Desde el advenimiento de la crisis, y ya de antes, que uno de los temas que suele centrar la agenda política en los países desarrollados es el tema de la igualdad: es decir, los (supuestos) perjuicios e injusticias que se derivan cuando en una sociedad no todos tienen la misma riqueza o renta. Se trata de un tema en el que se suele ver un (falso, aunque solo en parte) “trade off” entre igualdad y libertad: lo cierto es que, bien analizado, libertad e igualdad van de la mano, eso sí igualdad ante la ley, igualdad de oportunidades, igualdad desde un punto de vista moral, no la “obsesión igualitaria” con la que algunos pretenden justificar todo tipo de ataques a la libertad y la propiedad.

El analizar las dos concepciones principales, desde un punto filosófico de la igualdad, es el objeto del último libro del economista liberal chileno Axel Kaiser, La tiranía de la igualdad (Deusto, 2017). El libro es una mordaz crítica a muchos de los mitos y errores de concepto que se dan en el debate político a la hora de explotar un tema sensible, que levanta pasiones y muchos sentimientos, y que se ha convertido en uno de los principales campos de batalla para la captación de voto desde la izquierda y también desde la derecha.

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Uno de los principales mensajes del libro es que la igualdad no es un problema. La igualdad más bien es una distracción, letal por cierto, del problema principal que no es otro que la pobreza. Al final, y como desgrana el autor en un texto tremendamente ágil y claro, es que la búsqueda de la igualdad supone atentar contra la libertad, la prosperidad y la moral imposibilitando un orden social pacífico. El libro, que tiene una fuerte carga de profundidad, explora los orígenes de la filosofía política liberal donde uno de sus principales axiomas es, precisamente, la igualdad ante la ley. El liberalismo es una filosofía política individualista donde el individuo tiene derechos frente a la colectividad.

Desde los moralistas ingleses del s. XVII y XVIII hemos entendido que todas las personas son iguales desde un punto de vista moral, político y jurídico. Una idea potente en la que se asientan el sistema político (con sus variantes formales) que conocemos como democracia liberal y que recoge, por ejemplo, la Declaración de Independencia de Estados Unidos. El liberalismo clásico, por lo tanto, no se preocupa del resultado (que depende de la habilidad, talento, ambición, ganas, suerte de cada uno), sino por el procedimiento, es decir que todos hayamos sido tratados de igual manera. Esta visión es la que permite que diferentes individuos puedan perseguir fines tan dispares como vender ordenadores, montar un hotel o jugar al fútbol sin agredir los derechos de los demás mientras consiguen sus objetivos. Este foco en el procedimiento nos lleva a preocuparnos por la igualdad ante la ley y la justicia (por eso es ciega, por qué no atiende a circunstancias particulares), el Imperio de la Ley, o la defensa de los derechos inalienables de las personas empezando por el derecho a la vida y la propiedad. Hoy, todo dicho sea de paso, terriblemente erosionados y de ahí también el estado de estancamiento económico y social relativo que arrastramos desde hace años.

Por el contrario, adoptar una visión de la igualdad consecuencialista, donde lo que cuenta son los resultados, es un enfoque que irremediablemente su consecución, argumenta perfectamente Kaiser, implica una agresión para con la igualdad ante la ley, la seguridad jurídica de las personas y conculca los derechos de las personas. Se trata, en definitiva, de un enfoque equivocado que llevado a la práctica resulta inmoral y liberticida: inmoral por qué es injusto, por ejemplo, que dos estudiantes, uno que sabe mucho y otro que sabe poco, saquen la misma nota; liberticida por qué la implementación de políticas que buscan la igualdad de resultado suponen una agresión a los derechos de propiedad de las personas en un dilema irresoluble.

El desconocimiento muchas veces de cómo realmente funciona la economía y que es realmente el liberalismo ha dado lugar a un sinfín de confusiones en el plano político y social con respecto a este debate hoy dominado por el dogma de lo público. Sin embargo, la igualdad SÍ es importante. Por eso es uno de los axiomas del liberalismo. La historia reciente de los últimos tres siglos es una lucha por la conquista de la igualdad, pero de una igualdad moral, una igualdad que no agrede derechos, una igualdad que respeta la propia naturaleza del hombre y que reconoce el carácter singular, único e irrepetible de cada ser humano.

Lo contrario, como también recuerda el autor, significa poner el énfasis en la envidia, un sentimiento como los celos, que quién lo sufre difícilmente lo puede controlar. Este es un análisis que ha realizado con gran solvencia la brillante economista de la Universidad de Chicago Dierdre McCloskey cuyo Bourgeois Equality es, sin duda, el mejor análisis y más completo que se ha hecho sobre el tema de la desigualdad y en donde en la ecuación del análisis se ha añadido la variable ética, no únicamente una visión utilitaria (aparte de manirrota y pobremente construida) como es el caso de Piketty (véase la crítica de Rallo), Stiglitz o, más recientemente, Branko Milanovic (de nuevo, con replica magnífica de Rallo). Como siempre digo, buena lectura.

 

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