Una nueva asociación atlántica (por José M de Areilza Carvajal, ABC)

Jean Monnet, el europeo con más destreza en idear planes para sacar a Europa de sus parálisis, estaría hoy volcado en un solo expediente: la negociación del acuerdo transatlántico de comercio e inversiones. Vería en este tratado la oportunidad de frenar el ensimismamiento de la política en nuestro continente y de avanzar hacia una alianza permanente entre una Europa unida y Estados Unidos, uno de los proyectos a los que dedicó buena parte de su vida y que nunca llegó a ver la luz. Monnet comenzó su andadura política con veintiséis años. En la primera guerra mundial y sin más credenciales que su experiencia internacional en el comercio de cognac, identificó la necesidad de integrar el transporte y la logística entre los ejércitos de Francia y el Reino Unido. En la década de los cincuenta, su mejor etapa vital, lideró la creación de las Comunidades Europeas. Pero no consiguió la puesta en pie de la denominada Asociación Atlántica, por más que trabajó con las administraciones Truman, Eisenhower y Kennedy para darle forma, utilizando su enorme influencia en Estados Unidos. Ninguna otra personalidad europea ha tenido mejores relaciones en el corazón de la superpotencia. Henry Kissinger cuenta en sus memorias que “Monnet tenía la capacidad de cautivar a los líderes de EEUU para que viesen en mundo desde su perspectiva única”. Tras trabajar a fondo con sus amigos Dean Acheson, John Foster Dulles, George Ball y John Mc Cloy, y los discípulos de estos gigantes de la guerra fría en el “brain trust” en la Casa Blanca, Monnet pudo ver cómo John Kennedy proclamaba el 4 de julio de 1962 en su discurso en el Independence Hall de Filadelfia el objetivo de una Asociación Atlántica, “un gran diseño” para reforzar los lazos políticos, económicos y de defensa. Pero el asesinato del joven presidente, la oposición de Charles De Gaulle y la guerra de Vietnam truncaron este sueño atlántico.

En nuestro tiempo, cuando la relación entre ambas orillas atraviesa cambios de gran envergadura, la idea de Asociación Atlántica sigue siendo tan acertada como necesaria, adaptada al contexto actual. Estados Unidos y Europa comparten valores e intereses pero no tienen una estrategia común global, definida y estructurada, a la hora de defenderlos y proyectarlos en un mundo que se transforma aceleradamente. Es fácil resignarse y justificar esta falta de entendimiento por las diferencias de poder. También es sencillo escudarse en la complicada situación política a cada una de las orillas del Atlántico. Europa es un espacio envejecido, todavía con enorme talento y un modo de vida envidiable, que con frecuencia opta por la parálisis frente a la reinvención. Muchos europeos tienen una actitud defensiva ante las presiones del mercado global, en vez de atender a las oportunidades y los retos de la integración económica mundial. A la salida de la crisis del euro, la política no se ha renovado de modo suficiente para que surja un nuevo europeísmo y se constituya como un ideal colectivo capaz de atraer y movilizar. Las nuevas reglas de la moneda común exigen que los gobiernos nacionales cumplan con obligaciones muy exigentes. A cambio, en no pocos países, los partidos de la oposición flirtean con el populismo y piden lo imposible. El caso griego es el más grave porque el gobierno anima al país a la autodestrucción. La voz de Europa en el mundo se escucha en algunos ámbitos como el comercio, pero está ausente en temas tan fundamentales como la seguridad y la defensa, un ámbito en el que dependemos en último término de Estados Unidos, que financia tres cuartas partes del presupuesto de la OTAN, la institución atlántica por excelencia. La mayoría europea abraza un credo pacifista que niega la realidad internacional, beneficiándose , eso sí, de las capacidades militares norteamericanas.

Estados Unidos, por su parte, se deja llevar más que antes por el péndulo del aislacionismo. Al tiempo que se bate en franca retirada del Oriente Medio que le concierne a Europa, reorienta su atención hacia Asia. Hay también no pocos ciudadanos norteamericanos descontentos con su sistema político, desde la excesiva polarización ideológica a la influencia desmesurada del dinero en las campañas, tanto en la selección de candidatos como de programas. En el plano internacional, Barack Obama ha practicado una política exterior realista, reacia a inspirarse en grandes visiones y más acorde con los deseos de sus votantes, escaldados tras las guerras de Irak y Afganistán. La tendencia de su administración a “liderar desde detrás”, acentuada por la revolución energética que tanto beneficia al país, ha expuesto todavía más las carencias europeas en seguridad y defensa.

Desde hace dos años, Estados Unidos y la Unión Europea preparan un acuerdo de libre comercio e inversión que merece ser entendido como la ocasión de volver a pensar esta relación en el tablero de la geopolítica. Las distorsiones y falsedades que se han difundido sobre la negociación en curso llenarían muchas páginas. Por fortuna, en Washington el poder legislativo parece capaz de salvar las resistencias de la izquierda demócrata y conceder a la Casa Blanca la autoridad necesaria para negociar con agilidad dicho pacto. Pero si la UE no lo quiere a fondo, Estados Unidos no lo necesita tanto y se puede conformar con llevar a buen puerto otro gran acuerdo de comercio con once países del Pacífico. La tracción por una vez debe venir del polo europeo, para enlazar con fuerza política y visión del mundo de mañana dos orillas cuyas masas continentales derivan en sentido contrario.

En la Unión, los argumentos miopes de los defensores del proteccionismo o las consignas vetustas de los anti-sistema no deberían distraer a los gobiernos y a las instituciones comunitarias del objetivo principal. Se trata de conseguir, a través de un acuerdo equilibrado, un estímulo económico de gran envergadura, sin recurrir al endeudamiento o al gasto público, mediante la convergencia regulatoria, la apertura de la contratación pública y la eliminación de barreras. El refuerzo por esta vía de la interdependencia del espacio económico más integrado del mundo permitiría avanzar hacia una Asociación Atlántica. Una comunidad occidental, capaz de compartir políticas, poner en marcha acciones comunes en relación a China o Rusia y enfrentar los grandes desafíos de la ciberseguridad, la energía o el terrorismo yihadista. Sería una vuelta a la poderosa inspiración de Jean Monnet y, de paso, nos evitaría tener que explicar un día a nuestros hijos por qué Europa desaprovechó alrededor de 2015 la mejor oportunidad que tuvo de refundar su alianza estratégica con Estados Unidos.

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