Todo empezó con Platón, Alberto Benegas Lynch

Alberto Benegas Lynch (h) dice que la manía del igualitarismo y el resultante ataque a la propiedad privada empezó a volverse sistemático con Platón.

En no pocas personas hay, a veces guardado en el interior, a veces exteriorizado, un sentimiento de envidia, celos y resentimiento por los que tienen éxito en muy diversos planos de la vida. Y estos sentimientos malsanos se traducen en políticas que de distintas maneras proponen la guillotina horizontal, es decir, la igualación forzosa para abajo al efecto de contemplar la situación de quienes, por una razón u otra, son menos exitosos.

Pero estas alharacas a favor del igualitarismo inexorablemente se traducen en la más absoluta disolución de la cooperación social y la consecuente división del trabajo. Si se diera en la naturaleza lo que pregonan los igualitaristas como objetivo de sus utopías, por ejemplo, a todos les gustaría la misma mujer, todos quisieran ser médicos sin que existan panaderos y lo peor es que no surgiría manera de premiar a los que de mejor modo sirven a los demás (ni tampoco sería eso tolerable puesto que el premio colocaría al premiado en una mejor posición que es, precisamente, lo que los obsesos del igualitarismo quieren evitar). En otros términos, el derrumbe de la sociedad civilizada. Incluso la misma conversación se tornaría insoportablemente tediosa ya que sería equivalente a parlar con el espejo. La ciencia se estancaría debido a que las corroboraciones provisorias no serían corregidas ni refutadas en un contexto donde todos son iguales en sus conocimientos. En resumen un infierno.

Este ha sido el desafío de la corriente de pensamiento liberal: como en la naturaleza no hay de todo para todos todo el tiempo, la asignación de derechos de propiedad hace que los que la usen bien a criterio de sus semejantes son premiados con ganancias y los que no dan en la tecla con las necesidades del prójimo incurren en quebrantos. La propiedad no es irrevocable, aumenta o disminuye según la utilidad de su uso para atender las demandas del prójimo. Este uso libre maximiza las tasas de capitalización, lo cual incrementa salarios e ingresos en términos reales. Esto diferencia a los países ricos de los pobres: marcos institucionales que respeten los derechos de todos para lo cual los gobiernos deben limitarse a castigar la lesión de esos derechos.

No se trata de buscar una “justicia cósmica” al decir de Thomas Sowell, sino una terrenal en dirección a “dar a cada uno lo suyo”, a saber, la propiedad de cada cual, comenzando por su cuerpo, la libertad de la expresión del pensamiento y el  uso y disposición de lo adquirido lícitamente.

Sería muy atractivo vivir en Jauja donde no hayan terremotos ni sequías ni defectos humanos ni físicos ni mentales, pero la naturaleza es la que es no la que inventamos, de lo que se trata es de minimizar costos, especialmente para los más necesitados.

En cambio, hoy en día observamos por doquier gobiernos que se entrometen en los más mínimos detalles de la vida y las haciendas de quienes son en verdad súbditos de los aparatos estatales, en teoría encargados de proteger a los gobernados, a lo que se agrega el otorgamiento de privilegios inauditos a pseudoempresarios aliados con el poder político para explotar a la gente, endeudamientos estatales mayúsculos, presión fiscal astronómica, gastos públicos siderales y demás estropicios que lleva a cabo el aparato de la fuerza.

Se podrá decir que la guillotina horizontal no es necesaria llevarla al extremo del igualitarismo completo (por otra parte, imposible de realizar dado que cada ser humano es único e irrepetible en toda la historia de la humanidad), con que se “modere en algo” es suficiente. Pues bien, en la medida de que se tienda al igualitarismo, en esa medida surgirán los problemas señalados que, recordemos, siempre redunda en daños especialmente a los más pobres ya que son los que más sienten el impacto de la disminución en las antes referidas tasas de capitalización. El delta entre los que más tienen y los que menos tienen (al momento puesto que es un proceso cambiante) dependerá de las decisiones de la gente que cotidianamente expresan sus preferencias en los supermercados y afines.

Henos aquí que estos problemas y la manía del igualitarismo y el consecuente ataque a la propiedad privada comenzó a sistematizarse con Platón cuatrocientos años antes de Cristo. Platón en La Repúblicay en Las Leyes patrocina el comunismo, es decir, la propiedad en común y no solo de los bienes sino de las mujeres, en esta última obra dice el autor que su ideal es cuando “lo privado y lo individual han desaparecido” lo cual nos recuerda que con razón Milan Kundera concluye que cuando “lo privado desaparece, desaparece todo el ser”. Claro que Platón no vivió para enterarse de “la tragedia de los comunes”, aunque de modo más rudimentario la explicó su discípulo Aristóteles quien además destacó que los conflictos son más acentuados cuando la propiedad es en común respecto a la asignación de derechos de propiedad.

Claro que los autores que con más énfasis propusieron la liquidación del derecho de propiedad fueron Marx y Engels que en su Manifiesto Comunistaescribieron que “la teoría de los comunistas se puede resumir en una sola frase: la abolición de la propiedad privada”.

Esta declaración marxista se subsume en la imposibilidad de evaluación de proyectos, de contabilidad, en definitiva, de todo cálculo económico puesto que cuando no hay propiedad no hay precios (que surgen del intercambio de propiedades), con lo cual no se sabe si es mejor una asignación de los siempre escasos recursos respecto de otro destino tal como lo explicó detalladamente Ludwig von Mises. En otros términos, no existe tal cosa como una economía socialista o comunista (Lenin escribió que el socialismo es solo la primera etapa para llegar al comunismo), de allí el descalabro que exhibió el derrumbe del Muro de la Vergüenza en Berlín.

Nuevamente reiteramos que no es necesario abolir la propiedad para que aparezcan los trastornos que señalamos en la medida en que se afecte esa institución clave. Cuando irrumpen los megalómanos concentran ignorancia en lugar de permitir la coordinación de conocimiento disperso a través del sistema de precios libres (en realidad un pleonasmo ya que los precios que no son libres resultan ser simples números que dicta la autoridad gubernamental pero sin significado respecto a la valorizaciones cruzadas que tienen lugar en toda transacción voluntaria). Con esos supuestos controles los gobernantes imponen sus caprichos personales con lo que indefectiblemente aparecen faltantes y desajustes de diverso calibre.

Además, la manía igualitarista presupone la falacia que la riqueza es estática y que se basa en la suma cero (lo que uno gana lo pierde otro). Sin duda que la utopía comunista no es patrimonio exclusivo de Marx, hubo un sinfín de textos en esa dirección como los de Tomás Moro, Tommaso Campanella, William Godwin y no pocos religiosos desviados del mensaje cristiano de la pobreza de espíritu. Tal vez en este último caso sea pertinente detenerse a considerarlo.

Dos de los mandamientos indican “no robar” y “no codiciar los bienes ajenos”. En Deuteronomio 27, 17 se lee “Maldito quien desplace el mojón de su prójimo”, también en Deuteronomio (8, 18) “acuérdate que Yahveh tu Dios, es quien te da fuerza para que te proveas de riqueza”. En 1 Timoteo (5, 8) “si alguno no provee para los que son suyos, y especialmente para los que son miembros de su casa, ha repudiado la fe y es peor que una persona sin fe”. En Mateo (5, 3) “bienaventurados los pobres de espíritu porque de ellos es el reino de los cielos” fustigando al que anteponga lo material al amor a Dios (amor a la Perfección), en otras palabras al que “no es rico a los ojos de Dios” (Lucas 12, 21), lo cual se aclara la Enciclopedia de la Biblia (con la dirección técnica de R. P. Sebastián Bartina y R. P. Alejandro Díaz Macho bajo la supervisión del Arzobispo de Barcelona): “fuerzan a interpretar las bienaventuranzas de los pobres de espíritu, en sentido moral de renuncia y desprendimiento” y que “ la clara fórmula de Mateo —bienaventurados los pobres de espíritu— da a entender que ricos o pobres, lo que han de hacer es despojarse interiormente de toda riqueza” (tomo vi, págs. 240/241). En Proverbios (11,18) “quien confía en su riqueza, ese caerá”. En Salmos (62, 11) “a las riquezas, cuando aumenten, no apeguéis el corazón”. Este es también el sentido de la parábola del joven rico (Marcos 10, 17-22) ya que “nadie puede servir a dos señores” (Mateo 6, 24).

Lamentablemente hoy día las cosas han cambiado en el Vaticano, en este sentido y con independencia de otros párrafos véase con atención un pasaje donde queda evidenciado lo que escribía el papa León xiii en la primera Encíclica sobre temas sociales que a continuación reproduzco para destacar que nada ni remotamente parecido fue hasta ahora escrito o dicho por Francisco sino que viene afirmando todo lo contrario en cuanta oportunidad tiene de expresarse.

“Quede, pues, sentado que cuando se busca el modo de aliviar a los pueblos, lo que principalmente,  y como fundamento de todo se ha de tener es esto: que se ha de guardar intacta la propiedad privada. Sea, pues, el primer principio y como base de todo que no hay más remedio que acomodarse a la condición humana; que en la sociedad civil no pueden todos ser iguales, los altos y los bajos. Afánense en verdad, los socialistas; pero vano es ese afán, y contra la naturaleza misma de las cosas. Porque ha puesto en los hombres la naturaleza misma grandísimas y muchísimas desigualdades. No son iguales los talentos de todos, ni igual el ingenio, ni la salud ni la fuerza; y a la necesaria desigualdad de estas cosas le sigue espontáneamente la desigualdad de la fortuna, lo cual es por cierto conveniente a la utilidad, así de los particulares como de la comunidad; porque necesitan para sus gobiernos la vida en común de facultades diversas y oficios diversos; y lo que a ejercitar otros oficios diversos principalmente mueve a los hombres, es la diversidad de la fortuna de cada uno”. Y, por su parte, el papa Pio xi,  al conmemorar la Encíclica de León xiii, consignó que “nadie puede ser, al mismo tiempo, un buen católico y verdadero socialista”.

Y como, entre otros, explicaba Eudocio Ravines, “el socialismo no trata de una buena idea mal administrada, se trata de una pésima idea que arruina a todos, lo cual comienza con pequeñas intervenciones estatales que escalan ya que un desajuste lleva a otra intromisión y así sucesivamente”. En esta línea argumental subrayaba Alexis de Tocqueville: “Se olvida que en los detalles es donde es más peligroso esclavizar a los hombres. Por mi parte, me inclinaría a creer que la libertad es menos necesaria en las grandes cosas que en las pequeñas, sin pensar que se puede asegurar la una sin poseer la otra”. En resumen entonces, los yerros más gruesos y dañinos en materia social comenzaron con Platón los cuales deben refutarse para evitar males, especialmente para proteger a los más necesitados que son siempre los que más sufren los embates de políticas equivocadas.

This Time is Not Different, Because This Time is Always Different. John P. Hussman, Ph.D.

“History repeats – the argument for abandoning prevailing valuation methods regularly emerges late in a bull market, and typically survives until about the second down-leg (or sufficiently hard first leg) of a bear. Such arguments have included the ‘investment company’ and ‘stock scarcity’ arguments in the late 20’s, the ‘technology’ and ‘conglomerate’ arguments in the late 60’s, the nifty-fifty ‘good stocks always go up’ argument in the early 70’s, the ‘globalization’ and ‘leveraged buyout’ arguments in 1987 (and curiously, again today), and the ‘tech revolution’ and ‘knowledge-based economy’ arguments in the late 1990’s. Speculative investors regularly create ‘new era’ arguments and valuation metrics to justify their speculation.”

– John P. Hussman, Ph.D., New Economy or Unfinished Cycle?, June 18, 2007. The S&P 500 would peak just 2% higher in October of that year, followed by a collapse of more than -55%.

“Old ways of valuing stocks are outdated. A technological revolution has created opportunities for continued low inflation, expanding profits and rising productivity. Thanks to these factors, the United States may be able to enjoy an extended period of expanding stock prices. Jumping out now would leave you poorer than you might become if you have some faith.”

Los Angeles Times, May 11, 1999. While it’s tempting to counter that the S&P 500 would rise by more than 12% to its peak 10 months later, it’s easily forgotten that the entire gain was wiped out in the 3 weeks that followed, moving on to a 50% loss for the S&P 500 and an 83% loss for the tech-heavy Nasdaq 100..

“Stock prices returned to record levels yesterday, building on the rally that began in late trading on Wednesday… ‘It’s all real buying’ [said the head of index futures at Shearson Lehman Brothers], ‘The excitement here is unbelievable. It’s steaming.’ The continuing surge in American stock prices has produced a spate of theories. [The] chief economist of Kemper Financial Services Inc. in Chicago argued in a report that, contrary to common opinion, American equities may not be significantly overpriced. For one thing, [he] said, ‘The market may be discounting a far-larger rise in future corporate earnings than most investors realize is possible, [and foreign investment] may be altering the traditional valuation parameters used to determine share-price multiples.’ He added, ‘It is quite possible that we have entered a new era for share price evaluation.’”

The New York Times, August 21, 1987 (the S&P advanced by less than 1% over the next 3 sessions, and then crashed)

“The failure of the general market to decline during the past year despite its obvious vulnerability, as well as the emergence of new investment characteristics, has caused investors to believe that the U.S. has entered a new investment era to which the old guidelines no longer apply. Many have now come to believe that market risk is no longer a realistic consideration, while the risk of being underinvested or in cash and missing opportunities exceeds any other.”

Barron’s Magazine, February 3, 1969. The bear market that had already quietly started in late-1968 would take stocks down by more than one-third over the next 18 months, and the S&P 500 Index would stand below its 1968 peak even 14 years later.

“The ‘new-era’ doctrine – that ‘good’ stocks (or ‘blue chips’) were sound investments regardless of how high the price paid for them — was at bottom only a means for rationalizing under the title of ‘investment’ the well-nigh universal capitulation to the gambling fever.”

Benjamin Graham & David Dodd, Security Analysis, 1934, following the 1929-1932 collapse

“The recent collapse is the climax, but not the end, of an exceptionally long, extensive and violent period of inflation in security prices and national, even world-wide, speculative fever. This is the longest period of practically uninterrupted rise in security prices in our history… The psychological illusion upon which it is based, though not essentially new, has been stronger and more widespread than has ever been the case in this country in the past. This illusion is summed up in the phrase ‘the new era.’ The phrase itself is not new. Every period of speculation rediscovers it.”

Business Week, November 1929. The market collapse would ultimately exceed -80%.

This time is not different

Mark Twain once said “History doesn’t repeat itself, but it does rhyme.” Unfortunately, the failure of history to precisely replicate itself, in every detail, is at the heart of the failure of humanity to learn from it. Each separate instance has its own wrinkles, and within those wrinkles is wrapped the delusion that “this time” is cut from wholly different cloth.

In the financial markets, the unique features of “this time” entice investors away from systematic analysis and durable relationships. It eventually becomes enough simply to refer to buzz-words – “investment companies,” “technology,” “globalization,” “conglomerates,” “dot-com,” “leveraged buy-outs,” “quantitative easing” – as a substitute for data and clear-sighted analysis. If doctors behaved like investors do, every time a new strain of virus emerged, they would declare a “new era,” immediately disregarding every known principle of the immune system until everybody was dead.

This is emphatically not to say that new changes in the economic or financial environment should be disregarded. The argument is exactly the opposite. When faced with these changes, our obligation as careful investors is to obtain data and quantify, as well as possible, how they reasonably impact the objects we care about, such as long-term cash flows, valuations, and prospective returns. We can’t just take some buzz-word and bandy verbal arguments about, without any analysis at all.

We should never abandon our central principles just because we see a squirrel outside the window. If we think the squirrel is important, we have to obtain data and carefully study and quantify how squirrels actually affect the things we care about. We don’t just say, “Ooh, the squirrel has created a new era, so we’re going to ignore everything that history has taught us.”

So if we care about how interest rates might impact valuations, we shouldn’t just switch our brains off and talk about low interest rates. We should quantify their effect (see, for example, The Most Broadly Overvalued Moment in Market History). If we think changes in economic policy might affect economic growth, we shouldn’t just toss around figures that pop out of our imagination. We should estimate the potential range of outcomes, given the conditions that systematically determine GDP growth (see Economic Fancies and Basic Arithmetic). If we think the international activity of U.S. corporations has changed traditional valuation relationships, we should explicitly quantify that impact (see The New Era is an Old Story). If we wonder why valuations and subsequent market returns are systematically related even though interest rates aren’t constant, we should work out the arithmetic and examine the historical relationships (see Rarefied Air: Valuations and Subsequent Market Returns). If we wonder whether valuation measures should be corrected for the level of profit margins embedded in those measures, we should collect the data and evaluate the question (see Margins, Multiples, and the Iron Law of Valuation). And if we think that we could be living in a new era of permanently high profit margins, we might want to quantify the evidence before adopting that view (see below).

Every episode in history has its own wrinkles. But investors should not use some “new era” argument to dismiss the central principles of investing, as a substitute for carefully quantifying the impact of those wrinkles. Unfortunately, because investors get caught up in concepts, they come to a point in every speculative episode where they ignore the central principles of investing altogether. The allure of those wrinkles is what leads investors to forget the lessons of history, and repeat its tragedies again and again.

This time is not different, because this time is always different.

Throwing in the towel

When a boxer is taking a beating, to avoid further punishment, a towel is sometimes thrown from the corner as a token of defeat. Yet even after the towel is thrown, a judicious referee has the right to toss the towel back into the corner and allow the fight to continue.

For decades, Jeremy Grantham, a value investor whom I respect tremendously, has championed the idea, recognized by legendary value investors like Ben Graham, that current profits are a poor measure of long-term cash flows, and that it is essential to adjust earnings-based valuation measures for the position of profit margins relative to their norms. In Grantham’s words, “Profit margins are probably the most mean-reverting series in finance, and if profit margins do not mean-revert, then something has gone badly wrong with capitalism.”

He learned this lesson early on, during the collapse that followed the go-go years of the late-1960’s. Grantham once described his epiphany: “I got wiped out personally in 1968, which was the last really crazy, silly stock market before the Internet era… I became a great reader of history books. I was shocked and horrified to discover that I had just learned a lesson that was freely available all the way back to the South Sea Bubble.”

In recent weeks, Grantham has essentially thrown in the towel, suggesting “this time is decently different”:

“Stock prices are held up by abnormal profit margins, which in turn are produced mainly by lower real rates, the benefits of which are not competed away because of increased monopoly power… In conclusion, there are two important things to carry in your mind: First, the market now and in the past acts as if it believes the current higher levels of profitability are permanent; and second, a regular bear market of 15% to 20% can always occur for any one of many reasons. What I am interested in here is quite different: a more or less permanent move back to, or at least close to, the pre-1997 trends of profitability, interest rates, and pricing. And for that it seems likely that we will have a longer wait than any value manager would like (including me).”

I’ve received a flurry of requests for my views on Grantham’s shift.

My simple response is to very respectfully toss Grantham’s towel back into the corner.

Here’s why.

First, Grantham argues that much of the benefit to margins is driven by lower real interest rates. The problem here is two-fold. One is that the relationship between real interest rates and corporate profit margins is extremely tenuous in market cycles across history. Second, the fact is that debt of U.S. corporations as a ratio to revenues is more than double its historical median, leaving total interest costs, relative to corporate revenues, no lower than the post-war norm.

With regard to real interest rates, there’s always a question of how one adjusts for inflation, which can involve trailing rates or inflation rates implied by inflation-protected securities. Because inflation has such a strong serial correlation over time, the distinction matters less than one might think, but it typically helps to use a 2-year trailing rate rather than just the past 12 months. The chart below shows the historical relationship between corporate profit margins and real Treasury yields on that basis. Real interest rates are shown in blue on an inverted (left) scale, with profit margins shown in red on the right scale.

About the only segment worth mentioning is a short span during the rapid disinflation of the early 1980’s. Both Treasury yields and wage inflation fell slower than general prices, so real interest rates, real wage rates, and the U.S. dollar all shot higher (leading to the 1985 Plaza Accord). Aside from that, there’s not much to see here, with no systematic fluctuation between real interest rates and profit margins across economic cycles.

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I would argue that what’s really going on with profit margins is quite different than what Grantham suggests. As usual, my views reflect the data. Specifically, the elevation of profit margins in recent years has been a nearly precise reflection of declining labor compensation as a share of output prices. To illustrate this below, I’ve shown real unit labor costs (labor compensation per unit of output, divided by price per unit of output) in blue on an inverted left scale, with profit margins in red on the right scale. Real unit labor costs are de-trended, reflecting the fact that real wage growth has historically lagged productivity growth by about 0.4% annually. Since unit labor costs and the GDP deflator are indexed differently, the left scale values are meaningful on a relative basis, but shouldn’t be interpreted as actual fractions.

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What’s notable here is that the process of profit margin normalization is already underway. Though there will certainly be cyclical fluctuations, this process is likely to continue in an environment where the unemployment rate is now down to 4.4% and demographic constraints are likely to result in labor force growth averaging just 0.3% annually between now and 2024. Total employment will grow at the same rate only if the unemployment rate remains at current levels. That creates a dilemma for profit margins: if economic growth strengthens in a tightening labor market, labor costs are likely to comprise an increasing share of output value, suppressing profit margins. If economic growth weakens, productivity is likely to slow, raising unit labor costs by contracting the denominator. [As a side-note, this analysis links up with the Kalecki profits equation because a depressed wage share is typically associated with weak household savings and high government transfer payments].

It’s tempting to imagine that offshoring labor would allow a sustained below-trend retreat in real unit labor costs. But while foreign labor can be cheaper, the corresponding productivity is also often lower, so the impact on unit labor costs is more nuanced than one might think.

So again, with great respect, my response is to encourage Grantham to pick up his towel and lace up his gloves. Even if profit margins have moved forever higher, they are unlikely to have moved to the point where recent highs are the new average. Given that valuations fluctuate around norms that reflect those average margins, valuations are now so obscenely elevated that even an outcome that fluctuates modestly about some new, higher average would easily take the S&P 500 35-40% lower over the completion of the current market cycle.

Let’s also be careful to distinguish the level of valuations from the mapping between valuations and subsequent returns. As evidenced below, there’s utterly no evidence that the link between historically reliable valuation measures and actual subsequent market returns has deteriorated in any way during recent cycles. So even if one wishes to assume that future valuation norms will be higher than “old” historical norms, it follows that one should also assume that future market returns will be lower than “old” historical norms. It has taken the third financial bubble in 17 years to bring the total return of the S&P 500 to 4.7% annually since the 2000 peak. Don’t imagine that future returns will be much better from current valuations, even if future valuations maintain current levels forever. Indeed, my actual expectation is that the completion of the current market cycle will wipe out the entire total return of the S&P 500 since 2000.

Back to the Iron Laws

If we are careful about history, evidence, and market analysis, we repeatedly find that the central principles of investing are captured by a few iron laws. Two of them are particularly important in our discipline.

The first of these is what I call the Iron Law of Valuation: Long-term market returns are driven primarily by valuations. Every valuation ratio is just shorthand for a careful discounted cash-flow approach, so the denominator of any valuation ratio had better be a “sufficient statistic” for the likely stream of cash flows that will be delivered to investors over decades. For market-based measures, revenues are substantially more reliable than current earnings or next year’s estimated earnings.

A second principle is what I call the Iron Law of Speculation: While valuations determine long-term and full-cycle market outcomes, investor preferences toward speculation, as evidenced by uniformity of market action across a broad range of internals, can allow the market to continue higher over shorter segments of the cycle, despite extreme overvaluation. At rich valuations, one had better monitor those internals explicitly, because deterioration opens the way to collapse.

As usual, it’s worth briefly recalling not only the success of our discipline in previous complete market cycles, but also the elephant that I let into the room in 2009. Whatever criticism one might direct toward my shortcomings in the half-cycle since 2009, the fact is this. Our challenges arose from my 2009 insistence on stress-testing our methods against Depression-era data, which inadvertently created a specific vulnerability that should be distinguished from our current outlook. Prior to 2009, overvalued, overbought, overbullish conditions were associated with average market returns below risk-free T-bill returns regardless of whether market internals were favorable or not. But the novelty of the Federal Reserve’s deranged monetary policy response encouraged yield-seeking speculation by investors well after historically reliable “overvalued, overbought, overbullish” conditions appeared. In a zero interest rate environment, one had to wait for explicit deterioration in market internals to signal a weakening of investors’ willingness to speculate, before adopting a hard-negative outlook.

Put simply, the methods that emerged from that stress-testing exercise inadequately accounted for the effect of zero interest rate policies on speculation, and that’s why our adaptations have focused primarily on imposing additional requirements related to market internals. In contrast, valuation relationships have remained completely intact in recent cycles, correctly identifying stocks as undervalued in 2009, but wickedly overvalued today. Our current defensiveness is fully consistent with the Iron Laws. With interest rates well off the zero bound and market internals already showing internal dispersion, now is not a time to become complacent, and certainly not a time to throw in the towel.

Hoping for greater fools

We’ll finish with a review of where the most reliable valuation measures stand, showing their relationship with actual subsequent market returns across history, and over recent market cycles. As I’ve observed before, whatever one proposes as being “different” this time had better be something that suddenly changed in the past 5 years and will persist forever. Undoubtedly, Wall Street will think of something, because as Hegel wrote, “We learn from history that we do not learn from history.”

The first chart updates the ratio of nonfinancial market capitalization to corporate gross value-added (including estimated foreign revenues), which we find better correlated with actual subsequent S&P 500 total returns than any other measure we’ve studied over time. Note in particular that no market cycle in history (even recent ones) has failed to take this measure to half of its current level by the completion of the cycle. But if one wishes to rule that possibility out, notice that even the level of 1.35 was observed as recently as 2012, and is about the highest level ever observed in post-war data prior to 1998. A retreat merely to that level over the completion of the current market cycle would involve a loss of one-third of the value of the S&P 500.

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We certainly don’t require a breathtaking market loss in order to adopt a constructive or aggressive market outlook, particularly at the point that a material retreat in valuations is joined by early improvement in market action. Yet investors seem to rule out any material retreat at all. In effect, investors are arguing not only that elevated valuations are justified; they are also quietly assuming that market cycles have been abolished. This is a much larger mistake.

The chart below shows MarketCap/GVA on an inverted log scale (left), along with actual subsequent S&P 500 nominal average annual total returns over the following 12-year horizon. Note that the current estimate of near-zero total returns also includes dividends, meaning that we fully expect the S&P 500 Index itself to be lower 12 years from now than it is today.

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I can’t emphasize enough that the mapping between reliable valuation measures and subsequent market returns is a calculation that does not require adjustment for the level of interest rates. Rather, one uses interest rates for comparative purposes after the expected return calculation is made (see The Most Broadly Overvalued Moment In Market History to understand this distinction). While investors seem to look at low interest rates as if they are a good thing, what low interest rates really do here is to lock passive investors in conventional portfolios into a situation where they have no way to avoid dismal outcomes in the coming 10-12 years. Unlike even 2000, when 6.2% Treasury bond yields provided a conventional alternative to obscenely overvalued stocks, yields on all conventional assets are uniformly depressed here. We presently estimate that the total return of a passive, conventional portfolio mix of 60% stocks, 30% bonds, and 10% cash will hardly exceed 1% annually over the coming 12-year horizon.

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My expectation is that prospects for long-term investors can be improved only to the extent they can tolerate the possibility of missing returns in the short-term in order to retain the ability to invest at lower valuations and higher prospective returns over the full course of the market cycle.

Since investors have been encouraged to use the distance of valuations from their March 2000 bubble peak as a benchmark for prospective returns, it’s worth noting that on the basis of measures that have been most strongly correlated with actual subsequent market returns in market cycles across history, current valuation levels don’t put the “you are here” sign in 1996, or 1997, or even 1998, but rather in late-December 1999. The ebullience of the tech rampage at the time gave the market a level of momentum that it does not have at present, and the price/revenue multiple of the median S&P 500 component is already 50% beyond the 2000 extreme. Still, if one wishes to use the 2000 peak as a valuation bell to ring, it’s worth recognizing how close valuations are to that peak already. Investors should again recall that once the 2000 peak was in, it took just three weeks for the market to plunge more than 11%, bringing valuations below those December 1999 levels. Investors hoping to sell to greater fools had better be able to call a top rather precisely.

With weak estimated 10-12 year returns expected for conventional portfolios, investors should not exclude alternative assets, tactical strategies, hedged equity, or at least a good amount of dry powder from consideration. For more comments on alternative investment strategies, see When Speculators Prosper Through Ignorance. As Grantham mentioned, we do see investors engaging in put-writing strategies as a way to generate “income.” In the illusion that stocks cannot decline steeply, these strategies have become so aggressive that implied option volatilities were recently driven to levels seen in just 1% of history. That’s not a crash warning by itself, but depressed volatility did appear in combination with divergent market internals and overvalued, overbought, overbullish conditions approaching the 1987 and 2007 peaks. In my view, shorting cheap put options in a high-risk environment like this one is like writing cheap auto insurance at the Demolition Derby. In the short-run, these strategies crush the volatility index (VIX), but if (and I expect when) a steep market loss turns those short puts into in-the-money obligations to take stock off of other investors’ hands at a fixed price, they are likely to contribute to an acceleration of selling pressure, just as portfolio insurance did in 1987.

We’d be inclined toward exactly the opposite strategy. Given low option premiums, along with extreme valuations, interest rates above the zero-bound, and market internals showing continued dispersion, patient investors who can tolerate the potential risk of a slow and annoying drip of option decay over a shorter segment of the market cycle could also see asymmetrically large returns from tail-risk hedges as the market cycle is completed. That kind of position always has to be limited to a small percentage of assets, and should be limited mainly to conditions that join unfavorable valuations and internal dispersion. In the face of marginal new highs, it’s also a reasonable concession to be slow about raising strike prices, since the main object of interest is the 50-60% gap from current valuations to historical norms. As a side note, yes, we did see “Hindenburg” on Thursday, so last week’s high was sloppy internally, but we can’t rule-out further short-term upside..

While about 80% of the market gain since the 2009 low occurred by the end of 2014, a sequence of novelties since then (particularly Brexit and the U.S. election) have worked to extend this high-level top-formation. Still, I continue to view this as a period of top-formation. Unlike Irving Fisher in September 1929, I have no expectation that the market has reached a “permanently high plateau.”

The battle of three centuries. The history of central banks. The Economist

 Contemporary criticisms of central banks echo debates from times past

TWENTY years ago next month, the British government gave the Bank of England the freedom to set interest rates. That decision was part of a trend that made central bankers the most powerful financial actors on the planet, not only setting rates but also buying trillions of dollars’ worth of assets, targeting exchange rates and managing the economic cycle.

Although central banks have great independence now, the tide could turn again. Central bankers across the world have been criticised for overstepping their brief, having opined about broader issues (the Reserve Bank of India’s Raghuram Rajan on religious tolerance, the Bank of England’s Mark Carney on climate change). In some countries the fundamentals of monetary policy are under attack: Recep Tayyip Erdogan, the president of Turkey, has berated his central bank because of his belief that higher interest rates cause inflation. And central banks have been widely slated for propping up the financial sector, and denting savers’ incomes, in the wake of the financial crisis of 2007-08.

Such debate is almost as old as central banking itself. Over more than 300 years, the power of central banks has ebbed and flowed as governments have by turns enhanced and restricted their responsibilities in response to economic necessity and intellectual fashion. Governments have asked central banks to pursue several goals at once: stabilising currencies; fighting inflation; safeguarding the financial system; co-ordinating policy with other countries; and reviving economies.

These goals are complex and not always complementary; it makes sense to put experts in charge. That said, the actions needed to attain them have political consequences, dragging central banks into the democratic debate. In the early decades after American independence, two central banks were founded and folded before the Federal Reserve was established in 1913. Central banks’ part in the Depression of the 1930s, the inflationary era of the 1960s and 1970s and the credit bubble in the early 2000s all came under attack.

Bankers to the government

The first central banks were created to enhance the financial power of governments. The pioneer was the Sveriges Riksbank, set up as a tool of Swedish financial management in 1668 (the celebration of its tercentenary included the creation of the Nobel prize in economics). But the template was set by the Bank of England, established in 1694 by William III, ruler of both Britain and the Netherlands, in the midst of a war against France. In return for a loan to the crown, the bank gained the right to issue banknotes. Monarchs had always been prone to default—and had the power to prevent creditors from enforcing their rights. But William depended on the support of Parliament, which reflected the interests of those who financed the central bank. The creation of the bank reassured creditors and made it easier and cheaper for the government to borrow.

No one at the time expected these central banks to evolve into the all-powerful institutions of today. But a hint of what was to come lay in the infamous schemes of John Law in France from 1716 to 1720. He persuaded the regent (the king, Louis XV, was an infant) to allow him to establish a national bank, and to decree that all taxes and revenues be paid in its notes. The idea was to relieve the pressure on the indebted monarchy. The bank then assumed the national debt; investors were persuaded to swap the bonds for shares in the Mississippi company, which would exploit France’s American possessions.

One of the earliest speculative manias ensued: the word “millionaire” was coined as the Mississippi shares soared in price. But there were no profits to be had from the colonies and when Law’s schemes collapsed, French citizens developed an enduring suspicion of high finance and paper money. Despite this failure, Law was on to something.

Paper money was a more useful medium of exchange than gold or silver, particularly for large amounts. Private banks might issue notes but they were less trustworthy than those printed by a national bank, backed by a government with tax-raising powers. Because paper money was a handier medium of exchange, people had more chance to trade; and as economic activity grew, government finances improved. Governments also noticed that issuing money for more than its intrinsic value was a nice little earner.

Alexander Hamilton, America’s first treasury secretary, admired Britain’s financial system. Finances were chaotic in the aftermath of independence: America’s first currency, the Continental, was afflicted by hyperinflation. Hamilton believed that a reformed financial structure, including a central bank, would create a stable currency and a lower cost of debt, making it easier for the economy to flourish.

His opponents argued that the bank would be too powerful and would act on behalf of northern creditors. In “Hamilton”, a hit hip-hop musical, the Thomas Jefferson character declares: “But Hamilton forgets/His plan would have the government assume state’s debts/Now, place your bets as to who that benefits/The very seat of government where Hamilton sits.”

Central banking was one of the great controversies of the new republic’s first half-century. Hamilton’s bank lasted 20 years, until its charter was allowed to lapse in 1811. A second bank was set up in 1816, but it too was resented by many. Andrew Jackson, a populist president, vetoed the renewal of its charter in 1836.

Good as gold

A suspicion that central banks were likely to favour creditors over debtors was not foolish. Britain had moved onto the gold standard, by accident, after the Royal Mint set the value of gold, relative to silver, higher than it was abroad at around the turn of the 18th century, and silver flowed overseas. Since Bank of England notes could be exchanged on demand for gold, the bank was in effect committed to maintaining the value of its notes relative to the metal.

By extension, this meant the bank was committed to the stability of sterling as a currency. In turn, the real value of creditors’ assets (bonds and loans) was maintained; on the other side, borrowers had no prospect of seeing debts inflated away.

Gold convertibility was suspended during the Napoleonic wars: government debt and inflation soared. Parliament restored it in 1819, although only by forcing a period of deflation and recession. For the rest of the century, the bank maintained the gold standard with the result that prices barely budged over the long term. But the corollary was that the bank had to raise interest rates to attract foreign capital whenever its gold reserves started to fall. In effect, this loaded the burden of economic adjustment onto workers, through lower wages or higher unemployment. The order of priorities was hardly a surprise when voting was limited to men of property. It was a fine time to be a rentier.

The 19th century saw the emergence of another responsibility for central banks: managing crises. Capitalism has always been plagued by financial panics in which lenders lose confidence in the creditworthiness of private banks. Trade suffered at these moments as merchants lacked the ability to fund their purchases. In the panic of 1825 the British economy was described as being “within twenty-four hours of a state of barter.” After this crisis, the convention was established that the Bank of England act as “lender of last resort”. Walter Bagehot, an editor of The Economist, defined this doctrine in his book “Lombard Street”, published in 1873: the central bank should lend freely to solvent banks, which could provide collateral, at high rates.

The idea was not universally accepted; a former governor of the Bank of England called it “the most mischievous doctrine ever breathed in the monetary or banking world”. It also involved a potential conflict with a central bank’s other roles. Lending in a crisis meant expanding the money supply. But what if that coincided with a need to restrict the money supply in order to safeguard the currency?

As other countries industrialised in the 19th century, they copied aspects of the British model, including a central bank and the gold standard. That was the pattern in Germany after its unification in 1871.

America was eventually tipped into accepting another central bank by the financial panic of 1907, which was resolved only by the financial acumen of John Pierpont Morgan, the country’s leading banker. It seemed rational to create a lender of last resort that did not depend on one man. Getting a central bank through Congress meant assuaging the old fears of the “eastern money power”. Hence the Fed’s unwieldy structure of regional, privately owned banks and a central, politically appointed board.

Ironically, no sooner had the Fed been created than the global financial structure was shattered by the first world war. Before 1914 central banks had co-operated to keep exchange rates stable. But war placed domestic needs well ahead of any international commitments. No central bank was willing to see gold leave the country and end up in enemy vaults. The Bank of England suspended the right of individuals to convert their notes into bullion; it has never been fully reinstated. In most countries, the war was largely financed by borrowing: central banks resumed their original role as financing arms of governments, and drummed up investor demand for war debt. Monetary expansion and rapid inflation followed.

Interwar failure

Reconstructing an international financial system after the war was complicated by the reparations imposed on Germany and by the debts owed to America by the allies. It was hard to co-ordinate policy amid squabbling over repayment schedules. When France and Belgium occupied the Ruhr in 1923 after Germany failed to make payments, the German central bank, the Reichsbank, increased its money-printing, unleashing hyperinflation. Germans have been wary of inflation and central-bank activism ever since.

The mark eventually stabilised and central banks tried to put a version of the gold standard back together. But two things hampered them. First, gold reserves were unevenly distributed, with America and France owning the lion’s share. Britain and Germany, which were less well endowed, were very vulnerable.

Second, European countries had become mass democracies, which made the austere policies needed to stabilise a currency in a crisis harder to push through. The political costs were too great. In Britain the Labour government fell in 1931 when it refused to enact benefit cuts demanded by the Bank of England. Its successor left the gold standard. In Germany Heinrich Brüning, chancellor from 1930 to 1932, slashed spending to deal with the country’s foreign debts but the resulting slump only paved the way for Adolf Hitler.

America was by then the most powerful economy, and the Fed the centrepiece of the interwar financial system (see chart 1). The central bank struggled to balance domestic and international duties. A rate cut in 1927 was designed to make life easier for the Bank of England, which was struggling to hold on to the gold peg it had readopted in 1925. But the cut was criticised for fuelling speculation on Wall Street. The Fed started tightening again in 1928 as the stockmarket kept booming. It may have overdone it.

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If central banks struggled to cope in the 1920s, they did even worse in the 1930s. Fixated on exchange rates and inflation, they allowed the money supply to contract sharply. Between 1929 and 1933, 11,000 of America’s 25,000 banks disappeared, taking with them customers’ deposits and a source of lending for farms and firms. The Fed also tightened policy prematurely in 1937, creating another recession.

During the second world war central banks resumed their role from the first: keeping interest rates low and ensuring that governments could borrow to finance military spending. After the war, it became clear that politicians had no desire to see monetary policy tighten again. The result in America was a running battle between presidents and Fed chairmen. Harry Truman pressed William McChesney Martin, who ran the Fed from 1951 to 1970, to keep rates low despite the inflationary consequences of the Korean war. Martin refused. After Truman left office in 1953, he passed Martin in the street and uttered just one word: “Traitor.”

Lyndon Johnson was more forceful. He summoned Martin to his Texas ranch and bellowed: “Boys are dying in Vietnam and Bill Martin doesn’t care.” Typically, Richard Nixon took the bullying furthest, leaking a false story that Arthur Burns, Martin’s successor, was demanding a 50% pay rise. Attacked by the press, Burns retreated from his desire to raise interest rates.

In many other countries, finance ministries played the dominant role in deciding on interest rates, leaving central banks responsible for financial stability and maintaining exchange rates, which were fixed under the Bretton Woods regime. But like the gold standard, the system depended on governments’ willingness to subordinate domestic priorities to the exchange rate. By 1971 Nixon was unwilling to bear this cost and the Bretton Woods system collapsed. Currencies floated, inflation took off and worse still, many countries suffered high unemployment at the same time.

This crisis gave central banks the chance to develop the powers they hold today. Politicians had shown they could not be trusted with monetary discipline: they worried that tightening policy to head off inflation would alienate voters. Milton Friedman, a Chicago economist and Nobel laureate, led an intellectual shift in favour of free markets and controlling the growth of the money supply to keep inflation low. This “monetarist” approach was pursued by Paul Volcker, appointed to head the Fed in 1979. He raised interest rates so steeply that he prompted a recession and doomed Jimmy Carter’s presidential re-election bid in 1980. Farmers protested outside the Fed in Washington, DC; car dealers sent coffins containing the keys of unsold cars. But by the mid-1980s the inflationary spiral seemed to have been broken.

The rise to power

In the wake of Mr Volcker’s success, other countries moved towards making central banks more independent, starting with New Zealand in 1989. Britain and Japan followed suit. The European Central Bank (ECB) was independent from its birth in the 1990s, following the example of Germany’s Bundesbank. Many central bankers were asked to target inflation, and left to get on with the job. For a long while, this approach seemed to work perfectly. The period of low inflation and stable economies in the 1990s and early 2000s were known as the “Great Moderation”. Alan Greenspan, Mr Volcker’s successor, was dubbed the “maestro”. Rather than bully him, presidents sought his approbation for their policies.

Nevertheless, the seeds were being sown for today’s attacks on central banks. In the early 1980s financial markets began a long bull run as inflation fell. When markets wobbled, as they did on “Black Monday” in October 1987, the Fed was quick to slash rates. It was trying to avoid the mistakes of the 1930s, when it had been too slow to respond to financial distress. But over time the markets seemed to rely on the Fed stepping in to rescue them—a bet nicknamed the “Greenspan put”, after an option strategy that protects investors from losses. Critics said that central bankers were encouraging speculation.

However, there was no sign that the rapid rise in asset prices was having an effect on consumer inflation. Raising interest rates to deter stockmarket speculation might inflict damage on the wider economy. And although central banks were supposed to ensure overall financial stability, supervision of individual banks was not always in their hands: the Fed shared responsibility with an alphabet soup of other agencies, for example.

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When the credit bubble finally burst in 2007 and 2008, central banks were forced to take extraordinary measures: pushing rates down to zero (or even below) and creating money to buy bonds and crush long-term yields (quantitative easing, or QE: see chart 2). As governments tightened fiscal policy from 2010 onwards, it sometimes seemed that central banks were left to revive the global economy alone.

Their response to the crisis has called forth old criticisms. In an echo of Jefferson and Jackson, QE has been attacked for bailing out the banks rather than the heartland economy, for favouring Wall Street rather than Main Street. Some Republicans want the Fed to make policy by following set rules: they deem QE a form of printing money. The ECB has been criticised both for favouring northern European creditors over southern European debtors and for cosseting southern spendthrifts.

And central banks are still left struggling to cope with their many responsibilities. As watchdogs of financial stability, they want banks to have more capital. As guardians of the economy, many would like to see more lending. The two roles are not always easily reconciled.

Perhaps the most cutting criticism they face is that, despite their technocratic expertise, central banks have been repeatedly surprised. They failed to anticipate the collapse of 2007-08 or the euro zone’s debt crisis. The Bank of England’s forecasts of the economic impact of Brexit have so far been wrong. It is hard to justify handing power to unelected technocrats if they fall down on the job.

All of which leaves the future of central banks uncertain. The independence granted them by politicians is not guaranteed. Politicians rely on them in a crisis; when economies recover they chafe at the constraints central banks impose. If history teaches anything, it is that central banks cannot take their powers for granted.

La inteligencia intuitiva

Dentro del amplio género de no ficción en el mundo anglosajón, cada vez más destaca un tipo de ensayo en el que se aborda una cuestión de manera accesible y multidisciplinar, sin renunciar un ápice al rigor propio del ámbito académico. Son temas que suelen estar centrados en mejorar la comprensión del mundo que nos rodea. En este amplio género, nos encontramos autores muy variados: desde librepensadores, a periodistas o economistas al uso. Destacan autores como Nassim Taleb (The Black Swan, Antifragile), Tom Harford (The Undercover Economist, Messy), Johan Norberg (Progress), Bill Easterly (The Tyranny of Experts), Steven Levitt (Freakonomics), Daniel Kahneman (Thinking Fast and Slow), Cass Sunstein (Nudge), Nicholas Carr (The Shalows), Michael Lewis (Moneyball, The Big Short, Undoing Errors) -podríamos poner muchos más-, o el propio Malcolm Gladwell, junto con Lewis, sin duda, de los más prolíficos.

En La Inteligencia Intutiva (Taurus, 2009), el célebre periodista del The New Yorker sigue con sus investigaciones sobre los misterios de la mente como ya hiciera en su libro The Tipping Point. En este caso, Gladwell se propone investigar sobre los resortes que activan lo que los psicólogos llaman el “inconsciente intuitivo”, es decir, esa parte de nuestra inteligencia que nos permite tomar decisiones en decimas de segundo disponiendo de muy poca información. Pensemos por ejemplo, como explica el propio autor, que cruzando la calle de repente vemos que se nos tira un coche encima. De forma automática, y según nos permita el cuerpo, actuaremos en consecuencia: un brinco, saltar, rápidamente un paso atrás; un acción instantánea tomada en pocos segundos y a partir de un diagnóstico de la situación hecho con rapidez y con poca cantidad de información. Estudiar estos mecanismos -a lo Kahneman/Tversky- es el propósito del autor. Por cierto, autores que sorprende por qué Gladwell no cita (no es la única referencia clave del texto que sorprende por su ausencia).

El próposito de la obra es investigar en la bisagra entre lo formal y lo informal, lo racional y lo instintivo, lo automático y lo meditado; cómo y cuando optamos por un camino o por otro, qué sesgos y resortes activamos y cuales son las consecuencias de todo ello. El libro discurre, como en otras obras del autor, entre los ámbitos de la psicología y la sociología reflexionando sobre qué explica que sepamos cosas que no somos conscientes que sabemos. La cognición rápida puede ser una potente alíada en ciertas situaciones, y un actuar como un imán en una brújula en otras situaciones; la clave esta en saber identificar cuando guiarnos por la impresión de los dos primeros segundos y cuando no.

En este sentido, la gran (y potente) conclusión del libro es que un mejor conocimiento del mapa de sesgos -muchos inconscientes- de la mente humana nos permite mejorar la manera en la que captamos y entendemos nuestro entorno, cambiar conductas y mejorar en nuestra capacidad de emitir juicios de valor y tomar deciones.

El único pero del libro es que en este caso Gladwell se queda muy cojo en la exploración de fuentes. Sorprende llamativamente que no se cite ninguno de los artículos seminales del hoy Premio Nobel de economía Daniel Kahneman, y de su colega Amos Tversky, padres de la economía conductual, que desde principios de los 70s habían escrito piezas importantísimas sobre el funcionamiento los mecanismos de la mente (tampoco se cita a Richard Thaler, el economista que popularizó estas tesis en EE UU). El libro de Gladwell salió en 2005, en 2011, Kahneman publicó el que hasta el momento es el libro más importante sobre la materia Pensar deprisa, pensar despacio (Debate, 2012), recopilando con carácter divulgativo la gran cantidad de material académico publicado con anterioridad. En cualquier caso, otro libro de Gladwell para cualquier, entre otros, directivo de marketing.

The Tipping Point

El 3 de junio de 1996, el periodista Malcom Gladwell publicaba el artículo ‘The Tipping Point’ en el semanario The New Yorker en donde exponía la tesis de que detrás de la reducción de la criminalidad en la ciudad de Nueva York (la ‘Blue Revolution‘) se debía, prinicipalmente, a un gran cambio repentino en el comportamiento de los criminales y en donde se intentaba explicar los motivos de este cambio anómalo.

El libro El punto clave (Taurus, 2007), Gladwell, uno de los narradores de no ficción más interesantes del momento, es la biografía de una idea. Una idea que, básicamente disecciona los grandes fenómenos sociales, los grandes cambios y tendencias, y los analiza como quién analiza una epidemia o una avalancha, esto es cambios dentro de sistemas complejos. En estos entornos, nos explica Gladwell, una pequeña variación en el sistema (un contagio, el movimiento de unos pocos de nieve), origina grandes cambios (una epidemia o el colapso de una ladera de nieve). Cambios que además son tremendamente bruscos, drásticos, nunca se producen de forma gradual y, por lo general, suelen ser sorpresivo para la mayoría e imposibles de predecir. Unos elementos que se sobreponen con muchas de las tesis desarolladas por Nassim Taleb en su ya clásico El Cisne Negro; hasta cierto punto, el primero es un caso particular del segundo.

Gladwell disecciona como se desarrollan los cambios en la sociedad, en donde abundan los cambios sorpresivos e impredecibles (pensemos en cualquier moda). Se trata de cambios repentinos, lo cual no siempre la mente humana capta bien, y con gran impacto, responden a una progresión geométrica (otro fenómeno para el que nuestra mente esta muy poco preparada). Es más fácil pensar en cambios graduales y cuyo impacto es in cresendo. Sin embargo, la realidad es más bien disruptiva y casi nunca se desarrolla por patrones suaves y predecibles.

Como todo buen libro, el de Gladwell es multidisciplinar, tocando ámbitos relacionados con la economía, la sociología, o la psicología. De esta forma holística, el autor se plantea en el libro abordar la ambiciosa cuestión de por qué ciertas ideas, conductas o productos derivan en cambios disruptivos -epidémicos dice Gladwell- y cúales no y si podemos hacer algo para controlar estos sucesos.

Con estas piezas, Gladwell, un excelente narrador (todos sus libros se leen del tirón), reflexiona sobre las implicaciones que se deriban de esta, podríamos decir, naturaleza de los grandes cambios y sus múltiples implicaciones en el ámbito, por ejemplo, de la publicidad, la influencia del periodismo, las ventas de un éxito editorial, la criminalidad, o la gestión de una epidemia o todo aquello que ayude a explicar cualquier dinámica de masas; ¿qué explica que algo se convierta viral?

Como en otros libros del autor, la obra nos invita a cuestionarnos viejos paradigmas y poner en tela de jucio muchos aspectos de la sabiduría convencional. Con un estilo ágil y directo, el célebre periodista del The New Yorker, nos va presentando series interminables de casos y ejemplos que sirven como piezas para la construcción de las teorías del autor.

Se nos explica, por ejemplo, como un simple rumor escuchado entre dos soldados británicos en abril de 1775, alimentó la revuelta americana gracias a la “epidemia boca a boca” que transmitió Paul Revere a caballo. También el por qué a veces decimos que el mundo es un pañuelo (relacionado con el propular juego de mesa Six Degrees to Kevin Bacon), o qué y cómo se alimentan cambios de tendencias y paradigmas. En todos estos casos, -y otros muchos-, coexisten elementos comunes (como la importancia de maevens y conectores) que explican la naturaleza brusca, a partir de este punto clave, de este humbral, de la mayoría de cambios.

Se trata de otro gran y sorprendente libro de Malcom Gladwell que realiza un estudio ameno, claro y solvente sobre muchos de los aspectos psicológicos y sociológicos detrás de las grandes tendencias.

Deshaciendo Errores, la nueva novela de Michael Lewis

Los descubrimientos sobre el funcionamiento de la mente derivados de los célebres trabajos de Danny Kahneman y Amos Tversky, han puesto en tela de jucio (entre otras cosas) el grueso de hipótesis de los modelos económicos estocásticos anclados en los supuestos de racionalidad y objetividad de la información (ie homo economicus). Al margen del debate sobre el alcance e implicaciones de estos descubrimientos en el ámbito de la macroeconomía (las aplicaciones de los economistas Richard Thaler o Cass Sunstein, por ejemplo, a mi juicio, restan más que suman; pero ese es otro tema), el trabajo experimental de los dos pensadores israelíes constituye una contribución fundamental para aproximar los misterios de la mente y mejorar los procesos de toma de decisiones en múltiples ámbitos: desde el marketing, el deporte, el mundo de la inversión o los recursos humanos. Un trabajo académico que aproxima un poco mejor  las limitaciones (y fortalezas) de la inteligencia humana en comparación con, por ejemplo, la inteligencia computacional.
Recorrer la trayectoria personal e intelectual de K y T es el objeto de estudio, -trama-, del último libro, -novela-, de Michael LewisDeshaciendo Errores. Kahneman y Tversky y la amistad que nos enseñó como funciona la mente (Debate, 2017). En él, el autor se sirve de la provechosa amistad y relación profesional entre ambos estudiosos como eje para recorrer de nuevo el camino andado por ambos. El libro recuerda vivamente el excelente Moneyball, -hasta cierto punto, Deshaciendo Errores puede leerse como una secuela-, y, al igual que en otros libros del autor, se trata de un ensayo cosido con las técnicas narrativas propias de la novela. En este caso, Lewis se sirve de las biografías de los dos investigadores israelíes, -la Historia delEstado de Israel hace de escenario de fondo-, para aproximar los descubrimientos de Kahneman y Tversky y que han dado orígen a la hoy aún joven disciplina de la economía del comportamiento.
De manera acesible, se nos introduce el concepto de “efecto halo”, “efecto dotación”, o la mayor aversión a las perdidas, entre otros muchos sesgos y mecanismos que explican, en parte, la gran caja negra que sigue siendo la mente humana. Parte princial del éxito de K-T descansa en su gran habilidad en hacerse buenas preguntas y diseñar ingeniosos experimentos. K y T desarrollarán sus vidas por separado, aunque con elementos muy similares, -mismos estudios, paso por el ejército israelí, periodo de investigación en EE UU-, hasta que en la primavera de 1969 crucen sus caminos y unan su destino definitivamente para siempre. Es entonces donde empezarán una amistad y una intensa colaboración académica, no exenta de conflictos y altibajos,  enormemente prolífica y fructífera.
A través de la vida de ambos personajes, Lewis traza la historia del desarrollo moderno de la psicología del comportamiento con aplicaciones prácticas en muchas ramas del saber, entre las más conocidas el marketing y la economía, pero también el deporte. Con cada nueva hipótesis, con cada nuevo experimento, un nuevo error al descubierto.
Como buenos científicos, Kahneman y Tversky entienden que una buena teoría  tiene que ser (básicamente) práctica, aplicable en el mundo real; tiene que permitir solucionar algún problema. La gran admiración del filósofo Nassim Taleb, por ejemplo, hacia intelectuales como K-T es precisamente porqué ambos pertenecen al selecto grupo de científicos que dan más valor a algo que funciona pero no sabemos explicar, sobre algo que pensamos que sabemos explicar, -tenemos una buena teoría-, pero que no funciona en la práctica.
La economía del comportamiento ha permitido, por ejemplo, (de nuevo), demostrar la excasa validez de los modelos macroeconómicos basados en “expectativas racionales”, nos ha dado perspectiva sobre lo (relativamente) malos que somos los humanos trabajando con probabilidades, o muchos de los sesgos que aplican inconscientemente a nuestra mente a la hora de tomar decisiones o hacer predicciones (véasen los artículos seminales “On the Psycology of Prediction” [1973] o “El jucio bajo incertidumbre. Heurísticas y sesgos” [1974], dos de las obras por las cuales luego Kahneman recibiría el Premio Nobel en 2012; Tversky murió prematuramente de un cáncer en 1996). La misma obra de Taleb,  muy centrada en nuestras limitaciones a la hora de trabajar con probabilidades y predecir el futuro, tiene uno de sus principales apoyos en los trabajo previos de K-T.
Una de las grandes conclusiones del libro es precisamente nuestra muy limitada capacidad de hacer jucios de valor debido a que somos víctimas de múltiples prejuicios, asociaciones incorrectas, asimetrías, y un largo etcéteras, lo que limita mucho nuestro éxito a la hora de elegir.
El trabajo de Lewis en muchos aspectos, resulta una lectura complementaria -calificadora en muchos aspectos- al bestseller del propio Daniel Kahneman, Pensar deprisa, pensar despacio (Debate, 2012), en donde, el investigador judío sintetiza su obra académica de toda una vida (desarrollada en gran parte en el artículo clave de K-T, “Prospect Theory. An Analysis of Decition Under Risk” [1979]), conjuntamente con su colega y amigo Tversky), con carácter divulgativo. El libro de Lewis, no únicamente abarca los desarrollos de K-T, protagonistas principales de esta nueva novela de no ficción del autor americano, sino que incorpora una decena más de psicólogos que con sus contribuciones han ayudado a construir las teoría de la psicología moderna y el grueso de ciencias del comportamiento.
Un nuevo gran libro de un gran maestro de contar historias.

Los porqués del estancamiento y cómo huir de él explicado por Daniel Lacalle

La crisis de 2008 va más allá de una simple acumulación de riesgos. Y como coinciden todos los analistas, incluso los más keynesianos, este apetito desmedido de riesgo no se entiende sin tener en cuenta el papel central jugado por los Bancos Centrales, y muy especialmente de la Reserva Federal. Pese a lo equivocado de este enfoque, este tipo de políticas han seguido siendo las reinas del baile en el escenario post-crisis y, como explica en detalle el economista Daniel Lacalle en su último libro Escaping Central Banks Trap, han pasado a ser pieza central para explicar el estancamiento económico y la alta inestabilidad de los mercados financieros haciendo cierto aquello de que mata más el remedio que la enfermedad.

Escape from the Central Bank Trap: How to Escape From the $20 Trillion Monetary Expansion Unharmed by [Lacalle, Daniel]

Durante siglos, reyes, gobiernos y bancos centrales, han utilizado la inflación, el incremento de la cantidad de dinero, como salida fácil y rápida ante cualquier problema económico, especialmente los derivados de un exceso de deuda y malas inversiones de capital. La última gran crisis financiera no ha sido ajena a este esquema. Tras 24 billones de dólares en estímulos monetarios y más de 650 reducciones de tipos de interés en todo el mundo, el balance en términos reales es ciertamente desalentador: tanto en Europa como en EE UU hemos visto como la deuda, origen del problema, seguía creciendo, la participación laboral caía, mientras el crecimiento de los salarios y el PIB se estancaban. Basta dar un vistazo a los grandes números: en EE UU, por ejemplo, las políticas ultra-expansivas han servido para incrementar la deuda en casi 10 billones de dólares, por tan solo 3,6 billones el PIB. Cifras que deberían de haber hecho cuestionar este tipo de estrategia anti-crisis desde ante tiempo.

Si bien la actuación de los bancos centrales fue imprescindible en un primer momento y evito el colapso del sistema de medios de pago, a partir de 2011, este tipo de políticas han ido orientadas exclusivamente ha favorecer un incremento del PIB sin importar los costes. La intervención inicial de la Fed y resto de bancos centrales, como decíamos, se hace ineluctable por la propia naturaleza de la arquitectura financiera, –lo explicó en su día brillantemente Lorenzo B. de Quirós–. Las inyecciones de liquidez permitieron la estabilización de los mercados en un primer momento y salvar lo peor. Los problemas surgieron cuando el objetivo de la política no era ya la estabilización de unos mercados en pánico para convertirse en (estéril) herramienta para el crecimiento, problemas en los que Lacalle centra su análisis de línea argumental similar a la seguida por Jim Rickards o Peter Schiff.

Los incrementos en la inflación –es decir, la cantidad de dinero–, han vuelto a generar (sorpresa) fuertes distorsiones en los activos financieros y los bienes raíces que volvían ajustar sus precios al alza. Especialmente preocupante la burbuja en los mercados de deuda hoy reflejada en hecho incontestable de más de 11 billones de dólares en bonos en terreno negativo. Un hecho inexplicable y cómo sabemos todas las crisis financieras son el resultado de la concentración de inversiones en activos sobre los que el consenso considera que tienen muy poco riesgo.

Por añaduría, estas políticas no únicamente no servían para corregir los desequilibrios macro, sino que peligrosamente generaban una gran factura entre la economía real -víctima de la falta de reformas-, y la financiera -inflada por los excesos de liquidez. En un estudio del Bank of America de 2015, se concluía que, tras 600 bajadas de tipos y 12 billones de dólares en estímulos:

  • Por cada empleo generado durante el periodo de políticas ultra-expansivas (QE), el conjunto del sector corporativo había recomprado acciones -una forma de retribuir al accionista- por valor de 296.000 dólares.
  • 100 dólares invertidos tras la crisis tenían en 2015 un valor de 205 dólares mientras que los salarios reales estaban estancados en niveles de 2008.

Unos resultados no únicamente decepcionante sino que ahondan en una fractura preocupante en la sociedad entre aquellos que pueden protegerse de esta inflación y lo que no. En efecto, las políticas de tipos cero y programas de compras de activos (QE) han favorecido a los mercados financieros, a las nuevas empresas, y altos perfiles de riesgo mientras penalizaban enormemente a trabajadores y ahorradores. Insostenible en el largo plazo y profundamente injusto en la medida en que se generan diferencias entre aquellos que pueden proteger sus ahorros de la inflación monetaria y los que no.

En somero resumen, este es el escenario que se deriva de haber abordado una crisis esencialmente de solvencia y estructural, que exigía reformas y ajustes en los balances, como si fuera una crisis coyuntural y de liquidez. El origen de esta crisis de solvencia, derivado de un largo y generalizado proceso de mal inversión (una nueva burbuja), no es otro que la manipulación excesiva de la oferta monetaria por parte de los bancos centrales, y muy especialmente de la Reserva Federal. Es decir, una nueva burbuja y por los mismos motivos por los cuales se generó la penúltima, la inmobiliaria.

Los bancos centrales imprimen dinero, no crecimiento

En Europa, el Banco Central Europeo ha seguido el mismo camino que la Fed con unos resultados igualmente pobres. Desde finales de 2015, el Balance del BCE se expandió en 2 billones de euros, hasta alcanzar un tamaño equivalente al 35% PIB de la zona euro. En poco más de dos años, el BCE se ha convertido en tenedor del 10% de la deuda pública, y el 9% de los bonos corporativos. El exceso de liquidez acumulada supera el billón de euros. Estas condiciones han forzado a los inversores a incrementar sus perfiles de riesgo. Buena prueba de todo lo anterior, es el hecho de que según Bloomberg, la eurozona acumula ya más de 4.2 billones de euros en bonos en terreno negativo. Por otro lado, el QE ha tenido un carácter deflacionario en tanto en cuanto a enquistado malos activos en los balances, impidiendo su limpieza, y perpetuando la situación pre-crisis de sobre endeudamiento y sobre capacidad.

Pese a toda la artillería monetaria, el IPC se ha mantenido muy débil en tasas inferiores al 1% (excluyendo energía). Por otro lado, los niveles de confianza y la tasa de inversión aún esta muy por debajo de los niveles pre-crisis según se desprende de los informes de Fitch. Síntoma claro de todo lo anterior, es que estamos inmersos en la recuperación más anémica de las últimas cinco décadas.

Desde las atalayas oficiales, se arguye que los motivos de este anémico crecimiento y que justifican estas acciones tan contundentes por parte de los Bancos Centrales, es un “exceso de ahorro” -un bajo ratio de inversión en relación al ahorro-por parte de los agentes económicos sin tener en cuenta que este bajo nivel relativo se debe a la inusualmente alta tasa de inversión durante el periodo 2001-07, y que se corresponde con la gestación de la burbuja. Sin embargo, si tenemos en cuenta la naturaleza de la crisis y la grabe distorsión de la estructura económica durante la gestación de la burbuja, el proceso de desapalancamiento que están experimentando familias y empresas, pese al empeño en sentido contrario del instituto emisor, no únicamente es deseable sino que resulta ineluctable para poder emprender un nuevo ciclo de crecimiento sobre una base realmente sólida. No seguir este curso lógico, significa sentar las bases para una nueva crisis financiera.

Lo cierto, es que la creación masiva de dinero ha sido la tónica habitual en las últimas, como mínimo, cuatro décadas, tanto en Estados Unidos como en Europa. Desde su creación, el BCE no ha parado de facilitar la expansión del crédito. Entre 1999 y 2008, el crédito al sector privado se incremento un 225%, mientras la cantidad de dinero en circulación se doblaba.

Desde esta perspectiva, el comportamiento del BCE, también de la Fed, no ha favorecido la necesaria corrección de los desequilibrios macro en los mercados, sino que ha servido para perpetuarlos: únicamente hemos cambiado deuda privada por pública sin que, en el entre tiempo, se hayan abordado los verdaderos problemas en la arquitectura del sistema y del modelo productivo. Huelga decir, que el instituto emisor no ha aplicado esta política expansiva -vía TLTRL y otros mecanismo- por muto propio, basta recordar la postura inicial de Tritchet o del alemán candidato a sucederle Axel Webber, sino más bien cediendo a la presión de los gobiernos sobre-endeudados y con pocas ganas de ajustar el gasto y emprender reformas que permitiese reactivas los ingresos públicos. Gracias a estas intervenciones, por ejemplo, hoy, pese a las dificultades de España por cuadrar sus cuentas y su abultadísima tasa de paro, el ‪bono nacional a 10 años cotiza por debajo que el ‪bono americano.

¿Cuáles son los riesgos?

Esta continuada dosis de “dinero fácil” durante dilatados periodos de tiempo solo favorece una estructura económica frágil y débil, adicta a la deuda y a los bajos tipos de interés para sobrevivir, vulnerable ante cualquier repunte de precios y tipos de interés. Goldman Sachs estima en 2.5 billones de euros las perdidas derivadas de un incremento del 1% en el IPC global. La situación es tan frágil, que una leve subida de los tipos implicaría un drástico recorte en el gasto público para mantener el déficit actual. Los Banqueros Centrales como Draghi se ufanan en argumentar que la política monetaria ha de servir para favorecer reformas, pero lo cierto es que mientras haya barra libre de liquidez, los incentivos para afrontar reformas estructurales, que conllevan un importante coste político, son nulos. Dicho de otro modo: solucionar los problemas, -mejor dicho, esconderlos debajo de la alfombra del gasto público-, sale gratis y políticamente rentable. Basta ver el caso de España: la agenda reformista se concentró en el periodo 2012-2014, cuando apretó la prima de riesgo; cuando Draghi esterilizó los mercados con sus palabras mágicas, se relajó la prima de riesgo -de forma artificial- y con ella también el impulso reformista del gabinete de Rajoy.

Llegados a este punto, afrontamos la cuestión principal que se plantea Lacalle en su libro: ¿cómo escapamos de este callejón sin salida? Necesitamos reformas.

Pocas cosas son tan fáciles -cuando se ostenta el monopolio de emisión de moneda- que ponerse a imprimir dinero para pagar dinero. Algo similar podríamos decir del gasto público. En suma, si algo tienen las políticas de demanda es que son tan fáciles de vender como de implementar. Sin embargo, la clave esta en la oferta, en las reformas: mucho más complejas siempre de pensar, vender e implementar reformas. Pero por pasos.

Primero: urge normalizar la política monetaria; algo en lo que parece que, aunque tímidamente, se ha avanzado. De forma inevitable, más tarde o más temprano, la bolsa se desinflará y el rendimiento de los bonos volverá a subir, como se viene advirtiendo desde no pocas tribunas.

Los ciudadanos y las empresas no son inmunes a este escenario. Por añaduría, esta subida de tipos es especialmente importante para la propia credibilidad del instituto emisor, Fed y BCE a la cabeza, encargados -en teoría- de salvaguardar el poder adquisitivo de la moneda, un mandato que se ha incumplido de manera especialmente intensa en estos últimos años y que supone un ataque a los mismos fundamentos democráticos.

Para mejorar la solvencia de los agentes económicos ante este potencial escenario adverso la bajada en la presión fiscal -en su sentido más amplio- resulta una pieza central. Urge facilitar el ahorro de las empresas y la clase media.

La prosperidad y la riqueza son siempre el resultado de la acumulación de capital, ahorro, no deudas. Bajar los impuestos no significa eliminar los servicios públicos, sino simplemente racionalizar el gasto y mejorar los incentivos para la correcta y eficiente utilización de los recursos públicos.

Además de la rebaja de impuestos, la otra gran clave para, de verdad, mejorar el potencial del grueso de las economías de la OCDE es la implementación de reformas que faciliten la inversión y el emprendimiento. Lacalle hace especial hincapié en la liberalización de mercados -laboral, energético, antiguos monopolios, o bancario, entre otros-, simplificar normas, reformar la administración pública reduciendo y unificando trámites, pero también fortalecer los principios de propiedad privada y ‘rule of law’ (pocas leyes, justas e iguales para todos), son algunas de las grandes ideas guía que deberían guiar un programa económico verdaderamente encarado a la reactivación del crecimiento y el empleo.

La defensa de la propiedad y el imperio de la ley (que necesariamente implica una nítida separación de poderes), son las bases que permiten asegurar un gobierno efectivamente limitado, requisito esencial para un régimen democrático en donde se ejerza la voluntad de la mayoría asegurando la protección de derechos (negativos) de las minorías.

Estas reformas son igualmente esenciales desde el punto de vista fiscal: una bajada de impuestos siempre tiene que venir acompañado de reformas que, juntamente con el propio efecto balsámico de la bajada impositiva, ayudan a impulsar los ingresos fiscales y cerrar la brecha en el déficit, segunda pieza esencial -la primera es la normalización de tipos- para recuperar la confianza en los mercados financieros y reducir la hoy aún elevada volatilidad.

Así se cierra el círculo. Las reformas son ineludibles si se quiere escapar del actual escenario de represión financiera -tipos cero, penalización del ahorro-, de manera que la limpieza en la economía debido a la normalización de la curva de tipos se compensa facilitando un terreno fértil a la inversión y a la captura de nuevas oportunidades. Huelga recordar que la Revolución Tecnológica -la cuarta revolución industrial, como ya muchos la llaman- rema a favor del cambio, el crecimiento de la productividad y el progreso para aquellos países que tengan la valentía y la inteligencia para actuar en consecuencia.

A modo de conclusión: guía para inversores 

Los Bancos Centrales no desaparecerán, apuesta Lacalle, en el medio-largo plazo y las políticas inflacionistas seguirán lo que obliga a todos los inversores/ahorradores a tomar decisiones con un cierto componente especulativo: no hacer nada es la opción que mejor nos asegura la devaluación de nuestros ahorros. Estas son hoy las reglas del juego, nos guste o no.

La salida al escenario recesivo pasa por recuperar la clase media lo que pasa precisamente es normalizar la política monetaria, -subir tipos-, reducir deuda, reducir impuestos y emprender reformas. Una salida que requiere esfuerzo, apelar a la responsabilidad individual de todos, ajustar gastos, y generar un marco de convivencia más libre, abierto y dinámico. Pero es la única salida, el resto son solo brindis al sol que lejos de avanzar en una solución positiva son soluciones que hipotecan aún más nuestro futuro. Ni el gasto, ni la deuda ni la inflación son soluciones a nada.

Recapitalizar la clase media, permitirá aumentar la renta disponible, subir tipos y liberalizar mercados facilitará una situación en donde la colocación de capital vuelva hacerse de forma descentralizada, en el mercado, y no de forma dirigida, como sucede ahora con el peligroso mix, fuente del estancamiento, que supone tipos cero, elevada bancarización, y bancos controlados por una regulación bancaria -Basilea III y aledaños- propia del Gran Hermano de Orwell en donde, de facto, los diferentes bancos -modelos/perfiles de riesgo- van convergiendo peligrosamente a un modelo único (una banca pública encubierta que nos hace más vulnerables y sistémicos ante la próxima crisis).

De la lectura del libro de Lacalle se vuelve a desprender el importante mensaje de que en la base de estas malas políticas, fiscales y monetarias, subyacen “malas ideas”: un keynesianismo -sin Keynes– fiscal y monetario que no ha servido para corregir los desequilibrios que nos empapujaron al abismo en 2008, sino para perpetuarlos. Únicamente el sector privado -familias y empresas- se ha ido reduciendo la posición de deuda pese a las fuertes trabas y los incentivos en contra de Bancos Centrales y Gobiernos.

Al final, subyace la verdad absoluta de que la creación de dinero sin respaldo de ahorro real previo esta detrás de todas las crisis. Urge escape de la “trampa de los Bancos Centrales” para lo cuál pieza indispensable es contar con ciudadanos cada vez más consientes de las consecuencias nocivas de los efectos -no siempre visibles en el corto plazo- de las políticas inflacionistas, como señala bien Daniel Lacalle. La inflación no es ningún objetivo de política económica (salvaguardar el poder adquisitivo de la moneda si lo es, por ejemplo) sino un mal síntoma de que las cosas llevan -de forma más intensa o menos- un rumbo insostenible.

La inversión productiva es resultado de las fuerzas dinámicas y competitivas del mercado, proceso dinámico y cambiante, la “destrucción creativa” de la que habló Shumpeter, el más ecléctico de los economistas austríacos; nunca es el resultado de la decisión de ningún comité central (argumento que se observa de forma clara en el extremo, en economías planificadas). Los Bancos Centrales, lo recuerdo una vez más (es una de las frases que no se cansa de repetir el autor), pueden imprimir papel moneda, no crecimiento.

Concluyó estas breve reflexión al propósito del libro de Lacalle de la misma forma en la que el autor cierra de forma clara el libro. Recapitalicemos nuestras economías, desintoxiquémonos de la adicción al crédito fácil, recuperemos la clase media, salvemos nuestros sistemas democráticos. Esta en nuestra mano que así sea.