Reseña: Por qué fracasan los países, Acemoglu y Robinson (Deusto, 2012)

Desde que Adam Smith publicó La riqueza de las naciones en 1776, la gran cuestión de la economía ha sido, básicamente esa: es decir, indagar en las causas y motivos que explican por qué prosperan o fracasan los países. El volumen de bibliografía sobre el tema es enorme y oscila entre las posiciones más deterministas de los pensadores marxistas, en donde elementos como el clima o la historia son los determinantes principales del crecimiento, a las posiciones más liberales en donde los valores y las instituciones son los elementos que, a la postre, determinan la prosperidad de un país en el largo plazo. Max Webber, por ejemplo, de forma célebre señalo la importancia de ciertos valores protestantes (calvinistas para ser más exactos) en la configuración del sistema capitalista –con una ética del trabajo superior–, también con algunos de la dialéctica Marxista, para explicar el mayor desarrollo del Norte de Europa con respecto a otras regiones. Marx utilizó el materialismo histórico, una metodología que, aunque muy limitada, luego será recogida por la antropología moderna de Jared Diamond, el hoy muy popular Yuval Noah Harari, o también por influyentes historiadores deterministas (y seguramente por ello tan divertidos de leer) como Toynbee o Hobsbawn. Como recuerda Taleb, somos muy buenos “explicando la historia” que no es lo mismo que entenderla (‘narrative fallacy’).

En el otro extremo, pensadores como el Nobel Gary Becker (Teoría del Capital Humano), los también premio Nobel Douglass North y Robert Fogel (Instituciones), entre otros muchos como David Landes, el economista español Benito Arruñada, Mancur Olson, o Dierdre McCloskey, (la lista no se acabaría nunca), desarrollarán teorías más elaboradas y complejas en torno al binomio instituciones/valores como ejes principales que explican el éxito o fracaso en el desarrollo de un país.

En el ámbito de las ciencias sociales rara es la vez en el que el conocimiento es acumulativo sino más bien sucede lo contrario: con cada generación tenemos que recordar las mismas lecciones referentes al pensamiento humano una y otra vez, se ajustan los argumentos y se renuevan los ejemplos, pero el mar de fondo es parecido y se transita por caminos intelectuales, en la mayor parte de los casos, ya conocidos. Probablemente podemos afirmar que los trabajos de North y Fogel marcaron un hito importante al sistematizar muchos de los trabajos anteriores con respecto a la importancia de las instituciones –un elemento ya presente en los trabajos de Smith o Hume, por ejemplo–. Tras ellos, notables han sido, por ejemplo, del profesor Niall Ferguson, de carácter marcadamente divulgativo, y los de Daron Acemoglu y James Robinson, con carácter más científico, y que reseñamos aquí.

El libro Por qué fracasan los países (Deusto, 2012)de los economistas norteamericanos Daron Acemoglu (MIT) y James Robinson (Harvard) constituye la última de las grandes aportaciones en el campo del análisis sistematizado de las instituciones como principal elemento que determina el crecimiento de los países. Se trata de un trabajo que combina elementos de Teoría como, y muy principalmente, de Historia; siendo este segundo elemento también el más difícil de trabajar sino se quiere caer en las muchas miserias del historicismo de las que da buena cuenta Popper.

Acemoglu y Robinson analizan diferentes casos históricos y actuales de países que, compartiendo muchos elementos comunes (clima, historia, dotación de recursos naturales, etc.) tienen o han tenido en el pasado un comportamiento económico divergente. Con esta materia prima ambos investigadoras de Cambridge desarrollan la tesis de que las instituciones, es decir el conjunto de normas, leyes y costumbres de un país, constituyen el elemento central que marca las diferencias en el éxito o fracaso económico y social de los países. Cuando este marco institucional establece un sistema de incentivos que premia un comportamiento virtuoso donde se premia el trabajo, el esfuerzo o la responsabilidad individual, los países prosperan. Cuando este marco institucional por la agresión de los poderes políticos, grupos de poder, y un largo etcétera se debilita, los países fracasan.

Acemoglu y Robinson la virtud del libro es su lenguaje accesible y claro y la manera que tienen los autores en exponer sus argumentos de forma muy pedagógica y valiéndose de ejemplos históricos de gran interés. Buena prueba de lo anterior, es el ejemplo de las dos Coreas. Referido a Corea del Sur, por ejemplo, los autores señalan: “el éxito económico de lo países difiere [referido a ambas coreas] debido a las diferencias en sus instituciones, a las reglas que influyen en cómo funciona la economía y los incentivos que motivan a las personas.” Establecido esto, los autores señalan algunos de los elementos centrales que constituyen estas instituciones exitosas como la existencia de un sistema de libre mercado o la defensa de los derechos de propiedad: “[referido a la próspera Corea del Sur] los ciudadanos tienen incentivos que los animan a esforzarse y a destacar en la profesión escogida. Este país posee una economía de mercado basada en la propiedad privada […] si tienen éxito los emprendedores y trabajadores, saben que podrán disfrutar de los beneficios de sus inversiones y esfuerzos para mejorar sus condiciones de vida.” Un mensaje que parece que conviene recordar casi de manera constante.

Este mensaje constituye el tronco principal de un libro que tiene diferentes “sub-ramas”. Una de las más conocidas es la referente a las “élites extractivas”, utilizado a modo de síntoma de un orden institucional débil y, por lo tanto, que difícilmente podrá ser soporte a un crecimiento económico sano y sostenible. Dicho comportamiento se da cuando la élite de un país –la clase dirigente– es capaz de adueñarse de las instituciones y ponerlas a trabajar para sus intereses particulares en vez de por el bien común. Para ello se recurren a mecanismos arbitrarios que erosionan los principios que sustentan una democracia liberal como es el Imperio de la Ley o la igualdad ante la justicia. La existencia de estas élites extractivas, en contraposición a unas “élites inclusivas”, permiten el crecimiento de redes clientelares cautivas de intereses particulares lo que, a la postre, acaba limitando el potencial de crecimiento de las naciones y limita de facto la representatividad en las instituciones democráticas de amplias capas de la población. Karl Popper, en un plano más filosófico, desarrolló una idea similar cuando habla de sociedades abiertas o cerradas en su monumental obra La sociedad abierta y sus enemigos en donde se contraponen sociedades “abiertas” (élites inclusivas para Acemoglu/Robinson), es decir permeables al debate intelectual y cuyas instituciones políticas no están limitadas a un número cerrado de personas.

Fenómenos como la excesiva politización de las instituciones, el sectarismo partidista a la hora de gestionar lo público, o los excesos normativos (leyes específicas y en base a las circunstancias particulares de cada caso) son algunos de los elementos que favorecen un escenario crecientemente “extractivo”. Los ejemplos de regímenes actuales que en mayor o menor mediada tienden a favorecer élites extractivas –que se podrían poner algunos–, prefiero dejarlos a la sabia reflexión del futuro lector.

Como único PERO, destacaría algunos excesos de historicismo, quizás inevitables por la manera en la que ambos autores abordan el tema (especialmente notable, sin ir más lejos, en el primer capítulo del libro). En cualquier caso, lectura imprescindible, divertida y de gran interés histórico y práctico.

 

 

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