Monthly Archives: January 2016

Excelente libro de Kissinger el historiador

Henry Kissinger ha desarrollado una doble -exitosa y preeminente en ambos casos- carrera profesional como diplomático (ejerciendo importantes cargos de responsabilidad durante el último tercio del siglo XX) y como académico. Recientemente se ha publicado en español Orden Mundial (Debate, 2016) su último libro (World Order), un repaso a la historia mundial, sintético y lúcido, a través de como en las diferentes regiones y civilizaciones del mundo organizan y estructuran las relaciones de poder. Kissinger ha hecho del estudio de la historia, y como concluye Niall Ferguson en su fantástica biografía sobre el personaje, una constante en su carrera que a la postre ha sido uno de los factores de éxito en el desarrollo de su carrera diplomática (biografía también reseñada en este blog). Churchill afirmaba: “the longer you can look backwards, the longer you can look forward.” Para Kissinger, su profundo conocimiento de la historia de las diferentes civilizaciones y su sensibilidad para con la filosofía de la historia, le ha permitido intuir el mar de fondo que subyace a los eventos políticos, económicos y sociales de la superficie y crear escuela con lo que respecta al pensamiento estratégico en el campo de las relaciones internacionales y de la diplomacia.

En este libro, Kissinger repasa la historia de cada una de las “grandes civilizaciones” -grandes regiones o modelos- desgranando sus aspectos clave, la arquitectura que configura su orden interno y su dinámica de funcionar. La manera de organizar la obra y de ver el mundo tiene ecos claros en los trabajos de pensadores como Toynbee. El arranque del libro, y concepto que articula parte del relato, es la paz de Westfalia, punto de anclaje importante en el pensamiento kissingeriano, y que le sirve al autor para explicar el concepto de “balance of power”, una de las ideas principales que ha guiado la acción política del autor. A partir del episodio de Westfalia y entendiendo la dinámica de “desestabilización” y “vuelta al equilibrio” que se ha dado en Europa desde antes de la Guerra de los Treinta Años (1618-48), Kissinger explora los modelos alternativos a la sensibilidad europea por la paz de Rusia, China, el Islam, o el modelo de corte occidental pero más uniteralista de Estados Unidos que ha marcado el acento de los asuntos globales en las últimas tres-cuatro décadas.

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En cada parada, Kissinger ofrece en un relato accesible y claro una síntesis con los eventos clave que ayudan a entender la historia y la cosmovisión desde las diferentes esquinas del planeta que todos habitamos y que nos tenemos que esforzar en compartir de forma pacífica. Especialmente de interés resulta el capítulo dedicado al modelo chino -quizás el que Kissinger más conoce- y que, en el nuevo siglo, es la pieza que en mayor medida puede configurar cambios importantes a la hora de establecer nuevas y buenas relaciones entre los diferentes países; entre las diferentes maneras de ver el mundo. China es el gran cambio estructural al que se esta enfrentando el actual sistema. Para su correcta integración en la red mundial, harán falta grandes dosis de realismo político como el que ha facilitado en sucesivas ocasiones la paz en la vieja Europa, únicamente que en el mundo actual la escala para aplicar dichos principios es global.

Ya queda lejos la idea de que la caída del Muro podía presagiar el fin de la Historia. Kissinger remarca como en un mundo de creciente diversidad y complejidad los principios westfalianos de red de instituciones internacionales y respeto a la soberanía interna de los Estados, son los únicos que han demostrado encajar con el carácter dinámico y por momentos anárquico del mundo. De alguna forma se puede relacionar los principios de Westfalia que identifica Kissinger con la visión del político “aventurero” de Víctor Lapuente (ver El retorno de los chamanes), y con el concepto de “antifragilidad” de Taleb (ver Antifrágil, llamado a convertirse en una de las obras de referencia del siglo XXI), si bien la acción política de Kissinger no siempre ha estado anclada en estos principios sino que muchas veces a pecado de exceso de frágil historicismo, pero eso es ya otro tema.

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Currency Wars de James Rickards

La fuerte caída de la bolsa en este aparatoso inicio de año, tan convulso en lo político y lo financiero, ha sido una corrección augurada desde hace tiempo por no pocos expertos que empezaron a levantar voces de alarma desde el inicio de las políticas del “quantitative easing” por parte de la Reserva Federal presidida entonces por Ben Bernanke. Una de estas voces que se ha mantenido firme en sus advertencias es el analista independiente, gestor de fondos y solvente economista de tradición austríaca James G. Rickards. En Currency Wars. The Making of the Next Global Crisis, el autor, utilizando como hilo conductor los sucesivos procesos de crisis debido a la inflación generada por los bancos centrales durante, sobretodo, la segunda mitad del siglo XX, analiza el porqué de dichas crisis demostrando con un lenguaje claro y accesible por qué la impresión de moneda por parte del instituto emisor no soluciona ninguna crisis, sino todo lo contrario.

El libro reviste un doble interés. Por un lado, expone de manera clara y concisa en qué consiste el fenómeno de la inflación (no confundir como hacen muchos periodistas y economistas con el índice de precios al consumo) y por qué resulta esta tan dañina para el crecimiento sostenible; es decir, el que consiste justamente en un crecimiento no inflacionario sino anclado en las mejoras de la productividad, el capital (no la deuda) y el ahorro (no el consumo). Por otro lado, el autor ahonda en las causas reales de la crisis y aborda también la espinosa tareas de explicar por qué resultan equivocados los paradigmas en los que la Fed, el principal y más poderoso banco central, ha basado sus decisiones desde 2008. El grueso de estas ideas erróneas arrancan con la aún incomprendida crisis del 29 en donde la visión dominante (“conventional wisdom”) sigue ignorando los principales que la causaron, entre ellos Bernanke que apoyará sus decisiones de activismo monetario, precisamente en sus conclusiones a raíz del estudio de este histórico y definitorio episodio económico del siglo XX. Rickards explica en cada caso por qué el paradigma monetarista o keynesiano, entre otros, esta desfasado, resulta incompleto o directamente es falso, para acto seguido proponer alternativas y soluciones.

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El resultado es una obra tan ambiciosa como rigurosa. Una lectura que permite aproximar sin necesidad de ser un experto en la materia las principales disfuncionalidades de las que adolece el sistema monetario internacional y tomar consciencia de los errores cometidos desde 2008-09 y los enormes riesgos y debilidades que se han ido gestando peligrosamente desde entonces configurando el actual paisaje financiero caracterizado por el estancamiento y la fragilidad. Las políticas de “easy money” no han sido más que una salida en falso que han generado, como ya paso durante la década de los 2000 en el sector de la construcción y del crédito hipotecario, una (nueva, la enésima) burbuja especulativa –en este caso en el mercado de bonos y acciones–, que ahora se cierne como una sombra sobre el escenario global más interconectado y complejo que nunca. De nuevo, la Fed afronta el eterno dilema de seguir alimentando la burbuja (con el consiguiente riesgo de hiperinflación y perdida de credibilidad en la divisa), o dejar de adulterar y distorsionar el tipo de interés del dinero (y con esta una distorsión al conjunto de la estructura de precios en la economía) lo que conduciría irremediablemente a un nuevo proceso de ajuste y deflación.

En definitiva una lectura imprescindible para tomar consciencia de un tema tan fundamental como antiguo como es el envilecimiento de la moneda y sus consecuencias cuyo debate demasiadas veces queda limitado a unos pocos círculos de expertos quedando, por lo general, fuera de plano para el gran público. Jim Rickards (@JamesGRickards), un must follow.

Do we need the Fed? by Ron Paul

Stocks rose Wednesday following the Federal Reserve’s announcement of the first interest rate increase since 2006. However, stocks fell just two days later. One reason the positive reaction to the Fed’s announcement did not last long is that the Fed seems to lack confidence in the economy and is unsure what policies it should adopt in the future.

At her Wednesday press conference, Federal Reserve Chair Janet Yellen acknowledged continuing “cyclical weakness” in the job market. She also suggested that future rate increases are likely to be as small, or even smaller, then Wednesday’s. However, she also expressed concerns over increasing inflation, which suggests the Fed may be open to bigger rate increases.

Many investors and those who rely on interest from savings for a substantial part of their income cheered the increase. However, others expressed concern that even this small rate increase will weaken the already fragile job market.

These critics echo the claims of many economists and economic historians who blame past economic crises, including the Great Depression, on ill-timed money tightening by the Fed. While the Federal Reserve is responsible for our boom-bust economy, recessions and depressions are not caused by tight monetary policy. Instead, the real cause of economic crisis is the loose money policies that precede the Fed’s tightening.

When the Fed floods the market with artificially created money, it lowers the interest rates, which are the price of money. As the price of money, interest rates send signals to businesses and investors regarding the wisdom of making certain types of investments. When the rates are artificially lowered by the Fed instead of naturally lowered by the market, businesses and investors receive distorted signals. The result is over-investment in certain sectors of the economy, such as housing.

This creates the temporary illusion of prosperity. However, since the boom is rooted in the Fed’s manipulation of the interest rates, eventually the bubble will burst and the economy will slide into recession. While the Federal Reserve may tighten the money supply before an economic downturn, the tightening is simply a futile attempt to control the inflation resulting from the Fed’s earlier increases in the money supply.

After the bubble inevitably bursts, the Federal Reserve will inevitability try to revive the economy via new money creation, which starts the whole boom-bust cycle all over again. The only way to avoid future crashes is for the Fed to stop creating inflation and bubbles.

Some economists and policy makers claim that the way to stop the Federal Reserve from causing economic chaos is not to end the Fed but to force the Fed to adopt a “rules-based” monetary policy. Adopting rules-based monetary policy may seem like an improvement, but, because it still allows a secretive central bank to manipulate the money supply, it will still result in Fed-created booms and busts.

The only way to restore economic stability and avoid a major economic crisis is to end the Fed, or at least allow Americans to use alterative currencies. Fortunately, more Americans than ever are studying Austrian economics and working to change our monetary system.

Thanks to the efforts of this growing anti-Fed movement, Audit the Fed had twice passed the House of Representatives, and the Senate is scheduled to vote on it on January 12. Auditing the Fed, so the American people can finally learn the full truth about the Fed’s operations, is an important first step in restoring a sound monetary policy. Hopefully, the Senate will take that step and pass Audit the Fed in January.

It’s a Xanax World (Bill Gross) Janus, by Bill Gross

The Romans gave their Plebian citizens a day at the Coliseum, and the French royalty gave the Bourgeoisie a piece of figurative “cake”, so it may be true to form that in the still prosperous developed economies of 2016, we provide Fantasy Sports, cellphone game apps, sexting, and fast food to appease the masses. Keep them occupied and distracted at all costs before they recognize that half of the U.S. population doesn’t go to work in the morning and that their real wages after conservatively calculated inflation have barely budged since the mid 1980’s. Confuse them with demagogic and religious oriented political candidates to believe that tomorrow will be a better day and hope that Ferguson, Missouri and its lookalikes will fade to the second page or whatever it’s called these days in new-age media.

Meanwhile, manipulate prices of interest rates and stocks to benefit corporations and the wealthy while they feast on exorbitantly priced gluten-free pasta and range-free chicken at Whole Foods, or if even more fortunate, pursue high rise New York condos and private jets at Teterboro. It’s a wonderful life for the 1% and a Xanax existence for the 99. But who’s looking – or counting – even at the ballot box. November 2016 will not change a thing – 8 years of Hillary or 8 years of a non-Hillary. Same difference. Central bankers, Superpacs, and K street lobbyists are in control. Instead of cake, the 49.5% (males) will just have to chomp on their Carl’s Jr. hamburger and dream of a night with 23-year-old Kate Upton lookalikes that show them how to eat it during Super Bowl commercials. And if that’s too sexist, then Carl’s is substituting six-pack hunks instead of full-breasted models to appease the other 49.5% (females). It’s a Xanax society. We love it.

But I kid my readers – (that’s what comedians say on TV when they approach an edge). Kidding aside, however, if the 99 think they’ve got it good (bad) now, just wait 10 or 20 more years until their bills really come due. Of course by then, the 1% likely won’t be doing so well either, but there’s the hope that each and every one of them (us/me) can sell before the deluge. I speak specifically though to liabilities associated with the Boomer generation: healthcare, private pensions, Social Security and the unestimable costs of global warming, but let me leave the warming of the planet out of it for now. Let me try to convince you with some hard, cold facts, many of which are U.S. oriented but which apply as well to much of the developed world, because we’re mostly all getting older together. Demography rules.

Explaining this demographic countdown requires an impolitic concession that the world’s population is gradually aging, some at a faster rate than others (Japan, Italy, Taiwan!) but mostly in developed vs. undeveloped countries.

And it is the elderly that require more services and expenses than newborns, although at first blush it would seem that an infant in diapers requires more attention and healthcare than a 70-year-old retiree. Not really. To focus on some U.S. centric mathematical realities, several years ago Mary Meeker in a 500 page, softbound edition entitled “USA Inc.” put together a series of U.S. Treasury and other government reports that outlined just how dire America’s future demographic is in terms of financial liabilities. It is one thing to put readers to sleep with a 2030 forecast for aging boomers, as shown in Chart 1 but another to use the government’s own present value of these debts as of 2016. If financial market observers seem aghast at current Greek or Puerto Rican debt traps, they would surely take a double dose of Xanax when confronted with this: Fact – The U.S. government has current outstanding debt of approximately $16 Trillion or close to 100% GDP. The present value, however of Medicaid ($35 trillion), Medicare ($23 trillion), and Social Security ($8 trillion) promised under existing program totals $66 trillion or another 400% of GDP. We are broke and don’t even know it, or to return to my opening analogy, we are having our cake, eating it at the same time and believing that a new cellphone app will be invented in the near future to magically deliver more of the same. Not gonna happen folks.

Some politicians like Paul Ryan who argue for balanced fiscal budgets are intelligent sounding but relatively clueless. “Austerity – if not now, then when?”, he would argue in Reaganesque twitter. “Let’s slow down or even stop the inexorable clicking of the debt clock: 16 trillion, 17 trillion, 18 trillion”…he would add. Well yes, every little bit helps, Mr. Ryan, but the fact of the matter is (a great political phrase, is it not?) that reducing the growth rate of current government debt does little to help what in essence is a demographic not a financial problem: too few Millennials to take care of too many Boomers. Social Security “lock boxes” or Medicare/Medicaid “trust funds” which in essence represent “pre-funded” liability systems, cannot correct this demographic imbalance, because financial assets represent a “call” on future production. If that production could possibly be saved like squirrels ferreting away nuts for a long winter, then Treasury bonds or purchasing corporate stocks might make some sense. But they can’t. Future healthcare for Boomer seniors can only be provided by today’s Millennials and even doctors yet to be born. We cannot store their energy today for some future rainy day. Nor can we save food, transportation or entertainment for anything more than a few years forward. Each of those must be provided by a future generation of workers for the use of retired Boomers. And as Chart 1 points out, the ratio of retirees to workers – the dependency ratio – soars from .25 retirees for every worker to .35 over the next 10 years or so.

Chart 1: United States Elderly Dependency Ratio

 

There’s your problem, and neither privatization nor any goodly number of government bonds deposited in the Social Security “lock box” can solve it. While these paper assets may “pay” for goods and services, their value will be market adjusted in future years to exactly match the quantity of things we buy, and that quantity will be substantially a function of the available workforce and the price they command for their services. This is another way of saying that the value of Treasury bonds and even private pension held stocks will be marked down in price as they are sold to pay for future goods and services, and that the price of these goods and services will be marked up (inflation) to justify their reduced demographic supply. Productivity gains are often advanced as a solution but productivity gains have been shrinking in recent years, and even so, employed workers cannot be expected to hand over future advances to retirees without a fight. Having more babies would also turn the trick, but at the moment, making fewer seems to be the going trend.

Investment implications? Well it is true that if much of the developing world is younger demographically (think India), then developed nations could and should transfer an increasing percentage of their financial assets to emerging markets to help foot the demographic bills back home. Long-term then, as opposed to currently, think about increasing your asset allocation to the developing world. It’s also commonsensical that if higher Millennial wages are the probable result of a shortage of healthcare workers relative to Boomer requirements, then an investor should go long inflation and short fixed coupons. U.S. 10-year TIPS at 80 basis points seem like a good hedge in that regard. And of course in terms of specific equity sectors, healthcare should thrive, while liability handcuffed financial corporations such as insurance companies as well as the bonds of underfunded cities and states such as Chicago and Illinois, should not. Other countries have similar burdens. The Financial Times reports that the UK pension industry faces a 20-year wait until they might have enough cash to meet their liabilities in 2036. Until then, they cannot. In general, it seems demographically commonsensical that Boomers have in part been responsible for asset appreciation during the heyday of their productive years and that now, drip by drip, year by year, they will need to sell those assets to someone or some country in order to pay their own bills. Asset returns will therefore be lower than historical norms, especially because interest rates are close to 0% in developed countries.

Demographics may not rule absolutely, but they likely will dominate investment markets and returns for the next few decades until the Boomer phenomena fades away. The 1% – in addition to the 99 – will need extra doses of Xanax, or additional slices of cake, to cope in the next few decades. Let the games begin.

The next financial crisis (reflections of Michael Burry via Jessica Pressler)

Michael Burry, Real-Life Market Genius From The Big Short, Thinks Another Financial Crisis Is Looming

If The Big Short, Adam McKay’s adaptation of Michael Lewis’s book about the 2008 financial crisis and the subject of last month’s Vulture cover story, got you all worked up over the holidays, you’re probably wondering what Michael Burry, the economic soothsayer portrayed by Christian Bale who’s always just a few steps ahead of everyone else, is up to these days. In an email, which readers of the book will recognize as his preferred method of communication, the real-life head of Scion Asset Management answered some of our panicked questions about the state of the financial system, his ominous-sounding water trade, and what, if anything, we can feel hopeful about.

The movie portrays all of you as kind of swashbuckling heroes in some ways, but McKay suggested to me that you were very troubled by what happened. Is that the case? 

I felt I was watching a plane crash. I actually had that dream again and again. I knew what was happening, but there was nothing I, or anyone else, could do to stop it. The last day of 2007, I couldn’t come home. I was in the office till late at night, I couldn’t calm down. I wrote my wife an email and just said, “I can’t come home; it’s just too upsetting what’s happening, and I didn’t want to come home to my kids like this.” As for punishment of those responsible, borrowers were punished for their overindulgences — they lost homes and lives. Let’s not forget that. But the executives at the lenders simply got rich. 

Were you surprised no one went to jail?

I am shocked that executives at some of the worst lenders were not punished for what they did. But this is the nature of these things. The ones running the machine did not get punished after the dot-com bubble either — all those VCs and dot-com executives still live in their mansions lining the 280 corridor on the San Francisco peninsula. The little guy will pay for it — the small investor, the borrower. Which is why the little guy needs to be warned to be more diligent and to be more suspicious of society’s sanctioned suits offering free money. It will always be seductive, but that’s the devil that wants your soul. 

When I spoke to some of the other real-life characters from The Big Short, I was surprised to hear that they thought that financial reform was pretty effective and that the system was much safer. Michael Lewis disagreed. In your opinion, did the crash result in any positive changes?  

Unfortunately, not many that I can see. The biggest hope I had was that we would enter a new era of personal responsibility. Instead, we doubled down on blaming others, and this is long-term tragic. Too, the crisis, incredibly, made the biggest banks bigger. And it made the Federal Reserve, an unelected body, even more powerful and therefore more relevant. The major reform legislation, Dodd-Frank, was named after two guys bought and sold by special interests, and one of them should be shouldering a good amount of blame for the crisis. Banks were forced, by the government, to save some of the worst lenders in the housing bubble, then the government turned around and pilloried the banks for the crimes of the companies they were forced to acquire. The zero interest-rate policy broke the social contract for generations of hardworking Americans who saved for retirement, only to find their savings are not nearly enough. And the interest the Federal Reserve pays on the excess reserves of lending institutions broke the money multiplier and handcuffed lending to small and midsized enterprises, where the majority of job creation and upward mobility in wages occurs. Government policies and regulations in the postcrisis era have aided the hollowing-out of middle America far more than anything the private sector has done. These changes even expanded the wealth gap by making asset owners richer at the expense of renters. Maybe there are some positive changes in there, but it seems I fail to see beyond the absurdity.

How do you think all of this affected people’s perception of the System, in general? 

The postcrisis perception, at least in the media, appears to be one of Americans being held down by Wall Street, by big companies in the private sector, and by the wealthy. Capitalism is on trial. I see it a little differently. If a lender offers me free money, I do not have to take it. And if I take it, I better understand all the terms, because there is no such thing as free money. That is just basic personal responsibility and common sense. The enablers for this crisis were varied, and it starts not with the bank but with decisions by individuals to borrow to finance a better life, and that is one very loaded decision. This crisis was such a bona fide 100-year flood that the entire world is still trying to dig out of the mud seven years later. Yet so few took responsibility for having any part in it, and the reason is simple: All these people found others to blame, and to that extent, an unhelpful narrative was created. Whether it’s the one percent or hedge funds or Wall Street, I do not think society is well served by failing to encourage every last American to look within. This crisis truly took a village, and most of the villagers themselves are not without some personal responsibility for the circumstances in which they found themselves. We should be teaching our kids to be better citizens through personal responsibility, not by the example of blame.

Where do we stand now, economically?

Well, we are right back at it: trying to stimulate growth through easy money. It hasn’t worked, but it’s the only tool the Fed’s got. Meanwhile, the Fed’s policies widen the wealth gap, which feeds political extremism, forcing gridlock in Washington. It seems the world is headed toward negative real interest rates on a global scale. This is toxic. Interest rates are used to price risk, and so in the current environment, the risk-pricing mechanism is broken. That is not healthy for an economy. We are building up terrific stresses in the system, and any fault lines there will certainly harm the outlook.

What makes you most nervous about the future?

Debt. The idea that growth will remedy our debts is so addictive for politicians, but the citizens end up paying the price. The public sector has really stepped up as a consumer of debt. The Federal Reserve’s balance sheet is leveraged 77:1. Like I said, the absurdity, it just befuddles me.

The last line of the movie, printed on a placard, is “Michael Burry is focusing all of his trading on one commodity: Water.” It sounds very ominous. Can you describe this position to me?

Fundamentally, I started looking at investments in water about 15 years ago. Fresh, clean water cannot be taken for granted. And it is not — water is political, and litigious. Transporting water is impractical for both political and physical reasons, so buying up water rights did not make a lot of sense to me, unless I was pursuing a greater fool theory of investment — which was not my intention. What became clear to me is that food is the way to invest in water. That is, grow food in water-rich areas and transport it for sale in water-poor areas. This is the method for redistributing water that is least contentious, and ultimately it can be profitable, which will ensure that this redistribution is sustainable. A bottle of wine takes over 400 bottles of water to produce — the water embedded in food is what I found interesting.

What, if anything, makes you hopeful about the future?

Innovation, especially in America, is continuing at a breakneck pace, even in areas facing substantial political or regulatory headwinds. The advances in health care in particular are breathtaking — so many selfless souls are working to advance science, and this is heartening. Long-term, this is good for humans in general. Americans have so much natural entrepreneurial drive. The caveat is that it is technology that should be a tool making lives better in the real world, and in line with the American spirit of getting better and better at something, whether it’s curing cancer or creating a better taxi service. I am less impressed with the market values assigned to technology that enhances distraction. We don’t want Orwell’s world, but we don’t want Huxley’s world either.

Kissinger (el idealista)

the longer you can look back, the farther you can look forward.”

Winston Churchill

Niall Ferguson, probablemente el historiador libertarian-tory más relevante en el panorama internacional, vuelve al genero biográfico para enfrentarse a la ambiciosa empresa de bucear en la mente de Henry Kissinger, histórico de la diplomacia estadounidense y pieza clave para entender los avatares de la geopolítica global de las últimas cuatro décadas. El proyecto nació del propio Kissinger -que ya cuenta con notables biografías como la que le hizo Walter Isaacson– que escogió al historiador de Edimburgo personalmente. Explica Ferguson que al principio le costo decidirse pero que le resulto imposible negarse a dicha aventura cuando Kissinger en el momento en el que Ferguson le llamo para comunicarle que no aceptaría el encargo le dejo caer algo así como “una pena por qué justo hoy he encontrado nuevas cajas con cartas y documentos de mis años de formación.” Un caramelo demasiado goloso para el Indiana Jones de la historia.

La obra esta estructurada en dos partes. El primer volumen, Kissinger: 1928-1968: The Idealist, se centra en los años de formación del personaje, un poco con el mismo espíritu del célebre ‘My Early Years‘ de Winston Churchill. En él Ferguson se centra en los elementos y factores que configuran la mente y los antecedentes de quién luego será una personalidad clave a la hora de proponer normas, mecanismos e instituciones para re-configurar el gran tablero que configuran las relaciones entre paises y el “equilibrio global”, una de las ideas sobre las que ha pivotado la vida y obra de Henry Kissinger. En la declaración de objetivos de Ferguson no esta únicamente el objetivo de biografiar a Kissinger sino también reflexionar sobre la rica producción intelectual del personaje. Para entender esta producción, esta manera de pensar que luego tendrá una papel principal a la hora de definir la diplomacia contemporánea, es imprescindible el paso previo de comprender las vivencias vitales del personaje, sus lecturas de juventud y su manera de pensar.

Estamos pues, ante una obra de gran ambición y, además, ejecutada con gran maestría. El trabajo de Ferguson cuenta con inumerables cartas y documentos de Kissinger, entrevistas con amigos y enemigos e incluso con largas sesiones de trabajo con el propio protagonista lo que convierte la obra en un texto de estudio de gran interés no únicamente histórico -que lo tiene- sino también para cualquier estudioso o practicante en el ámbito de la diplomacia y con interés en las relaciones internacionales.

 Del contenido de la obra destacaré un pasaje vivencial y una pincelada intelectual que creo que son dos buenas muestras que ejemplifican bien lo que podemos encontrar en la lectura de ‘Kissinger‘. La experiencia más definitoria de Henry Kissinger durante sus años de formación será su regreso a Alemania (abandonará su país de origen en 1938 con toda su familia para huir del nazismo) como soldado americano lo que le permitió un contacto directo con la crudeza del nazismo y la psicología de la guerra y de la barbarie nazi de primera mano. Unas vivencias de gran crudeza que ayudarán a configurar la idea de Europa del joven Kissinger.
Los primeros capítulos del libro, recuerdan que Ferguson es un experto en el periodo 10s/20s/30s de la historia europea que ya trabajó durante la gestación de otros libros notables: la biografía de Sigmund Warburg, y la obra (también en dos volúmenes) dedicada a la Casa Rotchschild. El libro describe de forma magistral el dramático ascenso del nazismo tras el convulso periodo que fueron los años 10s/20s para Alemania -especialmente durante los estragos de la hiperinflación- y luego con los efectos de la crisis económica del año 29-30, y sin los que es imposible entender el auge de Hitler. Con el regreso de Kissinger a Estados Unidos, el libro nos traslada a los primeros compases de la Guerra Fría, toda una época para el sistema de relaciones internacionales y donde se acabará de configurar la mente estratégico del que luego sería Consejero de Seguridad Nacional.
La importancia de la Historia
Desde el punto de vista intelectual, Ferguson haciendo gala de una gran maestría narrativa, explora las interacciones de Kissinger con sus principales referentes que configuraran, poco a poco, su corpus teórico.  Para quién escribe, pro ejemplo, ha sido una sorpresa descubrir como Kissinger no es hegeliano, sino que el pilar fundamental durante los años de formación será el inmenso filósofo prusiano (de nacimiento no de tanto de tradición filosófica, por ser justos) Immanuel Kant. Otra cosa, y eso supongo que se analizará en el segundo volumen y, en cualquier caso, daría para un ensayo, son las contradicciones en las que es imposible no reflexionar sobre las contradicciones entre la teoría y la praxis del personaje. De hecho, podría decirse que el libro es tanto una biografía como un ejercicio de “historia aplicada”. Kissinger, al igual que Ferguson, será un estudioso -y un apasionado- de la Historia desde sus primeros años como estudiante. Ferguson ironiza que titulará su trabajo de final de carrera con el “humilde” título ‘The meaning of History’ (no es casualidad que Kissinger le propusiera este trabajo a alguien como Ferguson). Todo esto es relevante por qué uno de los mensajes más importantes del libro es la importancia de la historia, y como el dominio de esta disciplina por parte de Kissinger es uno de los factores clave de éxito en el “statecraft” -que dicen los ingleses- kissingeriano, probablemente el Secretario de Estado más importante en la historia de Estados Unidos.
Un completo estudio y comprensión de la historia, no únicamente entendida como la suma de fechas y acontecimientos, sino también en su sentido más filosófico, más profundo, permite una mejor intuición del mar de fondo de los tiempos sobre los que se apoya la política y lo que, a la postre, se desprende de la monumental obra de Ferguson, explica el éxito de Kissinger a la hora de manejar los mecanismos de poder y gestionar la esfera de influencia de Estados Unidos hasta nuestros días. De hecho, el propio Kissinger ha remarcado siempre que el gran “déficit” del cuerpo diplomático estadounidense ha sido la historia y la filosofía que, sin embargo, son disciplinas que es necesario cultivar para una correcta comprensión de las fuerzas que juegan y configuran el escenario global. De hecho, cuando se incorporé a la administración Nixon, Kissinger destacará: “When I entered office, I brought with me a philosophy formed by two decades of the study of history.
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La polémica
Este primer volumen trata, sobretodo, con las relaciones de Kissinger con él mismo: se trata de un libro introspectivo del personaje más que las relaciones del personaje con el exterior, su definitoria acción de gobierno que previsiblemente centrará el relato del segundo volumen que arrancará en 1969 cuando sea nombrado en enero Consejero de Seguridad Nacional por el presidente Richard M. Nixon. Entre otras cosas, este segundo tomo previsiblemente confrontará algunas de las muchas críticas -algunas de ellas furibundas y que incluyen la acusación de crímenes contra la humanidad por parte de Kissinger- que rodean al preeminente diplomático.
En cualquier caso, este primer volumen si tiene que abordar la contradicción con respecto a la estrategia en Vietnam: Kissinger en 1965 reconocía que era imposible ganar militarmente la guerra con Vietnam y que únicamente acabaría mediante la negociación y sin embargo la guerra continuaría durante ocho largos años más. Sombras similares se extienden sobre el papel que pudo tener Kissinger en las Conversaciones de Paz en 1968 ejerciendo de ‘liason’ con la campaña de Nixon. Ferguson se limita a poner de relieve las multiples debilidades de la “teoría conspirativa” sin exculpar al personaje por falta de pruebas concluyentes en un sentido u otro.
La figura de Kissinger, como cualquier gran carácter, no deja indiferente a nadie. En cualquier caso, tanto para acólitos como para los detractores, el libro es una lectura imprescindible para aproximar una figura tan compleja como importante a la hora de definir el actual orden internacional, hoy, justamente, en profundo estado de transformación.

Los señores de las finanzas

El dinero sin medida forma los nervios de la guerra.”

Cicerón, Filípicas

El siglo XX dejó dos grandes episodios que marcarán de manera definitoria la historia económica y monetaria desde entonces: me refiero a la hiperinflación alemana (1919-1923) y la Gran Depresión de 1929 que se extenderá durante toda la década siguiente hasta practicamente la llegada de la Segunda Guerra Mundial, el segundo suicidio colectivo de Europa en el lapso de tan solo una generación. Ambos episodios no únicamente serán relevantes por la magnitud de los hechos, sino por el fuerte eco que dejarán y que llegará, aún vibrante, a nuestros días con gran influencia sobre la sabiduría convencional sobre el origen y remedio de las crisis económicas. Bécker escribió que el recuerdo que deja un libro es más importante que el libro en sí. Con las crisis económicas pasa un poco lo mismo: tan importante es la crisis, como el poso que deja tras de sí; sobretodo en el ideario colectivo ya que marcará de forma definitoria la manera de afrontar futuros episodios de crisis y pánico financiero.

Con esta potente idea en mente -la importancia de la historia y de sus consecuencias como elementos de valor para entender el presente- se encuadra Los señores de las finanzas (@EdicionesDeusto, 2010) del economista Liaquat Ahamed. El libro repasa los intensos acontecimientos que tendrán lugar desde finales de la Primera Guerra Mundial hasta la caída en picado de Wall Street en octubre de 1929 y, aún más importante, las consecuencias del mismo durante el complejo periodo de 1929-33 y la posterior década de depresión de 1933 hasta 1944. La gran virtud de la obra, y el elemento principal que justifica su premio Pulitzer y su lectura, es que la historia se explica de forma pormenorizada, con una prosa que consigue atraparte desde el primer momento y a través de sus principales protagonistas. El autor acierta doblemente al poner el énfasis, como advertía Disraeli con respecto al estudio de la historia, en los protagonistas más que en los hechos; y segundo, por los propios personajes escogidos: Montagu Norman (Banco de Inglatera), Benjamin Strong (Reserva Federal de Nueva York, luego substituído por George Harrison), Hjalmar Schacht (Reichsbank), y Émile Moreau (Banco de Francia); es decir, los principales banqueros centrales de entonces.

La economía esta, sobretodo, determinada por la solidez de las instituciones monetarias; por tanto, su correcta comprensión resulta imprescindible. Como dijo célebremente Mayer .A. Rothschild, fundador del banco con el mismo nombre: “Dejadme emitir y controlar el dinero de una nación y no importará quién dicte las leyes.”

A parte del interés evidente que toma el relato que incluye un completo perfil de los personajes -no únicamente de los principales, sino también de los secundarios- y que esta lleno de anécdotas y vivencias personales de los mismos, sino que esta manera de estructurar la obra permite entender los hechos a partir del carácter y pensamiento de las personas encargadas de tomar las decisiones que determinaran esos hechos. En este sentido, la ambición de la obra no puede ser mayor. La obra, como decíamos, se centra en la importante institución del dinero, aspecto central de la economía y que, sin embargo (y muchas veces inexplicablemente), su debate parece estar limitado a unos pocos círculos de expertos quedando fuera de plano para el gran público. La obra repasa la historia monetaria del mundo en uno de sus periodos más intensos: fin del patrón oro clásico tras el pánico de 1907 en Nueva York y creación de la Reserva Federal (1913) y hasta el periodo de depresión global de 1933-1944 y que terminará de forma trágica con la Segunda Guerra Mundial. El autor da múltiples pinceladas sobre el funcionamiento de la banca y su relación con el proceso de rápida industrialización y globalización que tendrá lugar en la recta final del siglo XIX y 1913, así como el desarrollo industrial y social de principios del siglo XX todo, como decíamos, acercándonos la historia a través de los ojos de sus protagonistas.

Desde el punto de vista de la teoría es donde, a mi juicio, el libro es resulta más flojo. De entrada, huelga decir que la gran depresión es quizás uno de los episodios cuya interpretación genera más divergencias entre economistas e historiadores (Niall Ferguson (@nfergus) hace esta misma observación en su magnifica obra Kissinger: 1923-1968: The Idealist), así que las discrepancias sobre estos temas son, hasta cierto punto esperables. La vulgata general con respecto a la Gran Depresión es que fue causada en gran medida por la arquitectura del sistema monetario (en aquel momento patrón oro-dólar, aunque muchos tienden a confundir este modelo con el patrón oro clásico que existirá hasta antes de la creación de la Reserva Federal en 1913), y que su posterior alargamiento fue debido al enfoque ‘laissez faire‘ adoptado por el (por otro lado, bastante nefasto) presidente (republicano) Herbert Hoover. Únicamente con la llegada del activismo gubernamental de Roosevelt, apoyado sobre el cuerpo teórico de pensadores como Keynes (otro de los grandes personajes secundarios de la historia) permitirá al conjunto de las economías escapar de la depresión. El otro gran chivo expiatorio será el patrón oro, el gran culpable, sobretodo para los banqueros centrales, ya entonces y también ahora, convertido en verdadero anatema desde entonces. Lo cierto es que, la evidencia de los datos, junto a una correcta comprensión de como funciona el mecanismo monetario y la institución del dinero, permite comprobar que nada más alejado de la realidad.

Hay un antecedente, la creación de la Fed tras el pánico de 1907 en 1913, que el libro no alcanza a entender sus importantes consecuencias. Este hecho permitirá con posterioridad mantener los tipos de interés artificialmente bajos lo que alimentará la burbuja expeculativa (y altamente apalancada) de valores bursátiles en Wall Street. El origen de esta política, que resultará letal, no esta en Estados Unidos sino en Gran Bretaña. El Reino Unido cometerá uno de los grandes errores en la política monetaria de este complejo periodo al hacer volver la libra al patrón oro al mismo tipo de cambio de antes de la Guerra tras la paz de Versalles (1919). Winston Churchill, entonces secretario de Hacienda, fuertemente presionado por Norman, volvió al patrón oro con el antiguo tipo de cambio de antes de la contienda lo que agudizó la deflación en aquel país tras la guerra. En efecto, al fijar un tipo “artificialmente” alto por motivos políticos -Gran Bretaña no quería perder importancia dentro del escenario financiero y geopolítico mundial-, no reconoció en la fijación del tipo de cambio de la libra esterlina con el oro la fuerte perdida de competitividad que había sufrido la economía durante laguerra. Esto deprimió la economía en un momento en donde, además, en ninguna de las grandes economías tenía en marcha una agenda reformista, sino todo lo contrario.

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Tras la guerra, las naciones europeas no solo quedaron mutuamente destruídas sino que quedaron altamente endeudadas y con menos de la mitad de las reservas de oro co. las que contaban. Estados Unidos, por el contrario, había hecho crecer enormemente sus reservas hasta el punto que duplicaban la del resto de potencias combinadas. El objetivo tras la guerra, era reanudar la economía (mejorar la competitividad) y reanudar los mecanismos de crédito. Lo primero no se hizo y lo segundo se forzó mediante una política por parte de la Fed de tipos bajos lo que suponía el necesario balón de oxígeno para que la dañada y disfuncional economía inglesa fuera tirando a trancas y barrancas durante aquellos años. Mientrastanto, una economía en plena fase de expansión y fiebre inversora (por primera vez, durante los felices años 20, la inversión en bolsa se popularizara enormemente y, además, parte importantísima de esta inversión se hará de forma apalancada) era distorsionada artificialmente por oleada de crédito barato cuyo resultado únicamente podía ser su irremediable ajuste.

Llegados a este punto, cabe subrayar que el gran elemento que explica la burbuja especulativa en la bolsa -que será especialmente aguda entre finales de 1925 y 1929- será la política de repetidos recortes de tipo de interés. Una vez llegado el ajuste, el activismo gobernamental y de la Fed. La administración Hoover aumentará el gasto público (importante será el aumento de partidas presupuestarias para la inversión en infraestructuras, como la propia presa Hoover), el control de precios y salarios y subirá la presión fiscal (intervencionismo económico que llegará al paroxismo con Roosevelt). Por su parte la Fed, contraerá la base monetaria entre 1929 y 1933 (cosa inédita en la historia como remarcarán Milton Friedman y Anna Schwartz en su gran obra A Monetary History of the United States) lo que complicará innecesariamente las cosas. En suma, un conjunto de errores de política económica derivados del prisma intervencionista (posteriormente keynesianimos) sin los que es imposible entender ni la gestación de la crisis ni su inusitada dureza y duración. Lo resume magistralmente Lorenzo Bernaldo de Quirós (@BernaldoDQuiros) en el fantástico libro ¿Estado o Mercado? (Deusto, 2010).

Ni en aquel momento, ni tampoco ahora, el grueso de la sabiduría convencional acertó en dibujar las alternativas ni separar lo que son “fallos” en el diseño del sistema monetario y lo que son fallos de política. En aquel momento se enfrentaron dos posturas: los favorables a la ortodoxia del patrón oro y los favorables -entre los más destacados Keynes o Roosevelt– de abandonar el sistema para poder emitir crédito sin reestricción. Lo cierto es que, como siempre, la virtud estaba “somewhere in the middle“: ni la naturaleza de la crisis se solucionaba inundando los mercados de liquidez (para muestra un botón con las actuales políticas de extraordinaria liquidez de la Fed entre 2009 y 2015 que únicamente han agravado la fragilidad de la situación); y, al mismo tiempo, fue un error fijar un tipo de cambio con el oro que no se ajustaba a la realidad de los países lo que llegado el momento distorsiono los flujos del comercio alterando, en consecuencia, también los diferentes flujos de oro entre los diferentes países lo que agudizó la depresión en algunos (i.e. Reino Unido), sobre estimulando la actividad en otros (i.e. Estados Unidos).

Recordaba John Mülller (@cultrun) hace poco en un notable artículo en El Español las palabras de Adous Huxley: “Quizá la más grande lección de la historia es que nadie aprendió las lecciones de la historia.” Amén. Por eso resulta recomendable, al gran trabajo de documentación de Ahamed, complementarla con otras lecturas académicamente más completos (o mejor dicho, no “obsesionados” con la deflación). Y me permito recomendar dos al ya citado libro de Bernaldo de Quirós. El clásico de Murray N. Rothbard, America’s Great Depression (disponible en pdf en este link) que constituye el pilar principal de la explicación a la Gran Depresión fuera de los cánones de la sabiduría convencional (que se puede encontrar en The Great Depression 1929 de John K. Galbraith); y Currency Wars (2011) de James G. Rickards (@JamesGRickards), libro imprescindible, del que tengo pendiente hacer reseña.

Todos los puntos de vista son necesarios para un correcto entendimiento del fenómeno monetario que configura la base en la que se apoya la economía y sin el cual es imposible tampoco tener una visión completa del fenómeno social y político. Buena lectura y feliz 2016.