Balance presidencia Obama (parte 1)

Con el ocaso de la presidencia de Obama se abre un periodo propicio para la reflexión y el balance de sus años en la Casa Blanca. La opinión popular en Europa -especialmente en España- es muy positiva. Esta opinión muchas veces se sustenta más en la estética y la retórica que no resultado de una evaluación sobre hechos concretos. Obama ha sido un presidente con unas dotes comunicativas fuera de lo corriente y con un márquetin político detrás que ha marcado escuela. Sin embargo, en mi opinión, los años de Obama dejan a Estados Unidos en una posición más frágil y débil que cuando tomo posesión arrojando un balance muy decepcionante tanto en clave doméstica como exterior.

Los años de Bush fueron, en general malos, sobre todo en economía donde el Republicano pecó de keynesiano, proteccionista y corporativista. Con todo, seguramente con el paso de los años, el balance de Bush oscilé hacia posturas más amables. El segundo presidente de la saga Bush tuvo que hacer frente al mayor ataque sufrido por Estados Unidos en toda su historia y que, por la cobertura e impacto mediático, supuso un verdadero shock sobre la nación nunca vivido antes. El 11S marcaba de forma brusca el inicio del tercer milenio y despertaba de su particular ensoñación a unos Estados Unidos que, en cierto modo, había perdido conexión con el entorno geopolítico global que distaba mucho del escenario de “fin de la historia” (“too good to be true“). La reacción tras los atentados fue heroica. Bush supo aglutinar a la nación en uno de sus momentos más dramáticos y transmitir seguridad cuando más se necesitaba.

Sin embargo, a esta “buena” (es decir, menos mala) reacción inicial, le siguió una guerra-invasión innecesaria cuyos costes geopolíticos, económicos y sociales aún estamos pagando hoy. De las cenizas del desmantelado régimen del sátrapa de Sadam surge el Estado Islámico. El mal no se eliminó, mudo de piel. Hoy la situación es más frágil e inestable que en el escenario anterior a la guerra (que ni mucho menos era óptimo o probablemente tolerable, con una población kurda que era víctima de una exterminación sistemática por parte de Sadam aunque, como luego supimos, nada de esto tenía que ver con ningún arsenal de armas de destrucción masiva).

A este gran frente exterior, en 2008, se suma el tsunami financiero. El esfuerzo militar había disparado el desequilibrio presupuestario que salvo en contados ejercicios, ha ido arrojando sucesivos déficits obligando a la economía americana a vivir permanentemente de pedir dinero al exterior y aumentar de manera constante y creciente la masa monetaria. Un esquema sumamente frágil incluso para el coloso americano hoy -y de nuevo, esta es una apreciación muy personal- no se encuentra en su momento de mayor gloria.

Barack Obama llegó a la Casa Blanca en un momento delicado. La crisis financiera se había atacado sobre todo con estímulos de demanda como marca el canon keynesiano vía deuda y estímulo monetario. Los falsos aprendizajes de la gran crisis del 29 de la pasada centuria han pesado mucho en el “establishment” académico y han marcado la agenda económica desde entonces. Obama aterrizó en DC con dos promesas importantes: cambiar con la sintonía entre Wall Street y Washington y cerrar la base militar de Guantánamo.

El nombramiento de Larry Summers -un histórico keynesiano y principal fontanero entre el sistema bancario y DC-, así como el atemperamiento inicial con respecto a la política antiterrorista de la administración Bush, fueron las dos grandes decepciones iniciales para el votante “liberal”. Matt Damon, por ejemplo, que mostró su apoyo a Obama durante la campaña, fue de los primeros desafectos del ahora inquilino de la Casa Blanca llegando a prestar su voz al crítico –no malo al principio, pero muy incompleto y sesgado al final- documental Inside Job de Charles Ferguson en donde reciben críticas a partes iguales Bush y Obama en lo que la manera de afrontar la crisis se refiere.

En cualquier caso, la llegada de Obama despertó esperanzas y expectativas -entre los que me incluyo- de como Estados Unidos podía enderezar su política exterior y, de paso, también poner orden en sus desajustadas y disfuncionales finanzas públicas. Al final, Obama no ha conseguido ni lo uno ni lo otro y ha dado, en general, una sensación constante de muy poca claridad de pensamiento y de modelo.

Por un lado, su política exterior ha estado llena de gestos y buenas palabras pero no de hechos ni claridad de objetivos de lo que se pretendía que, si alguna consecuencia real han tenido, ha sido el de favorecer un clima de creciente relativismo con respecto a los valores e intereses de Occidente que tendrá consecuencias en el largo plazo.  Paradigmáticos de lo anterior han sido los intentos de cambiar el statu quo con Cuba e Irán (también Rusia, aunque ahí la culpa es compartida con la UE). Veamos primero el segundo caso.

El principio de acuerdo con Irán –ahora ya sabemos que simplemente es un marco de intenciones para intentar llegar acuerdos–, pretendía entablar una relación más estable con uno de los pocos “estado-nación” moderno que funciona normalmente dentro del avispero que es Oriente Medio. Lo cierto es que las negociaciones con Irán y el anuncio a bombo y platillo de un “acuerdo” no han tenido ninguna consecuencia real con respecto a los cambios internos que debería de afrontar el régimen que, entre otras cosas, persigue a las minorías sexuales o lapida a mujeres por atentar “contra el honor” (sea lo que sea eso) y niega el derecho a existir de Israel. El único efecto real de esta gesticulación con los iraníes ha sido la pérdida de fuerza de Israel, sin que tengamos ninguna certeza de que en el nuevo escenario Irán adopte una postura que favorezca una mayor seguridad y estabilidad en la región. Más bien, y utilizando la feliz expresión de Bauman, toda la puesta en escena ha servido únicamente para favorecer un escenario más líquido que, en mi opinión, no nos hace ningún bien. Por añaduría, y como dejaron constancia muchos medios como el Washington Post o el Wall Street Journal, Obama ha demostrado ser un pésimo negociador, donde no ha tenido claras las líneas rojas –que se han ido modificando– dando esta sensación, me decía un analista amigo mío la semana pasada, de falta de claridad de ideas en un tema en el que está en juego la seguridad estratégica global.

Algo similar ha sido el caso cubano. El desastroso y criminal régimen de los hermanos Castro, que cuenta con potentes lazos con otros regímenes pertenecientes al nuevo paradigma de socialismo siglo XXI -que va por el camino de ser tan desastroso como el del siglo XX-, ha vivido permanentemente rescatado. Primero fue la Unión Soviética, después han estado viviendo del petróleo de Venezuela y ahora, finalmente, les insufla oxígeno EEUU. La coartada para la pobreza en la isla siempre ha sido el embargo cuando el problema era el comunismo. En este sentido, Obama cayó en la trampa del régimen al afirmar que Cuba vivía aislada cuando es mentira. El mundo no se acaba en Estados Unidos. Me explicaba hace poco una columnista del WSJ que en una visita “oficiosa” a la isla, el guía oficial delante de unas baldosas rotas en una avenida principal de La Havana exclamó: “ven: no podemos reparar estas avenidas por el embargo.” Mi amiga, persona listísima, reacciono rápido y firme ante tal disparate diciendo: “¡Pues hoy es vuestro día de suerte! Justo hace poco visite una fábrica en México en donde fabrican este tipo de baldosas y os puedo pasar el contacto.” Tras un incómodo silencio, el guía no tuvo más remedio que afirmar, “sí bueno, tiene razón, el problema no es el embargo el problema es que no tenemos dinero.” As simple as that.

La eliminación del embargo era una medida obvia y necesaria pero no por Cuba o no Cuba, sino por los americanos que merecen ser libres de vender y comprar productos con quién les plazca y viajar a cualquier país que consideren oportuno. La pomposidad  y retórica con la que se adornado la medida era del todo innecesaria y gratuita que solo sirve para que, a ojos de la comunidad internacional, el gesto haya significado una legitimación de la dictadura caribeña y como un éxito de los Castro. Hay que ser más listo y tener unos principios más sólidos cuando se es Presidente de Estados Unidos: quita el bloqueo pero no le organices una fiesta a Fidel. Absurdo. De nuevo, este tipo de gestualidad exagerada solo contribuye a favorecer un clima de confusión y relativismo que en nada favorece la causa de la libertad y la justicia. Al final de la pantomima, Raúl Castro se le dio en Panamá la oportunidad de dar lecciones a los demás países cuando es él y su hermano los llevan décadas sometiendo a su pueblo y atropellando las libertades y los derechos más básicos.

Podríamos también hablar de la invasión rusa a Ucrania pero es un caso que, por sus implicaciones con Europa, bien merecería un artículo aparte.

En resumen, el momento actual requería de un Churchill y Obama ha sido lo más próximo a Rodríguez Zapatero. Si bien el paradigma “neocon” de Bush probó ser más problema que solución, el pensamiento débil de Obama tampoco es la alternativa. El que venga tiene la difícil tarea de encontrar un punto medio que seguramente será próximo a la vieja locución latina de “fortier in re, suaviter in modo”.

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