Los señores de las finanzas

El dinero sin medida forma los nervios de la guerra.”

Cicerón, Filípicas

El siglo XX dejó dos grandes episodios que marcarán de manera definitoria la historia económica y monetaria desde entonces: me refiero a la hiperinflación alemana (1919-1923) y la Gran Depresión de 1929 que se extenderá durante toda la década siguiente hasta practicamente la llegada de la Segunda Guerra Mundial, el segundo suicidio colectivo de Europa en el lapso de tan solo una generación. Ambos episodios no únicamente serán relevantes por la magnitud de los hechos, sino por el fuerte eco que dejarán y que llegará, aún vibrante, a nuestros días con gran influencia sobre la sabiduría convencional sobre el origen y remedio de las crisis económicas. Bécker escribió que el recuerdo que deja un libro es más importante que el libro en sí. Con las crisis económicas pasa un poco lo mismo: tan importante es la crisis, como el poso que deja tras de sí; sobretodo en el ideario colectivo ya que marcará de forma definitoria la manera de afrontar futuros episodios de crisis y pánico financiero.

Con esta potente idea en mente -la importancia de la historia y de sus consecuencias como elementos de valor para entender el presente- se encuadra Los señores de las finanzas (@EdicionesDeusto, 2010) del economista Liaquat Ahamed. El libro repasa los intensos acontecimientos que tendrán lugar desde finales de la Primera Guerra Mundial hasta la caída en picado de Wall Street en octubre de 1929 y, aún más importante, las consecuencias del mismo durante el complejo periodo de 1929-33 y la posterior década de depresión de 1933 hasta 1944. La gran virtud de la obra, y el elemento principal que justifica su premio Pulitzer y su lectura, es que la historia se explica de forma pormenorizada, con una prosa que consigue atraparte desde el primer momento y a través de sus principales protagonistas. El autor acierta doblemente al poner el énfasis, como advertía Disraeli con respecto al estudio de la historia, en los protagonistas más que en los hechos; y segundo, por los propios personajes escogidos: Montagu Norman (Banco de Inglatera), Benjamin Strong (Reserva Federal de Nueva York, luego substituído por George Harrison), Hjalmar Schacht (Reichsbank), y Émile Moreau (Banco de Francia); es decir, los principales banqueros centrales de entonces.

La economía esta, sobretodo, determinada por la solidez de las instituciones monetarias; por tanto, su correcta comprensión resulta imprescindible. Como dijo célebremente Mayer .A. Rothschild, fundador del banco con el mismo nombre: “Dejadme emitir y controlar el dinero de una nación y no importará quién dicte las leyes.”

A parte del interés evidente que toma el relato que incluye un completo perfil de los personajes -no únicamente de los principales, sino también de los secundarios- y que esta lleno de anécdotas y vivencias personales de los mismos, sino que esta manera de estructurar la obra permite entender los hechos a partir del carácter y pensamiento de las personas encargadas de tomar las decisiones que determinaran esos hechos. En este sentido, la ambición de la obra no puede ser mayor. La obra, como decíamos, se centra en la importante institución del dinero, aspecto central de la economía y que, sin embargo (y muchas veces inexplicablemente), su debate parece estar limitado a unos pocos círculos de expertos quedando fuera de plano para el gran público. La obra repasa la historia monetaria del mundo en uno de sus periodos más intensos: fin del patrón oro clásico tras el pánico de 1907 en Nueva York y creación de la Reserva Federal (1913) y hasta el periodo de depresión global de 1933-1944 y que terminará de forma trágica con la Segunda Guerra Mundial. El autor da múltiples pinceladas sobre el funcionamiento de la banca y su relación con el proceso de rápida industrialización y globalización que tendrá lugar en la recta final del siglo XIX y 1913, así como el desarrollo industrial y social de principios del siglo XX todo, como decíamos, acercándonos la historia a través de los ojos de sus protagonistas.

Desde el punto de vista de la teoría es donde, a mi juicio, el libro es resulta más flojo. De entrada, huelga decir que la gran depresión es quizás uno de los episodios cuya interpretación genera más divergencias entre economistas e historiadores (Niall Ferguson (@nfergus) hace esta misma observación en su magnifica obra Kissinger: 1923-1968: The Idealist), así que las discrepancias sobre estos temas son, hasta cierto punto esperables. La vulgata general con respecto a la Gran Depresión es que fue causada en gran medida por la arquitectura del sistema monetario (en aquel momento patrón oro-dólar, aunque muchos tienden a confundir este modelo con el patrón oro clásico que existirá hasta antes de la creación de la Reserva Federal en 1913), y que su posterior alargamiento fue debido al enfoque ‘laissez faire‘ adoptado por el (por otro lado, bastante nefasto) presidente (republicano) Herbert Hoover. Únicamente con la llegada del activismo gubernamental de Roosevelt, apoyado sobre el cuerpo teórico de pensadores como Keynes (otro de los grandes personajes secundarios de la historia) permitirá al conjunto de las economías escapar de la depresión. El otro gran chivo expiatorio será el patrón oro, el gran culpable, sobretodo para los banqueros centrales, ya entonces y también ahora, convertido en verdadero anatema desde entonces. Lo cierto es que, la evidencia de los datos, junto a una correcta comprensión de como funciona el mecanismo monetario y la institución del dinero, permite comprobar que nada más alejado de la realidad.

Hay un antecedente, la creación de la Fed tras el pánico de 1907 en 1913, que el libro no alcanza a entender sus importantes consecuencias. Este hecho permitirá con posterioridad mantener los tipos de interés artificialmente bajos lo que alimentará la burbuja expeculativa (y altamente apalancada) de valores bursátiles en Wall Street. El origen de esta política, que resultará letal, no esta en Estados Unidos sino en Gran Bretaña. El Reino Unido cometerá uno de los grandes errores en la política monetaria de este complejo periodo al hacer volver la libra al patrón oro al mismo tipo de cambio de antes de la Guerra tras la paz de Versalles (1919). Winston Churchill, entonces secretario de Hacienda, fuertemente presionado por Norman, volvió al patrón oro con el antiguo tipo de cambio de antes de la contienda lo que agudizó la deflación en aquel país tras la guerra. En efecto, al fijar un tipo “artificialmente” alto por motivos políticos -Gran Bretaña no quería perder importancia dentro del escenario financiero y geopolítico mundial-, no reconoció en la fijación del tipo de cambio de la libra esterlina con el oro la fuerte perdida de competitividad que había sufrido la economía durante laguerra. Esto deprimió la economía en un momento en donde, además, en ninguna de las grandes economías tenía en marcha una agenda reformista, sino todo lo contrario.

9788423427871

Tras la guerra, las naciones europeas no solo quedaron mutuamente destruídas sino que quedaron altamente endeudadas y con menos de la mitad de las reservas de oro co. las que contaban. Estados Unidos, por el contrario, había hecho crecer enormemente sus reservas hasta el punto que duplicaban la del resto de potencias combinadas. El objetivo tras la guerra, era reanudar la economía (mejorar la competitividad) y reanudar los mecanismos de crédito. Lo primero no se hizo y lo segundo se forzó mediante una política por parte de la Fed de tipos bajos lo que suponía el necesario balón de oxígeno para que la dañada y disfuncional economía inglesa fuera tirando a trancas y barrancas durante aquellos años. Mientrastanto, una economía en plena fase de expansión y fiebre inversora (por primera vez, durante los felices años 20, la inversión en bolsa se popularizara enormemente y, además, parte importantísima de esta inversión se hará de forma apalancada) era distorsionada artificialmente por oleada de crédito barato cuyo resultado únicamente podía ser su irremediable ajuste.

Llegados a este punto, cabe subrayar que el gran elemento que explica la burbuja especulativa en la bolsa -que será especialmente aguda entre finales de 1925 y 1929- será la política de repetidos recortes de tipo de interés. Una vez llegado el ajuste, el activismo gobernamental y de la Fed. La administración Hoover aumentará el gasto público (importante será el aumento de partidas presupuestarias para la inversión en infraestructuras, como la propia presa Hoover), el control de precios y salarios y subirá la presión fiscal (intervencionismo económico que llegará al paroxismo con Roosevelt). Por su parte la Fed, contraerá la base monetaria entre 1929 y 1933 (cosa inédita en la historia como remarcarán Milton Friedman y Anna Schwartz en su gran obra A Monetary History of the United States) lo que complicará innecesariamente las cosas. En suma, un conjunto de errores de política económica derivados del prisma intervencionista (posteriormente keynesianimos) sin los que es imposible entender ni la gestación de la crisis ni su inusitada dureza y duración. Lo resume magistralmente Lorenzo Bernaldo de Quirós (@BernaldoDQuiros) en el fantástico libro ¿Estado o Mercado? (Deusto, 2010).

Ni en aquel momento, ni tampoco ahora, el grueso de la sabiduría convencional acertó en dibujar las alternativas ni separar lo que son “fallos” en el diseño del sistema monetario y lo que son fallos de política. En aquel momento se enfrentaron dos posturas: los favorables a la ortodoxia del patrón oro y los favorables -entre los más destacados Keynes o Roosevelt– de abandonar el sistema para poder emitir crédito sin reestricción. Lo cierto es que, como siempre, la virtud estaba “somewhere in the middle“: ni la naturaleza de la crisis se solucionaba inundando los mercados de liquidez (para muestra un botón con las actuales políticas de extraordinaria liquidez de la Fed entre 2009 y 2015 que únicamente han agravado la fragilidad de la situación); y, al mismo tiempo, fue un error fijar un tipo de cambio con el oro que no se ajustaba a la realidad de los países lo que llegado el momento distorsiono los flujos del comercio alterando, en consecuencia, también los diferentes flujos de oro entre los diferentes países lo que agudizó la depresión en algunos (i.e. Reino Unido), sobre estimulando la actividad en otros (i.e. Estados Unidos).

Recordaba John Mülller (@cultrun) hace poco en un notable artículo en El Español las palabras de Adous Huxley: “Quizá la más grande lección de la historia es que nadie aprendió las lecciones de la historia.” Amén. Por eso resulta recomendable, al gran trabajo de documentación de Ahamed, complementarla con otras lecturas académicamente más completos (o mejor dicho, no “obsesionados” con la deflación). Y me permito recomendar dos al ya citado libro de Bernaldo de Quirós. El clásico de Murray N. Rothbard, America’s Great Depression (disponible en pdf en este link) que constituye el pilar principal de la explicación a la Gran Depresión fuera de los cánones de la sabiduría convencional (que se puede encontrar en The Great Depression 1929 de John K. Galbraith); y Currency Wars (2011) de James G. Rickards (@JamesGRickards), libro imprescindible, del que tengo pendiente hacer reseña.

Todos los puntos de vista son necesarios para un correcto entendimiento del fenómeno monetario que configura la base en la que se apoya la economía y sin el cual es imposible tampoco tener una visión completa del fenómeno social y político. Buena lectura y feliz 2016.

Leave a Reply

Fill in your details below or click an icon to log in:

WordPress.com Logo

You are commenting using your WordPress.com account. Log Out / Change )

Twitter picture

You are commenting using your Twitter account. Log Out / Change )

Facebook photo

You are commenting using your Facebook account. Log Out / Change )

Google+ photo

You are commenting using your Google+ account. Log Out / Change )

Connecting to %s

%d bloggers like this: