Grecia y el sueño europeo de JM de Arielza (ESADE)

Valery Giscard D’Estaing pronunció el 28 de mayo de 1979 un emotivo discurso en Atenas, en el que daba la bienvenida a Grecia a las Comunidades Europeas. El político francés presidía el Consejo Europeo, había apadrinado esta adhesión y no dudó en utilizar su buen griego clásico para cantar las alabanzas de la civilización nacida hace más de 2500 años. El hecho de que no muchos asistentes entendiesen sus loas no le impidió extenderse en ellas. Se trataba de la segunda vez que el club europeo abría sus puertas a un nuevo miembro. A diferencia de la ampliación de 1973, las Comunidades habían tenido muy en cuenta un imperativo político: la necesidad de anclar en las instituciones de Bruselas a la recién recuperada democracia griega.

Giscard apoyaba a fondo al primer ministro Konstantinos Karamanlis, quien había regresado del exilio para ganar las elecciones, aprobar la constitución de 1975 y formular la petición de adhesión a las Comunidades Europeas, invocando el acuerdo de asociación de 1961 que abrió a Grecia las puertas del Mercado Común.

La petición de ingreso fue acogida con reservas debido a los problemas sociales y políticos que arrastraba el país, la debilidad de su sistema financiero, una alta inflación y una agricultura poco modernizada. Pero el tándem franco-alemán impuso su visión geopolítica e invocó la pertenencia de Grecia a la OTAN desde 1953. Grecia ingresó en 1980 con un trato favorable para su agricultura y unos períodos transitorios generosos que permitieron ensayar su adaptación en otros sectores. La Comisión por primera vez estableció la siguiente condición: para convertirse en Estado miembro el candidato debía garantizar la democracia y el imperio de la ley.

Los socialistas y comunistas griegos votaron en contra de la ratificación del tratado de adhesión. A diferencia de España, no hubo un gran consenso pro-europeo detrás de esta decisión de tanto calado constitucional. Cuando Andreas Papandreou, líder del PASOK, ganó las elecciones en 1981 anunció que renegociaría los términos de la adhesión e incluso convocaría un referéndum para decidir sobre la permanencia en las Comunidades, una consulta que nunca llegó a realizar. El socialista consiguió a cambio un incremento de los fondos europeos. En Bruselas, los sucesivos gobiernos helenos se granjearon enseguida fama de hiper-nacionalistas por su tendencia a vetar cualquier aproximación a Turquía por parte de las Comunidades.

El peso político y económico de España, que empezaba a negociar en 1977 su ingreso, alertó a los negociadores comunitarios de que nuestro país podía ser una “gran Grecia” si, una vez dentro de Europa, imitaba el comportamiento de Atenas. El presidente Giscard no tuvo reparos en vetar varias veces estas negociaciones, que se alargaron ocho años años y acabaron con condiciones mucho más exigentes que las de la adhesión griega.

Por su parte, el país heleno no desarrolló, como otros recién llegados al proyecto de integración, un europeísmo que le llevase a un proceso de modernización de la economía y la sociedad. Nunca consiguió organizar un sistema eficaz para cobrar impuestos y desarrollar una cultura cívica para entender por qué pagarlos. Aunque parte de sus elites sí hicieron suyo el sueño europeo, la mayoría de los ciudadanos se conformó con entenderlo como un apoyo financiero continuado.

Una vez cayó el muro de Berlín, Grecia centró sus esfuerzos políticos en conseguir que Chipre ingresara en la Unión Europea junto con los países del Este. En 2002 consiguió unirse al euro ya en marcha sin hacer mucho ruido, presentando unas estadísticas oficiales sorprendentes en las que como por ensalmo había desaparecido la inflación y el déficit público quedaba en un 1,5%. En 2004 el nuevo gobierno conservador anunció que el verdadero déficit era del 8,3%. Pero la celebración de los Juegos Olímpicos ese año en Atenas llevó a aumentar la deuda sin reducir el gasto público, aprovechando que se podía financiar en las mismas condiciones que Alemania. Los acreedores no valoraron el riesgo de seguir financiando alegremente a un país que se endeudaba a toda velocidad.  Justo en ese año, Francia y Alemania, en vez de aceptar sanciones por incumplir los límites de gasto público señalados en el Pacto de Estabilidad y Crecimiento, lo reformaron para hacerlo más flexible, una señal nefasta hacia países como Grecia.

En otoño de 2009, en plena crisis financiera y repitiendo la “confesión” de 2008, el gobierno recién elegido del PASOK hizo de nuevo las cuentas y comunicó a Bruselas un déficit del 14%, en lugar del 2,7%. Los líderes europeos con la ayuda del FMI tuvieron que improvisar en mayo de 2010 un primer programa de rescate, al que siguió un segundo programa y un verdadero rediseño de la moneda común para evitar que una pequeña parte de la economía de la zona euro pudiese amenazar la viabilidad del proyecto entero. Desde entonces, la financiación a Grecia por 240.000 millones de euros no ha impedido que crezca el desempleo, se hunda la economía y aumente la deuda hasta casi el 180% del PIB. Solo el gobierno de Antonis Samaras consiguió enderezar el rumbo por unos meses.

La victoria en enero de la coalición de extrema izquierda de Syriza puso fin a ese momento de esperanza. El comportamiento radical e incompetente del gobierno de Alexis Tsipras en Bruselas ha destruido la confianza de sus socios europeos. El primer ministro ha alimentado la frustración de sus conciudadanos agitando enemigos externos como la “troika”, Alemania, los bancos o una UE insolidaria. Ese peligroso juego ha culminado con el referéndum-chantaje del pasado domingo, el cierre de los bancos y la negociación al borde de la salida del euro para iniciar un tercer rescate, como era de esperar, con condiciones más exigentes que nunca. A nadie le sorprenderá que hace unos días el ex presidente Giscard haya propuesto una “salida amigable” de Grecia de la eurozona, para que “pueda ocuparse de sus problemas financieros, crecer fuera de una moneda fuerte y generar inflación”. De este modo, explica el político francés, “Grecia se prepararía para volver a ingresar en el futuro en el euro”. Para que se le entienda mejor, esta vez no lo ha dicho en griego clásico.

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