La imposibilidad científica del socialismo

Este año se cumple el primer centenario de la Revolución de octubre de 1917. Una revolución que derrocó el gobierno provisional de la incipiente República rusa que había echado andar a duras penas tras la abdicación en marzo del último zar Nicolás II. En 1920, en pleno apogeo de la Guerra Civil entre bolcheviques y el resto del país, el economista austríaco, –de patria y pensamiento–, Ludwig von Mises publicaba el artículo seminal “Economic Calculation in the Socialist Commonwealth” donde de manera clara demostraba la imposibilidad científica del cálculo económico en una economía planificada: sin competencia por los recursos, sin propiedad, resultaba imposible la asignación eficiente de los mismos. Dos años después, coincidiendo con la constitución oficial de la URSS, Mises escribía una de sus obras más notables Socialismo. Análisis económico y sociológico.

En esta obra monumental, Mises realiza una pormenorizada crítica al socialismo tanto desde un punto de vista económico y social, como desde una dimensión moral y ética. Se trata de una crítica al sistema socialista basado en la colectivización de los medios de producción, la eliminación de la propiedad, en mayor o menor grado, y la instauración de un orden económico basado en el intervencionismo del Estado en todas las esferas de la vida económica y social. Una cosmovisión del mundo que fue la corriente dominante en Europa y el mundo durante buena parte del siglo XX y que Mises experimentó en primera persona.

Durante la Primera Guerra Mundial, Mises sirvió como capitán de artillería viviendo en primera persona la derrota de su patria lo que le confirmó las muchas críticas que ya había desarrollado desde muy joven a la política nacionalista que había caracterizado los años previos a la contienda y que él asociaba al debilitamiento social y económico de su país. Más tarde, sufrió en propia piel la persecución nazi por su doble condición de judío y librepensador, y la del KGB soviético después, teniendo que emigrar a Estados Unidos en 1940.

La obra y vida de Ludwig von Mises están marcadas por su compromiso con la búsqueda de la verdad científica. Mises responde al arquetipo que inmortalizó Ayn Rand en el personaje de Howark Roark de El Manantial. –novela que entusiasmo a Mises–, ejemplo de coraje intelectual y moral inquebrantable. Mises nunca se dejo tentar por la fama fácil que otorga la espectacularidad de promesas irrealizables, cargadas de falsas expectativas y que únicamente conducen a la servidumbre de la inflación, los impuestos y regulaciones superfluas y excesivas.

La ciencia no únicamente consiste en buscar la verdad sino también tiene la obligación de desenmascarar errores y falacias. Socialismo es un perfecto ejemplo de esto último. La obra resulta también un ejemplo destacado del rigor científico del autor que desarma uno por uno los argumentos colectivistas del credo socialista a partir del individualismo metodológico. El libro consta de cinco partes que pueden leerse como libros independientes. Su punto de partida es la importancia de la propiedad y su relación con la cooperación pacífica o, en su ausencia, la inevitabilidad del uso de la violencia. A continuación, se exponen los fundamentos del socialismo y su imposibilidad para operar, y donde también se realiza la crítica a la pretendida “inevitabilidad del socialismo”, uno de los pilares del pensamiento marxista. El libro incluye una reflexión moral y ética sobre el socialismo y su relación con los orígenes del cristianismo –el comunismo ni empieza con Marx ni, por desgracia, acaba con von Mises–. Por último, la obra incluye una reflexión sobre los intereses de los socialistas y los poderes destructivos, en palabras del autor, la violencia y la importancia de la batalla de las ideas, una constante en la obra de Mises. El libro cuenta también con un apartado final con las conclusiones y un epílogo, célebre, en donde el pensador austríaco señala el carácter antidemocrático del intervencionismo.

Este marcado carácter científico de la obra misiana contrasta con la impotencia marxista a la hora de estructurar de manera sólida la defensa de sus teorías. En su impotencia por desarmar la lógica del liberalismo clásico, los marxistas tuvieron que acudir a los excesos de la retórica, hoy hablamos de post-verdad. Marx ni siquiera pudo, supo, acabar su gran obra El Capital. En Socialismo, Mises desarrolla el concepto de polilogismo para referirse a la tesis marxista que defiende que diferentes grupos razonan de manera distinta que, huelga decir, ningún pensador marxista hasta la fecha ha podido razonar. El polilogismo de clases marxista dio pie al polilogismo de razas Nazi y también esta en la base del razonamiento de cualquier movimiento nacionalista.

Como en el resto de la obra del pensador austríaco, la obra adopta una visión holística de la acción humana y una refutación frontal a doctrinas espurias ancladas en un dualismo artificial que pretende diferenciar entre la acción egoísta, o altruista, como asumen todavía hoy el grueso de pensadores sociales, y como sucede cuando economistas o politólogos pretender diferenciar entre racional e irracional. Estos planteamientos ignoran el carácter subjetivo de la acción y en donde la cooperación voluntaria las acciones de uno no están en conflicto con las del otro sino que tienen que necesariamente disciplinarse a las acciones de los demás.

La crítica de Mises al Socialismo resulta demoledora en todos los aspectos y constituye de alguna manera el tercer acto de un debate intelectual más amplio, importantísimo entre lo individual y lo colectivo, que en tiempos modernos empieza con la crítica de Carl Menger a la escuela historicista alemana (Schmoller y Wagner), escuela que ejercerá una gran influencia en el pensamiento nazi, y la primera crítica al marxismo por parte de Eugen von Böhm-Bawerk; aunque se trate de una crítica aislada y no tan completa como la que desarrollará con posterioridad Mises. La gran conquista del libro de Mises es la demostración de la imposibilidad científica del cálculo económico en un entrono de ausencia de propiedad y de usos alternativos para un mismo recurso lo que permite la formación de precios que reflejen, en cada momento, la escasez relativa de los bienes. Esto era lo mismo que afirmar la imposibilidad de establecer el socialismo como sistema de dirección económica para el mundo entero lo que precisamente pretendía la URSS y muchos intelectuales de izquierda.

No hace falta recordar que el grueso de advertencias lanzadas por Mises desde los años veinte de la pasada centuria fueron desoídas. Tras la Revolución de octubre, que mencionaba al principio, Europa se sumergió en uno de los periodos más oscuros de la Historia universal: más de cien millones de personas murieron en el transcurso del siglo XX a causa de alguno u otra forma de totalitarismo colectivista. Pese a la crudeza de estas experiencias, nuestro tiempo no es ajeno a la ensoñación de pretender dirigir la economía de forma planificada e imponer soluciones desde arriba –aunque sea mediante sistemas democráticos–. La lectura de Socialismo de Mises resulta hoy tan vigente como en 1922 cuando se publicó por primera vez.

Saliendo de una importante exposición de arte en Nueva York, uno de los reporteros le preguntó a Dalí: “¿Qué hay de nuevo en la pintura maestro?” A lo que el genio del Ampurdán respondió de forma automática: “Velázquez.” Sucede lo mismo hoy con Mises y las ciencias sociales.

Brainteasers, Bill Gross

A recent Internet blog posed the predicament of many medium/long-term relationships: At some point couples run out of historical stories or even topical things to say. After all, there are only so many Trump tweets you can talk about, and you’ve long since agreed to disagree about the meaning of life. The blog suggested inventing some new philosophical brainteasers to keep the conversation alive. Having written Investment Outlooks for over 30 years now, I thought it apropos to follow the same approach, so here are my twisters and summary comments following each. Spoiler alert: please think of your answer before reading the “comments”.

1) If forced to choose between killing your favorite pet or an anonymous human being, what would you do?

Comment: In a USA TODAY survey from a decade ago, the majority of responses seemed to favor killing the person and saving the pet!

2) Would you rather be “interested” or “interesting”?

Comment: Most say “interested”, (as would I), but it’s a close vote.

3) If you were offered one year of quality life in addition to how long you would have lived anyway, would you give up your cellphone for it?

Comment: This one creates the most controversy. Young people do not give up their phones. Older people jump at the chance for that additional year. They don’t know how to use a cellphone anyway!

4) If you were stranded on an island with a totally repugnant looking and abusive human being, would you entertain romance with him (her)?

Personal Comment: Maybe at 22, not 72!

5) If offered the certainty of a second life after your current one, but it would be a life of misery with no moments of happiness, would you take it?

Comment: A few actually say yes, suggesting that their misery might in some way lead to happiness for others.

6) Is there an emotional distinction between saying “Luv you” and “I love you”?

Comment: Almost certainly. Inserting the “I” signifies a much stronger – and riskier – personal commitment.

INVESTMENT BRAINTEASER:

Can the Trump Agenda recreate 3% growth?

Well, now, that is the investment question of the hour/day/decade and its conclusion, unlike romance on a desert island, will determine the level of asset prices across the investment spectrum. 3% growth leads to a levered rate of corporate revenue/profit increases and a significantly higher P/E ratio, all else equal. 3% growth also sends a green light/all clear signal to high yield bonds and other risk assets that are leveraged and growth dependent. It may also, although not necessarily, lead to higher real interest rates and a future bond bear market. So what’s the answer?

Northwestern’s Robert Gordon has long argued that lower productivity may now be a function of having picked all of the “low hanging fruit” such as electrification and other gains from 20th century technology.

Well, growth is productivity dependent, and the experts are in a tizzy trying to explain why productivity in the last five years has averaged only .5% versus a prior pre-Lehman “old normal” of 2%+. Fed Chair Janet Yellen, speaking on April 10th, said that no one really knows the answer, which was her way of saying that the past five years’ experience has been three standard deviations outside of the Fed’s model. But others, such as Northwestern University economist Robert Gordon, have long argued that lower productivity may now be a function of having picked all of the “low hanging fruit” such as electrification and other gains from 20th century technology. Then there is the obvious connection between recent years’ low levels of private sector investment, which perhaps begs another as to why that is so low. Optimists claim that the future benefit of smartphones and medical technology have yet to have an impact and that eventually – much like the introduction of the automobile – they will lead to a resumption of historical trends.

But in a detailed report by the IMF, their economists argue that the current trend is an offspring of the financial crisis. Slowing business investment/trade and an ongoing level of low to negative interest rates have resulted in a misallocation of capital to low risk projects and a slowdown in small business creation. Longer term secular demographic factors such as an aging population also play a significant part since older consumers consume less of almost everything except health care. So Chair Yellen may just be sticking to her old models and her educated but “common sense” deficient staff that claims that no one really knows the answer. She may need to “tease” her brain that is so focused on historical but dated economic models. There may be answers and solutions that other organizations are coming to grips with.

The same IMF study suggests that unless there is an unforeseen technological breakthrough, productivity growth is unlikely to return to the higher rates of the 1990’s for advanced economics or the early 2000’s for emerging economics. In other words, their warning speaks to a global productivity slowdown, not just a U.S. based phenomena. They warn that increasing tariffs and developing restrictions on immigration will only exacerbate the slowdown. Global growth, and of course U.S. growth, will be lower than average, they forecast.

High rates of growth, and the productivity that drives it, are likely distant memories from a bygone era.

And if so, what are the investment conclusions? Well here’s where a two handed economist might fall back on the conclusion of my six original brainteasers: There is no right or wrong answer. But since I have two hands but have frequently been accused (praised) of not being an economist, I’ll post my own comment. Equity markets are priced for too much hope, high yield bond markets for too much growth, and all asset prices elevated to artificial levels that only a model driven, historically biased investor would believe could lead to returns resembling the past six years, or the decades predating Lehman. High rates of growth, and the productivity that drives it, are likely distant memories from a bygone era. If you’re “interested” in investment performance, hopefully you’ll find these conclusions somewhat “interesting”. Now pick up your cellphone and know that the only real way to have one more year of extended life is to feast on blueberries instead of Oreo cookies and to exercise daily instead of heading for your couch and widescreen.

Brexit: se consumió el divorcio, Lorenzo B. de Quirós

El Reino Unido ha dado por terminada su participación en la Unión Europea. Desde que, hace 70 años, Winston Churchill lanzó la idea de unos Estados Unidos de Europa hasta la creación del euro en una UE presidida por Blair, las relaciones entre Gran Bretaña y la Europa continental han sido un elemento central de la agenda política en ambos lados del Canal de la Mancha. En el momento del adiós, hay que rechazar un tópico convertido en verdad popular: la idea de un Reino Unido antieuropeo.

La situación actual de Europa guarda enormes semejanzas con la etapa de entreguerras

Margaret Thatcher fue la principal impulsora del mayor programa liberalizador acometido hasta la fecha en Europa, el Mercado Único; Blair fue el promotor de la Agenda de Lisboa, el ambicioso y aparcado plan de reformas estructurales cuyo objetivo era hacer de la economía europea la más competitiva del mundo, y los gobiernos laboristas y conservadores postacherianos fueron campeones de las sucesivas ampliaciones de la UE. Sin embargo, siempre ha existido una profunda discrepancia sobre el proceso de construcción europea entre la visión anglosajona de corte liberal, asumida también por las pequeñas democracias nórdicas, y la continental, de naturaleza corporativo-estatista. La concepción de una «unión más estrecha» abanderada por la Comisión y por un buen número de los Estados ha sido percibida en Britania como un reforzamiento de esa predisposición estato-intervencionista. Los británicos han creído imposible reformar la UE desde dentro y han optado por dejarla. Esta explicación tiende a olvidarse, pero resulta fundamental para entender las causas del divorcio británico y también la persistencia de un problema de fondo que la salida del Reino Unido no elimina. Ahora bien, el optimismo manifestado por muchos liberales partidarios del Brexit ha de relativizarse. Por un lado, una parte sustancial del rechazo a la UE no procede de los partidarios de una Britania abierta al mundo, defensores de un modelo de capitalismo competitivo, sino de los sectores de la sociedad británica para quienes la globalización constituye una fuente de inseguridad y de amenaza para su nivel de vida y, también, para su concepción de una sociedad estable y equilibrada. Por otro, el discurso adoptado por el Partido Conservador supone un retroceso hacia una especie de tercera vía comunitarista, similar a la del conservadurismo prethatcheriano y de evidente aroma corporativista. Su plasmación en políticas concretas haría inviable el plan tory de construir una Britania Global. Sería una recreación dentro del Reino Unido del modelo socioeconómico europeo, que es precisamente del que se pretende huir al abandonar la UE.

El proceso negociador GB-UE debería conducir a un acuerdo razonable que permitiese a ambas aprovechar los beneficios de la cooperación. Pero esta desiderata no parece fácil. Europa no hará un traje a medida para los británicos y éstos no aceptarán un esquema de relación similar al noruego o al suizo que, en la práctica, tienen casi todos los costes de formar parte de la UE y menos beneficios que los derivados de la plena integración. Por añadidura, si salir del marco institucional europeo es gratis, los incentivos para que se produzcan movimientos centrífugos en otros Estados son muy altos. En la presente coyuntura continental parece improbable que la racionalidad económica se imponga a la razón política. En coherencia con este planteamiento, el resultado sería un juego de suma negativa… todos perderemos…La evaluación de los costes del Brexit para el Reino Unido y para la UE es de una enorme complejidad. Existen estudios sólidos cuyas conclusiones son radicalmente diferentes. Las repercusiones de un fenómeno inédito dependen de variables difíciles de prever y de controlar, tanto si el divorcio concluye en una relación beneficiosa para las partes como si culmina sin un acuerdo amigable entre ambas. En este último supuesto, no es obvio anticipar quiénes serán los ganadores y los perdedores relativos de la ruptura. Contemplar el Brexit como un desastre para el Reino Unido es tan irreal como considerarlo una garantía de éxito; estimar que es inocuo para la UE tampoco resiste un análisis económico-político elemental. A priori, sus implicaciones son indudablemente negativas para la UE e inciertas para Gran Bretaña.

La razón es evidente…El Brexit se produce en un momento de crisis existencial del proyecto europeo. La actual situación del Viejo Continente guarda extraordinarias semejanzas con la del periodo de entre-guerras (1918-1939). La puesta en cuestión de las instituciones democráticas por partidos antisistema, el anémico crecimiento de la economía y la evidente pérdida de interés estratégico de Europa para la nueva Administración norteamericana configuran un panorama similar al de aquella turbulenta época. En este entorno, el abandono de la UE por parte de la quinta economía del mundo, de su primer poder militar y del Estado con la red de soft power más consistente de Europa tiene implicaciones sustanciales y adversas para la economía, para la política y para la estrategia de seguridad del Viejo Continente.

En este contexto, el Brexit debería ser una llamada de atención para Europa. Guste o no, el proyecto europeo ha perdido atractivo para amplios sectores de la sociedad. Esto no obedece sólo a los efectos de la Gran Recesión, sino también a problemas estructurales de fondo, el déficit democrático de la UE y la resistencia a adoptar las reformas estructurales necesarias para impulsar el crecimiento, la competitividad y la creación de empleo. La actual UE ha degenerado en una especie de Despotismo Ilustrado al servicio del mantenimiento de un statu quo estatista, que es la causa eficiente de la innegable decadencia del Viejo Continente. Si la afirmación de fe europeísta realizada por todos los Estados Miembros esta semana se traduce en consolidar el marco existente, el futuro de Europa será cuanto menos gris.  Para terminar, el Brexit constituye el mayor movimiento sísmico registrado en Europa desde la caída del Muro de Berlín. Además, se produce en un momento de elevada inestabilidad e incertidumbre en el mundo y en el continente. La magnitud de sus consecuencias no puede ser predicha y dependerá no sólo de cuál sea la relación que se establezca entre la Unión Europea y el Reino Unido en el horizonte del corto, del medio y del largo plazo, sino de las políticas que uno y otro adopten. Ello implica la asunción de un escenario abierto, en el que nada está escrito. Al final, la evolución de los acontecimientos no depende nunca de unas supuestas y quiméricas fuerzas inexorables que rigen la historia y el destino de los pueblos, sino de las decisiones de los individuos y de quienes les representan

How Economic Populism Works, By Andrés Velasco

Now that populists are coming to power in the West, a conflict over the intellectual ownership of their approach is brewing. Writers like John Judis claim that nineteenth-century Americans invented political populism, with its anti-elitist stance and inflammatory rhetoric. Argentines, who gave the world über-populist Juan Domingo Perón, or Brazilians, who brought us Getúlio Vargas, might beg to differ.

Yet there can be no disagreement that Latin Americans have been the longest and best practitioners of economic populism. In the twentieth century, Perón and Vargas, plus Alan García in Perú (at least during his first term), Daniel Ortega in Nicaragua and Salvador Allende in Chile, and many others, engaged in trade protectionism, ran large budget deficits, overheated their economies, allowed inflation to rise, and eventually suffered currency crises. In recent years, Hugo Chávez and Nicolás Maduro of Venezuela took these policies to new lows.

What should the rich world, now undergoing its own bout of economic populism, learn from Latin America’s experience?

Make no mistake: judging by the track record of its establishment pundits, the rich world needs some lessons. In Britain, Brexit opponents insisted that if voters decided to leave the European Union, a recession, if not a full-blown economic crisis, would be inevitable. After the referendum, the pound depreciated some, but nothing much else happened. Today, the British economy continues to grow.

In the United States, academic economists repeatedly warned that Trump’s economic plans were little short of lunacy, and in the aftermath of his shocking election victory, some prophesied immediate economic catastrophe. Since then, the stock market has reached record heights, commodity prices have recovered, and forecasts of US economic growth keep rising.

Have the pundits been smoking something? Or have Trump and pro-Brexit leader Nigel Farage abrogated the principles of introductory macroeconomics?

Nothing of the sort. But to understand the effects of populist policies, one must first understand their logic. In a classic paper, Sebastian Edwards of UCLA and the late Rudiger Dornbusch of MIT define economic populism as “an approach to economics that emphasizes growth and income redistribution and deemphasizes the risks of inflation and deficit finance, external constraints, and the reaction of economic agents to aggressive nonmarket policies.” They add that populist approaches “do ultimately fail,” not because conservative economics is better, but as “the result of unsustainable policies.”

“Ultimately” can be a very long time. Populist policies are called that because they are popular. And they are popular because they work – at least for a while.

A sizeable fiscal stimulus in a sluggish economy produces a pickup in growth and job creation. If financial markets turn bullish (as they often do), the exchange rate appreciates, quelling nascent inflationary pressures and making it cheaper to import. And, as Argentine economist and Columbia University professor Guillermo Calvo has long argued, precisely because they are unsustainable, populist policies cause people to shift spending from the uncertain future to the present, when the going is good. This reinforces the expansionary impact of the stimulus, which is particularly strong under fixed exchange rates. So, eurozone countries: beware!

With consumption, credit, and employment booming and asset prices sky-high, a warm and fuzzy feeling of prosperity permeates society. Populist leaders feel vindicated, and they are not shy about claiming credit. Their approval rating can only go up – and it does.

Soon, teetotalers begin to warn that debt is accumulating too quickly, credit quality is deteriorating, inflationary pressures are incubating, and an overvalued exchange rate is doing lasting harm to exporters. But the music is too loud and the dancing too lively, so no one listens to the warnings.

How long can the party go on? One thing we know from the Latin American episodes is that the answer depends, first of all, on initial conditions. Most industrial economies have grown little since the financial crisis. Deflation, not inflation, has been the problem.

Yes, the unemployment rate has dropped considerably in the US. But after so many shocks and so much technological change over the last decade, there is considerable uncertainty about how much unused capacity remains and where the non-accelerating inflation rate of unemployment (NAIRU) lies. It could well be that the likes of Trump find that they can stimulate the economy for quite a while before obvious imbalances emerge.

The other thing we have learned is that debt, both public and private, does become a constraint. But when and how depends crucially on what kind of debt it is. Today, advanced economies borrow in their own currencies at near-zero (and sometimes negative) interest rates. Even if the starting point is a high debt-to-GDP ratio, it can be a long time before growing debt triggers an emergency. Just ask the Japanese.

What happens when financial markets finally get cold feet and stop lending? Well, as the Nobel laureate economist Paul Krugman was at pains to demonstrate in a recent paper, an economy with flexible exchange rates and debt denominated in domestic currency will expand, not contract, in response to a foreign deleveraging shock. (Of course, Krugman was arguing for fiscal expansion under a Democratic president, but the point still stands.) Not even then do you get an immediate crisis. In 1953, Perón sent a message to Chilean president Carlos Ibáñez, a fellow army general. “My dear friend: give the people, especially the workers, all that is possible,” he wrote. “There is nothing more elastic than the economy, which everyone fears so much because no one understands it.” Trump, should he come to think about it, might stumble to the same conclusion.

Anti-populists in the US, the UK, and elsewhere must come to terms with the reality that bad policies pay off, both economically and politically, long before they become toxic. Yes, the excessive private and public debt, the loss of export capacity, and the weakening of institutions harm the economy (and the polity) – but only in the long run. If critics do not understand that and act accordingly, populists will have as long (and destructive) a run in the rich countries as they once had in Latin America.

 

La guerra entre las élites. Esteban Hernández

Nuestra época no sólo ha traído más desigualdad, también una sobreproducción de millonarios que, a lo largo de la historia, ha resultado catastrófica. Habrá lucha sin cuartel

Llegan tiempos difíciles. Desde una parte del espectro político se insiste en la desigualdad y en cómo la diferencia de recursos, la caída de la clase media y la polarización económica de la sociedad van a crear mucha tensión social; desde otro se prefiere señalar al incremento del populismo, a la amenaza islamista y a las grandes diferencias culturales en el seno de Occidente como fuente de inestablidad; y un tercero señala que el auge de los robots y de la inteligencia artificial cambiarán radicalmente el mundo, con consecuencias inesperadas y no siempre provechosas. Hay muchas amenazas en el horizonte, el futuro se muestra particularmente indefinido y las señales que se perciben no generan confianza.

En este momento de cambio hay algunos elementos que están pasando desapercibidos y que sirven como clave interpretativa de la realidad. Peter Turchin, profesor de biología y antropología en la universidad de Connecticut, ha tratado de entender la evolución social a través de un nuevo instrumento, la Clyodinamics, un método que combina 40 indicadores. Aplicando su modelo, asegura, puede dictaminarse que la inestabilidad social y la violencia política alcanzarán su punto máximo en la década de 2020.

En 1983, el número de hogares estadounidenses con al menos 10 millones de dólares en 1983 era de 66.000; en 2010, de 350.000

Según Turchin, en este proceso de bifurcación social no sólo un mayor cantidad de personas van a sufrir un descenso en el nivel de vida, a menudo preocupante, sino que también las élites están aumentado su número. El tira y afloja entre la parte superior de la pirámide social y el resto no tiene por qué ser un juego de suma cero, pero a lo largo de la historia lo ha sido a menudo, y este es nuestro caso, lo que ha llevado a que el número de multimillonarios se multiplique. El 1% de hace 30 años es ahora el 2% o más. El número de hogares estadounidenses con al menos 10 millones de dólares en 1983 era de 66.000; en 2010, de 350.000.

Un mundo sin cuartel

Turchin lo llama “sobreproducción de las élites”, y es un proceso inevitablemente conflictivo. Los cambios sociales son notables en todos los estratos de la población, y eso significa más competencia y más lucha. Eso ha sido evidente entre las clases medias altas: desde 1970 hasta 2011, el número de abogados en EEUU pasó de 400.000 a 1.200.000 cuando la población sólo aumentó en un 45%. El exceso de letrados es una constante, y algo peligroso, ya que muchos de ellos pidieron préstamos para poder cursar los estudios universitarios con la intención de devolverlo una vez encontraran trabajo, lo que ya no es tan frecuente. Algo similar ha ocurrido en otras profesiones, e incluso en el máster estrella, el MBA, aquel que aseguraba un buen empleo en el pasado. La consecuencia última es que las profesiones cualificadas, de las que se nutrían las clases medias altas, se han sumido en un mundo sin cuartel en el que sólo unos cuantos resultarán vencedores, mientras que el resto verá un descenso notable en su nivel social.

Cuando parte de la élite es expulsada, se produce un gran descontento que se canaliza políticamente con consecuencias graves

Esto ocurre también con las élites, con consecuencias graves. La sobreproducción, señala Turchin, tiene un papel clave en las tensiones sociales, como ha demostrado la historia. Lleva a una mayor competencia intra-élites que debilita gradualmente el espíritu de cooperación, y a un aumento de la polarización ideológica y de la fragmentación de la clase política. Dado que un mayor número de personas pelean por una serie de puestos restringidos, los choques están asegurados, en especial a la hora de reproducirse. Cuando los hijos de la élite (o los perdedores en estas peleas) aspiran a continuar en esos lugares y son expulsados, se produce un gran descontento entre ellos, que se canaliza políticamente. Aspirantes con recursos, gran formación y notables habilidades se encuentran con que se les niega el acceso a los puestos de élite, aquellos a los que pertenecieron.

2020, año clave

Por esta causa, nuestra época está siendo altamente inestable, y lo será aún más en el futuro cercano, alcanzado su máximo a partir del año 2020. Según Turchin, esto no es una predicción, sino una conclusión científica, argumentada en ‘Ages of Discord’, su último libro, que muestra cómo en los últimos siglos todo periodo de paz y prosperidad ha sido seguido por otro de inestabilidad política, incremento de las desigualdades y pobreza extendida.

Todo sistema incluye esa guerra entre élites, pero si lo que se juega es la supervivencia, la pelea es sin cuartel

Hay tres ideas que hacen pensar que esta lucha entre élites va a ser cruenta. Por una parte, el proceso de globalización ha llevado a que las tensiones entre millonarios de diferentes zonas geográficas se incrementen en su pugna por los mercados, con grandes empresas enfrentadas entre sí por sacar de los territorios a los ricos locales, en unos casos, o por hacerse con el control de sectores mundiales.

En segundo lugar, si todo sistema incluye esa guerra entre élites, si lo que se juega en el futuro es la supervivencia, esa pelea será mucho más dura. Políticamente tiene su importancia porque cada sector tiene sus candidatos preferidos (las empresas de la energía pueden respaldar a un político y las tecnológicas a otro, por ejemplo), pero también porque cada partido tiene sus propias élites, que pueden verse en peligro por la llegada de nuevos actores. El reciente enfrentamiento entre Trump y Clinton es una buena muestra de este viraje.

La revuelta de los perdedores

Pero lo más relevante de lo apuntado por Turchin es la revuelta de los perdedores. Que las expectativas queden defraudadas (que la vida traiga algo muy distinto y bastante peor a lo que se esperaba) es una de las causas más frecuentes de los enfrentamientos sociales. Entre las clases medias y en las bajas es algo que ya se está viviendo, y que resulta inseparable de los cambios políticos, desde Trump hasta el Brexit, que está viviendo Occidente. Y cuando esta tendencia alcance de lleno a las élites, la confluencia de tanto malestar tendrá, según Turchin, consecuencias violentas.

Dr Robert Goldman: Future predictions

In 1998, Kodak had 170,000 employees and sold 85% of all photo paper worldwide. Within just a few years, their business model disappeared and they went bankrupt. What happened to Kodak will happen in a lot of industries in the next 10 years – and most people don’t see it coming. Did you think in 1998 that 3 years later you would never take pictures on paper film again? Yet digital cameras were invented in 1975. The first ones only had 10,000 pixels, but followed Moore’s law. So as with all exponential technologies, it was a disappointment for a long time, before it became way superior and got mainstream in only a few short years. It will now happen with Artificial Intelligence, health, autonomous and electric cars, education, 3D printing, agriculture and jobs.

Welcome to the 4th Industrial Revolution. Welcome to the Exponential Age.

Software will disrupt most traditional industries in the next 5-10 years.

Uber is just a software tool, they don’t own any cars, and are now the biggest taxi company in the world. Airbnb is now the biggest hotel company in the world, although they don’t own any properties.

Artificial Intelligence: Computers become exponentially better in understanding the world. This year, a computer beat the best Go player in the world, 10 years earlier than expected. In the US, young lawyers already don’t get jobs. Because of IBM Watson, you can get legal advice (so far for more or less basic stuff) within seconds, with 90% accuracy compared with 70% accuracy when done by humans. So if you study law, stop immediately. There will be 90% fewer lawyers in the future, only specialists will remain. Watson already helps nurses diagnosing cancer, 4 time more accurate than human nurses. Facebook now has a pattern recognition software that can recognize faces better than humans. By 2030, computers will become more intelligent than humans.

Autonomous Cars: In 2018 the first self-driving cars will appear for the public. Around 2020, the complete industry will start to be disrupted. You don’t want to own a car anymore. You will call a car with your phone, it will show up at your location and drive you to your destination. You will not need to park it, you only pay for the driven distance and can be productive while driving. Our kids will never get a driver’s license and will never own a car. It will change the cities, because we will need 90-95% fewer cars for that. We can transform former parking space into parks. 1.2 million people die each year in car accidents worldwide. We now have one accident every 100,000 km, with autonomous driving that will drop to one accident in 10 million km. That will save a million lives each year.

Most car companies may become bankrupt. Traditional car companies try the evolutionary approach and just build a better car, while tech companies (Tesla, Apple, Google) will do the revolutionary approach and build a computer on wheels. I spoke to a lot of engineers from Volkswagen and Audi; they are completely terrified of Tesla.

Insurance Companies will have massive trouble because without accidents, the insurance will become 100x cheaper. Their car insurance business model will disappear.

Real estate will change. Because if you can work while you commute, people will move further away to live in a more beautiful neighborhood.

Electric cars won’t become mainstream until 2020. Cities will be less noisy because all cars will run on electric. Electricity will become incredibly cheap and clean: Solar production has been on an exponential curve for 30 years, but you can only now see the impact. Last year, more solar energy was installed worldwide than fossil. The price for solar will drop so much that all coal companies will be out of business by 2025.

With cheap electricity comes cheap and abundant water. Desalination now only needs 2kWh per cubic meter. We don’t have scarce water in most places, we only have scarce drinking water. Imagine what will be possible if anyone can have as much clean water as he wants, for nearly no cost.

Health: There will be companies that will build a medical device (called the “Tricorder” from Star Trek) that works with your phone, which takes your retina scan, your blood sample and you breathe into it. It then analyses 54 biomarkers that will identify nearly any disease. It will be cheap, so in a few years everyone on this planet will have access to world class medicine, nearly for free.

3D printing: The price of the cheapest 3D printer came down from $18,000 to $400 within 10 years. In the same time, it became 100 times faster. All major shoe companies started 3D printing shoes. Spare airplane parts are already 3D printed in remote airports. The space station now has a printer that eliminates the need for the large number of spare parts they used to have in the past.

At the end of this year, new smart phones will have 3D scanning possibilities. You can then 3D scan your feet and print your perfect shoe at home. In China, they already 3D printed a complete 6-storey office building. By 2027, 10% of everything that’s being produced will be 3D printed.

Business Opportunities: If you think of a niche you want to go in, ask yourself: “in the future, do you think we will have that?” and if the answer is yes, how can you make that happen sooner? If it doesn’t work with your phone, forget the idea. And any idea designed for success in the 20th century is doomed in to failure in the 21st century.

Work: 70-80% of jobs will disappear in the next 20 years. There will be a lot of new jobs, but it is not clear if there will be enough new jobs in such a small time.

Agriculture: There will be a $100 agricultural robot in the future. Farmers in 3rd world countries can then become managers of their field instead of working all days on their fields. Agroponics will need much less water. The first Petri dish produced veal is now available and will be cheaper than cow-produced veal in 2018. Right now, 30% of all agricultural surfaces is used for cows. Imagine if we don’t need that space anymore. There are several startups that will bring insect protein to the market shortly. It contains more protein than meat. It will be labeled as “alternative protein source” (because most people still reject the idea of eating insects).

There is an app called “moodies” which can already tell in which mood you are. Until 2020 there will be apps that can tell by your facial expressions if you are lying. Imagine a political debate where it’s being displayed when they are telling the truth and when not.

Bitcoin will become mainstream this year and might even become the default reserve currency.

Longevity: Right now, the average life span increases by 3 months per year. Four years ago, the life span used to be 79 years, now it’s 80 years. The increase itself is increasing and by 2036, there will be more than one year increase per year. So we all might live for a long long time, probably way more than 100.

Education: The cheapest smart phones are already at $10 in Africa and Asia. Until 2020, 70% of all humans will own a smart phone. That means, everyone has the same access to world class education.