Correciones y vaivenes (vía Actualidad Económica, Ago. 2015)

La bolsa China ha sido (con permiso de Grecia) una de las grandes protagonistas de la actualidad económica en los últimos meses. Desde occidente, y como siempre pasa con respecto a China, observamos estos vaivenes con una mezcla de miedo e histerismo que acaban dando lugar a un inevitables sobre reacciones.

En los países avanzados, la evolución de las acciones funciona como un indicador adelantado. Sus precios recogen los beneficios esperados de las empresas, que a su vez son un reflejo general de la economía. Los mercados de valores están abiertos a todo el mundo, y las compañías para cotizar tienen que cumplir estrictos (aunque siempre mejorables) normas de transparencia. Con todas sus imperfecciones, se trata de mercados accesibles y transparentes.

En el caso de China, la reciente caída de la bolsa no alerta de la existencia de problemas económicos (igual que la subida previa no anticipaba un crecimiento mayor) sino que, sobre todo, es un ajuste derivado de las disfuncionalidades crónicas y gran opacidad con las que operan las bolsas del gigante asiático.

Se trata de un sector aún en pañales. De entrada, los mercados se han abierto relativamente hace poco al gran público. Hasta fecha muy reciente, tan solo unos pocos inversores cualificados podían invertir.

Por otro lado, en China cotizan empresas de todo tipo y los criterios para cotizar son opacos y arbitrarios. En muchas de ellas, el Gobierno sigue siendo el accionista principal . Otras veces se trata de compañías que se desenvuelven en mercados regulados donde la rentabilidad depende del criterio del político de turno.

Además, el sistema bancario esta profusamente intervenido y prácticamente la totalidad de los préstamos los monopolizan empresas públicas, la mayoría insolventes desde hace tiempo, que aguantan por contar con el apoyo tácito de los poderes públicos.

Finalmente, en los últimos meses hemos asistido a una fiebre de OPV. Hay una importante lista de espera de empresas chinas que quieren saltar a los parqué, y la racionalidad no es siempre empresarial, sino política. El Gobierno incentiva muchas salidas porque entiende que fortalecen el tejido empresarial del país y facilita su necesaria internacionalización.

Todas estas circunstancias interfieren en la libre fijación de precios y, aunque en el corto plazo propician crecimientos vertiginosos, en el medio acaban propiciando correcciones igualmente intensas.

Dicho esto, la reciente corrección supone una acomodación de los precios a los indicadores fundamentales de muchas empresas, que acumulaban subidas desorbitadas. En el caso de Shanghái, por ejemplo, la revalorización anual superaba el 150%. Por ello, el ajuste en sí no debería de ser motivo de alarma. Es consecuencia de la gran volatilidad de un mercado disfuncional, que todavía necesita de muchos avances en su liberalización para funcionar normalmente.

Es opinión de este analista, los verdaderos problemas procederán, si acaso, del flanco político. La próxima gran reforma de China, su make or breake, es la del sistema bancario y financiero que debiera permitir a China abrir su hoy cerrada balanza de capitales. Se trata de una empresa tan ambiciosa como lo era a finales de los años ochenta el aterrizaje de la inversión extranjera y la libertad comercial en las zonas francas de la costa, y su implementación requerirá la puesta a punto de un escenario más transparente e integrado escenario global.

Un empeño no exento de correcciones y vaivenes.

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