Los riesgos de votar a Podemos en Barcelona

Según las últimas encuestas disponibles -a sabiendas de que solo reflejan los intereses de quién las financia como es lógico- el escenario electoral en Barcelona está abierto entre dos candidatos diametralmente opuestos: Trias y Colau. Las opciones de Colau pasan, principalmente, porque cuente con el apoyo de otros partidos de izquierda, especialmente de ERC, del que no albergo ninguna duda que de darse este escenario, apoyaría la candidatura de la marca blanca del partido que lidera Joan Herrera. El escenario es francamente triste y desolador para una ciudad que justo ahora empieza a recoger los frutos de haber sabido mantener coherencia en el modelo y prudencia en las finanzas desde hace años y con independencia de las siglas políticas.

Es por eso que Barcelona ilustra de manera clara (y a pequeña escala) las desastrosas consecuencias políticas que se derivan de la incomprensión de los procesos de mercado y generación de riqueza que nos han traído hasta aquí. Por otra parte, ni CiU, ni PSC, ni en menor medida el PP, están sabiendo explicar y defender su modelo del que, en gran parte, deriva el gran bienestar que disfrutan hoy todos los barrios de Barcelona. Se da la absurda paradoja de que la ciudad condal, la ciudad más global de la península y también del arco mediterráneo, tiene entre sus alcaldables una persona que ha hecho de la lucha contra la globalización el laitmotiv de su vida. Paradojas del mundo líquido del que nos advierte Bauman.

Repasemos brevemente en qué consiste la situación ventajosa que disfruta Barcelona y que la convierte en una de las ciudades con mayor potencial de Europa en este nuevo siglo en donde las ciudades, y no los viejos “estados nación”, jugarán un papel más relevante en la creación de riqueza. De entrada, la mayoría de rankings sitúan a Barcelona como una de las mejores capitales europeas, normalmente tan solo por detrás de Londres, Paris o Berlín a la hora de juzgar el atractivo global de la que hoy es considerada la capital del mediterráneo. Barcelona es además, según el buscador de Internet Google, la tercera ciudad más fotografiada del mundo solo por detrás de Nueva York y Roma (obviamente) y goza de un gran posicionamiento global. Entre los numerosos activos de la ciudad, destaca su fino equilibrio entre mar y montaña, ocio y negocio, oferta cultural y gastronómica, historia y modernidad. Barcelona cuenta con dos de las mejores escuelas de negocios del continente, con uno de los clubs de fútbol globales más importantes (cuya alineación y colores son conocidos desde Lima a Pekín), el museo más importante dedicado a la figura de Picasso, un relato histórico ininterrumpido en sus calles que arranca con los fenicios y romanos, y la última catedral de la cristiandad diseñada, además, por el que probablemente sea uno de los mejores arquitectos de la historia y genio universal Antoni Gaudi. Esto sin contar la bendición de su clima y su privilegiada posición geoestratégia que le permite ser playa de entrada hacia Europa de todas las mercancías que llegan del emergente continente asiático.

No es de extrañar, pues, que Barcelona sea la ciudad más escogida por los estudiantes de las becas erasmus y que cada año reciba cerca de 8-9 millones de turistas al año. Una burrada.

Barcelona se presentó al mundo con los fantásticos Juegos de 1992 y desde entonces a sabido mantener un modelo claro y constante de ciudad mediterranea, abierta, a la vanguardia del diseño, con vocación europea, emprendedora y creativa. Los resultados saltan a la vista y se han visto recompensados, por ejemplo, con el World Mobile Congress, el mayor y seguramente más importante congreso sectorial global del mundo que desde hace años, y gracias al buen hacer de los alcaldes socialistas y los grupos que les han facilitado la tarea, se celebra en Barcelona con un impacto social y económico imposible de estimar.

Además de estas gracias, muchas de ellas fruto de la suerte y de los caprichos del destino, lo cierto es que los diferentes alcaldes (Clos, Hereu y luego Trias) que han tenido la difícil tarea de mantener el legado heredado lo han hecho -pese a que siempre se cometen errores- francamente bien; sobretodo si se compara el desempeño del consistorio condal con otras ciudades importantes españolas, y muy especialmente con Madrid. A la vista están las cifras: el consistorio, incluso en el momento de máxima estrechez de las finanzas públicas, paga a 30 días a todos sus proveedores (financiando incluso a la Generalitat, un grave error y agravío a los barceloneses, todo sea dicho de paso), y de un presupuesto cercano a los 2.000 millones de euros, el ayuntamiento dispone de cerca de 500 millones anuales para nuevas inversiones, lo que permite tener la ciudad limpia y cuidada y con unos equipamientos francamente buenos.

Así pues, ¿es razonable plantearse votar la alternativa neoconunista de Podemos Barcelona? En mi opinión, sería un error trágico al poner el peligro un modelo que, justo ahora, empieza a dar sus frutos y un posicionamiento que hay que seguir trabajando para que Barcelona saque el máximo provecho en este nuevo siglo en el que, como decía, laas ciudades marcaran el ritmo de la economía global y en donde la ciudad de los prodigios parte en situación de ventaja.

La pregunta, por tanto, es: ¿cómo es posible que la gente se plantee si quiera votar a una candidata como Ada Colau? Una primera explicación es simple. Como pasa siempre, los sistemas no caen por la solvencia y solidez de los planteamientos de los bárbaros que los atacan, sino por el descuido y desidia de quienes deberían defenderlos. Si nos fijamos en España, PP-PSOE tienen dificultades en defender lo ciertamente conseguido porque esto se ha diluido por la crisis económica que también ha dejado al descubierto la fragilidad de muchas de nuestras aún jóvenes instituciones democráticas, todas ellas salpicadas con casos de corrupción y abusos. Esto, además, queda amplificado por el altavoz del “mass media” español, en general muy poco formado y con muy poco criterio económico, a quién cualquier caso de corrupción suministra horas y horas de contenido -en una gran mayoría puramente banal y morboso- con el que generar audiencias a un coste muy bajo.

Dejando esto al margen, el caso de Barcelona es más dramático por que, en general, el “sistema” (por entrar en los absurdos términos en los que se nos presenta el debate) ha actuado con responsabilidad durante los años de borrachera crediticia, no cometiendo abusos y ha dejado un balance equilibrado que hoy, como decía, permite a la ciudad disponer de una muy ventajosa posición de salida para competir a nivel global como una de las mejores y más sólidas y completas ciudades europeas. Una ciudad abierta y libre.

Sin embargo, desde las principales tribunas donde se debería de estar defendiendo estos mensajes de manera constante para ilusionar al votante sobre las infinitas posibilidades que implica ya la marca Barcelona, tenemos como respuesta el silencio. Cuando solo la izquierda, en este caso Ada Colau, es la que habla, manipula, distorsiona, victimiza y lanza fuegos de artificio para atontar a la masa (ya de por si predispuesta a que le digan que sus males son culpa de otros), es evidente que esta monopoliza el debate. La campaña se convierte en un monólogo absurdo y de muy mal gusto en un momento en que los barceloneses nos jugamos mucho.

Colau pertenece a la izquierda rencorosa que parece que muchas veces sacrificaría que los problemas sociales que tanto dicen defender se solucionasen con tal de conquistar el poder. Lo que es, en humilde opinión de quién escribe, el principal motivo de existir de la formación de Colau, y resulta extensivo al holding de socialismo-bolivariano siglo XXI llamado Podemos del que cuelga. Conquistar el poder a toda costa, da igual que para ello, la campaña a la alcaldía de Barcelona se centre en críticas a Esperanza Aguirre que se presenta en Madrid no en Barcelona.

Parece que todo valga pero no debiera debiera de ser así. Al igual que uno no puede estar obsesionado con ganar dinero a toda costa, sino que este es la consecuencia natural de hacer las cosas bien; lo mismo sucede con el poder político que siempre debería de ser una consecuencia de mantener una coherencia y firmeza con respecto a unas ideas y principios que, para una mayoría de la población en un momento determinado son vistas como las más solventes para dar solución a los problemas que se plantean. Nada de esto parece importar un rábano a Colau para quién lo único importante (igual que sucede con el megalómano de Pablo Iglesias) es “fer fora a Trias, i desprès ja veurem.” Y muchos picando en esta trampa de discurso fácil que todo lo arregla con el “quítate tu que me pongo yo.”

Los medios, a todo esto, ni una pregunta incómoda a la candidata Colau. Todo deformación y propaganda. da igual que no se tenga experiencia, que la realidad de Barcelona niegue la visión negra que ofrece la franquicia de Podemos en Barcelona. Todo suave. Demandamos dureza y transparencia con nuestros políticos pero a la hora de la verdad nada de nada. Demandamos políticos con nivel y experiencia, y la hora de la vedad aupamos a gentes como Colau que reconoce que no sabe leer un balance y que lo único que ha echo en la vida es “protestas sociales”. John Locke dejó escrita una frase fantástica: “no men knowledge goes beyond his own experience.” De hecho, a parte de los nefastos planteamientos de la Plataforma de Afectados de la Hipoteca (PAH), queue en el mejor de los casos atenúan síntomas agravando aún más las causas (al suponer una patada a los riñones de nuestro maltrecho Estado de derecho, pero este será otro artículo), Colau tiene un amplio pasado como dirigente y líder de protestas altermundistas y antiglobalización que llevó a la hoy alacaldable a agredir el consulado suizo de Barcelona en 2002. ¿Qué modelo de ciudad podemos esperar de alguien que no comulga con la libertad creciente a nivel global? Y de nuevo: ¿Por qué ningún medio pregunta por estos temas a la nefasta candidata y solo saben reirle las gracias?

Colau, y el resto de líderes de Podemos, basan su estrategia en deformar la realidad hasta presentar una Barcelona cuyo estado de pobreza y desigualdad suponen similar al de la franja de Gaza. Al mismo tiempo, se esfuerzan en señalar como las bolsas de pobreza y exclusión -que por desgracia siempre las hay- con la corrupción, dicen, sistemática en una sociedad, y concluye ahí su argumentario, que pide un cambio democrático. Lo del cambio democrático duele a los oídos. En los últimos actos de campaña de la formación hablan de “Primavera democrática”, como si Barcelona fuese Yemen o Siria. ¿Estamos todos atontados que nadie dice nada?

Siempre hay que desconfiar de esta actitud obsesiva con el poder como hay que desconfiar de quién solo piensa en ganar dinero. El dinero, como el poder, no son un fin como piensa la Sra. Colau sino un medio para conseguir fines más altos: la libertad y el progreso del hombre. De este modo, las personas ricas lo son consecuencia de haber hecho las cosas bien, de tener unos buenos volares de trabajo, honestidad, responsabilidad, etc. Uno puede enriquecerse por otros caminos pero en un orden social liberal no lo podrá ser por mucho tiempo porqué vendrá alguien que lo hará mejor y ocupará su lugar. Solo el Estado y el poder político arbitrario pueden proteger a un rico que no “merezca” serlo. Por su parte la conquista del poder político, debe ser el resultado del debate libre de las ideas en donde uno en política propone y defiende los valores y principios que crea más beneficiosos para el conjunto… y a partir de ahí el electorado libremente decidirá si en efecto son estos u otros los mejores para hacer frente a los retos que surgen en cada sociedad y generación. Colau, como Iglesias, quieren merendarse la cena con el único argumento de pretender desdibujar un escenario de inmoralidad de no ganar ellos.

Lo que no entiende Colau, ni por supuesto el resto de “podemitas” anti-sistema, anti-globalización y anti-capitalistas, es que no todos nos enriquecemos igual: ni al mismo tiempo ni a la misma velocidad. Por añaduría, estas diferencias a la hora de progresar son menores precisamente en aquellas sociedades que gozan de un mayor grado de libertad, donde el entramado institucional es más sólido, y los derechos de propiedad están mejor asignados y protegidos. En el caso de Barcelona basta ver la evolución de algunos de sus barrios más humildes de la ciudad como el Carmelo o Nou Barris. Hoy disfrutan de zonas ajardinadas, avenidas, tiendas, trasporte público y conexión rápida con el resto de la ciudad y de donde se progresa simplemente ejercitando la voluntad, cuando hace tan solo tres décadas eran zonas lúgubres, poco conectadas con el resto de la ciudad y caldos de cultivos perfectos para la marginalidad y violencia (basta leer alguna novela de Eduardo Mendoza ambientada en estos barrios y compararlo con la estampa que ofrecen hoy en día). Insisto, difícilmente erradicaremos la pobreza en su totalidad, pero el progreso conseguido estos últimos años hemos de juzgarlo como un gran éxito y seguirá si mentenemos el rumbo.

Esta tendencia corre el peligro de estancarse, incluso revertirse, de aplicar las nefastas tesis colectivistas e intervencionistas de Colau/Podemos cuya principal consecuencia es el empobrecimiento de las sociedades, primero y especialmente en aquellos grupos que menos tienen. O entendermos la naturaleza de los hombres y el funcionamiento de las instituciones humanas o estamos condenados en caer en las trampas dirigistas y colectivistas que tantos horrores crearon durante el siglo XX y que ahora Colau/Iglesias nos quiere hacer tragar con otro disfraz.

El populismo es la melodía de las sirenas de Ulisses, una trampa que nos confunde y nos hace disparar contra el bando amigo, debilantando aún más nuestras frágiles instituciones democráticos. El populismo es un disfraz sobre el que pretende esconderse este nuevo neocomunismo que, con el pretexto de ayudar a los pobres amenaza la libertad, la propiedad y la ley, nos empuja por un barrizal del que luego es muy difícil salirse, y nos aleja del ideal de esa Europa de las ideas que hoy nos aparece más desdibujado que nunca.

En nuestra mano esta el actuar con responsabilidad y no dejarnos llevar por nuestros instintos más bajos y primarios. Tenemos problemas muy serios y graves y necesitamos personas series y capaces para hacerles frente. Votar Colau es beber arena y quedarse con aún más sed. De todos depende seguir trabajando por construir una Barcelona más rica, justa y prospera, o enviarlo todo al garete.

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