La madre de todas las batallas

En 1980 tuvo lugar una de las apuestas más singulares de la historia. Julian Simon, economista de la Universidad de Maryland, reto al entomólogo de Stanford, Paul Ehrlich a qué, en la selección de cinco materias primas –las que él quisiera–, estas bajarían de precio en la siguiente década contradiciendo así las tesis de Ehrlich sobre la inevitable crisis de escasez a la que se enfrentaba el planeta. En efecto, Ehrlich, marxista neo-mathusiano, había escrito en la década de los setenta su best-seller “The population bomb” que el mundo se precipitaba al borde del colapso debido a una gran crisis de escasez derivada de la diferencia entre una creciente actividad económica y demografía ante un escenario de recursos finitos, como había hecho el clérigo inglés hacia casi dos siglos antes. La culpa, seguía la argumentación de Ehrlich, era del sistema capitalista, claramente insostenible.

Uno de los muchos datos reveladores que desvela Daniel Lacalle (@dlacalle) en su último libro, “La madre de todas las batallas” (Barcelona: DEUSTO, 2014) es que el precio del crudo –que hemos visto como se ha ido desplomando este último año–, medido en onzas de oro, se ha mantenido relativamente estable y que, si descontamos el efecto sobre la inflación y la devaluación de las diferentes divisas, este alcanzó su precio máximo en 1979 solo alcanzado de nuevo en 2008 después de la etapa de expansión monetaria más importante de la historia moderna.

Hoy el precio del barril de Brent está por debajo de los 70 dólares (los analistas estiman un precio inferior a los 50 dólares para finales de 2015), las reservas de petróleo nunca habían sido tan abundantes (disponemos de reservas probadas para cubrir la producción actual más de 50 años) y Estados Unidos, después de décadas de dependencia energética, podría convertirse en exportador neto de gas y petróleo en los próximos años. Este escenario era absolutamente impensable para los agoreros del Club de Roma a finales de los setenta y ni siquiera era plausible para muchos analistas expertos en 2012. ¿Qué ha pasado?

El mercado reacciona, es palabras del propio Lacalle. En efecto, si el precio del petróleo sube, por ejemplo, esto sirve de  señal al mercado reflejando una escasez relativa de petróleo con respecto a otros bienes. Esto hace actuar a los diferentes agentes económicos, empresas y familias (también gobiernos) que tienen que disciplinar sus comportamientos al nueva escenario. De esta manera, el consumo baja y hay mayores incentivos para la eficiencia, también para la búsqueda de alternativas sustitutivas o el incremento de las inversiones para mirar de aumentar la oferta disponible (hay pozos de petróleo que no son rentables con el barril a 50 dólares pero sí lo son cuando el barril está a 100). El mercado se defiende.

Esta es una de las muchas ideas potentes que da el libro escrito de manera ágil, dinámica y provocadora. En síntesis, “La madre de todas las batallas” quiere trasladar al autor las principales ideas-guía por las que se rige el mercado de la energía hoy en día. El sector energético, igual que sucede con el sector bancario, es de vital importancia al tener una incidencia transversal sobre el resto de sectores: cualquier industria necesita energía para poder funcionar, la factura de la luz o el coste del transporte. En las más de 400 páginas que tiene el libro, Lacalle, en colaboración con Diego Parrilla, desgranan todos y cada uno de los elementos que de una manera u otra influyen sobre el precio de la energía explicando el porqué de sus dinámicas en un relato ágil, accesible y provocativo. El libro no únicamente tiene elementos descriptivos sobre el estado de la cuestión sino que, y más importante, da las ideas clave necesarias para poder hacernos una idea de que desarrollos podemos esperar en el sector energético en las próximas décadas.

Para ello resulta imprescindible, y es la gran virtud del autor, entender el papel coordinador clave que juegan los procesos de mercado. Los agentes económicos, cuando los derechos de propiedad están bien asignados, reaccionan con creatividad e inventiva ante los retos que plantea el entorno, por definición, siempre cambiante y al que hay que adaptarse de manera continua. La escasez, como problema económico, no es una cuestión absoluta y estática sino que simplemente es el motor de la infinita (hasta que no se demuestre lo contrario) capacidad crear del ser humano y su adaptabilidad a los nuevos retos respondiendo con nuevas tecnologías. Tecnologías que multiplican los recursos existentes en un instante al, por ejemplo, disminuir las necesidades de consumo mejorando la eficiencia, innovando en las técnicas de perforación y exploración geológica haciendo útiles recursos antes imposibles de explotar, o permitiendo el descubrimiento y aprovechamiento de nuevos yacimientos en diferentes puntos del globo antes desconocidos.

Los conflictos en Rusia y Ucrania, la revolución del fracking y el shale gas en Estados Unidos, el régimen populista de Caracas, la liberalización del sector petrolero en México, el apetito energético de China, la crisis de Fukushima o las subvenciones a las renovables son muchos de los temas que aborda el libro aportando gran cantidad de datos sobre la industria y, sobre todo, criterio y experiencias de primera mano para saber dónde estamos qué cosas se están haciendo bien y qué aspectos debemos mejorar en un momento clave en el sector energético. Como reza el propio subtitulo del libro: la energía, árbitro del nuevo orden mundial.

El conjunto del libro lanza un potente mensaje de optimismo: si hacemos bien las cosas y regulamos los mercados con inteligencia, la libre competencia entre tecnologías, los procesos de mercado, se erigen como potentísimos instrumentos para que, con el tiempo, dispongamos de soluciones más eficientes, innovadoras y económicas para con el problema de la energía, reduciendo la dependencia de países lejanos, asegurando de manera más efectiva la seguridad de suministro y siendo menos contaminantes con el medio ambiente. De todo lo anterior, los grandes beneficiados de esta nueva revolución energética –ya en marcha– seremos los consumidores. Libro que conviene leer y cuanto antes.

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Energía y competitividad

Para cualquier industria, la factura del consumo eléctrico es una de las grandes partidas que afecta de forma directa su rentabilidad y la competitividad de sus productos en los mercados exteriores. De un tiempo a esta parte, nuestra política energética e industrial ha sido errática y sin objetivos claros. Ahora, en tiempos de crisis, esta falta de previsión y de ideas claras se hace todavía más visible. Es necesario un cambio de rumbo urgente en nuestra política energética para no lastrar nuestro tejido industrial y a la postre nuestra ansiada recuperación económica.

Cualquier modelo eléctrico tiene que cumplir con tres objetivos fundamentales: garantía de suministro, competitividad y respeto medioambiental. Todos ellos igual de importantes. En la actualidad, disponemos de diversas fuentes de energía primaria que van desde la nuclear hasta las renovables, pasando por el carbón o la hidráulica. Todas ellas son necesarias, y cumplen diferentes funciones dentro del sistema: unas haciendo de fuente base, nuclear, y otras para cubrir puntas, hidráulica, gas o renovables. Un mix efectivo es esencial para garantizar la calidad del suministro y la competitividad del sistema en su conjunto.

De un tiempo a esta parte, España ha ido acumulando una complejísima y poco clara estructura de subsidios y primas a las energías renovables y al carbón que han incrementado peligrosamente el coste de nuestro modelo energético. Por añaduría, la infrautilización de la infraestructura gasista (España es el segundo país, por detrás de Japón, en capacidad regasificadora instalada), o las inversiones en red necesarias para acomodar la creciente oferta en renovables encarecen todavía más el sistema. Según datos del Eurostat, España ha pasado del decimosegundo al octavo puesto en el ranking de precios energéticos más altos de la Unión Europea en un solo año. Necesitamos revisar nuestro modelo para garantizar su competitividad y no lastrar la delicada situación de nuestra economía.

La energía nuclear, pese a su rechazo histórico entre amplios sectores de la sociedad, se constituye como uno de los pilares básicos de cualquier modelo energético. La energía nuclear es limpia, asegura el suministro eléctrico, y garantiza la competitividad del sistema. EE.UU., Alemania, Suecia, Suiza, Francia, o economías emergentes como China o India, entre otros muchos países, están revisando al alza sus planes con respecto a las centrales nucleares: construyendo nuevos reactores o alargando la vida de los ya existentes. En un entorno globalizado, es imprescindible tener un sistema eléctrico competitivo si se quiere seguir aspirando a ser una potencia industrial.

En la actualidad, España cuenta con un mix más o menos equilibrado de su producción: 30% gas, 18% nuclear (8 reactores), 13% eólica, 12% carbón, 10% hidráulica, y un 17% con otras fuentes. Sin embargo, parece que desde el ejecutivo de la nación existe una obsesión en pro de las renovables, extremadamente caras y poco competitivas, y en contra de la nuclear. Hace unos meses, el gobierno, por real decreto decidió cerrar la central de Garoña, que figura en todos los rankings como una de las centrales más seguras y eficientes, en 2013. Esta decisión dista mucho de ser óptima y es un paso en la línea opuesta a la tendencia observada entre las principales economías industriales del mundo.

La energía que deje de producir Garoña, será sustituida por gas o carbón, no mediante renovables ya que es físicamente es imposible. En suma, anticipar el cierre de Garoña no hará otra cosa que aumentar los costes de la totalidad del sistema sin aportar ninguno de los beneficios. Ciertamente, ninguna de las cosas que le hacen falta a nuestra debilitada economía. Es necesario revisar dicha decisión, y equilibrar el modelo energético en base a las fuentes más eficientes, complementándolas con energías renovables que, hoy por hoy, son sólo un complemento del sistema, pero en ningún caso la solución completa a las necesidades energéticas de nuestra economía y sociedad en su conjunto.