente fuertes, lo cual parece tarea imposible) con verdadera capacidad de influir de forma decisoria en el nuevo orden global. Las relaciones entre americanos y chinos son de cooperación y rivalidad a partes iguales en una relación de gran intensidad y cada vez de mayor importancia. Entre ambos países hay más de 90 puentes y cauces de comunicación abiertos para tratar asuntos de diversa índole, y al mismo tiempo, ambos países compiten por controlar el complejo tablero de ajedrez en el que se ha convertido la economía global cada vez más fragmentada, interconectada, y diversa. Son muchos los que ahora añoran –entre comillas- el paradigma de la Guerra Fría en donde solo había dos colores, el azul y el rojo, y en dónde el coste de la seguridad era, precisamente, los desafortunados que tenían que vivir bajo el paraguas de algún país rojo. Hoy, la paleta de colores se ha ampliado y la mayoría de países no quieren renunciar a ningún color.

En esta ocasión, caso paradigmático ha sido el del Reino Unido. El gran aliado de América, hizo sus cálculos y anunció el día 12 de marzo que participaría como miembro fundador del nuevo banco. El cálculo que realizó el tándem Cameron-Osborne, era relativamente simple: el Reino Unido quiere consolidarse como la principal plaza financiera en Europa y para ello debe convertirse en un mercado de referencia para operaciones en renminbis. La jugada de entrar como miembro fundador en la nueva institución era clave. Este movimiento, además, ha tenido un efecto “contagio” con otros estados interesados en la iniciativa china pero que, al mismo tiempo, no querían provocar un desaire inecesario con Washington como Corea del Sur o Australia –que ya han solicitado su ingreso- o España que también figura entre los países que se incorporarán a la iniciativa. Se trata, en opinión de este analista, de una muy buena decisión.

Figura 1. Países miembros del nuevo AIIB

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Todo lo anterior pone de relieve que estamos en plena etapa de turbulencia y transición a nivel global. Las estructuras supra nacionales han quedado desfasadas y aunque aún no tengamos una imagen clara sobre el modelo al que nos dirigimos, sí sabemos que este será mucho menos homogéneo que el anterior, más diverso, y cuya principal característica será la existencia de sistemas y modelos alternativos que competirán de manera continuada. China supone un gran reto al plantear un esquema de valores distinto. De todos dependerá que sepamos coger lo mejor de cada casa para dar lugar a unas instituciones globales más sólidas, más eficientes y más justas.

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Los hechos y la retórica (via Passin.eu)

La mejor manera de seguir la política de China es mediante las declaraciones de sus líderes. La mejor muestra de ellos es el discurso de principios de año (chino) en donde el primer ministro hace balance de la acción de gobierno delante de la Asamblea del Pueblo. Se trata de su particular debate sobre el Estado de la Nación aunque, por su liturgia, se parezca más a una junta de accionistas.

Cada año multitud de analistas escudriñamos las palabras del Primer Ministro en busca de titulares y señales que permitan entender mejor el rumbo de la política económica del dragón rojo. Para una buena lectura, es preciso no analizar únicamente la última foto, sino analizar la secuencia completa. Con esta premisa básica, el gran titular que se desprende de las palabras de Li Keqiang es un mensaje de continuidad. China progresa, con sus tempos y estrategias, en su ambiciosa empresa de transformar su economía de manera que esta siga su convergencia hacia estándares de bienestar similares a los de los países más avanzados. Este proceso testa teniendo diferentes fases, unas más centradas en el crecimiento, otras más en el rebalanceo interno, como la actual.

El punto de inflexión fue el bienio 2007-08. China, pese a crecer a una tasa del 10%, reconocía a través de sus principales dirigentes que el modelo de crecimiento generaba desequilibrios insostenibles y que estaba agotado. Más de un tercio de la economía de la República Popular está profundamente intervenido, lo que configura un modelo claramente dirigista. Hay que tener en cuenta que, en el pasado, la totalidad de la nación estaba sometida a un esquema de planificación económica en una situación no muy diferente a la que sufre Corea del Norte en la actualidad. En suma, el proceso al que llamamos “reforma y apertura” no ha hecho más que, de forma paulatina y ordenada, dar una mayor importancia a los procesos de mercado en la economía al tiempo que –y este es uno de los hechos más distintivos del modelo chino– las estructuras políticas permanecían inmutables.

Figura 1. Crecimiento económico de China

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Fuente: Estadísticas nacionales.

Teniendo este esquema simplificado en mente, lo que vino a decir Li Keqiang en marzo es que China renueva su apuesta por las reformas. Sin embargo, estas se centrarán más en equilibrar el crecimiento dándole al crecimiento chino una estructura más sólida. En resumen, el sector servicios y el consumo doméstico han de tomar el relevo a la inversión y las exportaciones que han sido los motores del crecimiento en los últimos 15 años. Consecuencia de lo anterior, el crecimiento económico se atemperará en los próximos ejercicios (ver figura 1). Se trata de una decisión voluntaria y forzosa a la vez: por un lado, China acumulaba una serie de desequilibrios internos entre zonas rurales y urbanas muy importante; y, por otro lado, la caída del consumo dramática y estructural de las principales plazas para la exportación china (es decir, EE.UU. y Europa), ha acabado de forzar esta corrección de rumbo.

Los mercados están preocupados por la salud económica del gigante asiático y existen factores para que así sea: el endeudamiento ha crecido de manera exponencial (siendo las ineficientes empresas estatales las que concentran la mayor parte de esta deuda), los precios de la vivienda han subido con fuerza, la corrupción es ciertamente endémica y difícil de corregir por la propia naturaleza de las instituciones políticas, entre otros factores. Ahora, además, el PIB se ralentiza. Sin embargo, hay muchos otros elementos en la ecuación que hemos de tener en cuenta y que nos han de hacer ver la realidad del conjunto con cierto optimismo.

Por ejemplo, se ha renovado, como decíamos, el compromiso reformista pro-mercado, cuyos resultados solo hay que poner encima de la mesa. China lleva tres décadas afrontando con solvencia situaciones como la actual e incluso de naturaleza más compleja y la trayectoria en su conjunto es netamente positiva (ver figura 2). Al margen de este renovado compromiso, el premier también anunció que China no basará su recuperación en estímulos fiscales y monetarios que valoró como medidas extraordinarias. El gobierno ha fijado un objetivo de crecimiento de la masa monetaria del 12-13% en línea con el crecimiento nominal. Por otro lado, el gobernador del Banco central de China, el reformista Zhou Xiaochuan, ha subrayado una y otra vez la importancia y voluntad del país por afrontar una reforma financiera que complete la integración de China en la economía global. Lo cierto es que se está avanzando en esta dirección ampliando, por ejemplo, la banda de fluctuación del renminbi (yuan). Si en los últimos años hemos visto como la balanza comercial se abría poco a poco al exterior, mi apuesta es que antes de diez años veremos lo mismo en la balanza de capitales.

Figura 2. Proceso de convergencia histórico: PIB per cápita de China en comparación al PIB per cápita de Estados Unidos

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Fuente: FMI.

En resumen, el menor crecimiento no ha de asustar a los mercados si este es de una mayor calidad. Durante años Beijing dio prioridad casi absoluta y sacrosanta al desarrollo de las zonas urbanas y costeras. Había que levantar el país en todos los sentidos y hacía falta hacerlo rápido. Hoy, los problemas de China son otros y esto tiene un reflejo mimético en su política económica. El crecimiento sigue siendo la gran prioridad pero la agenda económica se ha ido sofisticando cada vez más. El último ejercicio arroja muchos datos buenos, y más importantes que la cifra total del PIB, aunque hayan pasado ciertamente más desapercibidos. Por ejemplo, la intensidad energética se ha reducido por quinto año consecutivo (4,8% solo en 2014), las inversiones se desaceleran al tiempo que la participación del consumo doméstico y en el sector servicios en la composición del PIB suben, se han creado 13,2 millones de nuevos puestos de trabajo en las zonas urbanas (3 veces la cifra de paro en España), la producción agrícola se acelera hasta los 605 millones de toneladas métricas (nuevo récord), la pobreza se ha reducido en más de 12 millones de personas y también por quinto año consecutivo la renta en las zonas rurales ha crecido más que la renta en las ciudades.

Figura 3. Resumen balance y retos de la economía china.

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Lo anterior dibuja un escenario, en mi opinión, complejo pero no pesimista. Los datos nos indican que China está corrigiendo a buen ritmo sus graves desequilibrios y que su economía aún dispone de un colchón de ahorro para hacer frente con solvencia a los retos económicos que tiene por delante. A esta situación, Li Keqiang se ha referido como “nueva normalidad”. Expresión que, tras la Asamblea del Partido Comunista, ocupó buena parte de los titulares de la prensa internacional. Lo cierto, es que lo que no era normal fue el crecimiento a expensas el endeudamiento de occidente de los años anteriores al estallido de la burbuja financiera.

Link artículo.