Historia monetaria siglo XX: los errores del New Deal

Para Ben Bernanke, la comprensión de la Gran Depresión es el Santo Grial de la macroeconomía.[1] La vulgata oficial sobre la Gran Depresión apunta a la inacción, los neoclásicos suelen hablar de liquidacionismo, por parte del dueto republicano Hoover/Mellon, Presidente y secretario del Tesoro respectivamente, como los principales causantes de los males y el sufrimiento que propició la crisis y es únicamente con la llegada al poder de Franklin D. Roosevelt en 1933,que Estados Unidos inicia su salida de la depresión. Este se ha convertido en el credo comúnmente aceptado para el conjunto del periodo crisis/recuperación 1929-1944 como bien ha señalado Lorenzo Bernaldo de Quirós.[2] Dentro de esta explicación existe otro gran culpable: el patrón oro que desde entonces se convertirá en un tabú entre muchos círculos académicos y políticos. Una vista detallada y crítica a los hechos desvela un relato totalmente diferente.

A diferencia de lo que a veces se piensa, Hooveradoptó un enfoque muy activo, intervencionista, tras los acontecimientos de octubre de 1929. Se aprobaron leyes para la fijación de salarios, lo que hizo más difícil la reubicación de recursos y agudizó la crisis del empleo en primera instancia. Por otro lado, Hoover intensifico el activismo fiscal: se aprobaron subsidios para empresas con problemas e incrementó el gasto público para subsidiar el paro y se financiaron grandes obras públicas al tiempo que se subían los impuestos. La Revenue Act de 1932 elevó el tipo marginal en todos los tramos. El tipo marginal para los ingresos más altos, por ejemplo, aumentó de un 6% al 25%. El impuesto sobre el patrimonio se duplicó y el impuesto de sociedades se elevó en un 15%. Otras iniciativas incluyeron nuevos gravámenes sobre los cheques bancarios, lo que dificultó aún más el intercambio comercial y la recuperación de la economía.

Los planes de gasto público se incrementaron en una magnitudes sin precedentes: el programa para la construcción de edificios federales fue dotado con más de 400 millones de dólares y creó una comisión para la planificación de más obras públicas. Hoover otorgó subsidios por valor de 175 millones adicionales para el desarrollo de infraestructuras y aprobó, en julio de 1930, un macro paquete de gasto en obras públicas dotado de 915 millones de dólares en el que se incluía el proyecto de la famosa presa Hoover en el río Colorado que suministraría energía a la ciudad de Las Vegas.[3]Estas medidas contribuyeron a sobrellevar la crisis y amortiguar sus efectos más perniciosos en el corto plazo, pero a la vez también dificultaron el necesario ajuste, al tiempo que se añadía una pesada carga fiscal al tejido productivo, que tenía que ejercer de nuevo pulmón para regenerar la economía y reemprender el crecimiento de nuevo sobre una base sólida, no especulativa ni excesivamente endeudada. Muchos historiadores de la economía señalan como el New Deal no se inicia con Roosevelt sino con Hoover.

La última de las medidas intervencionistas y discrecionales fue la aprobación de la Smoot-Hawley Act (Tariff Act de 1930), ley que revertía años de creciente liberalización comercial al someter la economía americana a unos aranceles récord, nunca vistos en su historia, para más de 20.000 productos de importación, lo que provocó una depresión aún mayor de los flujos comerciales globales.[4]El auge proteccionista causo un grave daño a la economía americana y también al resto de naciones alargando de manera innecesaria el proceso depresivo.[5] El paro se situaba por encima del 20% durante las decisivas elecciones de 1932 en las que se impondrá Roosevelt, paradójicamente, con un programa de corte liberal clásico.

Sin embargo, una vez en la Casa Blanca, Roosevelt acentuará el carácter intervencionista de la antigua administración consiguiendo una cosa verdaderamente notable: que la economía se contrajese aún más (‘double dip recession’). Cuando la productividad se empezaba a recuperar a principios de 1933 y los precios parecía que empezaban a estabilizarse, los tipos de interés eran bajos y el mercado crediticio, parecía que volvía a funcionar, la incipiente tendencia hacia la recuperación se volvió a truncar por los paquetes de medidas lanzados por la nueva administración demócrata y el lanzamiento de la National Industrial Recovery Act (1933) y una nueva Banking Act (1933). Entre otras muchas nuevas regulaciones, la nueva ley estableció por primera vez los fondos de garantía de depósito (FDIC, Federal Deposit Insurance Corporation) que, con el tiempo, se convertirá en un elemento potencialmente distorsionador en los sistemas monetarios modernos al favorecer posiciones de riesgo a expensas de una promesa tácita de rescate por parte del Estado.[6]

Se acentúo la regulación en los mercados, con más controles de precios, y acuerdos discrecionales que limitaban en grado sumo la competencia entre empresas y limitaban la libertad económica. Roosevelt volvió a subir los impuestos a las rentas más altas para sufragar los planes de gasto lo que deprimió la economía, al tiempo que eliminaba las expectativas de una rápida salida a la crisis entre familias y empresas. Durante esos años, la Administración también aprobó nuevas leyes que blindaron el poder de los sindicatos y se aprobaron nuevas prestaciones sociales bajo el marco de la Social Security Act. Estas intervenciones dificultaron el libre proceso dinámico de los mercados, obstaculizando la libre formación de precios lo que acabó propiciando una depresión dentro de una depresión durante la segunda mitad de los años treinta.[7] Estados Unidos se sumió en un largo letargo económico del que no saldría hasta ya iniciada la Segunda Guerra Mundial.

El incremento del gasto público no frenó la espiral deflacionaria que hundía sus raíces en una grave crisis de solvencia. La deflación suponía un grave problema en una economía altamente endeudada. Ante esta situación, e ignorando las causas reales de la crisis que ya entonces era sobretodo una consecuencia directa del propio intervencionismo estatal, la prioridad del Gobierno de Roosevelt fue generar inflación a toda costa manteniendo un enfoque planificador sobre la economía. Con matices, una respuesta similar se dará en Francia y en el Reino Unido con idénticos resultados.

Una de las prioridades al cabo de los primeros meses de mandato se convirtió la devaluación del dólar con respecto al resto de divisas –que estaban en una dinámica similar–, y, sobretodo, con respecto al oro.En aquella época circulaban en Estados Unidos de que diferentes monedas y formas de pago en oro como depositarios de valor que podían utilizarse como divisa de curso legal. Esto hacia que muchos particulares tenían parte de sus ahorros en depósitos de oro en entidades bancarias en forma de certificados o físicamente en forma de barras o lingotes. Toda esta cantidad de oro formaba parte de la base monetaria, ahorro genuino, pero, sin embargo, el Gobierno podía hacer poco para provocar forzosamente su puesta en circulación. Por ello Roosevelt no dudó en aprobar una Orden Ejecutiva que permitiese la confiscación del oro físico en manos de particulares, seguramente uno de la leyes más liberticidas en la historia de Estados Unidos.

La forma más fácil de devaluar el dólar frente al oro era incrementar de manera discrecional y centralizada el tipo de cambio dólar/oro, entonces fijado a 20,67 dólares la onza. Los poderes plenipotenciarios que se había otorgado Roosevelt con la Emergency Banking Act le facultaban para, de forma arbitraria y sin pasar por el Congreso, fijar a voluntad el tipo de cambio del dólar con respecto al oro cuya convertibilidad pasaba a estar fijada en 30 dólares la onza. Esta devaluación del dólar lo único que hacía era otorgar una ganancia extra a los tenedores de oro y confirmarles su intuición de que, con la confianza en el dólar a la baja, el oro actúa efectivamente como un buen valor refugio con el que proteger el ahorro de familias, inversores y empresas. Roosevelt se tenía que asegurar que estos cambios favorecieran al Estado central y no a sus legítimos tenedores; debía asegurarse de que el público únicamente tuviese la opción de ser tenedor de billetes de dólar (paper currency).

La tesis es que si la totalidad del oro era confiscado y los agentes económicos únicamente se quedaban en posesión de dólares estos estarían más dispuestos a gastar e invertir estos dólares bajo las expectativas de que estos billetes iban a perder valor de manera irremediable con el tiempo. Estas expectativas, se consideró, serían suficientes para reactivar el consumo y la inversión, generar inflación y salir de la situación de crisis. Este esquema de pensamiento partía de un diagnóstico falso: la crisis hundía sus raíces en las malas inversiones derivadas de unas condiciones de crédito excesivamente laxas y de las consiguientes intervenciones en los mercados que habían dificultado la limpieza de dichas malas inversiones. En efecto, la ola de nuevos impuestos, regulaciones de todo tipo, controles de precio, y medidas proteccionistas fueron las causas del estrangulamiento de la economía americana en 1933.La depresión, la consecuencia.

Al margen de que el plan era una mala idea en sí misma y no atacaba el corazón de los problemas que atravesaba el país, lo cierto es que también era una medida poco democrática que chocaba con el espíritu fundacional de la propia nación americana. Pese a todo, el 5 de abril de 1933, Roosevelt firmó la Executive Order 6102 mediante la cual todos los americanos estaban obligados a depositar su oro dentro del Sistema de la Reserva Federal antes del 1 de mayo. El tipo de cambio ofrecido fue el de 20,67 dólares la onza de oro. La orden incluía castigos de cárcel y multas de hasta 10.000 dólares en caso de incumplimiento de la norma, lo que vendría a equivaler a unos 165.000 dólares de hoy, una cantidad sumamente punitiva.[8]Fue una medida totalmente confiscatoria.

En sucesivas órdenes ejecutivas, Roosevelt también prohibió la venta de oro al exterior y la venta forzada de oro por parte de las minas nacionales al Departamento del Tesoro a precios fijados por el Gobierno, lo que suponía una nacionalización de facto del sector. Poco a poco el Gobierno Federal de la nación se hacía con el control de todo el oro confiscadoa los ciudadanos y que se depositó en el célebre Fort Knox, construido en 1937 con el propósito, precisamente, de almacenar este oro confiscado.

No hace falta decir que en la actualidad existen muchas más dificultades para llevar a cabo este tipo de políticas: las tecnologías de la información y el nivel formativo del ciudadano medio hubiesen posibilitado una reacción firme a dichas políticas. También hoy somos afortunados gracias a las nuevas tecnologías, muy especialmente el desarrollo del Blockchain, que permite la emergencia de nuevas monedas como el Bitcoin u otros medios de pago al margen del control de los Gobiernos, si fuera menester de ampliar los ámbitos de libertad de los ciudadanos frente a excesos regulatorios y controladores en exceso.

Una vez llevada a cabo la parte difícil del plan, solo quedaba el movimiento contrario: devaluar el dólar con respecto al oro de forma paulatina, o no tan paulatina, lo que suponía envilecer e impedir el ahorro de los ciudadanos americanos que no tenían ninguna otra alternativa para protegerse de las decisiones arbitrarias del Gobierno. Roosevelt siguió una política de paulatina devaluación durante los tres meses siguientes hasta alcanzar un nivel de 35 dólares la onza de oro, cuando decidió estabilizar su precio. El dólar ya se había dejado un 70% de su valor en el proceso sin que los ciudadanos hubieran tenido ninguna opción para protegerse ante tal situación.[9]

En 1934, el Congreso aprobó la Gold Reserve Act por la que certificaba el tipo de cambio oficial con el oro en 35 dólares la onza y que anulaba cualquier tipo de covenant (cada una de las diferentes cláusulas que se incluyen en un contrato financiero para proteger y mediar entre las partes), para que de esta manera el Gobierno mantuviese su asimetría en la política de confiscación en caso de que el precio del oro en los mercados internacionales fluctuase, ya fuese en un signo como en otro. Por último, la ley daba facultades al Departamento del Tesoro para crear un fondo con las ganancias derivadas de la confiscación que podía utilizarse de manera discrecional por el propio Tesoro sin que el Congreso tuviera que dar su aprobación como sucede lógicamente con cualquier otra partida presupuestaria.

A efectos monetarios, la medida consiguió la ansiada devaluación del dólar lo que efectivamente dio un respiro a la economía americana. Los precios se estabilizaron, la oferta monetaria creció y con esta también el flujo de crédito, y las industrias y el empleo reanimaron su crecimiento. Sin embargo, dicha política no atacó ninguna de las causas últimas que estaban ahogando la economía, es decir, los controles de precios, el proteccionismo rampante o la creciente intervención del Gobierno en la economía.

Por esto la Gran Depresión a finales de 1933 estaba lejos de concluir. Para evitar una carrera de devaluaciones, Estados Unidos acordó conjuntamente con Reino Unido y Francia mantener el nuevo tipo de cambio de sus respectivas divisas con respecto al oro, aunque las tres potencias se reservaban el derecho de devaluar si las condiciones domésticas así lo requerían. Pese a este tipo de cláusulas, el acuerdo permitió una tregua con respecto a las guerras de divisas y políticas de devaluación que se habían ido sucediendo desde 1931. Las sucesivas devaluaciones únicamente servirían como elixir pasajero.

Notas al pie:

[1]Ben S. Bernanke, “The Macroeconomics of the Great Depression: A Comparative Approach”, Journal of Money, Credit and Banking, Vol. 27, No. 1, Febrero 1995, pp. 1-28.

[2]Lorenzo Bernaldo de Quirós y Jordi Sevilla, ¿Estado o Mercado?: Dos visiones contrapuestas sobre una crisis, Deusto, 2010. Loc 1363-Loc 1476 (Kindle).

[3]J.M. Clark, “Public Works and Unemployment,” American Economic Review, Papers and Proceedings, mayo 1930. Murray N. Rothbard, America’s Great Depresion, Ludwig von Mises Institute, 2000, p. 241-43.

[4]Alfred E. Eckes, Jr., Opening America’s Market: U.S. Foreign Trade Policy Since 1776, University of North Carolina Press, 1995, pp. 100-3.

[5]Ben Bernanke. “Monetary Policy and the Global Economy”, discurso oficial del 25 de marzo de 2013.

[6]Aguirre y Castañeda (2012), pp. 18-23.

[7]Bernaldo de Quirós (2010), Loc 1381 (Kindle).

[8]Johan Goldberg, Liberal Facism. The Secret History of the American Left, from Mussolini to the Politics of Change, Crown Forum, 2009.

[9]Rickards (2012), p. 72-73.