Category Archives: China

La correción, el ajuste y la política monetaria (GlobalAsia)

 

Una vez terminado el drama griego (o al menos por el momento), la principal fuente de volatilidad en los mercados en los dos últimos meses ha venido de la mano de China y su economía sobre la que planean dudas prácticamente desde que se desaceleró el crecimiento en 2012. Desde el conjunto de occidente, y como siempre pasa con respecto a China, observamos los cambios y vaivenes del gigante asiático con una mezcla de miedo e histerismo que acaban dando lugar a inevitables sobre reacciones. Se juntan varios elementos. Primero, la bolsa china se ha ajustado tras 12 meses de rápida sobrevaloración del conjunto de sus activos financieros. Segundo, las acciones correctivas del banco central de China que devalúo por sorpresa el yuan con respecto al dólar despertó aún más incertidumbres sobre el estado de salud de la economía china agudizando aún más la corrección bursátil. Tercero, todo lo anterior ha tenido lugar en un momento en el que el conjunto de los mercados globales acumulan un largo ciclo alcista marcado profundamente por las medidas de extraordinaria liquidez del conjunto de los bancos centrales, Reserva Federal americana a la cabeza, lo que ha impulsado la inflación de prácticamente la totalidad de los activos y ha arrastrado a prácticamente todas las economías a devaluar sus divisas para no quedarse fuera de juego. Vayamos por partes.

La corrección

En junio, la bolsa china acumulaba una revalorización anual de prácticamente el 150% sin que esta subida estuviese apoyada en ninguna mejora substancial con respecto a los fundamentales. Desde entonces, ha ido retrocediendo con episodios en la corrección más o menos importantes como el de la semana pasada en donde más de 1,4 billones de dólares abandonaron los parques chinos: la corrección más aguda desde la crisis de deuda soberana en la periferia europea de 2011. En total, en los dos últimos meses la bolsa china ha visto como se esfumaba prácticamente un 40% de su valor. Parte importante de lo anterior, responde, como señalábamos, a una corrección bursátil después de un “rally” desmesurado y altamente especulativo del conjunto de bolsas chinas que todavía están lejos de cumplir las funciones que típicamente asumen los mercados financieros en las economías avanzadas. De entrada, se trata de un mercado poco transparente guiado más por criterios políticos que puramente de mercado. Además, los beneficios de la mayor parte de las compañías que cotizan dependen, en mayor o menor medida, del arbitrio político de Beijing. Al final se trata de un mercado muy especulativo y poco significativo del estado real de la economía o del avance de sus reformas, además de significar una parte muy marginal del ahorro total del país (cerca de un 20% del total).

El ajuste

Uno de los detonantes principales de esta corrección –y el elemento que quizás ha agudizado más la intensidad del ajuste- han sido las medidas tomadas por el Banco central de China a mediados de agosto encaminadas a la devaluación del yuan. Después de casi un año aguantando el tipo ante las principales divisas de referencia, China reaccionó, a su manera y tempo, y precipitó la caída del remimbi con respecto al dólar. Un movimiento que cogió desprevenidos a los mercados pero que tiene toda la lógica: China empieza a tomar posiciones para una más que previsible subida de tipos por parte de la Reserva Federal en otoño (quizás a finales o principios de invierno), la primera tras seis largos años de gran laxitud monetaria.

Estas intervenciones en el interbancario se sumaron a otros datos macro que apuntan hacia una desaceleración paulatina de China que tiene (con o sin razón) preocupados a los mercados financieros. Esta desaceleración, o “nueva normalidad”, como se refirió a ella el primer Ministro Li Keqiang el pasado mes de agosto, es la consecuencia del cambio de modelo de China y sobre el cual todavía planean muchas incertidumbres pese a que lo cierto es que los indicadores que nos llegan son buenos (pero ese es otro tema y otro artículo). En cualquier caso, este clima de pesimismo generalizado con respecto al futuro económico de China concluyó con una depreciación de casi el 2 por cien del yuan con respecto al dólar hasta llegar al nivel mínimo de los tres últimos años y con el consiguiente efecto sobre el conjunto de bolsas mundiales y mercados de materias primas que se han ido ajustado en base al nuevo. China es con diferencia el principal consumidor de materias primas del mundo (en algunos casos el apetito del gigante asiático suma más del 50% del consumo de ciertos productos como el cobre, el algodón o el acero), de manera que cualquier estornudo en su economía tiene un impacto muy relevante en el precio de las principales materias primas: níquel, cobre, estaño o aluminio ya han ajustado a la baja. Habrá que seguir la evolución estas próximas semanas para ver la magnitud de la corrección.

El Banco Popular de China calificó su decisión de “excepcional”, recordemos que China llevaba tiempo lanzando el mensaje a los mercados sobre su intención de ampliar de forma paulatina la banda en la que cotiza el yuan e ir liberalizando de forma paulatina su cotización. Proceso que debería de ir acompasado de importantes reformas en el sector bancario y financiero que, por el momento, no llegan, pese a las palabras, muy especialmente las de su gobernador Zhou Xiaochuan que ha repetido en varias ocasiones: “lo que pueda hacer el mercado que no lo haga el Estado”. En este punto el resumen es que si bien las ideas están claras, ahora falta que estas palabras vayan acompañadas del correspondiente desarrollo legislativo y las reformas avancen.

La política monetaria

Este ajuste a la baja del RMB acomoda la divisa China en el nuevo equilibrio global, según palabras textuales del propio instituto emisor chino. Detrás de esta devaluación, subyace la caída, en algunos sectores severa, de la actividad económica y el sector exportador en parte debido a un tipo artificialmente alto que ha pretendido más salvaguardar la confianza de los inversores internacionales y mirar de posicionar el RMB como posible divisa de referencia en el futuro, que no de ser un reflejo fiel a la temperatura económica del país. Sin embargo, igualmente cierto es que este ajuste no se entiende sin el contexto internacional marcado por una política monetaria ultra expansiva iniciada por la Fed y que ha tenido un efecto dominó sobre otras economías y bancos centrales desatando una “guerra de divisas” del que la devaluación del yuan es tan sólo un episodio más, y tampoco será el último.

Por añaduría, el entorno de tipos cero y alta liquidez que ha propiciado un incremento masivo de la mayoría de bolsas mundiales, la bolsa de Estados Unidos acumula siete años de “bull market”, el más largo de su historia, ha disparado la volatilidad y la hipersensibilidad de los inversores. De alguna manera, China ha sido una especie de “margin call” y de aviso a navegantes ante una situación de los mercados insostenible en el medio plazo como es el actual escenario de tipos cero con importantísimas consecuencias sobre la estructura económica, el sobre dimensionamiento de la deuda pública y la inflación en los activos financieros y que de tan poco esta sirviendo de impulso al crecimiento en líneas generales.

Es opinión de este analista, y como he repetido en otras ocasiones, los verdaderos problemas de China procederán, si acaso, del flanco político. La próxima gran reforma de China, su make or breake, es la del sistema bancario y financiero que debiera permitir a China abrir su hoy cerrada balanza de capitales. Se trata de una empresa tan ambiciosa como lo era a finales de los años ochenta el aterrizaje de la inversión extranjera y la libertad comercial en las zonas francas de la costa, y su implementación requerirá la puesta a punto de un escenario más transparente e integrado escenario global.

Con todo, lo cierto es que el escenario actual es mucho mejor que el de hace tan sólo dos meses con una bolsa inflada y una divisa relativamente apreciada con respecto al dólar, más aún con respecto el euro, en una economía con una importante crisis de confianza hacia el exterior y en plena fase de ajuste. Las cifras macro de la intervenida economía china en el escenario actual tienen un acomodo más próximo a la realidad del mercado lo cual siempre es positivo desde todos los puntos de vista.

Advertisements

Notes on China by Napoleon Bonaparte #history

5115.- ORDRE.
París,  7 vendémiaire an IX
(28 septembre 1800)
Le Premier Cónsul ordenne que
A-Sam, Chinois,  originaire de Nankin, sois embarqué sur l’une des corvettes commandées par le capitán de vaisseau Baudin pour être conduit, aux frais de la République,  à l’île de France, et de là dans sa patrie.
Il est expressément recomandé au capitaine Baudin et aux chefs militaires et d’administration de la marine d’avoir pour A-Sam les égards qui ‘ il mérite par sa qualitat d’étranger et par la bonne conduite qu ‘ il a tènue pendant son séjour sur le territoire de la République.
                                      BONAPARTE
Arxives de l’Empire.

La partida de ajedrez continua (6/04/2015 via Global Asia)

La semana pasada supimos más detalles del nuevo organismo supra nacional que nace a iniciativa china y de espaldas a Estados Unidos. No ha sido la primera vez y seguramente no será la última. Se trata del Banco Asiático de Inversión en Infraestructuras (AIIB, por sus siglas en inglés) que a principios de abril formalizaba las peticiones de los futuros estados miembros fundadores: un total de 45 estados miembros pese al rechazo explícito de Estados Unidos. De esta forma, el AIIB avanza en su proceso de constitución y espera convertirse en la primera gran institución supranacional no controlada por Estados Unidos o por alguno de sus aliados institucionales.

Hace tiempo que se venía anunciando que el rearme económico de China tenía que ir aparejado irremediablemente a un mayor poder en la esfera política y así está siendo. Parece que existe cierto consenso a la hora de certificar que el paradigma de Bretton Woods ha quedado superado pero tampoco disponemos de un modelo claro al que dirigirnos. Caminante no hay camino se hace camino al andar. Esto deben de pensar los mandatarios chinos que, en los últimos años, han intensificado su agenda internacional estableciendo inteligentes alianzas con sus principales socios comerciales y financieros, siguiendo el mismo modelo, de hecho, que los estadounidenses en su día. Después de la creación de un fondo de ayuda mutua con los BRICS, China extiende su influencia global con la creación de un nuevo banco que contará con un capital inicial de 50.000 millones de dólares y 100.000 millones comprometidos, aunque muchos de los flecos  y detalles sobre la política y objetivos del nuevo organismo todavía no se han dado a conocer.

Quizás sea este grado de incertidumbre lo que despierta recelos en Washington que ha acogido con mucha frialdad la iniciativa china. Estados Unidos ha manifestado su oposición al considerar que el nuevo organismo debilita muchas de las instituciones ya existentes, y que ya controla, como el mencionado Banco Mundial o el Banco Asiático de Desarrollo (BAD). Al mismo tiempo, la administración de Obama ha manifestado sus reservas a que el AIIB tenga los estándares y el rigor necesario para la concesión de este tipo de créditos. Por su parte, los países que están solicitando su ingreso desde el primer momento, arguyen que es más fácil influir y ayudar a determinar el funcionamiento del nuevo banco “desde dentro” que hacerlo sin participar de la institución. Los mandatarios chinos se han apresurado a contestar que China utilizará las instituciones existentes como ejemplo y punto de anclaje para emular sus buenas prácticas así como mejorar sus posibles deficiencias. Xi Jinping ha subrayado que el nuevo banco quiere ser un soporte adicional a las labores de organismos ya existentes. Según recogía El País declaraciones del máximo representante político China, Xi Jinping dijo la semana pasada: “Ser un gran país implica asumir una mayor responsabilidad en la región, y no buscar un mayor monopolio en los asuntos regionales o globales.”

Los lazos entre China y Estados Unidos se han intensificado de manera exponencial en la última década pero parece ineluctable la existencia de discrepancias entre las dos únicas súper potencias (a la espera de que la UE se decida a mantener unos criterios de política exterior comunes y suficientemente fuertes, lo cual parece tarea imposible) con verdadera capacidad de influir de forma decisoria en el nuevo orden global. Las relaciones entre americanos y chinos son de cooperación y rivalidad a partes iguales en una relación de gran intensidad y cada vez de mayor importancia. Entre ambos países hay más de 90 puentes y cauces de comunicación abiertos para tratar asuntos de diversa índole, y al mismo tiempo, ambos países compiten por controlar el complejo tablero de ajedrez en el que se ha convertido la economía global cada vez más fragmentada, interconectada, y diversa. Son muchos los que ahora añoran –entre comillas- el paradigma de la Guerra Fría en donde solo había dos colores, el azul y el rojo, y en dónde el coste de la seguridad era, precisamente, los desafortunados que tenían que vivir bajo el paraguas de algún país rojo. Hoy, la paleta de colores se ha ampliado y la mayoría de países no quieren renunciar a ningún color.

En esta ocasión, caso paradigmático ha sido el del Reino Unido. El gran aliado de América, hizo sus cálculos y anunció el día 12 de marzo que participaría como miembro fundador del nuevo banco. El cálculo que realizó el tándem Cameron-Osborne, era relativamente simple: el Reino Unido quiere consolidarse como la principal plaza financiera en Europa y para ello debe convertirse en un mercado de referencia para operaciones en renminbis. La jugada de entrar como miembro fundador en la nueva institución era clave. Este movimiento, además, ha tenido un efecto “contagio” con otros estados interesados en la iniciativa china pero que, al mismo tiempo, no querían provocar un desaire inecesario con Washington como Corea del Sur o Australia –que ya han solicitado su ingreso- o España que también figura entre los países que se incorporarán a la iniciativa. Se trata, en opinión de este analista, de una muy buena decisión.

Figura 1. Países miembros del nuevo AIIB

Embedded image permalink

Todo lo anterior pone de relieve que estamos en plena etapa de turbulencia y transición a nivel global. Las estructuras supra nacionales han quedado desfasadas y aunque aún no tengamos una imagen clara sobre el modelo al que nos dirigimos, sí sabemos que este será mucho menos homogéneo que el anterior, más diverso, y cuya principal característica será la existencia de sistemas y modelos alternativos que competirán de manera continuada. China supone un gran reto al plantear un esquema de valores distinto. De todos dependerá que sepamos coger lo mejor de cada casa para dar lugar a unas instituciones globales más sólidas, más eficientes y más justas.

Los hechos y la retórica (via Passin.eu)

La mejor manera de seguir la política de China es mediante las declaraciones de sus líderes. La mejor muestra de ellos es el discurso de principios de año (chino) en donde el primer ministro hace balance de la acción de gobierno delante de la Asamblea del Pueblo. Se trata de su particular debate sobre el Estado de la Nación aunque, por su liturgia, se parezca más a una junta de accionistas.

Cada año multitud de analistas escudriñamos las palabras del Primer Ministro en busca de titulares y señales que permitan entender mejor el rumbo de la política económica del dragón rojo. Para una buena lectura, es preciso no analizar únicamente la última foto, sino analizar la secuencia completa. Con esta premisa básica, el gran titular que se desprende de las palabras de Li Keqiang es un mensaje de continuidad. China progresa, con sus tempos y estrategias, en su ambiciosa empresa de transformar su economía de manera que esta siga su convergencia hacia estándares de bienestar similares a los de los países más avanzados. Este proceso testa teniendo diferentes fases, unas más centradas en el crecimiento, otras más en el rebalanceo interno, como la actual.

El punto de inflexión fue el bienio 2007-08. China, pese a crecer a una tasa del 10%, reconocía a través de sus principales dirigentes que el modelo de crecimiento generaba desequilibrios insostenibles y que estaba agotado. Más de un tercio de la economía de la República Popular está profundamente intervenido, lo que configura un modelo claramente dirigista. Hay que tener en cuenta que, en el pasado, la totalidad de la nación estaba sometida a un esquema de planificación económica en una situación no muy diferente a la que sufre Corea del Norte en la actualidad. En suma, el proceso al que llamamos “reforma y apertura” no ha hecho más que, de forma paulatina y ordenada, dar una mayor importancia a los procesos de mercado en la economía al tiempo que –y este es uno de los hechos más distintivos del modelo chino– las estructuras políticas permanecían inmutables.

Figura 1. Crecimiento económico de China

1

Fuente: Estadísticas nacionales.

Teniendo este esquema simplificado en mente, lo que vino a decir Li Keqiang en marzo es que China renueva su apuesta por las reformas. Sin embargo, estas se centrarán más en equilibrar el crecimiento dándole al crecimiento chino una estructura más sólida. En resumen, el sector servicios y el consumo doméstico han de tomar el relevo a la inversión y las exportaciones que han sido los motores del crecimiento en los últimos 15 años. Consecuencia de lo anterior, el crecimiento económico se atemperará en los próximos ejercicios (ver figura 1). Se trata de una decisión voluntaria y forzosa a la vez: por un lado, China acumulaba una serie de desequilibrios internos entre zonas rurales y urbanas muy importante; y, por otro lado, la caída del consumo dramática y estructural de las principales plazas para la exportación china (es decir, EE.UU. y Europa), ha acabado de forzar esta corrección de rumbo.

Los mercados están preocupados por la salud económica del gigante asiático y existen factores para que así sea: el endeudamiento ha crecido de manera exponencial (siendo las ineficientes empresas estatales las que concentran la mayor parte de esta deuda), los precios de la vivienda han subido con fuerza, la corrupción es ciertamente endémica y difícil de corregir por la propia naturaleza de las instituciones políticas, entre otros factores. Ahora, además, el PIB se ralentiza. Sin embargo, hay muchos otros elementos en la ecuación que hemos de tener en cuenta y que nos han de hacer ver la realidad del conjunto con cierto optimismo.

Por ejemplo, se ha renovado, como decíamos, el compromiso reformista pro-mercado, cuyos resultados solo hay que poner encima de la mesa. China lleva tres décadas afrontando con solvencia situaciones como la actual e incluso de naturaleza más compleja y la trayectoria en su conjunto es netamente positiva (ver figura 2). Al margen de este renovado compromiso, el premier también anunció que China no basará su recuperación en estímulos fiscales y monetarios que valoró como medidas extraordinarias. El gobierno ha fijado un objetivo de crecimiento de la masa monetaria del 12-13% en línea con el crecimiento nominal. Por otro lado, el gobernador del Banco central de China, el reformista Zhou Xiaochuan, ha subrayado una y otra vez la importancia y voluntad del país por afrontar una reforma financiera que complete la integración de China en la economía global. Lo cierto es que se está avanzando en esta dirección ampliando, por ejemplo, la banda de fluctuación del renminbi (yuan). Si en los últimos años hemos visto como la balanza comercial se abría poco a poco al exterior, mi apuesta es que antes de diez años veremos lo mismo en la balanza de capitales.

Figura 2. Proceso de convergencia histórico: PIB per cápita de China en comparación al PIB per cápita de Estados Unidos

2

Fuente: FMI.

En resumen, el menor crecimiento no ha de asustar a los mercados si este es de una mayor calidad. Durante años Beijing dio prioridad casi absoluta y sacrosanta al desarrollo de las zonas urbanas y costeras. Había que levantar el país en todos los sentidos y hacía falta hacerlo rápido. Hoy, los problemas de China son otros y esto tiene un reflejo mimético en su política económica. El crecimiento sigue siendo la gran prioridad pero la agenda económica se ha ido sofisticando cada vez más. El último ejercicio arroja muchos datos buenos, y más importantes que la cifra total del PIB, aunque hayan pasado ciertamente más desapercibidos. Por ejemplo, la intensidad energética se ha reducido por quinto año consecutivo (4,8% solo en 2014), las inversiones se desaceleran al tiempo que la participación del consumo doméstico y en el sector servicios en la composición del PIB suben, se han creado 13,2 millones de nuevos puestos de trabajo en las zonas urbanas (3 veces la cifra de paro en España), la producción agrícola se acelera hasta los 605 millones de toneladas métricas (nuevo récord), la pobreza se ha reducido en más de 12 millones de personas y también por quinto año consecutivo la renta en las zonas rurales ha crecido más que la renta en las ciudades.

Figura 3. Resumen balance y retos de la economía china.

3

Lo anterior dibuja un escenario, en mi opinión, complejo pero no pesimista. Los datos nos indican que China está corrigiendo a buen ritmo sus graves desequilibrios y que su economía aún dispone de un colchón de ahorro para hacer frente con solvencia a los retos económicos que tiene por delante. A esta situación, Li Keqiang se ha referido como “nueva normalidad”. Expresión que, tras la Asamblea del Partido Comunista, ocupó buena parte de los titulares de la prensa internacional. Lo cierto, es que lo que no era normal fue el crecimiento a expensas el endeudamiento de occidente de los años anteriores al estallido de la burbuja financiera.

Link artículo.

¿El fin del milagro chino? (Actualidad Económica)

El pasado octubre, la República Popular de China cumplió su 65 aniversario. Pocos países han cambiado tanto, y tan rápido, en estos últimos años. En 1949, cuando Mao proclamó la nueva República, el paisaje que asomaba desde la Ciudad Prohibida no podía ser más desolador, el contraste con el dinamismo y la complejidad de la China actual no puede ser mayor. Tras los sonados fracasos del maoísmo que sumieron durante tres décadas a China en la hambruna y la convulsión, Deng Xiaoping dio un giro copernicano al país que pasó de la autarquía ideológica a la apertura y el pragmatismo; el crecimiento relegó como principal prioridad al dogma de fe marxista. La globalización, el papel creciente de los mercados y el sector privado hicieron el resto de lo que hoy muchos se refieren como “milagro chino”.

Xi Jinping, Presidente, y Li Keqiang, primer ministro, asumían el nuevo liderazgo del imperio chino en marzo de 2012, el último relevo de una nueva dinastía. Se trata de una dinastía marxista, no feudal; una tecnocracia administrativa cuyo relato busca satisfacer, como antaño, el “mandato del Cielo” fuente de legitimidad del antiguo Emperador por la cual el poder adquiere su legitimidad de ejercicio en tanto en cuanto el líder es capaz de garantizar la seguridad y el bienestar del pueblo. El aniversario coincide con un momento especialmente turbulento para el país que ve como su economía se ralentiza mientras sus estructuras políticas se enfrentan al cáncer de la corrupción endémica que pone en entre dicho el liderazgo del propio Partido Comunista: ¿estamos, pues, ante el fin del milagro chino?

En las últimas décadas, mientras China despertaba en lo económico, las viejas estructuras políticas han seguido inmutables: se ha corregido el rumbo, no se ha cambiado de barco. Los mecanismos de poder establecidos por Mao han sido de gran utilidad a sus sucesores que los han utilizado no para fantasear con el credo marxista sino para liderar el programa de “reforma y apertura” que ha marcado la agenda del país desde finales de los setenta y es base del vertiginoso crecimiento económico de estas tres últimas décadas.

Volviendo al presente, dos ejes articulan la política china: ahondar las reformas y luchar contra la corrupción. Respecto a lo primero, ciertamente, poco se ha hecho. China tiene, por así decirlo, una crisis importante en su cuenta de pérdidas y ganancias: entra menos dinero en el país (se exporta menos) y los márgenes se han ajustado por la caída del consumo global. Sin embargo, su balance sigue siendo solvente, hasta el punto que la nación mantiene una posición de financiadora neta con respecto el resto del mundo. Con todo, resulta evidente que el colchón de ahorro que tenía el país para hacer frente a eventuales crisis se está agotando. Hace falta un nuevo modelo. La élite china se esfuerza por poner el acento en la reforma pero, lo cierto, es que el desarrollo legislativo está siendo más bien pobre. Existen importantes contrapoderes –intereses creados– que obstaculizan el avance de las privatizaciones y las liberalizaciones en mercados clave –como sucedió antaño– lo que hace imprescindible un liderazgo en la cúspide fuerte, capaz de movilizar los cuadros del Partidos aguas abajo para que la política del cambio siga haciendo camino. En cualquier caso, todo sigue estando dentro del guion: la historia reciente de China es la historia hacia la libertad económica, camino que siempre ha sido difícil y no exento de problemas en todos los lugares y en todas las épocas. China, en este sentido, no será diferente.

La República Popular no únicamente debe avanzar en las reformas, sino hacerlo de forma harmoniosa, prudente, siguiendo el precepto chino de “cruzar el río sintiendo las piedras”. Para ello la legitimidad del sistema de poder es esencial para que el liderazgo del Partido no se erosione. Sin liderazgo no hay reformas y no hay liderazgo sin que las estructuras estén debidamente legitimadas. Es aquí donde se cruza la inevitable batalla contra la corrupción –segundo aspecto clave en la agenda política– y que constituye el principal riesgo para con la legitimidad del Partido.

Xi Jinping, un príncipe de la Revolución, como se les llama a los líderes que provienen de familias ilustres que lucharon por recuperar la soberanía de la república, es probablemente el líder que más poder tiene en el Partido desde Deng Xiaoping. De él se han destacado muchas virtudes: inteligente, seguro de sí mismo y poseedor de un gran control de sus emociones, que no deja que interfieran en la toma de decisiones. No es tan carismático como el defenestrado Bo Xilai, pero sí despierta simpatías entre el pueblo chino que ve en él una persona de gran preparación y valiente a la hora de tomar decisiones, por ejemplo, contra la corrupción. Xi pertenece a una generación de líderes que, muchos de ellos, afrontaron situaciones personales difíciles durante la Revolución Cultural, lo que ha forjado en ellos caracteres férreos, vacunados por completo del populismo comunista.

Xi ha afirmado en diversas ocasiones lucharía contra la corrupción de “tigres y moscas” y así ha sido. Bajo su tutela se han destapado escándalos de toda índole y a todos los niveles. Algunos sólo se entienden en clave política (como el citado caso de Bo Xilai), otros responden a un deseo genuino de limpiar las instituciones y el país y fortalecer el país y que han alcanzado a las más altas esferas de la superestructura: Zhou Yongkang, será el primer antiguo miembro del Comité Permanente del Politburó juzgado por corrupción. Si el avance de las reformas por sí sólo ya es un reto, la batalla contra la corrupción es un reto aún mayor que plantea dilemas en el frágil equilibro entre lo que conviene al país y lo que conviene al Partido.

En Occidente, la lucha contra la corrupción se consigue con una mejora continuada en base a los principios del imperio de la ley, separación de poderes y un efectivo y continuado autocontrol por cada uno de ellos, muy especialmente por la sociedad civil, auditora última del sistema: cuanto más fuerte es ésta, más sano es el complejo entramado institucional. En un orden social liberal, todos ejercemos, en mayor o menor grado, cierto nivel de contrapoder, contribuyendo a la tensión, en el buen sentido, constante entre gobernante y gobernados. Principios como la libertad de prensa son esenciales para mantener vivos nuestros sistemas democráticos. Así mantenemos a raya y corregimos situaciones de arbitrio, abuso de poder o monopolio del poder estatal y la corrupción es menor. Cuando se producen situaciones de “despiste masivo” y dejamos de fiscalizar al poder o es el Estado el que peligrosamente coloniza demasiados ámbitos de la sociedad civil, el marco de convivencia se hace más frágil, las instituciones quedan presas de los intereses creados y la corrupción mientras la economía se deteriora irremediablemente, como afirma Niall Ferguson en La gran degeneración.

En China, una civilización disfrazada de ‘Estado-Nación’, estos conceptos inherentes a una democracia liberal no existen. No hay separación de poderes, ni imperio de la ley, ni libertad de prensa. El Estado-Partido es quien suple todas estas funciones ostentando un monopolio de poder muy fuerte. Como reza el célebre aforismo de Lord Acton: “el poder corrompe, y el poder absoluto corrompe absolutamente.” Este hecho fundamental hace que luchar contra la corrupción implique al mismo tiempo erosionar las estructuras de poder que, como destacábamos antes, resultan imprescindibles para asegurar la gobernabilidad de la nación. En otras palabras, luchar contra la corrupción es imprescindible para salvar el país, pero hacerlo implica torpedear la línea de flotación de la legitimidad del sistema. Cualquier movimiento en falso podría comprometer la transformación histórica que vive el país. Errar la intensidad del tiro podría acabar provocando un naufragio colectivo, un escenario que no interesa ni a China ni al resto del mundo.

Resulta imposible no mencionar la situación política en Hong Kong que reclama a Pekín la elección democrática de sus líderes. La mentalidad autoritaria y uniformadora china cocha con una realidad policroma y compleja donde se mezclan factores políticos, pero también culturales, étnicos y, muy especialmente, históricos. No hay una cuestión más delicada para el gigante asiático que la soberanía sobre su territorio. Muchas de las heridas abiertas durante el llamado “siglo de humillaciones”, cuando el país estuvo sometido a la voluntad de diversas potencias extranjeras, siguen abiertas. Es terreno sensible. El gobierno central no evita hablar de la reforma política y en muchos cenáculos de la capital se discute sobre los pasos a dar para que el régimen avance hacia un sistema, de entrada, más constitucionalista. Sin embargo, la elite dirigente no permitirá, como no lo hizo antaño, que le impongan el tempo ni la agenda, de ahí la fragilidad de la situación. Como señaló el propio Xi Jinping al inicio de su mandato: “Tenemos que arreglar el motor del avión sin perder altura”. Todo un reto para la civilización viva más longeva del planeta.

¿El fin del milagro chino?

El pasado 1 de octubre, la República Popular de China cumplió su 65 aniversario. Pocos países han cambiado tanto, y tan rápido, en estos últimos años. En 1949, cuando Mao proclamó la nueva República, el paisaje que asomaba desde la Ciudad Prohibida no podía ser más desolador, el contraste con el dinamismo y la complejidad de la China actual no puede ser mayor. Tras los sonados fracasos del maoísmo que sumieron durante tres décadas a China en la hambruna y la convulsión, Deng Xiaoping dio un giro copernicano al país que pasó de la autarquía ideológica a la apertura y el pragmatismo; el crecimiento relegó como principal prioridad al dogma de fe marxista. La globalización, el papel creciente de los mercados y el sector privado hicieron el resto de lo que hoy muchos se refieren como “milagro chino”.

Xi Jinping, Presidente, y Li Keqiang, primer ministro, asumían el nuevo liderazgo del imperio chino en marzo de 2012, el último relevo de una nueva dinastía. Se trata de una dinastía marxista, no feudal; una tecnocracia administrativa cuyo relato busca satisfacer, como antaño, el “mandato del Cielo” fuente de legitimidad del antiguo Emperador por la cual el poder adquiere su legitimidad de ejercicio en tanto en cuanto el líder es capaz de garantizar la seguridad y el bienestar del pueblo. El aniversario coincide con un momento especialmente turbulento para el país que ve como su economía se ralentiza mientras sus estructuras políticas se enfrentan al cáncer de la corrupción endémica que pone en entre dicho el liderazgo del propio Partido Comunista: ¿estamos, pues, ante el fin del milagro chino?

En las últimas décadas, mientras China despertaba en lo económico, las viejas estructuras políticas han seguido inmutables: se ha corregido el rumbo, no se ha cambiado de barco. Los mecanismos de poder establecidos por Mao han sido de gran utilidad a sus sucesores que los han utilizado no para fantasear con el credo marxista sino para liderar el programa de “reforma y apertura” que ha marcado la agenda del país desde finales de los setenta y es base del vertiginoso crecimiento económico de estas tres últimas décadas.

Volviendo al presente, dos ejes articulan la política china: ahondar las reformas y luchar contra la corrupción. Respecto a lo primero, ciertamente, poco se ha hecho. China tiene, por así decirlo, una crisis importante en su cuenta de pérdidas y ganancias: entra menos dinero en el país (se exporta menos) y los márgenes se han ajustado por la caída del consumo global. Sin embargo, su balance sigue siendo solvente, hasta el punto que la nación mantiene una posición de financiadora neta con respecto el resto del mundo. Con todo, resulta evidente que el colchón de ahorro que tenía el país para hacer frente a eventuales crisis se está agotando. Hace falta un nuevo modelo. La élite china se esfuerza por poner el acento en la reforma pero, lo cierto, es que el desarrollo legislativo está siendo más bien pobre. Existen importantes contrapoderes –intereses creados– que obstaculizan el avance de las privatizaciones y las liberalizaciones en mercados clave –como sucedió antaño– lo que hace imprescindible un liderazgo en la cúspide fuerte, capaz de movilizar los cuadros del Partidos aguas abajo para que la política del cambio siga haciendo camino. En cualquier caso, todo sigue estando dentro del guion: la historia reciente de China es la historia hacia la libertad económica, camino que siempre ha sido difícil y no exento de problemas en todos los lugares y en todas las épocas. China, en este sentido, no será diferente.

La República Popular no únicamente debe avanzar en las reformas, sino hacerlo de forma harmoniosa, prudente, siguiendo el precepto chino de “cruzar el río sintiendo las piedras”. Para ello la legitimidad del sistema de poder es esencial para que el liderazgo del Partido no se erosione. Sin liderazgo no hay reformas y no hay liderazgo sin que las estructuras estén debidamente legitimadas. Es aquí donde se cruza la inevitable batalla contra la corrupción –segundo aspecto clave en la agenda política– y que constituye el principal riesgo para con la legitimidad del Partido.

Xi Jinping, un príncipe de la Revolución, como se les llama a los líderes que provienen de familias ilustres que lucharon por recuperar la soberanía de la república, es probablemente el líder que más poder tiene en el Partido desde Deng Xiaoping. De él se han destacado muchas virtudes: inteligente, seguro de sí mismo y poseedor de un gran control de sus emociones, que no deja que interfieran en la toma de decisiones. No es tan carismático como el defenestrado Bo Xilai, pero sí despierta simpatías entre el pueblo chino que ve en él una persona de gran preparación y valiente a la hora de tomar decisiones, por ejemplo, contra la corrupción. Xi pertenece a una generación de líderes que, muchos de ellos, afrontaron situaciones personales difíciles durante la Revolución Cultural, lo que ha forjado en ellos caracteres férreos, vacunados por completo del populismo comunista.

Xi ha afirmado en diversas ocasiones lucharía contra la corrupción de “tigres y moscas” y así ha sido. Bajo su tutela se han destapado escándalos de toda índole y a todos los niveles. Algunos sólo se entienden en clave política (como el citado caso de Bo Xilai), otros responden a un deseo genuino de limpiar las instituciones y el país y fortalecer el país y que han alcanzado a las más altas esferas de la superestructura: Zhou Yongkang, será el primer antiguo miembro del Comité Permanente del Politburó juzgado por corrupción. Si el avance de las reformas por sí sólo ya es un reto, la batalla contra la corrupción es un reto aún mayor que plantea dilemas en el frágil equilibro entre lo que conviene al país y lo que conviene al Partido.

En Occidente, la lucha contra la corrupción se consigue con una mejora continuada en base a los principios del imperio de la ley, separación de poderes y un efectivo y continuado autocontrol por cada uno de ellos, muy especialmente por la sociedad civil, auditora última del sistema: cuanto más fuerte es ésta, más sano es el complejo entramado institucional. En un orden social liberal, todos ejercemos, en mayor o menor grado, cierto nivel de contrapoder, contribuyendo a la tensión, en el buen sentido, constante entre gobernante y gobernados. Principios como la libertad de prensa son esenciales para mantener vivos nuestros sistemas democráticos. Así mantenemos a raya y corregimos situaciones de arbitrio, abuso de poder o monopolio del poder estatal y la corrupción es menor. Cuando se producen situaciones de “despiste masivo” y dejamos de fiscalizar al poder o es el Estado el que peligrosamente coloniza demasiados ámbitos de la sociedad civil, el marco de convivencia se hace más frágil, las instituciones quedan presas de los intereses creados y la corrupción mientras la economía se deteriora irremediablemente, como afirma Niall Ferguson en La gran degeneración.

En China, una civilización disfrazada de ‘Estado-Nación’, estos conceptos inherentes a una democracia liberal no existen. No hay separación de poderes, ni imperio de la ley, ni libertad de prensa. El Estado-Partido es quien suple todas estas funciones ostentando un monopolio de poder muy fuerte. Como reza el célebre aforismo de Lord Acton: “el poder corrompe, y el poder absoluto corrompe absolutamente.” Este hecho fundamental hace que luchar contra la corrupción implique al mismo tiempo erosionar las estructuras de poder que, como destacábamos antes, resultan imprescindibles para asegurar la gobernabilidad de la nación. En otras palabras, luchar contra la corrupción es imprescindible para salvar el país, pero hacerlo implica torpedear la línea de flotación de la legitimidad del sistema. Cualquier movimiento en falso podría comprometer la transformación histórica que vive el país. Errar la intensidad del tiro podría acabar provocando un naufragio colectivo, un escenario que no interesa ni a China ni al resto del mundo.

Resulta imposible no mencionar la situación política en Hong Kong que reclama a Pekín la elección democrática de sus líderes. La mentalidad autoritaria y uniformadora china cocha con una realidad policroma y compleja donde se mezclan factores políticos, pero también culturales, étnicos y, muy especialmente, históricos. No hay una cuestión más delicada para el gigante asiático que la soberanía sobre su territorio. Muchas de las heridas abiertas durante el llamado “siglo de humillaciones”, cuando el país estuvo sometido a la voluntad de diversas potencias extranjeras, siguen abiertas. Es terreno sensible. El gobierno central no evita hablar de la reforma política y en muchos cenáculos de la capital se discute sobre los pasos a dar para que el régimen avance hacia un sistema, de entrada, más constitucionalista. Sin embargo, la elite dirigente no permitirá, como no lo hizo antaño, que le impongan el tempo ni la agenda, de ahí la fragilidad de la situación. Como señaló el propio Xi Jinping al inicio de su mandato: “Tenemos que arreglar el motor del avión sin perder altura”. Todo un reto para la civilización viva más longeva del planeta.

Un polvorín llamado Hong Kong

Hoy se cumplen cinco días de movilizaciones en Hong Kong en defensa de un elección libre, sin terna previa y por sufragio universal del próximo jefe de Gobierno en 2017. Hong Kong se suma así a la larga lista de elementos de riesgo e inestabilidad que acumulamos este año. Se trata sin duda de la situación política más compleja a la que pontencialmente se enfrenta Pekín desde Tiananmen y conviene abordarla con inteligencia y cuanto antes. Si algo vamos aprendiendo, es que los problemas difícilmente se corrigen solos sino que, más bien, tienden, por naturaleza propia, a complicarse con el tiempo si no se hacen las cosas bien (lo que no siempre implica tomar un curso de acción). Hong Kong es ya hoy, si se me permite el juego de palabras, una china en el zapato de Xi Jinping. Tenemos pocos elementos de juicio para intentar dilucidar cual podría ser el curso de los eventos en el corto y medio plazo, pero si podemos trazar algunos elementos que contextualizan el conflicto y que, desde mi punto de vista, me hacen pensar que, pese a la situación de alto riesgo existente a día de hoy, es más plausible un escenario de pacto-estabilidad que uno de disenso-ruptura.

Hong Kong es para la República Popular de China una herida mal cicatrizada. El origen del enclave tiene una enorme significación para el gigante asiático ya que marca, hace ahora 155 años, el inicio de lo que los chinos se refieren como “siglo de humillaciones”: tras la primera guerra del Opio los ingleses imponían Hong Kong como hacienda aduanera lo que marcaría una etapa dura y humillante de dominación extranjera por parte de diferencias potencias. Este elemento, siempre es subestimado por Occidente pero en China, donde los tempos funcionan con otros ciclos y el sentido de la historia es más profundo, se trata de elementos que hoy siguen teniendo un peso emocional importante en la clase dirigente china. Durante años, los hongokoneses fueron ciudadanos de segunda bajo la dominación colonial de Londres que dictó sucesivos gobernadores para la región desde otro continente a más de 6.000 millas de distancia y atendiendo únicamente a los intereses de la corte de Su Majestad. En 1990, se introdujeron reformas en la antigua colonia (Basic Law) de manera que los habitantes de la península adquirieron el derecho de escoger a su jefe de Gobierno. Eso sí, entre los ya previamente incluidos en la terna de Londres. Exactamente el statu quo actual excepto que es Pekín y no Londres la que propone candidatos y, de alguna manera, condiciona quién ostenta el poder político en Hong Kong. La persona dela que estamos hablando es Leung Chun-ying, conocido como CY Leung, Gobernador de HK desde 2012 cuando inicio su mandato y de la que la revista Time en su último número publica una entrevista en profundidad.

Pocos temas hay más sensibles para China que los conflictos de soberanía territorial. Es un tema irrenunciable para Pekín. Desde el impulso de las reformas de Deng Xiaoping a finales de los setenta, el país no ha parado de crecer al tiempo que la economía se iba abriendo cada vez más a la economía global. Durante finales de los noventa y dosmil, Hong Kong, ya bajo soberanía china, jugó un papel predominante como “puerto de entrada natural” a los capitales extranjeros que entraban en China. Hoy este papel sigue siendo importante, aunque el desarrollo de otras plazas financieras en el continente ha ido diluyendo esta importancia. Con todo, la región autónoma de Hong Kong hoy tiene un rol parecido al que pueda tener Londres o Luxemburgo en Europa.

¿Cómo abordar las protestas? ¿Qué actitud adoptar? Es difícil no empatizar por alguien que lo que está pidiendo es votar. Incrementar la presión policial sería un error ya que solo alimentaría las propuestas. Dejando de lado cuestiones políticas, Hong Kong tiene mucho que ganar con China, y China puede y debería de tener una buena apoyatura en Hong Kong para el proseguir de sus reformas. El ámbito económico conduce, por lo tanto, a un escenario en donde el acuerdo es el resultado más plausible.

Sin embargo, la compleja ecuación del conflicto no acaba en cuestiones económicas. En Hong Kong, ante todo, hay un doble conflicto de poder e identidad que amenaza en convertirse en un polvorín para China si este se reboza de populismo. Hong Kong se sintió aliviada de dejar de ser colonia británica. Por un lado, Hong Kong se había beneficiado de un curso de la historia diferente al de sus compatriotas del continente, en donde las instituciones económicas y políticas se habían ajustado a los estándares occidentales. Se producía una bifurcación histórica entre unos y otros. Después de muchos avatares, China continental, como decíamos, también se puso andar para converger en prosperidad y bienestar con sus vecinos de Hong Kong, y demás tigres asiáticos, que habían adoptado parte significativa del marco institucional occidental obteniendo resultados extraordinarios.

Sin embargo, aunque la convergencia es real y los resultados parecidos, China ha desarrollado este crecimiento económico desarrollando sus propias formulas, al margen de injerencias extranjeras y manejando sus propios tempos. Llegados a este punto, es cuando en 1997, los reformistas optan por la formula “un país, dos sistemas”. Una fórmula única en el mundo que quería reconocer esta anomalía histórica de manera que China recuperase la soberanía de su territorio al tiempo que los habitantes de Hong Kong no perdían sus libertades e instituciones económicas propias.

Tras 17 años bajo soberanía china, Hong Kong ha experimentado uno de los procesos de crecimiento más vertiginosos del mundo: por un lado ha sido “país” de entrada preferente en China con todas las ventajas fiscales y corporativas que eso suponía; por el otro, ha gozado de total autonomía para mantener y modificar sus instituciones hoy de las más robustas, sólidas y favorables al comercio y los negocios a tenor de la mayoría de rankings y estudios disponibles.

Parece lógico pensar que el futuro de Hong Kong pasa por China, pero también es legítimo pensar que es una decisión que únicamente compete a los ciudadanos de la península. Sin embargo, China no reconoce soberanía sobre Hong Kong que la considera parte indivisible de su territorio aunque disponga de libertades e instituciones propias. Ahí el choque, ahí la base del conflicto, y ahí el problema.

Pekín, por la propia naturaleza de sus estructuras políticas, no tiene las herramientas para ser flexible y hacer quiebros en el guion. Sabemos por otro lado que la democracia no exportable. Se ha intentado, pero a la larga imponer modelos no es la solución, como tampoco es la solución para China ahora forzar una situación que desde Hong Kong se perciba como una agresión grave hacia sus instituciones. En opinión de este analista, no creo que China realice ningún movimiento de fuerza en ningún sentido. El uso de la fuerza, como he señalado al principio, sería un grave error estratégico que limitaría la salida pactada al conflicto y alentaría aún más las propuestas. Con todo, es un riesgo altísimo que el conflicto salga a la calle y que entre comillas se descontrole y se intenten utilizar las legítimas y, hasta cierto punto, sanas las protestas de los ciudadanos de Hong Kong en una lucha por el poder en la península en donde el populismo es una baza muy golosa a la que pocos se resisten. No hace falta viajar muy lejos para ver qué pasa cuando el populismo barniza el debate y el debate se realiza al margen de las instituciones (por débiles e imperfectas que estas sean), este se hace resbaladizo y es casi imposible que no se caiga de las manos. Cuando eso pasa, todos pierden.

Esperemos que se impongan escenarios de entendimiento. Por un lado, Hong Kong debiera ver a China como una fuente de oportunidades crecientes, que lo es, y no tanto como amenaza a sus libertades. Por otro lado, China tiene que, si se me permite el símil, “mejorar sus modales” y tratar de seducir más que de imponer un modelo, dando un mayor protagonismo a Hong Kong y sus líderes en el conjunto de las estructuras de poder. Antes que la democracia, si es que algún día llega por completo al gigante asiático, China tiene que transicionar de un régimen autoritario de Partido único, hacia un régimen constitucionalista, como así se está debatiendo ya en la capital.

Digo todo esto, porque el principal reto, y para mi fuente del conflicto, son las diferentes velocidades y puntos de partida entre Hong Kong y China. Realidades muy dispares bajo un misma soberanía. Adecuar los tiempos entre la península y el continente es vital para que ambas partes que hoy, en lo político, corren a dos velocidades, vayan convergiendo y compartiendo un mismo proyecto. La estabilidad entre los lazos Hong Kong-China la juzgo de vital para que China pueda seguir avanzando con sus importante y ya de por sí retadora agenda de reformas, lo que as u vez, es el principal elemento que condiciona e influye en el crecimiento y prosperidad no sólo de China sino también de Hong Kong. En suma, esperemos que ambas partes reconozcan que aún teniendo dos sistemas, hay un mismo barco.