Este año se cumple el primer centenario de la Revolución de octubre de 1917. Una revolución que derrocó el gobierno provisional de la incipiente República rusa que había echado andar a duras penas tras la abdicación en marzo del último zar Nicolás II. En 1920, en pleno apogeo de la Guerra Civil entre bolcheviques y el resto del país, el economista austríaco, –de patria y pensamiento–, Ludwig von Mises publicaba el artículo seminal “Economic Calculation in the Socialist Commonwealth” donde de manera clara demostraba la imposibilidad científica del cálculo económico en una economía planificada: sin competencia por los recursos, sin propiedad, resultaba imposible la asignación eficiente de los mismos. Dos años después, coincidiendo con la constitución oficial de la URSS, Mises escribía una de sus obras más notables Socialismo. Análisis económico y sociológico.

En esta obra monumental, Mises realiza una pormenorizada crítica al socialismo tanto desde un punto de vista económico y social, como desde una dimensión moral y ética. Se trata de una crítica al sistema socialista basado en la colectivización de los medios de producción, la eliminación de la propiedad, en mayor o menor grado, y la instauración de un orden económico basado en el intervencionismo del Estado en todas las esferas de la vida económica y social. Una cosmovisión del mundo que fue la corriente dominante en Europa y el mundo durante buena parte del siglo XX y que Mises experimentó en primera persona.

Durante la Primera Guerra Mundial, Mises sirvió como capitán de artillería viviendo en primera persona la derrota de su patria lo que le confirmó las muchas críticas que ya había desarrollado desde muy joven a la política nacionalista que había caracterizado los años previos a la contienda y que él asociaba al debilitamiento social y económico de su país. Más tarde, sufrió en propia piel la persecución nazi por su doble condición de judío y librepensador, y la del KGB soviético después, teniendo que emigrar a Estados Unidos en 1940.

La obra y vida de Ludwig von Mises están marcadas por su compromiso con la búsqueda de la verdad científica. Mises responde al arquetipo que inmortalizó Ayn Rand en el personaje de Howark Roark de El Manantial. –novela que entusiasmo a Mises–, ejemplo de coraje intelectual y moral inquebrantable. Mises nunca se dejo tentar por la fama fácil que otorga la espectacularidad de promesas irrealizables, cargadas de falsas expectativas y que únicamente conducen a la servidumbre de la inflación, los impuestos y regulaciones superfluas y excesivas.

La ciencia no únicamente consiste en buscar la verdad sino también tiene la obligación de desenmascarar errores y falacias. Socialismo es un perfecto ejemplo de esto último. La obra resulta también un ejemplo destacado del rigor científico del autor que desarma uno por uno los argumentos colectivistas del credo socialista a partir del individualismo metodológico. El libro consta de cinco partes que pueden leerse como libros independientes. Su punto de partida es la importancia de la propiedad y su relación con la cooperación pacífica o, en su ausencia, la inevitabilidad del uso de la violencia. A continuación, se exponen los fundamentos del socialismo y su imposibilidad para operar, y donde también se realiza la crítica a la pretendida “inevitabilidad del socialismo”, uno de los pilares del pensamiento marxista. El libro incluye una reflexión moral y ética sobre el socialismo y su relación con los orígenes del cristianismo –el comunismo ni empieza con Marx ni, por desgracia, acaba con von Mises–. Por último, la obra incluye una reflexión sobre los intereses de los socialistas y los poderes destructivos, en palabras del autor, la violencia y la importancia de la batalla de las ideas, una constante en la obra de Mises. El libro cuenta también con un apartado final con las conclusiones y un epílogo, célebre, en donde el pensador austríaco señala el carácter antidemocrático del intervencionismo.

Este marcado carácter científico de la obra misiana contrasta con la impotencia marxista a la hora de estructurar de manera sólida la defensa de sus teorías. En su impotencia por desarmar la lógica del liberalismo clásico, los marxistas tuvieron que acudir a los excesos de la retórica, hoy hablamos de post-verdad. Marx ni siquiera pudo, supo, acabar su gran obra El Capital. En Socialismo, Mises desarrolla el concepto de polilogismo para referirse a la tesis marxista que defiende que diferentes grupos razonan de manera distinta que, huelga decir, ningún pensador marxista hasta la fecha ha podido razonar. El polilogismo de clases marxista dio pie al polilogismo de razas Nazi y también esta en la base del razonamiento de cualquier movimiento nacionalista.

Como en el resto de la obra del pensador austríaco, la obra adopta una visión holística de la acción humana y una refutación frontal a doctrinas espurias ancladas en un dualismo artificial que pretende diferenciar entre la acción egoísta, o altruista, como asumen todavía hoy el grueso de pensadores sociales, y como sucede cuando economistas o politólogos pretender diferenciar entre racional e irracional. Estos planteamientos ignoran el carácter subjetivo de la acción y en donde la cooperación voluntaria las acciones de uno no están en conflicto con las del otro sino que tienen que necesariamente disciplinarse a las acciones de los demás.

La crítica de Mises al Socialismo resulta demoledora en todos los aspectos y constituye de alguna manera el tercer acto de un debate intelectual más amplio, importantísimo entre lo individual y lo colectivo, que en tiempos modernos empieza con la crítica de Carl Menger a la escuela historicista alemana (Schmoller y Wagner), escuela que ejercerá una gran influencia en el pensamiento nazi, y la primera crítica al marxismo por parte de Eugen von Böhm-Bawerk; aunque se trate de una crítica aislada y no tan completa como la que desarrollará con posterioridad Mises. La gran conquista del libro de Mises es la demostración de la imposibilidad científica del cálculo económico en un entrono de ausencia de propiedad y de usos alternativos para un mismo recurso lo que permite la formación de precios que reflejen, en cada momento, la escasez relativa de los bienes. Esto era lo mismo que afirmar la imposibilidad de establecer el socialismo como sistema de dirección económica para el mundo entero lo que precisamente pretendía la URSS y muchos intelectuales de izquierda.

No hace falta recordar que el grueso de advertencias lanzadas por Mises desde los años veinte de la pasada centuria fueron desoídas. Tras la Revolución de octubre, que mencionaba al principio, Europa se sumergió en uno de los periodos más oscuros de la Historia universal: más de cien millones de personas murieron en el transcurso del siglo XX a causa de alguno u otra forma de totalitarismo colectivista. Pese a la crudeza de estas experiencias, nuestro tiempo no es ajeno a la ensoñación de pretender dirigir la economía de forma planificada e imponer soluciones desde arriba –aunque sea mediante sistemas democráticos–. La lectura de Socialismo de Mises resulta hoy tan vigente como en 1922 cuando se publicó por primera vez.

Saliendo de una importante exposición de arte en Nueva York, uno de los reporteros le preguntó a Dalí: “¿Qué hay de nuevo en la pintura maestro?” A lo que el genio del Ampurdán respondió de forma automática: “Velázquez.” Sucede lo mismo hoy con Mises y las ciencias sociales.

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