El Reino Unido ha dado por terminada su participación en la Unión Europea. Desde que, hace 70 años, Winston Churchill lanzó la idea de unos Estados Unidos de Europa hasta la creación del euro en una UE presidida por Blair, las relaciones entre Gran Bretaña y la Europa continental han sido un elemento central de la agenda política en ambos lados del Canal de la Mancha. En el momento del adiós, hay que rechazar un tópico convertido en verdad popular: la idea de un Reino Unido antieuropeo.

La situación actual de Europa guarda enormes semejanzas con la etapa de entreguerras

Margaret Thatcher fue la principal impulsora del mayor programa liberalizador acometido hasta la fecha en Europa, el Mercado Único; Blair fue el promotor de la Agenda de Lisboa, el ambicioso y aparcado plan de reformas estructurales cuyo objetivo era hacer de la economía europea la más competitiva del mundo, y los gobiernos laboristas y conservadores postacherianos fueron campeones de las sucesivas ampliaciones de la UE. Sin embargo, siempre ha existido una profunda discrepancia sobre el proceso de construcción europea entre la visión anglosajona de corte liberal, asumida también por las pequeñas democracias nórdicas, y la continental, de naturaleza corporativo-estatista. La concepción de una «unión más estrecha» abanderada por la Comisión y por un buen número de los Estados ha sido percibida en Britania como un reforzamiento de esa predisposición estato-intervencionista. Los británicos han creído imposible reformar la UE desde dentro y han optado por dejarla. Esta explicación tiende a olvidarse, pero resulta fundamental para entender las causas del divorcio británico y también la persistencia de un problema de fondo que la salida del Reino Unido no elimina. Ahora bien, el optimismo manifestado por muchos liberales partidarios del Brexit ha de relativizarse. Por un lado, una parte sustancial del rechazo a la UE no procede de los partidarios de una Britania abierta al mundo, defensores de un modelo de capitalismo competitivo, sino de los sectores de la sociedad británica para quienes la globalización constituye una fuente de inseguridad y de amenaza para su nivel de vida y, también, para su concepción de una sociedad estable y equilibrada. Por otro, el discurso adoptado por el Partido Conservador supone un retroceso hacia una especie de tercera vía comunitarista, similar a la del conservadurismo prethatcheriano y de evidente aroma corporativista. Su plasmación en políticas concretas haría inviable el plan tory de construir una Britania Global. Sería una recreación dentro del Reino Unido del modelo socioeconómico europeo, que es precisamente del que se pretende huir al abandonar la UE.

El proceso negociador GB-UE debería conducir a un acuerdo razonable que permitiese a ambas aprovechar los beneficios de la cooperación. Pero esta desiderata no parece fácil. Europa no hará un traje a medida para los británicos y éstos no aceptarán un esquema de relación similar al noruego o al suizo que, en la práctica, tienen casi todos los costes de formar parte de la UE y menos beneficios que los derivados de la plena integración. Por añadidura, si salir del marco institucional europeo es gratis, los incentivos para que se produzcan movimientos centrífugos en otros Estados son muy altos. En la presente coyuntura continental parece improbable que la racionalidad económica se imponga a la razón política. En coherencia con este planteamiento, el resultado sería un juego de suma negativa… todos perderemos…La evaluación de los costes del Brexit para el Reino Unido y para la UE es de una enorme complejidad. Existen estudios sólidos cuyas conclusiones son radicalmente diferentes. Las repercusiones de un fenómeno inédito dependen de variables difíciles de prever y de controlar, tanto si el divorcio concluye en una relación beneficiosa para las partes como si culmina sin un acuerdo amigable entre ambas. En este último supuesto, no es obvio anticipar quiénes serán los ganadores y los perdedores relativos de la ruptura. Contemplar el Brexit como un desastre para el Reino Unido es tan irreal como considerarlo una garantía de éxito; estimar que es inocuo para la UE tampoco resiste un análisis económico-político elemental. A priori, sus implicaciones son indudablemente negativas para la UE e inciertas para Gran Bretaña.

La razón es evidente…El Brexit se produce en un momento de crisis existencial del proyecto europeo. La actual situación del Viejo Continente guarda extraordinarias semejanzas con la del periodo de entre-guerras (1918-1939). La puesta en cuestión de las instituciones democráticas por partidos antisistema, el anémico crecimiento de la economía y la evidente pérdida de interés estratégico de Europa para la nueva Administración norteamericana configuran un panorama similar al de aquella turbulenta época. En este entorno, el abandono de la UE por parte de la quinta economía del mundo, de su primer poder militar y del Estado con la red de soft power más consistente de Europa tiene implicaciones sustanciales y adversas para la economía, para la política y para la estrategia de seguridad del Viejo Continente.

En este contexto, el Brexit debería ser una llamada de atención para Europa. Guste o no, el proyecto europeo ha perdido atractivo para amplios sectores de la sociedad. Esto no obedece sólo a los efectos de la Gran Recesión, sino también a problemas estructurales de fondo, el déficit democrático de la UE y la resistencia a adoptar las reformas estructurales necesarias para impulsar el crecimiento, la competitividad y la creación de empleo. La actual UE ha degenerado en una especie de Despotismo Ilustrado al servicio del mantenimiento de un statu quo estatista, que es la causa eficiente de la innegable decadencia del Viejo Continente. Si la afirmación de fe europeísta realizada por todos los Estados Miembros esta semana se traduce en consolidar el marco existente, el futuro de Europa será cuanto menos gris.  Para terminar, el Brexit constituye el mayor movimiento sísmico registrado en Europa desde la caída del Muro de Berlín. Además, se produce en un momento de elevada inestabilidad e incertidumbre en el mundo y en el continente. La magnitud de sus consecuencias no puede ser predicha y dependerá no sólo de cuál sea la relación que se establezca entre la Unión Europea y el Reino Unido en el horizonte del corto, del medio y del largo plazo, sino de las políticas que uno y otro adopten. Ello implica la asunción de un escenario abierto, en el que nada está escrito. Al final, la evolución de los acontecimientos no depende nunca de unas supuestas y quiméricas fuerzas inexorables que rigen la historia y el destino de los pueblos, sino de las decisiones de los individuos y de quienes les representan

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