Los mercados libres no necesitan tipos negativos de interés, Louis Rouanet (vía Mises) 

Martin Wolf, director asociado y comentarista jefe de economía en el Financial Times, parece haber olvidado la naturaleza de los tipos de interés y su papel coordinador. Según él, no hay que culpar a los bancos centrales por la persistencia de tipos de interés bajos o negativos. Escribe: “Debemos considerar los tipos ultrabajos como síntoma de nuestra enfermedad, no como su causa”.

Wolf continúa afirmando que “los tipos negativos de interés no son culpa de los bancos centrales”. Es difícil ver cómo puede justificar Wolf esta afirmación. Nunca bajo el patrón oro, nunca bajo los sistemas de banca libre ni nunca en una economía de libre mercado han sido negativos los tipos de interés. De hecho, el tipo de interés en el mercado no intervenido refleja el tipo social de preferencia temporal, es el “precio del tiempo”. Y como es una ley universal de la acción humana que la preferencia temporal deber ser siempre positiva, no es posible que los tipos de interés sean negativos en el mercado libre.

Sería necesaria una crítica casi línea por línea de este artículo, pues los argumentos en él están tan mal concebidos y son tan mentirosos que es difícil ignorarlos. Sin embargo, criticaré solo algunos puntos.

En particular, me ocuparé de: (1) la idea de que los bancos centrales no tienen nada que ver con los tipos negativos de interés, (2) la idea de que existe un empacho de ahorro/escasez de inversión y (3) que la idea de tipos bajos de interés  es una consecuencia de un bajo crecimiento de la productividad.

¿Quién es el responsable de los tipos negativos?

No hay justificación de mercado para los tipos negativos de interés. Sin embargo, en el segundo párrafo del artículo de Mr. Wolf podemos leer:

La economía mundial está sufriendo un empacho de ahorro en relación con las oportunidades de inversión. Las autoridades monetarias están ayudando a asegurar que los tipos de interés son coherentes con este hecho. En último término, las fuerzas del mercado están determinando lo que obtienen los ahorradores. Por desgracia, el mercado está diciendo que sus ahorros no valen mucho, al menos marginalmente.

Este párrafo sufre múltiples defectos. Primero, está el argumento que afirma hoy que el mercado “determina” el tipo de interés. Pero en un mundo en el que el crédito está enormemente influido por las políticas de las autoridades monetarias, está claro que los tipos de interés no los determina el mercado. Gracias a las operaciones del mercado abierto, los bancos centrales pueden reducir el tipo de interés muy por debajo de su nivel del mercado libre, llevando a malas inversiones e, in fine, a la crisis.

Sin embargo, lo quiere decir con esto Mr. Wolf es que el mercado se ajusta a las condiciones establecidas por los bancos centrales. Pero eso no es ningún argumento en absoluto a favor de la banca centralizada y los tipos negativos de interés. El mercado se “adapta” virtualmente a todo: delitos, regulaciones, inflación, etc. Si se produce un aumento del delito en una ciudad determinada y eso hace que consecuentemente aumente disminuya el precio de los bienes inmobiliarios, ¿deberíamos decir que el delito no causó esta disminución porque “en definitiva, las fuerzas del mercado están determinando el precio de la propiedad inmobiliaria”? El hecho de que las fuerzas del mercado se ajusten a las políticas monetarias públicas no puede en ningún caso justificar las operaciones de falsificación del gobierno, de la misma manera que no pueden justificar robar, matar o cualquier otra agresión.

El inexistente empacho de ahorro (“savings glut”)

Un segundo problema de este párrafo concreto es que si realmente hubiera un empacho de ahorro, de esto se deduce que los tipos de interés deberían disminuir por sí mismos sin la necesidad de “autoridades monetarias”. Mientras no haya una intervención violenta del Estado en el mercado libre, no es posible que haya ningún “empacho de ahorro”. Martin Wolf afirma lo contrario y nos retrotrae a la teoría desarrollada por Alvin Hansen, el principal economista keynesiano de Estados Unidos tras la Segunda Guerra Mundial.

Según Hansen, la depresión o “estancamiento secular” es el resultado de una falta de oportunidades de inversión. Incluso argumenta que la Gran Depresión fue el resultado de una escasez de inversión debido al lento crecimiento de la población y la ausencia de innovación. Hoy esta teoría está renaciendo con la hipótesis del estancamiento secular. Uno de sus defensores más importantes,  Laurence H. Summers, escribe:

Alvin Hansen proclamaba el riesgo de estancamiento secular a finales de la década de 1930, solo para ver el auge económico durante y después de la Segunda Guerra Mundial. Indudablemente es posible que se produzca algún evento exógeno importante que aumente el gasto o rebaje el ahorro de una forma que aumente el tipo de interés real del pleno empleo en el mundo industrial y haga irrelevantes las preocupaciones que he expresado. Aparte de la guerra, no es evidente qué eventos podrían ser. Además, la mayoría de las razones aducidas para una caída en dicho tipo de interés real del pleno empleo es probable que continúen al menos durante la próxima década.

Resulta que Murray Rothbard critica la explicación de la “escasez de oportunidades de inversión” para la depresión y estancamiento secular en su America’s Great Depression (pp. 68-72). Como señalaba Rothbard, es fácil concluir que sólo el cambio en cosas definitivas (población, tecnología…) puede crear nueva inversión si se deduce este razonamiento desde la idea del equilibrio general walrasiano, en el que condiciones y preferencias se mantienen constantes. Así, si la nueva inversión se considera como la principal explicación de la prosperidad y la depresión, se deduce que solo cambios como guerras, innovación, crecimiento de la población, etc. pueden abrir nuevas oportunidades de inversión.

El problema de la teoría defendida por Hansen, Summers y Wolf es que deja fuera el papel de la preferencia temporal como determinante de la inversión. De hecho siempre hay oportunidades de inversión, ya que las necesidades humanas son insaciables. Pero como los recursos son escasos, incluido el ahorro, es necesario priorizar en qué deberíamos invertir, de acuerdo con nuestros planes de preferencias temporales. Como dice Rothbard, “son las preferencias temporales (los ‘gustos’ de la sociedad actual frente al consumo futuro) los que determinan la cantidad que ahorrarán e invertirán las personas”.

Por tanto, continúa Rothbard:

Lo que necesitamos, en resumen, es ahorro: este es el factor que limita la inversión. Y el ahorro, a su vez, está limitado por la preferencia temporal: la preferencia del consumo presente sobre el futuro. La inversión siempre tiene lugar mediante un alargamiento de los procesos de producción, ya que los procesos productivos más cortos son los primeros en ser desarrollados. Los procesos productivos más largos sin utilizar son más productivos, pero no se explotan debido a las limitaciones de la preferencia temporal. Por ejemplo, no hay inversión en máquinas nuevas y mejores porque no hay suficiente ahorro disponible.

Así que debemos concluir que el “empacho de ahorro” no existe.

La necesidad de ahorro real

Por el contrario, necesitamos más ahorro real para promover el crecimiento económico. Sin embargo, de lo que tenemos un exceso es de crédito fiduciario resultante de las políticas inflacionistas de los bancos centrales. Esas políticas exacerbarían en ciclo de auge y declive. Adicionalmente, la política de tipos ultrabajos de interés de los bancos centrales inducirá a los empresarios a embarcarse en proyectos menos rentables y relajará la limitación que impone el mercado libre para servir a las necesidades más urgentes y todavía no satisfechas de los consumidores.

Como decía Ludwig von Mises en La acción humana, el tipo de interés en el mercado no intervenido “le impide [al emprendedor] embarcarse en proyectos cuya realización estaría desaprobada por el público debido a la longitud del tiempo de espera que requieren. Le obliga a emplear la existencia disponible de bienes de capital de tal forma que satisfaga mejor los deseos más urgentes de los consumidores”. Los tipos negativos de interés son una receta para el desastre. Al desviar la inversión, son una cusa fundamental de estancamiento económico y depresión.

La idea de que es la falta de oportunidades de inversión la responsable lleva a más errores esenciales, especialmente en relación con la formación del tipo de interés. Así, Martin Wolf escribe:

El empacho de ahorro (o escasez de inversión, si se prefiere) es el resultado de la evolución tanto antes como después de la crisis. Incluso antes de 2007, los tipos reales de interés a largo plazo estaban disminuyendo. Desde entonces, la débil inversión privada, las reducciones en la inversión pública, una tendencia a la ralentización del crecimiento de la productividad y el exceso de deuda legados por la crisis han interactuado para rebajar el tipo real de interés de equilibrio. Durante un tiempo, una fuerte demanda tras la crisis en las economías emergentes compensó parcialmente estas tendencias. Pero ahora esto también se ha desvanecido.

La mentira más chocante en este párrafo es la afirmación completamente falsa de que existe una relación causal entre la productividad y el tipo de interés. La teoría austriaca demuestra que no la hay. Los tipos de interés no dependen de la productividad, como sostienen muchos economistas clásicos, sino de la preferencia temporal. No es la mayor productividad de los procesos de producción más largos la que dirige el tipo de interés, sino todo lo contrario.

El tipo de interés depende de la tasa social de preferencia temporal y explica por qué se usan procesos de producción más cortos a pesar de la existencia de procesos más largos que producirían una mayor producción por unidad de entrada. Como dice Israel Kirzner: “ninguna consideración de la productividad puede entrar en absoluto en la explicación ofrecida para el interés”.

Debemos estimular la demanda

Es manifiesto que el intento de Mr. Wolf de exonerar a los bancos centrales de su responsabilidad con respecto a los tipos negativos se basa en las proposiciones keynesianas de que los bancos centrales deben hacer algo. Martin Wolf cree que la estabilidad de nuestras economías se basa en los gobiernos y los bancos centrales, que los tipos de interés deben “hacerse consistentes” y la demanda agregada debe ser “equilibrada”. No parece dispuesto a reconocer, sin embargo, que la consecuencia no pretendida de la intervención de los bancos centrales que reclama sea la situación actual de tipos negativos de interés. Escribe:

Algunos objetarán que el declive en los tipos reales de interés es solamente el resultado de la política monetaria, no de las fuerzas reales. Es incorrecto. La política monetaria sí determina realmente los tipos nominales a corto plazo e influye en los tipos a largo plazo. Pero el objetivo de la estabilidad de precios significa que la política se dirige a equilibrar la demanda agregada con la oferta potencial. Los bancos centrales sencillamente han descubierto que se necesitan tipos ultrabajos para lograr este objetivo.

Después de leer este último párrafo, es legítimo preguntarse cuál es el límite para el potencial de Mr. Wolf para la contradicción. De hecho, afirma que los bancos centrales no tienen nada que ver con los tipos negativos de interés y, simultáneamente, que no solo los bancos centrales sí influyen en los tipos de interés, sino que también “han descubierto que se necesitan tipos ultrabajos”. Por tanto, Mr. Wolf deja claro al lector, a pesar de sus intenciones, que los bancos centrales son muy responsables de los tipos negativos de interés.

También debemos subrayar que la “estabilidad de precios” que Martin Wolf parece favorecer es un objetivo ilusorio. Una economía en expansión puede funcionar muy bien con deflación de precios. La idea de que los gobiernos deban manipular la demanda o la oferta agregada para asegurar la estabilidad económica o de precios es una falacia. De hecho, si hay que aprender  algo de la economía clásica es que la oferta agregada y la demanda agregada son dos aspectos de lo mismo y que, como escribía Ricardo: “los hombre yerran en sus producciones, no hay deficiencia de demanda”. No hay ninguna necesidad en absoluto de una autoridad política para igualar demanda y oferta. De esto se deduce que se desvanece la última excusa de Mr. Wolf para los banqueros centrales.

La alegación de que los tipos negativos de interés son algo sobrenatural o responden a las necesidades de la economía es absurda y sin la interferencia de bancos centrales y gobiernos no existiría el asunto del tipo negativo de interés.

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