Acabar con el paro es posible (reseña último libro Daniel Lacalle)

En pocos años Daniel Lacalle (@dlacalle) se ha convertido en una de las grandes referencias del pensamiento económico en España habiendo publicado hasta cinco libros, tres de ellos en solitario, el último Acabemos con el paro (Deusto 2015) y con sello de Roger Domingo (@RogerDomingo). En esta última empresa literaria, Lacalle aborda el que es, sin lugar a dudas, el gran problema de la sociedad española en la actualidad: nuestra desorbitada e injustificablemente alta tasa de paro.

Como bien señala el autor de inicio, el paro en España no es un problema nuevo, sino que viene de lejos y cuyas causas no únicamente se deben a un tema de ciclo económico sino que hunden sus raíces en parte en unas instituciones laborales deficientes, o mejor dicho poco ancladas en la realidad (en la mayoría de casos); y en parte también por una cultura con una enorme aversión al riesgo y al emprendimiento en general.

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El libro de Lacalle tiene la valentía de plantear el tema con los pies en el suelo y evitar las vaguedades o el ensoñamiento. Al contrario, se trata en de un ensayo escrito en clave de “política pequeña”: el autor baja a lo concreto y, con argumentos, realiza propuestas específicas para hacer frente a cada una de las disfuncionalidades que desembocan en los altos niveles de desempleo que arrastra todavía la economía española. El texto hace una análisis pormenorizado del estado de la cuestión, el diagnóstico, para luego proponer, propuestas concretas, algunas de ellas fruto de la experiencia en otros países, todas con un profundo anclaje en los valores de la libertad económica. Esto también incluye, y es igualmente importante, desmontar los múltiples mitos que existen alrededor del tema del empleo y en donde todavía persisten propuestas tan peregrinas –y alejadas de la realidad– como la contratación pública. Especialmente interesante, por ejemplo, resulta el repaso que el autor realiza con respecto a otros sistemas como el existente en el Reino Unido, los países nórdicos, o el caso Austríaco, todos ellos interesantes y de los que extraer conclusiones.

El libro esta muy bien tejido, es exhaustivo, e incluye multitud de cifras y datos orientados a dar fuerza y peso a cada uno de los argumentos con multitud de referencias bibliográficas para el lector que quiera profundizar al tiempo y que permite tener una panorámica muy completa sobre el estado de la cuestión no únicamente en España sino dentro del marco de la OCDE. Al margen de las consideraciones y propuestas de carácter técnico que realiza Lacalle, la verdadera y gran aportación del libro, desde el punto de vista de este analista, es el mensaje de poner en valor la función empresarial en su sentido más amplio. Básicamente: sin arriesgar es imposible crear riqueza, crear empresas; y sin empresas es imposible generar empleo. El libro en Madrid se presentó en CEOE con la presencia de Juan Rosell quién en 1985 (hace tres décadas, que se dice pronto), publicaba junto con Juan Torras y Joaquín Trigo, el libro Crear 80.000 empresarios con mensaje similar. La tesis central del libro entonces guarda gran relación con el libro de Lacalle ahora: Felipe González había prometido 800.000 nuevos empleos a lo que los autores respondieron que bastaría con crear 80.000 nuevos empresarios para cumplir dicho objetivo. Es aquí donde esta la madre del cordero (antes y ahora).

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Nota foto: Daniel Lacalle señala como la gran brecha entre el coste laboral y lo realmente percibido (sueldo neto) es una de las causas que lastran el nivel de empleo en nuestro país.

Es por eso que la gran aportación del libro es que la solución al problema del paro pasa, sobretodo, por un cambio de mentalidad con respecto a una palabra clave (que sale varias veces en el libro; buen síntoma): el riesgo. Riesgo implica salir de la zona de confort, asumir responsabilidades y no pasarlas a terceros; en definitiva, vivir la realidad tal y como es y no escondido detrás del BOE o de cualquier otra burbuja. No tener miedo a equivocarnos, no tener miedo asumir responsabilidades. Dato ilustrativo que conviene remarca y recordar: un 70% de los universitarios españoles aspiran algún tipo de empleo público y solo un 7% quieren montar su propio negocio o empresa; en Estados Unidos el porcentaje de estudiantes que aspiran a ponerse por su cuenta y riesgo asciende al 40%.

Nos hace falta un cambio de actitud en frente al riesgo y con respecto a la cultura del error, hoy un estigma. Los errores de hoy están las empresas de mañana, las que generarán los empleos del futuro. El error es parte consustancial del emprendimiento, es imposible acertar siempre, y aún más acertar a la primera (sin error no hay tampoco experiencia o aprendizaje). Es importante facilitar la asunción de riesgos y la creación de empresas, por eso la solución al desempleo pasa por fortalecer la propiedad privada, favorecer el ahorro (sin ahorro previo no hay nadie que ni pueda ni deba, asumir riesgos), eliminar trabas administrativas, y bajar los impuestos que favorezcan la capitalización de las empresas (lo que permite crecer en tamaño y asumir riesgos mayores) o la contratación (España, como vemos en la tabla anterior, es de los países que más retenciones soporta a la Seguridad Social).

En definitiva el libro se sitúa en un doble encaje (y doblemente acertado). Por un lado, hace un planteamiento de la cuestión en base a los datos y sin tirar de recetario mágico, el ensayo es una contribución a la política pequeña justamente esta la que resulta más eficaz ya que puede evaluarse (recuerdo el último libro que reseñé que ponía justamente en valor esta tesis El retorno de los chamanes de Víctor Lapuente). Por otro lado, el libro tiene un mar de fondo muy claro de defensa de la libertad individual, la responsabilidad, y la capacidad de arriesgar (emprender) como ejes imprescindibles si verdaderamente queremos hacer frente con solvencia al lastre social y económico que supone el gran desempleo que soporta nuestra economía y que urge corregir. Solucionar el problema del paro esta a nuestro alcance y empieza con su correcta aproximación para la cuál el libro de Daniel Lacalle resulta imprescindible.

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War, Big Government and Lost Freedom. Dr. Richard B Ebeling

 

We are currently marking the hundredth anniversary of the fighting of the First World War. For four years between the summer of 1914 and November 11, 1918, the major world powers were in mortal combat with each other. The conflict radically changed the world. It overthrew the pre-1914 era of relatively limited government and free market economics, and ushered in a new epoch of big government, planned economies, and massive inflations, the full effects from which the world has still not recovered.

All the leading countries of Europe were drawn into the war. It began when the archduke of Austria- Hungary, Franz Ferdinand, and his wife, Sophia, were assassinated in Bosnia in June 1914. The Austro-Hungarian government claimed that the Bosnian-Serb assassin had the clandestine support of the Serbian government, which the government in Belgrade denied.

How a Terrible War Began and Played Out

Ultimatums and counter-ultimatums soon set in motion a series of European military alliances among the Great Powers. In late July and early August, the now-warring parties issued formal declarations of war. Imperial Germany, the Turkish Empire, and Bulgaria supported Austria-Hungary. Imperial Russia supported Serbia, which soon brought in France and Great Britain because these countries were aligned with the czarist government in St. Petersburg. Italy entered the war in 1915 on the side of the British and the French.

The United States joined the conflict in April 1917, a month after the abdication of the Russian czar and the establishment of a democratic government in Russia. But this first attempt at Russian democracy was overthrown in November 1917, when Vladimir Lenin led a communist coup d’état; Lenin’s revolutionary government then signed a separate peace with Imperial Germany and Austria-Hungary in March 1918, taking Russia out of the war.

The arrival of large numbers of American soldiers in France in the summer of 1918, however, turned the balance of forces against Germany on the Western Front. After having been driven out of the French territory they had occupied since the first year of the war, the Germans agreed to the armistice on November 11, 1918 that ended what was already called the Great War – the “War to End All Wars” as it was falsely believed.

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The Human and Material Costs of War

The human and material cost of the First World War was immense. During the conflict more than 60 million men were called up to fight. At least 20 million soldiers and civilians lost their lives, with an equal number wounded.

The participating governments combined spent more than $145.9 billion in fighting each other. In 2015 dollars, this represents a monetary expenditure of more than $3.8 trillion. (As a point of comparison, what the belligerent powers spent, in total, fighting each other in the four years of World War I, the U.S government almost spent, alone, in fiscal year 2015 – $3.6 trillion!)

These numbers, of course, do not capture the human suffering from the four years of war. On the Western Front, which ran through northern France from the English Channel to the Swiss border, millions of soldiers lived endless months – years – in frontline trench warfare. They fought in the heat of the summer and the cold of winter, often with the decomposing bodies of their fallen comrades next to them for days on end.

They fought in battles such as the one for the French town of Verdun in which hundreds of thousands of men were killed during human wave attacks in attempts to capture enemy positions. Soldiers were mowed down by machine guns or crushed under the treads of that new machine of war, the tank.

The airplane entered modern warfare for the first time, raining down bombs on both military and civilian targets. And both sides introduced the use of poison mustard gas that blinded the eyes, blistered the lungs, and brought agonizing death.

War and the End of Limited Government Liberalism

The First World War also brought about the end of the (classical) liberal epoch in modern Western civilization. For most of the 100 years before 1914, the Western world had moved in the direction of greater individual freedom and wider economic liberty.

All-powerful kings were replaced with representative democratic government or constitutionally limited monarchy. Expanding civil liberty brought about a more impartial equality before the law and the end of human slavery.

The older eighteenth century mercantilist system of economic planning and control by government was ended. In its place, arose domestic free enterprise and widening global freedom of trade. The standard of living of tens of millions in the West began to dramatically rise above subsistence and starvation for the first time in human history, while at the same time population sizes grew exponentially.

War may not have been abolished in the nineteenth century, but new international “rules of war” meant that they were less frequent, of shorter duration, and when among the Great Powers, at least, often involved fewer deaths and greater respect for civilian life and property.

(The American Civil War in the 1860s was the one major exception with more than 650,000 deaths and massive destruction in the Southern states.)

Wars and armament races, many argued at the time, had become too costly and destructive among “civilized” nations. A universal epoch of international peace was hoped for when the new century dawned in 1900.

But in 1914, the First World War shattered the long liberal peace that had more or less prevailed in Europe since the last world war that ended with the defeat of Napoleon’s France in 1815. But even before 1914, there were emerging anti-liberal forces that were moving the world toward greater government control and a renewal of international conflict. (See my article, “Before Modern Collectivism: The Rise and Fall of Classical Liberalism.”) 

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The Rise of Nationalism and Socialism

Early in the nineteenth century, the ideology of nationalism became a new rallying cry for peoples throughout Europe and increasingly around the world. If liberalism had espoused peaceful market exchange and the freedom of individuals under the rule of law, nationalism called for the forced unification under one government of all peoples speaking the same language or sharing the same culture or ethnicity. National collectivism was considered a higher ideal than respect for the liberty of the individuals comprising communities and nations.

In the middle of the nineteeth century, another form of collectivism started to gain popularity and support: socialism. Karl Marx and other socialists argued that capitalism was the root of all social evil, causing poverty and resulting in exploitation of the masses for the benefit of those who privately owned the means of production. Socialists called for the nationalization of the means of production, central planning of all economic activity, and the curtailing of individual freedom for the sake of the collective good.

War and the Planned Society

Imperialist designs by the Great Powers in conjunction with the new ideological forces of rising nationalism and socialism all came together in the caldron of conflict that enveloped so much of the world after 1914.

Immediately with the outbreak of hostilities, the liberal system of individual liberty, private property, free enterprise, free trade, limited government, low taxes, and sound money was thrown to the wind.

The epoch of political and economic collectivism had begun. Civil liberties were rapidly curtailed in all the belligerent nations, with laws restricting freedom of speech and the press. Opponents of war were silenced with long prison sentences for “anti-patriotic” behavior. Industry and agriculture were soon placed under increasingly strict price and wage controls.

Governments imposed wartime planning boards that directed the economic activities of all. They raised taxes to heights never experienced even under the most plundering hands of absolute monarchs of the past. Governments also ended international free trade, and introduced rigid regulations over all imports and exports.

The nineteenth century freedom of movement under which people in the West could travel from one nation to another without passport or visa was abolished; a new era of immigration and emigration barriers began. The individual was now completely under the control and command of the state.

With this came a new governmental responsibility: direct caring for the economic welfare of the citizenry. German free-market economist Gustav Stolper explained:

“Just as the [First World] War for the first time in history established the principle of universal military service, so for the first time in history it brought economic national life in all its branches and activities to the support and service of state politics – made it effectively subordinate to the state. . . . Not supply and demand, but the dictatorial fiat of the state determined economic relationships – production, consumption, wages, and cost of living   . . .

“At the same time, and for the first time, the state made itself responsible for the physical welfare of its citizens; it guaranteed food and clothing, not only to the army in the field but to the civilian population as well . . .

“Here is a fact pregnant with meaning: the state became for a time the absolute ruler of our economic life, and while subordinating the entire economic organization to its military purposes, also made itself responsible for the welfare of the humblest of its citizens, guaranteeing him a minimum of food, clothing, heating, and housing.”

Gold as Money in the Prewar Liberal World

Along with these losses of personal civil and economic freedom came yet another abridgement of the liberal system of government: the abolition of the gold standard. During the 25 years of war between France and Great Britain following the French Revolution of 1789, both governments had resorted to the money printing press to finance their war expenditures. As a result, inflation had eaten away at the wealth and security of the British and French citizenry.

When those wars ended in 1815, the lesson learned was that governments could not be trusted with direct control over the creation of money. The liberal monetary goal was the reestablishment of the gold standard, so the amount of money in society was independent of political manipulation.

Better to rely upon the market forces of supply and demand and the profitability of gold mining, the classical liberals argued, than the caprice of politicians and special interest groups desiring to print the paper money they wanted to use to plunder the peaceful production of the mass of humanity.

Through the decades of the nineteenth century, first Great Britain and then the rest of the Western nations legally established the gold standard as the basis of their monetary systems. The gold standard was mostly managed by national central banks, and thus not truly free market monetary systems.

But central banks were expected to, and for the most part did, abide by the monetary “rules of the game” of limiting increases (or decreases) in the domestic currency to additions to (or reductions in) the nation’s supply of gold. Sound money for the nineteenth century liberals was gold money.

Paper Money and Inflation Finances the War

But with the firing of the first shots in the summer of 1914, the belligerent governments all ended legal redemption of their currencies for fixed amounts of gold. The citizens in these warring counties were pressured or compelled to hand over to their respective governments the gold in their private hands, in exchange for paper money.

Almost immediately, the monetary printing presses were set to work creating the vast financial means needed to fight an increasingly expensive war.

In 1913, the British money supply amounted to 28.7 billion pounds sterling. But soon, as British economist, Edwin Cannan, expressed it, the country was suffering from a “diarrhea of pounds.” When the war ended in 1918, Great Britain’s money supply had almost doubled to 54.8 billion pounds, and continued to increase for three more years of peacetime until it reached 127.3 billion pounds in 1921, a fivefold increase from its level eight years earlier.

The French money supply had been 5.7 billion francs in 1913. By war’s end in 1918, it had increased to 27.5 billion francs. In this case, a fivefold increase in a mere five years. By 1920, the French money supply stood at 38.2 billion francs. The Italian money supply had been 1.6 billion lire in 1913 and increased to 7.7 billion lire, for a more than fourfold increase, and stood at 14.2 billion lire in 1921.

In addition, these countries took on huge amounts of debt to finance their war efforts. Great Britain had a national debt of 717 million pounds in 1913. At the end of the war that debt had increased to 5.9 billion pounds, and rose to 7.8 billion pounds by 1920.

French national debt increased from 32.9 billion francs before the war to 124 billion francs in 1918 and 240 billion francs in 1920. Italy was no better, with a national debt of 15.1 billion lire in 1913 that rose to 60.2 billion lire in 1918 and climbed to 92.8 billion in 1921.

Though the United States had only participated in the last year and a half of the war, it too created a large increase in its money supply to fund government expenditures that rose from $1.3 billion in 1916 to $15.6 billion in 1918. The U.S. money supply grew 70 percent during this period from $20.7 billion in 1916 to 35.1 billion in 1918.

Twenty-two percent of America’s war costs were covered by taxation, about 25 percent from printing money, and the remainder of 53 percent by borrowing.

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The German Ideology of Power for War

The most severe inflations during World War I occurred in Central and Eastern Europe. Among the worst of these were the one in Germany during and then after the war, with the near total collapse of the German currency in 1922 and 1923.

For decades before the start of the war, German nationalist and imperialist ambitions were directed to military and territorial expansion. A large number of German social scientists known as members of the Historical School had been preaching the heroism of war and the superiority of the German people who deserved to rule over other nationalities in Europe.

Hans Kohn, one of the twentieth century’s leading scholars on the history and meaning of nationalism, explained the thinking of leading figures of the Historical School, who were also known as “the socialists of the chair” in reference to their prominent positions at leading German universities. He wrote:

“The ‘socialists of the chair’ desired a benevolent paternal socialism to strengthen Germany’s national unity. Their leaders, Adolf Wagner and Gustav von Schmoller, [who were Heinrich von] Treitschke’s colleagues at the University of Berlin and equally influential in molding public opinion, shared Treitschke’s faith in the German power state and its foundations. They regarded the struggle against English and French political and economic liberalism as the German mission, and wished to substitute the superior and more ethical German way for the individualistic economics of the West . . . In view of the apparent decay of the Western world through liberalism and individualism, only the German mind with its deeper insight and its higher morality could regenerate the world.”

These German advocates of war and conquest also believed that Germany’s monetary system had to be subservient to the wider national interests of the state and its imperial ambitions. Austrian economist Ludwig von Mises met frequently with members of the Historical School at German academic gatherings in the years before World War I. He recalled:

“The monetary system, they said, is not an end in itself. Its purpose is to serve the state and the people. Financial preparations for war must continue to be the ultimate and highest goal of monetary policy, as of all policy. How could the state conduct war, after all, if every self- interested citizen retained the right to demand redemption of banknotes in gold? It would be blindness not to recognize that only full preparedness for war [could further the higher ends of the state].”

Germany’s Great Inflation began with the government’s turning to the printing press to finance its war expenditures. Almost immediately after the start of World War I, on July 29, 1914, the German government suspended all gold redemption for the mark. Less than a week later, on August 4, the German Parliament passed a series of laws establishing the government’s ability to issue a variety of war bonds that the Reichsbank – the German central bank – would be obliged to finance by printing new money.

The government created a new set of Loan Banks to fund private sector borrowing, as well as state and municipal government borrowing, with the money for the loans simply being created by the Reichsbank.

During the four years of war, from 1914 to 1918, the total quantity of paper money created for government and private spending went from 2.37 billion to 33.11 billion marks. By an index of wholesale prices (with 1913 equal to 100), prices had increased more than 245 percent (prices failed to increase far more because of wartime price and wage controls). In 1914, 4.21 marks traded for $1 on the foreign exchange market. By the end of 1918, the mark had fallen to 8.28 to the dollar.

Germany’s Hyperinflation and the Destruction of the Mark

But the worst was to come in the five years following the end of the war. Between 1919 and the end of 1922, the supply of paper money in Germany increased from 50.15 billion to 1,310.69 billion marks. Then in 1923 alone, the money supply increased to a total of 518,538,326,350 billion marks.

By the end of 1922, the wholesale price index had increased to 10,100 (still using 1913 as a base of 100). When the inflation ended in November 1923, this index had increased to 750,000,000,000,000. The foreign exchange rate of the mark decreased to 191.93 to the dollar at the end of 1919, to 7,589.27 to the dollar in 1922, and then finally on November 15, 1923, to 4,200,000,000,000 marks for the dollar.

During the last months of the Great Inflation, according to Gustav Stolper, “more than 30 paper mills worked at top speed and capacity to deliver notepaper to the Reichsbank, and 150 printing firms had 2,000 presses running day and night to print the Reichsbank notes.” In the last year of the hyperinflation, the government was printing money so fast and in such frequently larger and larger denominations that to save time, money, and ink, the bank notes were being produced with printing on only one side.

Finally, facing a total economic collapse and mounting social disorder, the German government in Berlin appointed the prominent German banker, Halmar Schacht, as head of the Reichsbank. He publicly declared in November 1923 that the inflation would be brought to an end and a new non-inflationary currency backed by gold would be issued. The printing presses were brought to a halt, and the hyperinflation was stopped just as the country stood at the monetary and social precipice of total disaster.

The Legacies of Tyranny, Paternalism and Lost Freedom

But the deaths, destruction, and disruptions of the First World War and its immediate aftermath were never fully recovered from. In 1922, Mussolini and his Fascist Party came to power in Italy. In 1933, Hitler’s Nazi movement took power in Germany in the midst of the Great Depression.

In the United States, also in 1933, Franklin D. Roosevelt’s New Deal ushered in the arrival of America’s version, at first, of a fascist-type planned economy, with a growing concentration of political control and economic paternalism in the form of the modern interventionist-welfare state in the postwar period that followed a worse and far more destructive and mass murdering Second World War. (See my article, “When the Supreme Court Stopped Economic Fascism in America.”)

Out of this second “war to end all wars,” came America’s role as global policeman and international social engineer during the Cold War with the Soviet Union. But even the post-Cold War era after the end of the Soviet Union in 1991 has seen part of the legacy of World War I in international affairs.

The wars and “ethnic cleansings” experienced in the former Yugoslavia in the 1990s, and at least part of the causes behind the current conflicts in the Middle East are outgrowths of the post-World War I peace settlements imposed by the victorious Allied powers.

But most importantly, I would suggest, is the lasting legacy out of the First World War that has been the rationales and implementations of paternalist Big Government in the Western world, with its diminished recognition and respect for individual liberty, free association, freedom of competitive trade and exchange, reduced civil liberties and weakened impartial rule of law.

From this has followed the regulating and redistributing State, which includes political control and manipulation of the monetary and banking systems to serve those in governmental power and others who feed at the trough of governmental largess.

It is a legacy that will likely take another century to completely overcome and reverse, if we are able to devise a strategy for restoring the idea and ideal of a society of liberty.

El retorno de los chamanes: por una política “antifrágil”

Las personas tenemos, irremediablemente, y con independencia de cualquier circunstancia, una mayor predisposición por lo simple que por lo complejo; por lo inmediato con respecto al largo plazo. Esta idea tan sencilla ayuda a comprender en gran medida las reacciones a la crisis en España y otros países desde 2008, tanto en el ámbito económico y político. Víctor Lapuente, doctor en ciencias políticas por Oxford y con masters en gestión pública en la UAB, UPF y ESADE, desafía esta tesis, como un cohete espacial desafía la gravedad terrestre, en su fantástico libro El retorno de los chamanes (Península, 2015). El libro se diferencia mucho de cualquiera de los muchos volúmenes que han surgido tras la crisis, en su gran mayoría compendios infinitos de recetarios y formulas mágicas para todos los gustos (más aún si son del ámbito de la política), poniendo en tela de juicio la vieja división entre derecha-izquierda y plantea un relato en base a dos nuevos polos que rompen por el eje los esquemas tradicionales y que resultan mucho más reveladores para entender lo que sucede y por qué.

Lapuente nos habla de la política del “chamán” y la contrapone a la política de la “exploradora”; de manera similar a como el gran filósofo neopopperiano Nassim Taleb organiza su última gran obra (llamada ya a convertirse en un auténtico clásico) entre “frágil” y “antifrágil”. De hecho el libro de Lapuente transcurre en algunos de sus pasajes por los mismos senderos que los transitados por Taleb en sus obras.

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La gran virtud del libro de Lapuente (que también destaque de otro libro excelente: La economía a la intemperie de Andrés González y Rocío Orsi) es la actitud científica con la que aborda todos los temas; y relacionado con la actitud científica esta la virtud de la humildad. Aunque parezca un contra sentido, lo normal, cuando se ejerce la ciencia con solvencia es que cuanto más sabemos de un tema, más tomemos consciencia de lo mucho que ignoramos y lo poco que sabemos. El conocimiento debería de hacernos más humildes, pero en la práctica sucede lo contrario: nos suele hacer más arrogantes y más reticentes a ceder en nuestros postulados (pondría algunos ejemplos claros con nombres y apellidos pero apelaré a la imaginación del lector).

Esto que podría parecer lógico es la excepción a la norma y es justo lo que pone en tela de juicio el autor cuando habla de la “política de los chamanes”: la política que exhortan expertos y catedráticos desde la distancia, dividiendo a las sociedades y paralizando el progreso. La política de las vaguedades, en donde “la democracia es la nueva religión y el Estado el nuevo Dios”. Todo va de “asaltar al cielo” o “democratizar derechos” (consignas que repite Pablo Iglesias o Ada Colau, dos de los chamanes modernos más ilustres, cada vez que alguien les pone un micro delante). Cualquier grandilocuencia que sirva para atesorar el poder y evitar el debate serio sirve.

Ante la política de grandes expectativas y grandes esperanzas y que solo genera grandes frustraciones, Lapuente defiende la política incrementalista, la política pequeña, la que no da titulares en prensa, la que se basa en hechos y no en dogmas, la política concreta que no se escuda en vaguedades, la política que resulta medible y fiscalizable por los ciudadanos, la política, en definitiva, que SÍ PUEDE (de manera efectiva, dicho con toda la intención) marcar la diferencia entre el progreso o el envilecimiento institucional y social. Al final la gran consecuencia de la política del chamán, es la politización de toda la vida pública, de las instituciones, de los cargos, de las prensa, de cualquier organismo, ya sea público o semi-público, y con dicha politización el conflicto social y la parálisis económica.

El ensayo esta escrito de una manera ágil donde los argumentos se suceden de manera lógica y convincente. Destacaré un par de pasajes que me han resultado especialmente reveladores. El primero es como Lapuente analiza el largo deterioro desde 1898 hasta la Guerra Civil, como España escogió el camino de la política de chamanes (con personajes como Ortega, Azaña o Largo Caballero a la cabeza), y como contrapone el caso español con el caso sueco. Otro pasaje que ayuda a clarificar perfectamente las tesis y mensajes del autor es el capítulo en donde se desmenuza la mitología nórdica que permite entender que es Estatismo y que no, que es buena política y que es política de chamanes. Revelador.

El libro propone un recorrido extenso que va de la España actual al modelo nórdico, pasando por China (la actual y la imperial), Sudáfrica, Venezuela, el caso de Singapur y el de Jamaica, el análisis del modelo californiano de referéndums, los populismos en Europa y la complejidad llevada al paroxismo de sus instituciones, la regulación de las drogas o el problema de prohibir o no prohibir la prostitución. Cada uno de los temas es explorado desde diferentes ángulos nunca llevándose por el apriorismo del dogma, sino con la guía de los hechos, como un explorador en una selva, al igual que un ciego caminando equipado con un bastón. Para ello el autor se apoya en primeras espadas del mundo intelectual como el ya citado Nassim Nicholas Taleb, pero también el filósofo de referencia para los liberales y gran estudioso del método de las ciencias sociales, Karl Popper (su libro La misteria del historicismo” ha recuperado vigencia en esta última década, si es que la dejo de tener en algún momento), Adam Smith (del que el autor realiza una síntesis brillante de sus tesis), Diedre McCloskey, Benito Arruñada, William Easterly, Joel Mokyr, Daron Acemoglu, el historiador Gregory Clark (autor del bestseller A Farewell to Alms, muy recomendable), o Avner Greif uno de los que más y mejor ha analizado el fenómeno de las instituciones informales.

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La obra se convierte en una crítica demoledora a los proto-Napoleones (en feliz expresión del propio autor) como Pablo Iglesias (el de “hay que democratizar la economía por que no hay economía sin derechos”; no pueden decirse más vaguedades sin sentido en una misma frase) por poner solo el caso más evidente, resultando también demoledor para toda una “casta” intelectual que vive de opinar pero que, como bien identifica Lapuente apoyándose en la idea de Taleb de “skin in the game”, opinan sin jugarse su prestigio o sin ningún tipo de coste si tienen o no razón, si contribuyen o no a clarificar el debate o justamente a todo lo contrario.

En definitiva un ensayo a leer con el lápiz de subrayar en la mano, que invita a la reflexión seria sobre como queremos que sea la política en el siglo XXI y en donde subyace la verdad última de que si realmente queremos que nuestras sociedades e instituciones funcionen mejor la respuesta, sobre todo, esta en nuestra interior, ya que de nosotros depende reprimir la “chamán” que todos llevamos dentro, no dejarnos guiar por la indignación sino contribuir a templar el debate, sabiéndonos guiar por la verdad de los hechos y no por mitos o prejuicios.

La civilización del espectáculo, Mario Vargas Llosa

Mario Vargas Llosa, Nobel de literatura en 2010, es conegut principalment per la seva narrativa de ficció. Tanmateix, és un escriptor que ha explorat i destacat en pràcticament tots els gèneres, inclòs l’assaig polític, econòmic i social. En La civilización del espectáculo (Alfaguara, 2012), Vargas Llosa compagina l’ofici d’escriptor amb el de sociòleg per fer una crítica mordaç però ven argumentada i lògica del estat de la cultura en el món d’avui.

Vargas Llosa fa un retrat precís de una part de la ciutadania que ha acceptat com a cultura fins a l’acte més vulgar. Abans, defensa l’autor, la paraula cultura estava associada al esforç, el treball, l’excel·lència; tot el que feia referencia a la cultura estava lligat a una idea de bellesa i estètica. En els darrers anys, argumenta el Nobel peruà, el conjunt de les societats occidentals hem anat banalitzant i degradant el que abans tenia que ser un exercici quasi “espiritual”, com diu el propi autor, que servia per revitalitzar la ment i la ment, servir de inspiració i ampliar els horitzons i ambicions de la civilització. Avui estem en l’extrem oposat on a tot se li pot penjar la etiqueta de cultura, fins hi tot l’insult, la grolleria, o la exhibició per la exhibició. Ja no cal esforç per el seu consum, tot s’ha democratitzat, tothom, sense cap mínim de treball pot consumir qualsevol contingut ara ja transformat en un entreteniment espuri, produït amb la única idea de ser reciclat un cop produït.

La tesi principal del llibre és que la cultura tal com s’entenia en el sentit tradicional del terme, és a dir, com l’acumulació de coneixement producte de la creació artística i espiritual de l’ésser humà; sinó està en procés d’extinció ja que aquest procés que tindria que ser dinàmic i continu està en clar retrocés. A aquesta noció tradicional del terme, s’obre pas més aviat una expressió molt més “oberta” i indefinida del que és cultura, producte de l’exercici extrem de la correcció política, la desaparició de l’esperit crític i tot plegat avivat per l’afany exhibicionista i circense de la majoria de mitjans ja siguin públics com privats. Tot es frivolitza i l’autor ens adverteix que tot té conseqüències. L’era de la informació passa només a ser això: informació i informació que diverteix i ja no formació i exercici intel·lectual: una civilització de la irrealitat i l’evasió.

L’autor analitza eloqüentment alguns aspectes de la crisi de la nostra societat postmoderna cobrint temes relatius a l’art, literatura, religió i política, i intercala a manera d’il·lustració i de manera molt didàctica en cada un dels capítols dedicats a aquests temes breus articles seus publicats en el diari El País. Es cobreixen temes com la polèmica de Wikileaks i Julian Assange, l’ús del vel islàmic en societat i l’ensenyament del curs de religió a les escoles públiques, la responsabilitat de l’artista i de l’intel·lectual, el consum i legalització de les drogues o el complex món dels mitjans de comunicació entre d’altres assumptes d’actualitat.

Es tracta d’un text àgil i lleuger de llegir i alhora ple d’erudició i observacions que fan reflexionar al lector sobre l’estat actual de les societats en el seu sentit més ampli. Un assaig clar, crític amb nosaltres mateixos, i valent en un món cada cop més “líquid”, fent servir la feliç expressió del filòsof Zigmut Bauman, i mancat de referents clars, també per el que fa el món de la cultura. No solament és un treball documentat, amb una tesi il·luminadora i amb exemples actuals, sinó que a més crea consciència, desperta opinió i reflexió en el lector com solen fer els bons llibres.

Los años irresponsables

Des de l’esclat de la crisi financera mundial, que un dels principals motors del negoci editorial ha estat la producció de llibres sobre la complexa deriva que afecta a Espanya, i al conjunt de nacions desenvolupades, no ja només en l’àmbit econòmic sinó també en l’àmbit polític, social i, fins hi tot, cultural. En canvi, de tot aquest gènere no tots tenen la gran virtut de tractar la crisis en cada una de les seves arestes. Aquest és el cas de “Los años irresponsables” (Península, 2013) del escriptor i filòsof Valentí Puig. Com dèiem, la gran virtut del assaig que té la ambiciosa empresa de fer un diagnòstic precís de la situació en la que ens trobem tots plegats és de que tracte el problema de manera holística. L’autor no només es centra en descriure la mecànica de la crisi financera sinó que va més enllà i planteja una reflexió profunda de per què hem arribat aquest punt.

És per això que el ventall de temes que aborda el llibre van més enllà de la crisi de les hipoteques sinó que el autor reflexiona sobre tots els grans temes del món d’avui, les noves tecnologies i el seu impacte, les implicacions de la postmodernitat en els joves d’avui, la crisi en la construcció de la idea d’Europa, els estats fallits que eventualment desenvoquen en crisis tan importants i dramàtiques com la crisi dels immigrants sirians aquest darrer estiu en les nostres aigües al mediterrani, i molts altres temes incidin i reflexionant sobre els errors comesos i dibuixant possibles escenaris a conseqüència d’aquests errors.

El llibre es molt tupit i els arguments i temàtiques es van entrellaçant i succeint uns amb els altres de manera natural sense que es faci necessari establir una estructura gaire definida. El llibre es àgil de llegir, és clar en els seus plantejaments, lúcid, i convina la anàlisis del escenari global amb les implicacions en clau local. En cada un dels temes l’autor posa en tela de judici moltes de les idees que configuren el que podríem dir “sabiduría convencional” provocant la reflexió en el lector que es obligat, com qui es mira en un mirall, a fer-se preguntes i reflexionar sobre el seu propi comportament per el que fa la història que portem des de el començament de segle. En definitiva, el llibre defuig de les temptacions i misèries del historicisme –contra les que van lluitar altres filòsofs com Popper o Mises– i mira de fer un anàlisis pragmàtic i realista de la situació, reconeixent que no hi ha solucions màgiques ni fàcils.

Com passa en qualsevol bon llibre, el text està sembrat de multitud de referències a autors del panorama actual en tots els àmbits, des de Niall Ferguson, a Vargas Llosa, Daniel Bell, Fukuyama, David Rieff, Robert Kagan o el pensador de Viena Wilhelm Röpke. Es un moment de turbulència política, econòmica e institucional, temps complexes per navegar on es fa imprescindible reflexionar i prendre consciència d’on estem, quin és el diagnòstic en exercici de reflexionar sobre el món de demà. En aquesta ambiciosa empresa, el llibre del Valentí Puig és una lectura obligada.