Kissinger (el idealista)

the longer you can look back, the farther you can look forward.”

Winston Churchill

Niall Ferguson, probablemente el historiador libertarian-tory más relevante en el panorama internacional, vuelve al genero biográfico para enfrentarse a la ambiciosa empresa de bucear en la mente de Henry Kissinger, histórico de la diplomacia estadounidense y pieza clave para entender los avatares de la geopolítica global de las últimas cuatro décadas. El proyecto nació del propio Kissinger -que ya cuenta con notables biografías como la que le hizo Walter Isaacson– que escogió al historiador de Edimburgo personalmente. Explica Ferguson que al principio le costo decidirse pero que le resulto imposible negarse a dicha aventura cuando Kissinger en el momento en el que Ferguson le llamo para comunicarle que no aceptaría el encargo le dejo caer algo así como “una pena por qué justo hoy he encontrado nuevas cajas con cartas y documentos de mis años de formación.” Un caramelo demasiado goloso para el Indiana Jones de la historia.

La obra esta estructurada en dos partes. El primer volumen, Kissinger: 1928-1968: The Idealist, se centra en los años de formación del personaje, un poco con el mismo espíritu del célebre ‘My Early Years‘ de Winston Churchill. En él Ferguson se centra en los elementos y factores que configuran la mente y los antecedentes de quién luego será una personalidad clave a la hora de proponer normas, mecanismos e instituciones para re-configurar el gran tablero que configuran las relaciones entre paises y el “equilibrio global”, una de las ideas sobre las que ha pivotado la vida y obra de Henry Kissinger. En la declaración de objetivos de Ferguson no esta únicamente el objetivo de biografiar a Kissinger sino también reflexionar sobre la rica producción intelectual del personaje. Para entender esta producción, esta manera de pensar que luego tendrá una papel principal a la hora de definir la diplomacia contemporánea, es imprescindible el paso previo de comprender las vivencias vitales del personaje, sus lecturas de juventud y su manera de pensar.

Estamos pues, ante una obra de gran ambición y, además, ejecutada con gran maestría. El trabajo de Ferguson cuenta con inumerables cartas y documentos de Kissinger, entrevistas con amigos y enemigos e incluso con largas sesiones de trabajo con el propio protagonista lo que convierte la obra en un texto de estudio de gran interés no únicamente histórico -que lo tiene- sino también para cualquier estudioso o practicante en el ámbito de la diplomacia y con interés en las relaciones internacionales.

 Del contenido de la obra destacaré un pasaje vivencial y una pincelada intelectual que creo que son dos buenas muestras que ejemplifican bien lo que podemos encontrar en la lectura de ‘Kissinger‘. La experiencia más definitoria de Henry Kissinger durante sus años de formación será su regreso a Alemania (abandonará su país de origen en 1938 con toda su familia para huir del nazismo) como soldado americano lo que le permitió un contacto directo con la crudeza del nazismo y la psicología de la guerra y de la barbarie nazi de primera mano. Unas vivencias de gran crudeza que ayudarán a configurar la idea de Europa del joven Kissinger.
Los primeros capítulos del libro, recuerdan que Ferguson es un experto en el periodo 10s/20s/30s de la historia europea que ya trabajó durante la gestación de otros libros notables: la biografía de Sigmund Warburg, y la obra (también en dos volúmenes) dedicada a la Casa Rotchschild. El libro describe de forma magistral el dramático ascenso del nazismo tras el convulso periodo que fueron los años 10s/20s para Alemania -especialmente durante los estragos de la hiperinflación- y luego con los efectos de la crisis económica del año 29-30, y sin los que es imposible entender el auge de Hitler. Con el regreso de Kissinger a Estados Unidos, el libro nos traslada a los primeros compases de la Guerra Fría, toda una época para el sistema de relaciones internacionales y donde se acabará de configurar la mente estratégico del que luego sería Consejero de Seguridad Nacional.
La importancia de la Historia
Desde el punto de vista intelectual, Ferguson haciendo gala de una gran maestría narrativa, explora las interacciones de Kissinger con sus principales referentes que configuraran, poco a poco, su corpus teórico.  Para quién escribe, pro ejemplo, ha sido una sorpresa descubrir como Kissinger no es hegeliano, sino que el pilar fundamental durante los años de formación será el inmenso filósofo prusiano (de nacimiento no de tanto de tradición filosófica, por ser justos) Immanuel Kant. Otra cosa, y eso supongo que se analizará en el segundo volumen y, en cualquier caso, daría para un ensayo, son las contradicciones en las que es imposible no reflexionar sobre las contradicciones entre la teoría y la praxis del personaje. De hecho, podría decirse que el libro es tanto una biografía como un ejercicio de “historia aplicada”. Kissinger, al igual que Ferguson, será un estudioso -y un apasionado- de la Historia desde sus primeros años como estudiante. Ferguson ironiza que titulará su trabajo de final de carrera con el “humilde” título ‘The meaning of History’ (no es casualidad que Kissinger le propusiera este trabajo a alguien como Ferguson). Todo esto es relevante por qué uno de los mensajes más importantes del libro es la importancia de la historia, y como el dominio de esta disciplina por parte de Kissinger es uno de los factores clave de éxito en el “statecraft” -que dicen los ingleses- kissingeriano, probablemente el Secretario de Estado más importante en la historia de Estados Unidos.
Un completo estudio y comprensión de la historia, no únicamente entendida como la suma de fechas y acontecimientos, sino también en su sentido más filosófico, más profundo, permite una mejor intuición del mar de fondo de los tiempos sobre los que se apoya la política y lo que, a la postre, se desprende de la monumental obra de Ferguson, explica el éxito de Kissinger a la hora de manejar los mecanismos de poder y gestionar la esfera de influencia de Estados Unidos hasta nuestros días. De hecho, el propio Kissinger ha remarcado siempre que el gran “déficit” del cuerpo diplomático estadounidense ha sido la historia y la filosofía que, sin embargo, son disciplinas que es necesario cultivar para una correcta comprensión de las fuerzas que juegan y configuran el escenario global. De hecho, cuando se incorporé a la administración Nixon, Kissinger destacará: “When I entered office, I brought with me a philosophy formed by two decades of the study of history.
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La polémica
Este primer volumen trata, sobretodo, con las relaciones de Kissinger con él mismo: se trata de un libro introspectivo del personaje más que las relaciones del personaje con el exterior, su definitoria acción de gobierno que previsiblemente centrará el relato del segundo volumen que arrancará en 1969 cuando sea nombrado en enero Consejero de Seguridad Nacional por el presidente Richard M. Nixon. Entre otras cosas, este segundo tomo previsiblemente confrontará algunas de las muchas críticas -algunas de ellas furibundas y que incluyen la acusación de crímenes contra la humanidad por parte de Kissinger- que rodean al preeminente diplomático.
En cualquier caso, este primer volumen si tiene que abordar la contradicción con respecto a la estrategia en Vietnam: Kissinger en 1965 reconocía que era imposible ganar militarmente la guerra con Vietnam y que únicamente acabaría mediante la negociación y sin embargo la guerra continuaría durante ocho largos años más. Sombras similares se extienden sobre el papel que pudo tener Kissinger en las Conversaciones de Paz en 1968 ejerciendo de ‘liason’ con la campaña de Nixon. Ferguson se limita a poner de relieve las multiples debilidades de la “teoría conspirativa” sin exculpar al personaje por falta de pruebas concluyentes en un sentido u otro.
La figura de Kissinger, como cualquier gran carácter, no deja indiferente a nadie. En cualquier caso, tanto para acólitos como para los detractores, el libro es una lectura imprescindible para aproximar una figura tan compleja como importante a la hora de definir el actual orden internacional, hoy, justamente, en profundo estado de transformación.

Una nueva asociación atlántica (por José M de Areilza Carvajal, ABC)

Jean Monnet, el europeo con más destreza en idear planes para sacar a Europa de sus parálisis, estaría hoy volcado en un solo expediente: la negociación del acuerdo transatlántico de comercio e inversiones. Vería en este tratado la oportunidad de frenar el ensimismamiento de la política en nuestro continente y de avanzar hacia una alianza permanente entre una Europa unida y Estados Unidos, uno de los proyectos a los que dedicó buena parte de su vida y que nunca llegó a ver la luz. Monnet comenzó su andadura política con veintiséis años. En la primera guerra mundial y sin más credenciales que su experiencia internacional en el comercio de cognac, identificó la necesidad de integrar el transporte y la logística entre los ejércitos de Francia y el Reino Unido. En la década de los cincuenta, su mejor etapa vital, lideró la creación de las Comunidades Europeas. Pero no consiguió la puesta en pie de la denominada Asociación Atlántica, por más que trabajó con las administraciones Truman, Eisenhower y Kennedy para darle forma, utilizando su enorme influencia en Estados Unidos. Ninguna otra personalidad europea ha tenido mejores relaciones en el corazón de la superpotencia. Henry Kissinger cuenta en sus memorias que “Monnet tenía la capacidad de cautivar a los líderes de EEUU para que viesen en mundo desde su perspectiva única”. Tras trabajar a fondo con sus amigos Dean Acheson, John Foster Dulles, George Ball y John Mc Cloy, y los discípulos de estos gigantes de la guerra fría en el “brain trust” en la Casa Blanca, Monnet pudo ver cómo John Kennedy proclamaba el 4 de julio de 1962 en su discurso en el Independence Hall de Filadelfia el objetivo de una Asociación Atlántica, “un gran diseño” para reforzar los lazos políticos, económicos y de defensa. Pero el asesinato del joven presidente, la oposición de Charles De Gaulle y la guerra de Vietnam truncaron este sueño atlántico.

En nuestro tiempo, cuando la relación entre ambas orillas atraviesa cambios de gran envergadura, la idea de Asociación Atlántica sigue siendo tan acertada como necesaria, adaptada al contexto actual. Estados Unidos y Europa comparten valores e intereses pero no tienen una estrategia común global, definida y estructurada, a la hora de defenderlos y proyectarlos en un mundo que se transforma aceleradamente. Es fácil resignarse y justificar esta falta de entendimiento por las diferencias de poder. También es sencillo escudarse en la complicada situación política a cada una de las orillas del Atlántico. Europa es un espacio envejecido, todavía con enorme talento y un modo de vida envidiable, que con frecuencia opta por la parálisis frente a la reinvención. Muchos europeos tienen una actitud defensiva ante las presiones del mercado global, en vez de atender a las oportunidades y los retos de la integración económica mundial. A la salida de la crisis del euro, la política no se ha renovado de modo suficiente para que surja un nuevo europeísmo y se constituya como un ideal colectivo capaz de atraer y movilizar. Las nuevas reglas de la moneda común exigen que los gobiernos nacionales cumplan con obligaciones muy exigentes. A cambio, en no pocos países, los partidos de la oposición flirtean con el populismo y piden lo imposible. El caso griego es el más grave porque el gobierno anima al país a la autodestrucción. La voz de Europa en el mundo se escucha en algunos ámbitos como el comercio, pero está ausente en temas tan fundamentales como la seguridad y la defensa, un ámbito en el que dependemos en último término de Estados Unidos, que financia tres cuartas partes del presupuesto de la OTAN, la institución atlántica por excelencia. La mayoría europea abraza un credo pacifista que niega la realidad internacional, beneficiándose , eso sí, de las capacidades militares norteamericanas.

Estados Unidos, por su parte, se deja llevar más que antes por el péndulo del aislacionismo. Al tiempo que se bate en franca retirada del Oriente Medio que le concierne a Europa, reorienta su atención hacia Asia. Hay también no pocos ciudadanos norteamericanos descontentos con su sistema político, desde la excesiva polarización ideológica a la influencia desmesurada del dinero en las campañas, tanto en la selección de candidatos como de programas. En el plano internacional, Barack Obama ha practicado una política exterior realista, reacia a inspirarse en grandes visiones y más acorde con los deseos de sus votantes, escaldados tras las guerras de Irak y Afganistán. La tendencia de su administración a “liderar desde detrás”, acentuada por la revolución energética que tanto beneficia al país, ha expuesto todavía más las carencias europeas en seguridad y defensa.

Desde hace dos años, Estados Unidos y la Unión Europea preparan un acuerdo de libre comercio e inversión que merece ser entendido como la ocasión de volver a pensar esta relación en el tablero de la geopolítica. Las distorsiones y falsedades que se han difundido sobre la negociación en curso llenarían muchas páginas. Por fortuna, en Washington el poder legislativo parece capaz de salvar las resistencias de la izquierda demócrata y conceder a la Casa Blanca la autoridad necesaria para negociar con agilidad dicho pacto. Pero si la UE no lo quiere a fondo, Estados Unidos no lo necesita tanto y se puede conformar con llevar a buen puerto otro gran acuerdo de comercio con once países del Pacífico. La tracción por una vez debe venir del polo europeo, para enlazar con fuerza política y visión del mundo de mañana dos orillas cuyas masas continentales derivan en sentido contrario.

En la Unión, los argumentos miopes de los defensores del proteccionismo o las consignas vetustas de los anti-sistema no deberían distraer a los gobiernos y a las instituciones comunitarias del objetivo principal. Se trata de conseguir, a través de un acuerdo equilibrado, un estímulo económico de gran envergadura, sin recurrir al endeudamiento o al gasto público, mediante la convergencia regulatoria, la apertura de la contratación pública y la eliminación de barreras. El refuerzo por esta vía de la interdependencia del espacio económico más integrado del mundo permitiría avanzar hacia una Asociación Atlántica. Una comunidad occidental, capaz de compartir políticas, poner en marcha acciones comunes en relación a China o Rusia y enfrentar los grandes desafíos de la ciberseguridad, la energía o el terrorismo yihadista. Sería una vuelta a la poderosa inspiración de Jean Monnet y, de paso, nos evitaría tener que explicar un día a nuestros hijos por qué Europa desaprovechó alrededor de 2015 la mejor oportunidad que tuvo de refundar su alianza estratégica con Estados Unidos.

Balance presidente Obama (parte 2)

El Balance en clave doméstica de Obama también arroja serias dudas y, en opinión de este analista, ha sido bien decepcionante y ha demostrado el muy poco criterio económico del inquilino de la Casa Blanca pese a que esta probablemente sea una idea contraria a la visión de la mayoría en nuestro país. La economía de Estados Unidos se recupera, parece que se recupere, pero lo cierto es que esta recuperación se sustenta sobre un gigantesco estímulo monetario, histórico, que ha distorsionado de forma muy notable la estructura económica, ha aumentado las diferencias entre los americanos con patrimonio y los que no (entre los que tienen formación financiera y los que no); al tiempo que ha dificultado la acumulación de capital y el ahorro entre los más jóvenes y, finalmente, ha arrastrado a otros países a optar por una salida a la crisis similar al camino tomado por América. En resumen, durante estos últimos siete años, y al igual que ha sucedido en los países de la periferia Europea, no se ha hecho frente a la crisis sino que se ha pospuesto a generaciones venideras vía deuda primero, expansión monetaria después.

Esta expansión monetaria sirve para cubrir los agujeros negros -es la manera más efectiva de mutualizar pecados- de una banca irresponsable que opera como si de un casino se tratase porque es consciente que la Reserva Federal acudirá al rescate cuando las cosas vayan mal -por qué no tiene otro remedio con el paradigma de dinero fiduciario que nos hemos dado entre todos-. Es cierto que la tasa de paro de Estados Unidos se ha ido reduciendo de manera paulatina, pero igualmente cierto es que estas estadísticas están fuertemente retorcidas para enmascarar una realidad mucho más alarmante. Basta ver cómo ha caído de manera dramática la población ocupada y como las jornadas de los trabajos cada vez son mucho menores (algunos contratos no llegan a la media jornada) para inferir que la tasa real de paro en América es mucho mayor. Un dato: hace 7 años el número de americanos en paro o con un empleo precario (jornada reducida) era de 13,5 millones; hoy son 16,9 millones.

Y esto, insisto, con la mayor expansión monetaria de la historia en donde la Fed ha multiplicado su balance por tres. Quizás, en parte, también esto ha sido así debido a la incapacidad de la administración de Obama de acertar las causas reales de la crisis y actuar en consecuencia. En efecto, la capacidad reformadora de Barack Obama ha sido cero. De todo lo anterior se puede decir que Obama no es el responsable (o único responsable), pero sí que podemos criticar su ausencia de liderazgo responsable y consciente en favor de reformas que fortaleciesen el sistema haciéndolo más justo (propiedad, imperio de la ley e impuestos bajos). En este sentido, Obama ha sido un Presidente que ha demostrado tener un muy pobre criterio económico, rivalizando casi (quizás me paso) con el Presidente Zapatero que tan caro nos ha salido a todos los españoles con independencia del color político.

“Last but not least”, y derivado de lo anterior, está el balance social cuya principal iniciativa, y también la más polémica, ha sido el Obamacare. De entrada, hay que desconfiar de cualquier ley con nombre de político. Siempre. En resumen, el Obamacare es una intervención positivista “top-down” en el ya distorsionado mercado sanitario americano que, lejos de solucionar el problema para la cual fue pensada -mejorar e incrementar la cobertura sanitaria de los americanos-, rema en la dirección contraria debilitando el conjunto de la economía americana y por expensión también su sistema de salud. Europa y Estados Unidos han afrontado de diferente manera el espinoso tema de garantizar un sistema sanitario  universal. Importante subrayar la palabra universal que muchas veces se confunde con gratis. No hay nada gratis, si pueden existir bienes de acceso universal. El debate ha de girar en de qué manera organizamos el sistema para que la gente que, debido  a las circunstancias, no puede costear un seguro médico sin que esto implique favorecer una sociedad irresponsable que, a la larga, haga que todos necesiten de esta ayuda. Como siempre sucede, tan importante resulta el debate sobre el reparto de la riqueza, como el debate sobre como esta se crea: la mejor política social es la que no se necesita. Por el contrario, la peor política social es aquella que imposibilita la resolución del problema sino que incentiva el parasitismo. Remar en dirección contraria es lo que hemos favorecido los europeos durante las dos últimas décadas en donde los sistemas de bienestar gratuitos han acabado incentivando a que la gente los necesite y no sea capaz de vivir sin ellos. El error fundamental, ha sido confundir universalidad con monopolio estatal (cuando sabemos que, económicamente, los monopolios son altamente costosos).

Huelga decir que un servidor no cuestiona en absoluto los principios de universalidad de la sanidad y la educación, dos ideales del liberalismo burgués y su defensa por la igualdad de oportunidades (que no de resultados). Sin embargo, como decía, no hay que confundir que una cosa tenga que ser universal con que tenga que ser pública; y conviene no confundir lo público con gratis. Obvio, pero conviene recordarlo: nada es gratis; la cuestión clave es ver cómo hacemos un sistema que además de universal sea sostenible, eficiente, innovador, y justo. Todas estas palabras por desgracia siempre quedan fuera del debate que básicamente oscila entre lo público o el anatema. En suma, la clave esta en ayudar a quién lo necesita pero sin fomentar que todo el mundo lo acabe necesitando (es decir, sin incentivar la irresponsabilidad colectiva y el abuso como sucede hoy). La evidencia empírica nos muestra como colectivizar los bienes –línea en la que incide la para mi nefasta propuesta de Obama– provoca un encarecimiento en el coste del servicio, bloquea la innovación (al convertir a médicos y enfermeros en funcionarios), incentivando el abuso de recursos, la corrupción y el despilfarro. Básicamente porqué cuando colectivizamos un bien se imposibilita el cálculo económico (sovietizamos la economía) y todos salimos perdiendo como demostraron hace cinco décadas Mises y Hayek. Lo público acaba saliendo tremendamente caro y genera disfuncionalidades crónicas que lo hacen insostenible por favorecer, como señalaba, una estadio de irresponsabilidad e insolidaridad colectiva.

Repito: la universalidad de la sanidad (o la educación) es un principio rector de un orden social liberal, el problema es cómo logramos esta universalidad sin quebrar, financiera y moralmente, en el intento. En efecto, la intervención pública por definición distorsiona el funcionamiento de los mercados generando incentivos para los abusos y la corrupción con el consiguiente sobre coste en términos de pérdida de eficiencia e innovación. Por eso estas tienen que estar limitadas al mínimo imprescindible. Estos tres problemas afectan en mayor o menor medida los sistemas sanitarios a ambos lados del Atlántico y su solución dista mucho de ser simple y mucho menos de poder ser impuesta con un enfoque “top-down” discrecional por parte del gobernante de turno, como ha hecho Obama con el Obamacare demostrando muy poco criterio en cuestiones económicas.

Basta plantear el problema en su reducción al absurdo para poner las cosas en perspectiva. Pensemos: si las soluciones fueran así de fáciles ¿por qué aún tenemos problemas en nuestras sociedades modernas? Efectivamente, nada es gratis, todo tienen costes y cualquier ley positivista impuesta en un colectivo corrige disfuncionalidades creando otras. El plan sanitario de Obama simplemente ha consistido en otorgar un subsidio a las personas que todavía hoy no tenían seguro médico sin atender a las razones que subyacen a esta decisión. Es decir, pretender corregir el síntoma sin atender a las causas. La iniciativa del Presidente Obama es vistosa, fácil de vender y con resultados visibles rápidos y sencillos de comprender entre el gran público, pero no soluciona el teórico problema de personas que por diferentes circunstancias no pueden hacer frente a un seguro médico. Si se me permite la caricatura, Obamacare es a la sanidad lo que las propuestas de Ada Colau son a los desahucios. Algo de pan para hoy, hambre para mañana.

Desde el lanzamiento de Obamacare, por la que el Gobierno Federal paga una parte substancial del seguro médico aquellos que todavía no tenían uno, el número de americanos sin seguro médico se ha reducido de manera notable. La campaña para beneficiarse de esta ayuda se intensifico en Marzo con la participación activa del “mass media liberal” de Estados Unidos que tanto apoyado a Obama durante sus dos mandatos. Sin embargo, ¿ha servido esta medida para corregir las disfuncionalidades del sistema y que encarecen, muchas veces, innecesariamente las pólizas de seguro médico imposibilitando a algunos de contratar una póliza? La respuesta es no.

Haría falta un artículo igual de largo que este para explicar los costes que una política de “café para todos” como el Obamacare y cuya principal consecuencia es primero, no corregir los principales problemas del actual sistema en donde muchas de las normativas existentes han generado perniciosas y crónicas disfuncionalidades para proteger a ciertos lobbies (médicos y compañías); y, segundo, generaliza una solución costosa que hipoteca aún más el ya debilitado presupuesto de la nación y que seguramente acabe conllevando una subida impositiva que acabe por encarecer, aún más, el esfuerzo financiero que han de realizar los americanos a la hora de sufragar sus gastos sanitarios. Veremos.

En cualquier caso las perspectivas no son halagüeñas, especialmente y como pasa siempre, para los que menos tienen.

Estos son solo algunos elementos fruto de un análisis somero a los que han sido las principales líneas de acción y trabajo del Presidente Obama y cuyo balance, de nuevo desde la perspectiva de este humilde observador, me parece pobre y decepcionante y que deja a Estados Unidos en una posición mucho más frágil que cuando tomo posesión pese a la visión tan tremendamente positiva que se nos suele vender a menudo.

Balance presidencia Obama (parte 1)

Con el ocaso de la presidencia de Obama se abre un periodo propicio para la reflexión y el balance de sus años en la Casa Blanca. La opinión popular en Europa -especialmente en España- es muy positiva. Esta opinión muchas veces se sustenta más en la estética y la retórica que no resultado de una evaluación sobre hechos concretos. Obama ha sido un presidente con unas dotes comunicativas fuera de lo corriente y con un márquetin político detrás que ha marcado escuela. Sin embargo, en mi opinión, los años de Obama dejan a Estados Unidos en una posición más frágil y débil que cuando tomo posesión arrojando un balance muy decepcionante tanto en clave doméstica como exterior.

Los años de Bush fueron, en general malos, sobre todo en economía donde el Republicano pecó de keynesiano, proteccionista y corporativista. Con todo, seguramente con el paso de los años, el balance de Bush oscilé hacia posturas más amables. El segundo presidente de la saga Bush tuvo que hacer frente al mayor ataque sufrido por Estados Unidos en toda su historia y que, por la cobertura e impacto mediático, supuso un verdadero shock sobre la nación nunca vivido antes. El 11S marcaba de forma brusca el inicio del tercer milenio y despertaba de su particular ensoñación a unos Estados Unidos que, en cierto modo, había perdido conexión con el entorno geopolítico global que distaba mucho del escenario de “fin de la historia” (“too good to be true“). La reacción tras los atentados fue heroica. Bush supo aglutinar a la nación en uno de sus momentos más dramáticos y transmitir seguridad cuando más se necesitaba.

Sin embargo, a esta “buena” (es decir, menos mala) reacción inicial, le siguió una guerra-invasión innecesaria cuyos costes geopolíticos, económicos y sociales aún estamos pagando hoy. De las cenizas del desmantelado régimen del sátrapa de Sadam surge el Estado Islámico. El mal no se eliminó, mudo de piel. Hoy la situación es más frágil e inestable que en el escenario anterior a la guerra (que ni mucho menos era óptimo o probablemente tolerable, con una población kurda que era víctima de una exterminación sistemática por parte de Sadam aunque, como luego supimos, nada de esto tenía que ver con ningún arsenal de armas de destrucción masiva).

A este gran frente exterior, en 2008, se suma el tsunami financiero. El esfuerzo militar había disparado el desequilibrio presupuestario que salvo en contados ejercicios, ha ido arrojando sucesivos déficits obligando a la economía americana a vivir permanentemente de pedir dinero al exterior y aumentar de manera constante y creciente la masa monetaria. Un esquema sumamente frágil incluso para el coloso americano hoy -y de nuevo, esta es una apreciación muy personal- no se encuentra en su momento de mayor gloria.

Barack Obama llegó a la Casa Blanca en un momento delicado. La crisis financiera se había atacado sobre todo con estímulos de demanda como marca el canon keynesiano vía deuda y estímulo monetario. Los falsos aprendizajes de la gran crisis del 29 de la pasada centuria han pesado mucho en el “establishment” académico y han marcado la agenda económica desde entonces. Obama aterrizó en DC con dos promesas importantes: cambiar con la sintonía entre Wall Street y Washington y cerrar la base militar de Guantánamo.

El nombramiento de Larry Summers -un histórico keynesiano y principal fontanero entre el sistema bancario y DC-, así como el atemperamiento inicial con respecto a la política antiterrorista de la administración Bush, fueron las dos grandes decepciones iniciales para el votante “liberal”. Matt Damon, por ejemplo, que mostró su apoyo a Obama durante la campaña, fue de los primeros desafectos del ahora inquilino de la Casa Blanca llegando a prestar su voz al crítico –no malo al principio, pero muy incompleto y sesgado al final- documental Inside Job de Charles Ferguson en donde reciben críticas a partes iguales Bush y Obama en lo que la manera de afrontar la crisis se refiere.

En cualquier caso, la llegada de Obama despertó esperanzas y expectativas -entre los que me incluyo- de como Estados Unidos podía enderezar su política exterior y, de paso, también poner orden en sus desajustadas y disfuncionales finanzas públicas. Al final, Obama no ha conseguido ni lo uno ni lo otro y ha dado, en general, una sensación constante de muy poca claridad de pensamiento y de modelo.

Por un lado, su política exterior ha estado llena de gestos y buenas palabras pero no de hechos ni claridad de objetivos de lo que se pretendía que, si alguna consecuencia real han tenido, ha sido el de favorecer un clima de creciente relativismo con respecto a los valores e intereses de Occidente que tendrá consecuencias en el largo plazo.  Paradigmáticos de lo anterior han sido los intentos de cambiar el statu quo con Cuba e Irán (también Rusia, aunque ahí la culpa es compartida con la UE). Veamos primero el segundo caso.

El principio de acuerdo con Irán –ahora ya sabemos que simplemente es un marco de intenciones para intentar llegar acuerdos–, pretendía entablar una relación más estable con uno de los pocos “estado-nación” moderno que funciona normalmente dentro del avispero que es Oriente Medio. Lo cierto es que las negociaciones con Irán y el anuncio a bombo y platillo de un “acuerdo” no han tenido ninguna consecuencia real con respecto a los cambios internos que debería de afrontar el régimen que, entre otras cosas, persigue a las minorías sexuales o lapida a mujeres por atentar “contra el honor” (sea lo que sea eso) y niega el derecho a existir de Israel. El único efecto real de esta gesticulación con los iraníes ha sido la pérdida de fuerza de Israel, sin que tengamos ninguna certeza de que en el nuevo escenario Irán adopte una postura que favorezca una mayor seguridad y estabilidad en la región. Más bien, y utilizando la feliz expresión de Bauman, toda la puesta en escena ha servido únicamente para favorecer un escenario más líquido que, en mi opinión, no nos hace ningún bien. Por añaduría, y como dejaron constancia muchos medios como el Washington Post o el Wall Street Journal, Obama ha demostrado ser un pésimo negociador, donde no ha tenido claras las líneas rojas –que se han ido modificando– dando esta sensación, me decía un analista amigo mío la semana pasada, de falta de claridad de ideas en un tema en el que está en juego la seguridad estratégica global.

Algo similar ha sido el caso cubano. El desastroso y criminal régimen de los hermanos Castro, que cuenta con potentes lazos con otros regímenes pertenecientes al nuevo paradigma de socialismo siglo XXI -que va por el camino de ser tan desastroso como el del siglo XX-, ha vivido permanentemente rescatado. Primero fue la Unión Soviética, después han estado viviendo del petróleo de Venezuela y ahora, finalmente, les insufla oxígeno EEUU. La coartada para la pobreza en la isla siempre ha sido el embargo cuando el problema era el comunismo. En este sentido, Obama cayó en la trampa del régimen al afirmar que Cuba vivía aislada cuando es mentira. El mundo no se acaba en Estados Unidos. Me explicaba hace poco una columnista del WSJ que en una visita “oficiosa” a la isla, el guía oficial delante de unas baldosas rotas en una avenida principal de La Havana exclamó: “ven: no podemos reparar estas avenidas por el embargo.” Mi amiga, persona listísima, reacciono rápido y firme ante tal disparate diciendo: “¡Pues hoy es vuestro día de suerte! Justo hace poco visite una fábrica en México en donde fabrican este tipo de baldosas y os puedo pasar el contacto.” Tras un incómodo silencio, el guía no tuvo más remedio que afirmar, “sí bueno, tiene razón, el problema no es el embargo el problema es que no tenemos dinero.” As simple as that.

La eliminación del embargo era una medida obvia y necesaria pero no por Cuba o no Cuba, sino por los americanos que merecen ser libres de vender y comprar productos con quién les plazca y viajar a cualquier país que consideren oportuno. La pomposidad  y retórica con la que se adornado la medida era del todo innecesaria y gratuita que solo sirve para que, a ojos de la comunidad internacional, el gesto haya significado una legitimación de la dictadura caribeña y como un éxito de los Castro. Hay que ser más listo y tener unos principios más sólidos cuando se es Presidente de Estados Unidos: quita el bloqueo pero no le organices una fiesta a Fidel. Absurdo. De nuevo, este tipo de gestualidad exagerada solo contribuye a favorecer un clima de confusión y relativismo que en nada favorece la causa de la libertad y la justicia. Al final de la pantomima, Raúl Castro se le dio en Panamá la oportunidad de dar lecciones a los demás países cuando es él y su hermano los llevan décadas sometiendo a su pueblo y atropellando las libertades y los derechos más básicos.

Podríamos también hablar de la invasión rusa a Ucrania pero es un caso que, por sus implicaciones con Europa, bien merecería un artículo aparte.

En resumen, el momento actual requería de un Churchill y Obama ha sido lo más próximo a Rodríguez Zapatero. Si bien el paradigma “neocon” de Bush probó ser más problema que solución, el pensamiento débil de Obama tampoco es la alternativa. El que venga tiene la difícil tarea de encontrar un punto medio que seguramente será próximo a la vieja locución latina de “fortier in re, suaviter in modo”.

Nuevas perspectivas sobre las reformas en China

Esta mañana el premier Li Keqiang ha hecho su tradicional discurso “sobre el Estado de la Nación”. Antes de que estos días extraigamos conclusiones sobre el estado de la coyuntura actual, resulta un momento propicio para tomar algo de perspectiva y reflexionar sobre el estado actual en el que se encuentra su importante proceso de transición económica. Debido a su gran importancia y tamaño, de lo bien o mal que lo haga china depende en gran medida lo bien o mal que nos pueda ir a nosotros.

China está agotando los últimos cartuchos del modelo de crecimiento basado en unos costes laborales excepcionalmente bajos lo que ha permitido a su industria exportadora exprimir al máximo los márgenes de prácticamente todos los sectores industriales acaparando cuota de mercado en prácticamente todos los sectores y segmentos. Este modelo ha perdido cierto fuelle de un tiempo a esta parte por diferentes motivos. El primero de todos, es el propio éxito del modelo: los chinos han dejado de ser “pobres”, y de tener salarios bajos, gracias a los frutos de su propio esfuerzo. Hoy China es una gran potencia exportadora en prácticamente todos los mercados y fruto de ello que también los salarios hayan subido. Otro motivo, es la caída estructural –llega para quedarse– del consumo mundial tras la crisis financiera de 2008. Los mandatarios chinos son muy conscientes del estado de las cosas y de los enormes riesgos que supondría para la economía seguir el curso actual.

Para que una nueva generación de chinos pueda vivir con un crecimiento sostenido del crecimiento y la prosperidad, China deberá cambiar la estructura y composición de su economía en diversos aspectos: cambiar exportaciones por demanda doméstica, una estructura básicamente industrial y manufacturera por una estructura con un mayor peso de los servicios, cambio de inversión a consumo, y finalmente transicionar un modelo de crecimiento alimentado por el binomio crédito/deuda hacia uno con más capital.

La pieza angular para conseguir todo lo anterior siguen siendo las reformas. La principal característica de la economía china –de la que a veces se olvidan muchos analistas – es su aún muy prematuro estadio de desarrollo. Con un PIB per cápita que en 2014 superó por primera vez los 12.000 dólares per cápita, vemos que el país tiene un nivel de desarrollo global muy primario. De hecho podemos decir que hay dos chinas: una desarrollada que cuenta con cerca de 300 millones de personas que configuran sus clases medias y altas; y el resto formado por las de 1.000 millones de personas cuyos ingresos, pese haber crecido de manera vertiginosa en las últimas dos décadas, aún tienen un nivel de vida y de bienestar muy primario. ¿Cómo gobernarlos a todos? Ese es el verdadero gran reto del tándem dirigente Xi-Li.

El complejo entramado de iniciativas al que llamamos por el genérico de reforma, tiene el objetivo último, como así lo han ido reafirmando los diferentes dirigentes del país desde finales de los setenta, de transicionar el régimen comunista y de planificación estatal que caracterizó el paradigma durante la era Maoísta hacia un sistema más de mercado, abierto y en donde el sector privado y las libertades individuales tengan un peso cada vez mayor. La manera y forma de afrontar este reto por parte la élite china no tienen precedentes en la historia y, por el momento constituye un caso de gran éxito. Solo basta poner las cifras encima de la mesa.

¿Qué nos espera para los próximos años? El desarrollo de un modelo industrial no requiere de grandes sofisticaciones institucionales, un mínimo de estabilidad política, apertura al capital extranjero y a los mercados exteriores, así como un mínimo reconocimiento de la propiedad privada para ciertos actores en determinados sectores pueden ser elementos suficientes para que, una economía que partía de una situación inicial paupérrima y dramática (tras los estragos causados por el socialismo chino de Mao), pueda experimentar procesos de rápida convergencia y crecimiento. Es mucho más fácil el modelo de copiar y mejorar a partir de fabricar más barato y exportar el resto del mundo, que un modelo económico basado en el servicio y la innovación en donde se necesitan esquemas aún más dinámicos y abiertos, economías más capitalizadas y con un mayor grado de seguridad jurídica y de respeto a la propiedad privada.

En este sentido, las reformas a las que tiene que hacer frente la República Popular son, a juicio de este analista, mucho más ambiciosas y de una mayor profundidad que las acometidas en las tres décadas precedentes. Entre otras muchas, nos encontramos con la compleja y al mismo tiempo ineluctable reforma de los mercados financieros. Esta reforma es imprescindible por varios motivos. En primer lugar, porque es un elemento indispensable para mejorar la eficiencia de las inversiones en China y mejorar el acceso al crédito de las empresas del sector privado. Al mismo tiempo, la reforma financiera permitirá expandir el consumo chino al permitir un mejor retorno al gran ahorro de las familias y las empresas chinas y que, en el sistema actual, queda preso para financiar de manera constante el insolvente tejido de empresas públicas. Por último, la reforma financiera es paso clave y previo a la posterior apertura paulatina de la balanza de capitales de China y la libre fluctuación del yuan. Ambas, condiciones ineludibles para proseguir con la senda del crecimiento sostenido del país.

The battle against corruption in China (English version)

This month, China celebrates the 65th anniversary of the proclamation of the People’s Republic by Mao Zedong in 1949. Few countries have changed so much and so fast since then. In 1949, the landscape peeking from the Forbidden City could not be bleaker, and the contrast with the dynamism and complexity of today’s China could not be greater. In 2012, the last generation of leaders of the Communist Party, the new and last China dynasty, took place. It is a Marxist dynasty, not feudal; administrative technocracy whose story seeks to satisfy the old “mandate of Heaven”, ancient source of legitimacy of the Chinese emperors, by which power derives its legitimacy of exercise as long as it is able to ensure the safety and welfare of the people. After the failure of Maoism during three decades of upheaval and famine, Deng Xiaoping made ​​a complete turnaround in Chinese politics, from the ideological autarky to openness and pragmatism; growth took precedence Marxist dogma faith. Globalization, the growing role of markets and the private sector did the rest.

While China awoke, their old political structures remained unchanged: Chinese corrected direction without changing the boat. The mechanisms of power established by Mao proved to be very useful to Deng, real architect of the new China and statesman without which it is impossible to understand the geopolitical configuration of Asia today, who used to pilot the program “reform and opening” which has marked the political agenda since the late seventies. The new ruling tandem, Xi Jinping (president) and Li Keqiang (prime minister), have two priorities: continue reforms and fight against corruption. Regarding the first point, little has been done. The reform aims to deepen the modernization and promote the gradual integration of China into the global economy, which is already a major player. Despite the well-intentioned statements, in the last decade legislative progress has been rather shy and many analysts described it already as the lost decade. The privatization of many state enterprises is postponed sine die, and so does the liberalization of certain markets, especially the banking and financial markets.

There are important and very powerful vested interests of a few that are impeding reforms for the whole. The Asian giant must not only advance their reforms, but to do so harmoniously and prudent, following the classic precept of “crossing the river by feeling the stones.” Therefore, it is essential to have a strong and legitimate leadership basis for the assembly to complete its particular path of prosperity and growth in the coming years. Political reforms crosses at this point: the inevitable battle against endemic corruption that threatens the legitimacy of the structures and, by extension, the Party, which is the main instrument of governance and economic transformation. Xi Jinping, a ‘prince of the Revolution’ as it is called on leaders to come from illustrious families who fought to regain sovereignty of the republic back in the thirties and forties, is probably the leader who concentrates more power since the times of Deng Xiaoping. They say he is a person of great virtues: possessed great intelligence, very confident, with high self-esteem and good control of his emotions, that he does not let it to interfere with his decision making process. It’s not as charismatic as the ousted Bo Xilai, but arouses sympathy among the Chinese people, who see him as a person of great preparation and courage to make tough decisions, for instance, against corruption. Xi belongs to the generation of leaders who faced harsh and complicated personal situations during the Cultural Revolution (1966-1976), which has forged strong-willed leaders and fully vaccinated to the fantasies of Marxist creed.

At the beginning of his term, Xi said that he will fight against corruption against “tigers and flies.” So it has been. Under his tutelage and control many scandals, of all kinds and at all levels, have been uncovered. Some can only be understood from the political angle (such as the aforementioned Bo Xilai, who wanted to played the position of supreme leader against Xi), others respond to genuine desire to clean up institutions to strengthen the country and had reached the highest levels of the superstructure: Zhou Yongkang, is going to be the first former member of the Politburo Standing Committee to be judge for corruption. If the progress of reforms alone is already a challenge, the battle against corruption is even higher, since it poses important dilemmas for the fragile balance between what’s good for the country and what is good for the Party. Any false movement could jeopardize the historic transformation that China is living.

Rule of Law

In the West, the fight against corruption is achieved with a continuous institutional improvement based on the principles of rule of law, separation of powers and an effective and continuous self for each of them, especially by civil society, the last audit system: the stronger it is, the more stressed and healthy institutions. At the end, the system works the better because it produces higher levels of wealth and its distribution is considered also, right and fair by society in general. In a libertarian social order we all are, in a greater or lesser extent, a counter-power peace, contributing to stress, in a good way, constantly between ruler and ruled. Principles, such as freedom of the press, are essential to keep alive our democratic systems. So keep in check and correct situations of discretion, abuse of power or monopoly of state power. When situations “mass dismissal” occur in the civil society and, as citizens, we stop to control the power, or the state colonizes dangerously too many areas of civil society, the framework of coexistence becomes more fragile, institutions fall prey to vested interests and the economy is irreparably damaged, as professor Niall Ferguson from Harvard University argues in The Great degeneration.

But in China, a civilization disguised as ‘nation-state’, these concepts inherent in a libertarian free society are not met. There is no separation of powers, no rule of law, and no freedom of press. The state-party supplies all these functions and is flaunting a very strong monopoly power. This basic facts, makes that the fight against corruption in China involves simultaneously to erode dramatically and inevitable the power structures which are, at the same time, essential to ensure the governance of the nation and the progress of reforms. In other words, the fight against corruption is an inevitable battle to save the country, but doing so involves taking a high risk -risk that Xi Jinping is currently taking, (for many, even too much of this risk)- because it involves torpedo system legitimacy which, at the end, could open the way to the hull the whole ship. A failure in the intensity of the shot could you end up causing the collective shipwreck scenario not interested nor China nor for the rest of the world (if there is still someone who thinks can benefit from the collapse of China this is due to simply miscalculation).

It is impossible to ignore the protests these days starring Hong Kong citizens to democratically choose their political leaders. The authoritarian and standardizing Chinese mentality collides with a polychrome and complex reality where political factors are mixed with cultural-identity, ethnic and historical issues. Sovereignty over its territory is always a delicate issue for the Asian giant. Many of the wounds during the so-called “century of humiliation” when the country was under the control of various foreign powers, remain open: Hong Kong it’s a very sensitive terrain. Beijing does not avoid talking about political reform and many coteries of the capital are discussed the next steps for the regime to move towards a system that can become more likely to a constitutionalism regimen. However, the ruling elite will not allow, as it once did, that the  tempo and the agenda of the further reform came imposed from third parties outside the Party, hence the fragility of the situation. As Xi Jinping said the very beginning of his term: “We have to fix the engine of the plane without losing altitude.” Quite a challenge for the longest living civilization on the planet.

PIIGS (4): Grecia

De las cinco PIIGS, la helena es la economía que seguramente se enfrente a un cuadro macroeconómico más complejo y, sin duda, cuya deuda soberana más cerca está de caer en default. No en vano, algunos analistas como Martin Feldstein han descontado este hecho recientemente. No sólo la economía Griega se ha beneficiado de una ventajosas condiciones crediticias que ha servido de base al crecimiento durante la etapa expansiva, sino que además parte de este crecimiento se ha basado en un fuerte estímulo del gasto público (la naturaleza del déficit heleno es más bien estructural). Para más inri, este fuerte endeudamiento resultado de repetidos y abultados déficits fue convenientemente maquillado por Goldman Sachs. Nuevamente, la combinación de una política monetaria excesivamente laxa y un déficit estructural de la economía helena durante estos últimos años ha propiciado una fuerte pérdida de competitividad insostenible con el “nivel de vida” llevado hasta el momento. En la actualidad, el cuadro macroeconómico de Grecia se caracteriza por un elevado endeudamiento del 113% del PIB, una fuerte contracción del PIB, y un diferencial de tipo de interés en aumento lo que alimenta el circulo recesivo al que se enfrenta. Para enderezar este complicadísimo cuadro macroeconómico el primer ministro Yorgos Papandreu se ha embarcado en un dramático plan de contención fiscal que todavía esta por ver si conseguirá atajar la hemorragia de gasto público y podrá devolver los más de 200 millones de dólares que adeuda a prestamistas extranjeros. Ahora esta por ver si dicho plan llega o no a tiempo…