Grecia y los sueños rotos, M. Trías Sagnier (La Vanguardia)

Grecia ha estado presente en nuestro imaginario colectivo como un lugar de ensoñación. Una combinación de Kavafis y vacaciones por las islas del Egeo, evocadores del viaje odiséico, nos llevó a contemplar ese precioso país como algo cercano al paraíso en la tierra. En Grecia nos sentimos enraizados en lo más noble de la simbología cultural europea. La razón imponiéndose al mito, la democracia a la tiranía, el equilibrio frente a la desmesura. Y de allí la obra cultural helenística, Roma, el Renacimiento y la Ilustración, en un recorrido marcado por la luminosidad de Holderlein y el heroísmo de Lord Byron.

Pero el gran historiador Arnold J. Toynbee nos recordó que la Grecia moderna no es más heredera de la Grecia clásica de lo que lo somos los europeos occidentales, sino tal vez mucho menos. Grecia no tuvo propiamente renacimiento, ni la Ilustración asentó allí sus raíces. Se mantuvo cristiana, es cierto, pese a entrar en el ámbito del imperio Otomano, tras la caída de Constantinopla. Pero lo hizo en la órbita de la cristiandad oriental, una esfera compartida con los territorios cristianizados desde Bizancio: Rumania, Bulgaria, Serbia y sobre todo Rusia. Quedó al margen de la evolución cultural, artística y política que llevó a Europa a la Modernidad. El conjunto monástico del Monte Athos muestra en todo su esplendor la comunión cultural de ese mundo, que enarbola el águila imperial de dos cabezas como recuerdo de su origen bizantino.

La Grecia moderna es un país complejo, de marcado cariz balcánico, que encuentra sus raíces en la lucha contra Turquía. Lucha desgarrada que, tras la guerra de independencia, prosigue en las primeras décadas del Siglo XX con los intercambios poblacionales que obligan a los griegos de Asia Menor y de Estambul a abandonar sus hogares, al tiempo que los turcos de Tesalónica y otras zonas eran desplazados en sentido inverso. Así se conforman dos naciones de marcado carácter étnico en un territorio en el que estos grupos culturales antes convivían bajo la tolerancia del sultanato decadente. También contribuye a la conformación del moderno desgarro helénico la configuración geoestratégica surgida de Yalta. Tras la liberación de la cruenta invasión nazi, Grecia se debate entre la opción de buena parte de su pueblo por dar apoyo a los partisanos y el acuerdo entre Stalin y Churchill que sitúa a Grecia en la órbita británica. Una guerra civil frecuentemente olvidada acaba saldándose con la imposición de un régimen prooccidental.

El estado griego, carente de una tradición administrativa y sin una sociedad civil estructurada que lo apoyara surfeó por las aguas de la política europea, aprovechando sus recovecos que le permitieron la entrada en el Mercado Común y después en el Euro en un monumental ejercicio de falseamiento de cuentas. Pero las raíces de la rebeldía balcánica siguieron allá y Varoufakis nos lo ha evidenciado recientemente con toda su teatralidad. Y Grecia debe definitivamente decidir si quiere unirse a ese complejo fruto postmoderno de la Ilustración que es la Unión Europea o internarse en las no menos postmodernas aguas del bloque civilizatorio ortodoxo, confirmando entonces la tesis de Huntington de que, acabada la época de las luchas ideológicas, las divisiones étnico-religiosas van a conformar el mundo del siglo XXI.

Leave a Reply

Fill in your details below or click an icon to log in:

WordPress.com Logo

You are commenting using your WordPress.com account. Log Out / Change )

Twitter picture

You are commenting using your Twitter account. Log Out / Change )

Facebook photo

You are commenting using your Facebook account. Log Out / Change )

Google+ photo

You are commenting using your Google+ account. Log Out / Change )

Connecting to %s

%d bloggers like this: