Balance presidente Obama (parte 2)

El Balance en clave doméstica de Obama también arroja serias dudas y, en opinión de este analista, ha sido bien decepcionante y ha demostrado el muy poco criterio económico del inquilino de la Casa Blanca pese a que esta probablemente sea una idea contraria a la visión de la mayoría en nuestro país. La economía de Estados Unidos se recupera, parece que se recupere, pero lo cierto es que esta recuperación se sustenta sobre un gigantesco estímulo monetario, histórico, que ha distorsionado de forma muy notable la estructura económica, ha aumentado las diferencias entre los americanos con patrimonio y los que no (entre los que tienen formación financiera y los que no); al tiempo que ha dificultado la acumulación de capital y el ahorro entre los más jóvenes y, finalmente, ha arrastrado a otros países a optar por una salida a la crisis similar al camino tomado por América. En resumen, durante estos últimos siete años, y al igual que ha sucedido en los países de la periferia Europea, no se ha hecho frente a la crisis sino que se ha pospuesto a generaciones venideras vía deuda primero, expansión monetaria después.

Esta expansión monetaria sirve para cubrir los agujeros negros -es la manera más efectiva de mutualizar pecados- de una banca irresponsable que opera como si de un casino se tratase porque es consciente que la Reserva Federal acudirá al rescate cuando las cosas vayan mal -por qué no tiene otro remedio con el paradigma de dinero fiduciario que nos hemos dado entre todos-. Es cierto que la tasa de paro de Estados Unidos se ha ido reduciendo de manera paulatina, pero igualmente cierto es que estas estadísticas están fuertemente retorcidas para enmascarar una realidad mucho más alarmante. Basta ver cómo ha caído de manera dramática la población ocupada y como las jornadas de los trabajos cada vez son mucho menores (algunos contratos no llegan a la media jornada) para inferir que la tasa real de paro en América es mucho mayor. Un dato: hace 7 años el número de americanos en paro o con un empleo precario (jornada reducida) era de 13,5 millones; hoy son 16,9 millones.

Y esto, insisto, con la mayor expansión monetaria de la historia en donde la Fed ha multiplicado su balance por tres. Quizás, en parte, también esto ha sido así debido a la incapacidad de la administración de Obama de acertar las causas reales de la crisis y actuar en consecuencia. En efecto, la capacidad reformadora de Barack Obama ha sido cero. De todo lo anterior se puede decir que Obama no es el responsable (o único responsable), pero sí que podemos criticar su ausencia de liderazgo responsable y consciente en favor de reformas que fortaleciesen el sistema haciéndolo más justo (propiedad, imperio de la ley e impuestos bajos). En este sentido, Obama ha sido un Presidente que ha demostrado tener un muy pobre criterio económico, rivalizando casi (quizás me paso) con el Presidente Zapatero que tan caro nos ha salido a todos los españoles con independencia del color político.

“Last but not least”, y derivado de lo anterior, está el balance social cuya principal iniciativa, y también la más polémica, ha sido el Obamacare. De entrada, hay que desconfiar de cualquier ley con nombre de político. Siempre. En resumen, el Obamacare es una intervención positivista “top-down” en el ya distorsionado mercado sanitario americano que, lejos de solucionar el problema para la cual fue pensada -mejorar e incrementar la cobertura sanitaria de los americanos-, rema en la dirección contraria debilitando el conjunto de la economía americana y por expensión también su sistema de salud. Europa y Estados Unidos han afrontado de diferente manera el espinoso tema de garantizar un sistema sanitario  universal. Importante subrayar la palabra universal que muchas veces se confunde con gratis. No hay nada gratis, si pueden existir bienes de acceso universal. El debate ha de girar en de qué manera organizamos el sistema para que la gente que, debido  a las circunstancias, no puede costear un seguro médico sin que esto implique favorecer una sociedad irresponsable que, a la larga, haga que todos necesiten de esta ayuda. Como siempre sucede, tan importante resulta el debate sobre el reparto de la riqueza, como el debate sobre como esta se crea: la mejor política social es la que no se necesita. Por el contrario, la peor política social es aquella que imposibilita la resolución del problema sino que incentiva el parasitismo. Remar en dirección contraria es lo que hemos favorecido los europeos durante las dos últimas décadas en donde los sistemas de bienestar gratuitos han acabado incentivando a que la gente los necesite y no sea capaz de vivir sin ellos. El error fundamental, ha sido confundir universalidad con monopolio estatal (cuando sabemos que, económicamente, los monopolios son altamente costosos).

Huelga decir que un servidor no cuestiona en absoluto los principios de universalidad de la sanidad y la educación, dos ideales del liberalismo burgués y su defensa por la igualdad de oportunidades (que no de resultados). Sin embargo, como decía, no hay que confundir que una cosa tenga que ser universal con que tenga que ser pública; y conviene no confundir lo público con gratis. Obvio, pero conviene recordarlo: nada es gratis; la cuestión clave es ver cómo hacemos un sistema que además de universal sea sostenible, eficiente, innovador, y justo. Todas estas palabras por desgracia siempre quedan fuera del debate que básicamente oscila entre lo público o el anatema. En suma, la clave esta en ayudar a quién lo necesita pero sin fomentar que todo el mundo lo acabe necesitando (es decir, sin incentivar la irresponsabilidad colectiva y el abuso como sucede hoy). La evidencia empírica nos muestra como colectivizar los bienes –línea en la que incide la para mi nefasta propuesta de Obama– provoca un encarecimiento en el coste del servicio, bloquea la innovación (al convertir a médicos y enfermeros en funcionarios), incentivando el abuso de recursos, la corrupción y el despilfarro. Básicamente porqué cuando colectivizamos un bien se imposibilita el cálculo económico (sovietizamos la economía) y todos salimos perdiendo como demostraron hace cinco décadas Mises y Hayek. Lo público acaba saliendo tremendamente caro y genera disfuncionalidades crónicas que lo hacen insostenible por favorecer, como señalaba, una estadio de irresponsabilidad e insolidaridad colectiva.

Repito: la universalidad de la sanidad (o la educación) es un principio rector de un orden social liberal, el problema es cómo logramos esta universalidad sin quebrar, financiera y moralmente, en el intento. En efecto, la intervención pública por definición distorsiona el funcionamiento de los mercados generando incentivos para los abusos y la corrupción con el consiguiente sobre coste en términos de pérdida de eficiencia e innovación. Por eso estas tienen que estar limitadas al mínimo imprescindible. Estos tres problemas afectan en mayor o menor medida los sistemas sanitarios a ambos lados del Atlántico y su solución dista mucho de ser simple y mucho menos de poder ser impuesta con un enfoque “top-down” discrecional por parte del gobernante de turno, como ha hecho Obama con el Obamacare demostrando muy poco criterio en cuestiones económicas.

Basta plantear el problema en su reducción al absurdo para poner las cosas en perspectiva. Pensemos: si las soluciones fueran así de fáciles ¿por qué aún tenemos problemas en nuestras sociedades modernas? Efectivamente, nada es gratis, todo tienen costes y cualquier ley positivista impuesta en un colectivo corrige disfuncionalidades creando otras. El plan sanitario de Obama simplemente ha consistido en otorgar un subsidio a las personas que todavía hoy no tenían seguro médico sin atender a las razones que subyacen a esta decisión. Es decir, pretender corregir el síntoma sin atender a las causas. La iniciativa del Presidente Obama es vistosa, fácil de vender y con resultados visibles rápidos y sencillos de comprender entre el gran público, pero no soluciona el teórico problema de personas que por diferentes circunstancias no pueden hacer frente a un seguro médico. Si se me permite la caricatura, Obamacare es a la sanidad lo que las propuestas de Ada Colau son a los desahucios. Algo de pan para hoy, hambre para mañana.

Desde el lanzamiento de Obamacare, por la que el Gobierno Federal paga una parte substancial del seguro médico aquellos que todavía no tenían uno, el número de americanos sin seguro médico se ha reducido de manera notable. La campaña para beneficiarse de esta ayuda se intensifico en Marzo con la participación activa del “mass media liberal” de Estados Unidos que tanto apoyado a Obama durante sus dos mandatos. Sin embargo, ¿ha servido esta medida para corregir las disfuncionalidades del sistema y que encarecen, muchas veces, innecesariamente las pólizas de seguro médico imposibilitando a algunos de contratar una póliza? La respuesta es no.

Haría falta un artículo igual de largo que este para explicar los costes que una política de “café para todos” como el Obamacare y cuya principal consecuencia es primero, no corregir los principales problemas del actual sistema en donde muchas de las normativas existentes han generado perniciosas y crónicas disfuncionalidades para proteger a ciertos lobbies (médicos y compañías); y, segundo, generaliza una solución costosa que hipoteca aún más el ya debilitado presupuesto de la nación y que seguramente acabe conllevando una subida impositiva que acabe por encarecer, aún más, el esfuerzo financiero que han de realizar los americanos a la hora de sufragar sus gastos sanitarios. Veremos.

En cualquier caso las perspectivas no son halagüeñas, especialmente y como pasa siempre, para los que menos tienen.

Estos son solo algunos elementos fruto de un análisis somero a los que han sido las principales líneas de acción y trabajo del Presidente Obama y cuyo balance, de nuevo desde la perspectiva de este humilde observador, me parece pobre y decepcionante y que deja a Estados Unidos en una posición mucho más frágil que cuando tomo posesión pese a la visión tan tremendamente positiva que se nos suele vender a menudo.

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