The Big Short

El valor del no (o del pensamiento contrarian),  este bien podría ser el título alternativo de la excelente película de Adam McKay La gran apuesta, inteligente y cinematográficamente efectiva adaptación del libro homónimo de Michael Lewis sobre la historia detrás cd algunos de los gestores de hedge funds que sí vieron la gran estafa de las hipotecas subprime que acabó por llevarse por delante el conjunto de la economía global en 2008.

La película se basa de las historias de algunos de los variopintos personajes que sí tuvieron la inteligencia suficiente para analizar la realidad del mercado hipotecario estadounidense en el tumultuoso periodo desde principios de la década de los 2000, viendo la realidad con sus propios ojos, críticos, y no dando por sentados los mantras que se repetían entonces (como el manido “el mercado inmobiliario no puede estar sujeto a burbujas” o “la vivienda nunca baja”); y, al mismo tiempo, el coraje suficiente para decir NO, esta tendencia es insostenible; de no cabalgar con la ola y denunciar que el Rey esta desnudo; y vaya si el Rey iba desnudo.

The_Big_Short_teaser_poster

Se trata de una película -y un libro- altamente recomendables donde se puede leer buena economía (el libro ofrece, en mi opinión, la mejor explicación sobre el buen y mal uso de los productos derivados y otras sofisticaciones financieras), y permite reflexionar sobre algunas de las virtudes que siempre se sitúan en la base del éxito personal (cualquiera que sea el ámbito).

La crisis de 2008 no fue algo inevitable, ni tampoco fue una sorpresa para unos pocos que escogieron abrir los ojos y mirar evitando seguir el “patrón rebaño”, la alternativa cómoda, de nadar siguiendo la corriente. La crisis no fue una crisis “cíclica” (los ciclos han pasado a la historia, ahora vamos de burbuja en burbuja, pero sobre eso hablaré otro día); fue esencialmente una crisis estructural que hunde sus raíces en una arquitectura monetaria de dinero fácil al servicio de los bancos privados convertidos en verdaderos casinos en donde se realizan peligrosas apuestas con dinero ajeno. Mientras la ilusión deuda/inflación sube, no hay problema: todos felices; cuando la música deja de sonar, el sistema se desmorona como un frágil castillo de naipes en donde da igual lo que uno haya participado de la locura financiera, los costes se colectivizan bajo el peligroso argumento de “hubiera sido peor”.

La Gran Apuesta explica como unos pocos inversores -más de diez, menos de veinte, según Lewis–  no únicamente fueron capaces de entender la falla sistémica del funcionamiento de los mercados de crédito sino que tuvieron el coraje de tener una posición de riesgo en coherencia con esta visión: es decir, ponerse en corto contra el mercado hipotecario americano, algo así como ponerse corto (apostar a la caída) del conjunto del sistema (“skin in the game”, según la terminología de Taleb). En efecto, la descomposición fue denunciada por no pocos economistas, pero tan solo unos pocos tuvieron la pericia y el valor de tomar posiciones de riesgo acorde con esta visión pesimista (realista) con respecto a un sistema estructuralmente disfuncional que favorece la irresponsabilidad de los bancos privados tendiendo irremediablemente a la iliquidez. Todo lo anterior estaba sustentado por teorías falsas, limitadas o ya superadas, que observan de forma equivocada la realidad bajo el prisma neoclásico de expectativas racionales y sistemas de ecuaciones que pretendían explicar la complejidad (creciente) de los mercados.

Las historia de Michael Burry y Steve Eisman (Mark Baum, en la adaptación cinematográfica) son especialmente emotivas por su comportamiento honesto, y por momentos heroico, cuando defienden sus posiciones antes sus clientes en contra del pensamiento generalizado y soportando la burla de los grandes gigantes de Wall Street (la escena de Burry solicitando garantías a Goldman Sachs para asegurarse el pago de sus permutas de riesgo de crédito en caso de falla de la solvencia del banco es sencillamente sensacional). Burry y Eisman, también otros (como el célebre John Paulson, quién más fuertemente apostó contra los bonos hipotecarios basura; la historia de Paulson marca el relato de otro libro notable sobre la misma temática de Gregory Zuckerman, The Greatest Trade Ever), supieron ver lo que los demás se negaban aceptar, y mantuvieron sus posiciones aunque esto supusiera alzar la voz en contra, con las consecuencias sociales y laborales que este tipo de comportamiento suele acarrear.

Este sesgo negativo en contra las voces disonantes, sobretodo cuando estas son negativas o contrarian al pensamiento dominante son una constante en la historia. Meses antes de la gran caída bursátil de 1929, Paul Warburg, preminente banquero y miembro ilustre del establishment de Wall Street, tuvo la osadía de alertar sobre una inminente caída de la bolsa que pondría en peligro la solvencia del conjunto del sistema y que tendría un impacto fortisimo en terminos de crecimiento y empleo. Su voz fue desoída y sus críticas le supusieron cierto abadono social y desprecio por no saber lo decía. Lo explica muy bien Niall Ferguson en su libro (muy recomendable para los amantes de la banca) High Financer: The Lifes and Time of Siegmund Warburg.

Con cada generación, olvidamos los errores del pasado, con cada proceso de gestación de burbujas, solo unos pocos son los suficientemente inteligentes y valientes como para recordárnoslo. Lección que nos recuerda una película que, por otro lado, se llevará más de una estatuilla.

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