Deshaciendo Errores, la nueva novela de Michael Lewis

Los descubrimientos sobre el funcionamiento de la mente derivados de los célebres trabajos de Danny Kahneman y Amos Tversky, han puesto en tela de jucio (entre otras cosas) el grueso de hipótesis de los modelos económicos estocásticos anclados en los supuestos de racionalidad y objetividad de la información (ie homo economicus). Al margen del debate sobre el alcance e implicaciones de estos descubrimientos en el ámbito de la macroeconomía (las aplicaciones de los economistas Richard Thaler o Cass Sunstein, por ejemplo, a mi juicio, restan más que suman; pero ese es otro tema), el trabajo experimental de los dos pensadores israelíes constituye una contribución fundamental para aproximar los misterios de la mente y mejorar los procesos de toma de decisiones en múltiples ámbitos: desde el marketing, el deporte, el mundo de la inversión o los recursos humanos. Un trabajo académico que aproxima un poco mejor  las limitaciones (y fortalezas) de la inteligencia humana en comparación con, por ejemplo, la inteligencia computacional.
Recorrer la trayectoria personal e intelectual de K y T es el objeto de estudio, -trama-, del último libro, -novela-, de Michael LewisDeshaciendo Errores. Kahneman y Tversky y la amistad que nos enseñó como funciona la mente (Debate, 2017). En él, el autor se sirve de la provechosa amistad y relación profesional entre ambos estudiosos como eje para recorrer de nuevo el camino andado por ambos. El libro recuerda vivamente el excelente Moneyball, -hasta cierto punto, Deshaciendo Errores puede leerse como una secuela-, y, al igual que en otros libros del autor, se trata de un ensayo cosido con las técnicas narrativas propias de la novela. En este caso, Lewis se sirve de las biografías de los dos investigadores israelíes, -la Historia delEstado de Israel hace de escenario de fondo-, para aproximar los descubrimientos de Kahneman y Tversky y que han dado orígen a la hoy aún joven disciplina de la economía del comportamiento.
De manera acesible, se nos introduce el concepto de “efecto halo”, “efecto dotación”, o la mayor aversión a las perdidas, entre otros muchos sesgos y mecanismos que explican, en parte, la gran caja negra que sigue siendo la mente humana. Parte princial del éxito de K-T descansa en su gran habilidad en hacerse buenas preguntas y diseñar ingeniosos experimentos. K y T desarrollarán sus vidas por separado, aunque con elementos muy similares, -mismos estudios, paso por el ejército israelí, periodo de investigación en EE UU-, hasta que en la primavera de 1969 crucen sus caminos y unan su destino definitivamente para siempre. Es entonces donde empezarán una amistad y una intensa colaboración académica, no exenta de conflictos y altibajos,  enormemente prolífica y fructífera.
A través de la vida de ambos personajes, Lewis traza la historia del desarrollo moderno de la psicología del comportamiento con aplicaciones prácticas en muchas ramas del saber, entre las más conocidas el marketing y la economía, pero también el deporte. Con cada nueva hipótesis, con cada nuevo experimento, un nuevo error al descubierto.
Como buenos científicos, Kahneman y Tversky entienden que una buena teoría  tiene que ser (básicamente) práctica, aplicable en el mundo real; tiene que permitir solucionar algún problema. La gran admiración del filósofo Nassim Taleb, por ejemplo, hacia intelectuales como K-T es precisamente porqué ambos pertenecen al selecto grupo de científicos que dan más valor a algo que funciona pero no sabemos explicar, sobre algo que pensamos que sabemos explicar, -tenemos una buena teoría-, pero que no funciona en la práctica.
La economía del comportamiento ha permitido, por ejemplo, (de nuevo), demostrar la excasa validez de los modelos macroeconómicos basados en “expectativas racionales”, nos ha dado perspectiva sobre lo (relativamente) malos que somos los humanos trabajando con probabilidades, o muchos de los sesgos que aplican inconscientemente a nuestra mente a la hora de tomar decisiones o hacer predicciones (véasen los artículos seminales “On the Psycology of Prediction” [1973] o “El jucio bajo incertidumbre. Heurísticas y sesgos” [1974], dos de las obras por las cuales luego Kahneman recibiría el Premio Nobel en 2012; Tversky murió prematuramente de un cáncer en 1996). La misma obra de Taleb,  muy centrada en nuestras limitaciones a la hora de trabajar con probabilidades y predecir el futuro, tiene uno de sus principales apoyos en los trabajo previos de K-T.
Una de las grandes conclusiones del libro es precisamente nuestra muy limitada capacidad de hacer jucios de valor debido a que somos víctimas de múltiples prejuicios, asociaciones incorrectas, asimetrías, y un largo etcéteras, lo que limita mucho nuestro éxito a la hora de elegir.
El trabajo de Lewis en muchos aspectos, resulta una lectura complementaria -calificadora en muchos aspectos- al bestseller del propio Daniel Kahneman, Pensar deprisa, pensar despacio (Debate, 2012), en donde, el investigador judío sintetiza su obra académica de toda una vida (desarrollada en gran parte en el artículo clave de K-T, “Prospect Theory. An Analysis of Decition Under Risk” [1979]), conjuntamente con su colega y amigo Tversky), con carácter divulgativo. El libro de Lewis, no únicamente abarca los desarrollos de K-T, protagonistas principales de esta nueva novela de no ficción del autor americano, sino que incorpora una decena más de psicólogos que con sus contribuciones han ayudado a construir las teoría de la psicología moderna y el grueso de ciencias del comportamiento.
Un nuevo gran libro de un gran maestro de contar historias.

Los porqués del estancamiento y cómo huir de él explicado por Daniel Lacalle

La crisis de 2008 va más allá de una simple acumulación de riesgos. Y como coinciden todos los analistas, incluso los más keynesianos, este apetito desmedido de riesgo no se entiende sin tener en cuenta el papel central jugado por los Bancos Centrales, y muy especialmente de la Reserva Federal. Pese a lo equivocado de este enfoque, este tipo de políticas han seguido siendo las reinas del baile en el escenario post-crisis y, como explica en detalle el economista Daniel Lacalle en su último libro Escaping Central Banks Trap, han pasado a ser pieza central para explicar el estancamiento económico y la alta inestabilidad de los mercados financieros haciendo cierto aquello de que mata más el remedio que la enfermedad.

Escape from the Central Bank Trap: How to Escape From the $20 Trillion Monetary Expansion Unharmed by [Lacalle, Daniel]

Durante siglos, reyes, gobiernos y bancos centrales, han utilizado la inflación, el incremento de la cantidad de dinero, como salida fácil y rápida ante cualquier problema económico, especialmente los derivados de un exceso de deuda y malas inversiones de capital. La última gran crisis financiera no ha sido ajena a este esquema. Tras 24 billones de dólares en estímulos monetarios y más de 650 reducciones de tipos de interés en todo el mundo, el balance en términos reales es ciertamente desalentador: tanto en Europa como en EE UU hemos visto como la deuda, origen del problema, seguía creciendo, la participación laboral caía, mientras el crecimiento de los salarios y el PIB se estancaban. Basta dar un vistazo a los grandes números: en EE UU, por ejemplo, las políticas ultra-expansivas han servido para incrementar la deuda en casi 10 billones de dólares, por tan solo 3,6 billones el PIB. Cifras que deberían de haber hecho cuestionar este tipo de estrategia anti-crisis desde ante tiempo.

Si bien la actuación de los bancos centrales fue imprescindible en un primer momento y evito el colapso del sistema de medios de pago, a partir de 2011, este tipo de políticas han ido orientadas exclusivamente ha favorecer un incremento del PIB sin importar los costes. La intervención inicial de la Fed y resto de bancos centrales, como decíamos, se hace ineluctable por la propia naturaleza de la arquitectura financiera, –lo explicó en su día brillantemente Lorenzo B. de Quirós–. Las inyecciones de liquidez permitieron la estabilización de los mercados en un primer momento y salvar lo peor. Los problemas surgieron cuando el objetivo de la política no era ya la estabilización de unos mercados en pánico para convertirse en (estéril) herramienta para el crecimiento, problemas en los que Lacalle centra su análisis de línea argumental similar a la seguida por Jim Rickards o Peter Schiff.

Los incrementos en la inflación –es decir, la cantidad de dinero–, han vuelto a generar (sorpresa) fuertes distorsiones en los activos financieros y los bienes raíces que volvían ajustar sus precios al alza. Especialmente preocupante la burbuja en los mercados de deuda hoy reflejada en hecho incontestable de más de 11 billones de dólares en bonos en terreno negativo. Un hecho inexplicable y cómo sabemos todas las crisis financieras son el resultado de la concentración de inversiones en activos sobre los que el consenso considera que tienen muy poco riesgo.

Por añaduría, estas políticas no únicamente no servían para corregir los desequilibrios macro, sino que peligrosamente generaban una gran factura entre la economía real -víctima de la falta de reformas-, y la financiera -inflada por los excesos de liquidez. En un estudio del Bank of America de 2015, se concluía que, tras 600 bajadas de tipos y 12 billones de dólares en estímulos:

  • Por cada empleo generado durante el periodo de políticas ultra-expansivas (QE), el conjunto del sector corporativo había recomprado acciones -una forma de retribuir al accionista- por valor de 296.000 dólares.
  • 100 dólares invertidos tras la crisis tenían en 2015 un valor de 205 dólares mientras que los salarios reales estaban estancados en niveles de 2008.

Unos resultados no únicamente decepcionante sino que ahondan en una fractura preocupante en la sociedad entre aquellos que pueden protegerse de esta inflación y lo que no. En efecto, las políticas de tipos cero y programas de compras de activos (QE) han favorecido a los mercados financieros, a las nuevas empresas, y altos perfiles de riesgo mientras penalizaban enormemente a trabajadores y ahorradores. Insostenible en el largo plazo y profundamente injusto en la medida en que se generan diferencias entre aquellos que pueden proteger sus ahorros de la inflación monetaria y los que no.

En somero resumen, este es el escenario que se deriva de haber abordado una crisis esencialmente de solvencia y estructural, que exigía reformas y ajustes en los balances, como si fuera una crisis coyuntural y de liquidez. El origen de esta crisis de solvencia, derivado de un largo y generalizado proceso de mal inversión (una nueva burbuja), no es otro que la manipulación excesiva de la oferta monetaria por parte de los bancos centrales, y muy especialmente de la Reserva Federal. Es decir, una nueva burbuja y por los mismos motivos por los cuales se generó la penúltima, la inmobiliaria.

Los bancos centrales imprimen dinero, no crecimiento

En Europa, el Banco Central Europeo ha seguido el mismo camino que la Fed con unos resultados igualmente pobres. Desde finales de 2015, el Balance del BCE se expandió en 2 billones de euros, hasta alcanzar un tamaño equivalente al 35% PIB de la zona euro. En poco más de dos años, el BCE se ha convertido en tenedor del 10% de la deuda pública, y el 9% de los bonos corporativos. El exceso de liquidez acumulada supera el billón de euros. Estas condiciones han forzado a los inversores a incrementar sus perfiles de riesgo. Buena prueba de todo lo anterior, es el hecho de que según Bloomberg, la eurozona acumula ya más de 4.2 billones de euros en bonos en terreno negativo. Por otro lado, el QE ha tenido un carácter deflacionario en tanto en cuanto a enquistado malos activos en los balances, impidiendo su limpieza, y perpetuando la situación pre-crisis de sobre endeudamiento y sobre capacidad.

Pese a toda la artillería monetaria, el IPC se ha mantenido muy débil en tasas inferiores al 1% (excluyendo energía). Por otro lado, los niveles de confianza y la tasa de inversión aún esta muy por debajo de los niveles pre-crisis según se desprende de los informes de Fitch. Síntoma claro de todo lo anterior, es que estamos inmersos en la recuperación más anémica de las últimas cinco décadas.

Desde las atalayas oficiales, se arguye que los motivos de este anémico crecimiento y que justifican estas acciones tan contundentes por parte de los Bancos Centrales, es un “exceso de ahorro” -un bajo ratio de inversión en relación al ahorro-por parte de los agentes económicos sin tener en cuenta que este bajo nivel relativo se debe a la inusualmente alta tasa de inversión durante el periodo 2001-07, y que se corresponde con la gestación de la burbuja. Sin embargo, si tenemos en cuenta la naturaleza de la crisis y la grabe distorsión de la estructura económica durante la gestación de la burbuja, el proceso de desapalancamiento que están experimentando familias y empresas, pese al empeño en sentido contrario del instituto emisor, no únicamente es deseable sino que resulta ineluctable para poder emprender un nuevo ciclo de crecimiento sobre una base realmente sólida. No seguir este curso lógico, significa sentar las bases para una nueva crisis financiera.

Lo cierto, es que la creación masiva de dinero ha sido la tónica habitual en las últimas, como mínimo, cuatro décadas, tanto en Estados Unidos como en Europa. Desde su creación, el BCE no ha parado de facilitar la expansión del crédito. Entre 1999 y 2008, el crédito al sector privado se incremento un 225%, mientras la cantidad de dinero en circulación se doblaba.

Desde esta perspectiva, el comportamiento del BCE, también de la Fed, no ha favorecido la necesaria corrección de los desequilibrios macro en los mercados, sino que ha servido para perpetuarlos: únicamente hemos cambiado deuda privada por pública sin que, en el entre tiempo, se hayan abordado los verdaderos problemas en la arquitectura del sistema y del modelo productivo. Huelga decir, que el instituto emisor no ha aplicado esta política expansiva -vía TLTRL y otros mecanismo- por muto propio, basta recordar la postura inicial de Tritchet o del alemán candidato a sucederle Axel Webber, sino más bien cediendo a la presión de los gobiernos sobre-endeudados y con pocas ganas de ajustar el gasto y emprender reformas que permitiese reactivas los ingresos públicos. Gracias a estas intervenciones, por ejemplo, hoy, pese a las dificultades de España por cuadrar sus cuentas y su abultadísima tasa de paro, el ‪bono nacional a 10 años cotiza por debajo que el ‪bono americano.

¿Cuáles son los riesgos?

Esta continuada dosis de “dinero fácil” durante dilatados periodos de tiempo solo favorece una estructura económica frágil y débil, adicta a la deuda y a los bajos tipos de interés para sobrevivir, vulnerable ante cualquier repunte de precios y tipos de interés. Goldman Sachs estima en 2.5 billones de euros las perdidas derivadas de un incremento del 1% en el IPC global. La situación es tan frágil, que una leve subida de los tipos implicaría un drástico recorte en el gasto público para mantener el déficit actual. Los Banqueros Centrales como Draghi se ufanan en argumentar que la política monetaria ha de servir para favorecer reformas, pero lo cierto es que mientras haya barra libre de liquidez, los incentivos para afrontar reformas estructurales, que conllevan un importante coste político, son nulos. Dicho de otro modo: solucionar los problemas, -mejor dicho, esconderlos debajo de la alfombra del gasto público-, sale gratis y políticamente rentable. Basta ver el caso de España: la agenda reformista se concentró en el periodo 2012-2014, cuando apretó la prima de riesgo; cuando Draghi esterilizó los mercados con sus palabras mágicas, se relajó la prima de riesgo -de forma artificial- y con ella también el impulso reformista del gabinete de Rajoy.

Llegados a este punto, afrontamos la cuestión principal que se plantea Lacalle en su libro: ¿cómo escapamos de este callejón sin salida? Necesitamos reformas.

Pocas cosas son tan fáciles -cuando se ostenta el monopolio de emisión de moneda- que ponerse a imprimir dinero para pagar dinero. Algo similar podríamos decir del gasto público. En suma, si algo tienen las políticas de demanda es que son tan fáciles de vender como de implementar. Sin embargo, la clave esta en la oferta, en las reformas: mucho más complejas siempre de pensar, vender e implementar reformas. Pero por pasos.

Primero: urge normalizar la política monetaria; algo en lo que parece que, aunque tímidamente, se ha avanzado. De forma inevitable, más tarde o más temprano, la bolsa se desinflará y el rendimiento de los bonos volverá a subir, como se viene advirtiendo desde no pocas tribunas.

Los ciudadanos y las empresas no son inmunes a este escenario. Por añaduría, esta subida de tipos es especialmente importante para la propia credibilidad del instituto emisor, Fed y BCE a la cabeza, encargados -en teoría- de salvaguardar el poder adquisitivo de la moneda, un mandato que se ha incumplido de manera especialmente intensa en estos últimos años y que supone un ataque a los mismos fundamentos democráticos.

Para mejorar la solvencia de los agentes económicos ante este potencial escenario adverso la bajada en la presión fiscal -en su sentido más amplio- resulta una pieza central. Urge facilitar el ahorro de las empresas y la clase media.

La prosperidad y la riqueza son siempre el resultado de la acumulación de capital, ahorro, no deudas. Bajar los impuestos no significa eliminar los servicios públicos, sino simplemente racionalizar el gasto y mejorar los incentivos para la correcta y eficiente utilización de los recursos públicos.

Además de la rebaja de impuestos, la otra gran clave para, de verdad, mejorar el potencial del grueso de las economías de la OCDE es la implementación de reformas que faciliten la inversión y el emprendimiento. Lacalle hace especial hincapié en la liberalización de mercados -laboral, energético, antiguos monopolios, o bancario, entre otros-, simplificar normas, reformar la administración pública reduciendo y unificando trámites, pero también fortalecer los principios de propiedad privada y ‘rule of law’ (pocas leyes, justas e iguales para todos), son algunas de las grandes ideas guía que deberían guiar un programa económico verdaderamente encarado a la reactivación del crecimiento y el empleo.

La defensa de la propiedad y el imperio de la ley (que necesariamente implica una nítida separación de poderes), son las bases que permiten asegurar un gobierno efectivamente limitado, requisito esencial para un régimen democrático en donde se ejerza la voluntad de la mayoría asegurando la protección de derechos (negativos) de las minorías.

Estas reformas son igualmente esenciales desde el punto de vista fiscal: una bajada de impuestos siempre tiene que venir acompañado de reformas que, juntamente con el propio efecto balsámico de la bajada impositiva, ayudan a impulsar los ingresos fiscales y cerrar la brecha en el déficit, segunda pieza esencial -la primera es la normalización de tipos- para recuperar la confianza en los mercados financieros y reducir la hoy aún elevada volatilidad.

Así se cierra el círculo. Las reformas son ineludibles si se quiere escapar del actual escenario de represión financiera -tipos cero, penalización del ahorro-, de manera que la limpieza en la economía debido a la normalización de la curva de tipos se compensa facilitando un terreno fértil a la inversión y a la captura de nuevas oportunidades. Huelga recordar que la Revolución Tecnológica -la cuarta revolución industrial, como ya muchos la llaman- rema a favor del cambio, el crecimiento de la productividad y el progreso para aquellos países que tengan la valentía y la inteligencia para actuar en consecuencia.

A modo de conclusión: guía para inversores 

Los Bancos Centrales no desaparecerán, apuesta Lacalle, en el medio-largo plazo y las políticas inflacionistas seguirán lo que obliga a todos los inversores/ahorradores a tomar decisiones con un cierto componente especulativo: no hacer nada es la opción que mejor nos asegura la devaluación de nuestros ahorros. Estas son hoy las reglas del juego, nos guste o no.

La salida al escenario recesivo pasa por recuperar la clase media lo que pasa precisamente es normalizar la política monetaria, -subir tipos-, reducir deuda, reducir impuestos y emprender reformas. Una salida que requiere esfuerzo, apelar a la responsabilidad individual de todos, ajustar gastos, y generar un marco de convivencia más libre, abierto y dinámico. Pero es la única salida, el resto son solo brindis al sol que lejos de avanzar en una solución positiva son soluciones que hipotecan aún más nuestro futuro. Ni el gasto, ni la deuda ni la inflación son soluciones a nada.

Recapitalizar la clase media, permitirá aumentar la renta disponible, subir tipos y liberalizar mercados facilitará una situación en donde la colocación de capital vuelva hacerse de forma descentralizada, en el mercado, y no de forma dirigida, como sucede ahora con el peligroso mix, fuente del estancamiento, que supone tipos cero, elevada bancarización, y bancos controlados por una regulación bancaria -Basilea III y aledaños- propia del Gran Hermano de Orwell en donde, de facto, los diferentes bancos -modelos/perfiles de riesgo- van convergiendo peligrosamente a un modelo único (una banca pública encubierta que nos hace más vulnerables y sistémicos ante la próxima crisis).

De la lectura del libro de Lacalle se vuelve a desprender el importante mensaje de que en la base de estas malas políticas, fiscales y monetarias, subyacen “malas ideas”: un keynesianismo -sin Keynes– fiscal y monetario que no ha servido para corregir los desequilibrios que nos empapujaron al abismo en 2008, sino para perpetuarlos. Únicamente el sector privado -familias y empresas- se ha ido reduciendo la posición de deuda pese a las fuertes trabas y los incentivos en contra de Bancos Centrales y Gobiernos.

Al final, subyace la verdad absoluta de que la creación de dinero sin respaldo de ahorro real previo esta detrás de todas las crisis. Urge escape de la “trampa de los Bancos Centrales” para lo cuál pieza indispensable es contar con ciudadanos cada vez más consientes de las consecuencias nocivas de los efectos -no siempre visibles en el corto plazo- de las políticas inflacionistas, como señala bien Daniel Lacalle. La inflación no es ningún objetivo de política económica (salvaguardar el poder adquisitivo de la moneda si lo es, por ejemplo) sino un mal síntoma de que las cosas llevan -de forma más intensa o menos- un rumbo insostenible.

La inversión productiva es resultado de las fuerzas dinámicas y competitivas del mercado, proceso dinámico y cambiante, la “destrucción creativa” de la que habló Shumpeter, el más ecléctico de los economistas austríacos; nunca es el resultado de la decisión de ningún comité central (argumento que se observa de forma clara en el extremo, en economías planificadas). Los Bancos Centrales, lo recuerdo una vez más (es una de las frases que no se cansa de repetir el autor), pueden imprimir papel moneda, no crecimiento.

Concluyó estas breve reflexión al propósito del libro de Lacalle de la misma forma en la que el autor cierra de forma clara el libro. Recapitalicemos nuestras economías, desintoxiquémonos de la adicción al crédito fácil, recuperemos la clase media, salvemos nuestros sistemas democráticos. Esta en nuestra mano que así sea.

La imposibilidad científica del socialismo

Este año se cumple el primer centenario de la Revolución de octubre de 1917. Una revolución que derrocó el gobierno provisional de la incipiente República rusa que había echado andar a duras penas tras la abdicación en marzo del último zar Nicolás II. En 1920, en pleno apogeo de la Guerra Civil entre bolcheviques y el resto del país, el economista austríaco, –de patria y pensamiento–, Ludwig von Mises publicaba el artículo seminal “Economic Calculation in the Socialist Commonwealth” donde de manera clara demostraba la imposibilidad científica del cálculo económico en una economía planificada: sin competencia por los recursos, sin propiedad, resultaba imposible la asignación eficiente de los mismos. Dos años después, coincidiendo con la constitución oficial de la URSS, Mises escribía una de sus obras más notables Socialismo. Análisis económico y sociológico.

En esta obra monumental, Mises realiza una pormenorizada crítica al socialismo tanto desde un punto de vista económico y social, como desde una dimensión moral y ética. Se trata de una crítica al sistema socialista basado en la colectivización de los medios de producción, la eliminación de la propiedad, en mayor o menor grado, y la instauración de un orden económico basado en el intervencionismo del Estado en todas las esferas de la vida económica y social. Una cosmovisión del mundo que fue la corriente dominante en Europa y el mundo durante buena parte del siglo XX y que Mises experimentó en primera persona.

Durante la Primera Guerra Mundial, Mises sirvió como capitán de artillería viviendo en primera persona la derrota de su patria lo que le confirmó las muchas críticas que ya había desarrollado desde muy joven a la política nacionalista que había caracterizado los años previos a la contienda y que él asociaba al debilitamiento social y económico de su país. Más tarde, sufrió en propia piel la persecución nazi por su doble condición de judío y librepensador, y la del KGB soviético después, teniendo que emigrar a Estados Unidos en 1940.

La obra y vida de Ludwig von Mises están marcadas por su compromiso con la búsqueda de la verdad científica. Mises responde al arquetipo que inmortalizó Ayn Rand en el personaje de Howark Roark de El Manantial. –novela que entusiasmo a Mises–, ejemplo de coraje intelectual y moral inquebrantable. Mises nunca se dejo tentar por la fama fácil que otorga la espectacularidad de promesas irrealizables, cargadas de falsas expectativas y que únicamente conducen a la servidumbre de la inflación, los impuestos y regulaciones superfluas y excesivas.

La ciencia no únicamente consiste en buscar la verdad sino también tiene la obligación de desenmascarar errores y falacias. Socialismo es un perfecto ejemplo de esto último. La obra resulta también un ejemplo destacado del rigor científico del autor que desarma uno por uno los argumentos colectivistas del credo socialista a partir del individualismo metodológico. El libro consta de cinco partes que pueden leerse como libros independientes. Su punto de partida es la importancia de la propiedad y su relación con la cooperación pacífica o, en su ausencia, la inevitabilidad del uso de la violencia. A continuación, se exponen los fundamentos del socialismo y su imposibilidad para operar, y donde también se realiza la crítica a la pretendida “inevitabilidad del socialismo”, uno de los pilares del pensamiento marxista. El libro incluye una reflexión moral y ética sobre el socialismo y su relación con los orígenes del cristianismo –el comunismo ni empieza con Marx ni, por desgracia, acaba con von Mises–. Por último, la obra incluye una reflexión sobre los intereses de los socialistas y los poderes destructivos, en palabras del autor, la violencia y la importancia de la batalla de las ideas, una constante en la obra de Mises. El libro cuenta también con un apartado final con las conclusiones y un epílogo, célebre, en donde el pensador austríaco señala el carácter antidemocrático del intervencionismo.

Este marcado carácter científico de la obra misiana contrasta con la impotencia marxista a la hora de estructurar de manera sólida la defensa de sus teorías. En su impotencia por desarmar la lógica del liberalismo clásico, los marxistas tuvieron que acudir a los excesos de la retórica, hoy hablamos de post-verdad. Marx ni siquiera pudo, supo, acabar su gran obra El Capital. En Socialismo, Mises desarrolla el concepto de polilogismo para referirse a la tesis marxista que defiende que diferentes grupos razonan de manera distinta que, huelga decir, ningún pensador marxista hasta la fecha ha podido razonar. El polilogismo de clases marxista dio pie al polilogismo de razas Nazi y también esta en la base del razonamiento de cualquier movimiento nacionalista.

Como en el resto de la obra del pensador austríaco, la obra adopta una visión holística de la acción humana y una refutación frontal a doctrinas espurias ancladas en un dualismo artificial que pretende diferenciar entre la acción egoísta, o altruista, como asumen todavía hoy el grueso de pensadores sociales, y como sucede cuando economistas o politólogos pretender diferenciar entre racional e irracional. Estos planteamientos ignoran el carácter subjetivo de la acción y en donde la cooperación voluntaria las acciones de uno no están en conflicto con las del otro sino que tienen que necesariamente disciplinarse a las acciones de los demás.

La crítica de Mises al Socialismo resulta demoledora en todos los aspectos y constituye de alguna manera el tercer acto de un debate intelectual más amplio, importantísimo entre lo individual y lo colectivo, que en tiempos modernos empieza con la crítica de Carl Menger a la escuela historicista alemana (Schmoller y Wagner), escuela que ejercerá una gran influencia en el pensamiento nazi, y la primera crítica al marxismo por parte de Eugen von Böhm-Bawerk; aunque se trate de una crítica aislada y no tan completa como la que desarrollará con posterioridad Mises. La gran conquista del libro de Mises es la demostración de la imposibilidad científica del cálculo económico en un entrono de ausencia de propiedad y de usos alternativos para un mismo recurso lo que permite la formación de precios que reflejen, en cada momento, la escasez relativa de los bienes. Esto era lo mismo que afirmar la imposibilidad de establecer el socialismo como sistema de dirección económica para el mundo entero lo que precisamente pretendía la URSS y muchos intelectuales de izquierda.

No hace falta recordar que el grueso de advertencias lanzadas por Mises desde los años veinte de la pasada centuria fueron desoídas. Tras la Revolución de octubre, que mencionaba al principio, Europa se sumergió en uno de los periodos más oscuros de la Historia universal: más de cien millones de personas murieron en el transcurso del siglo XX a causa de alguno u otra forma de totalitarismo colectivista. Pese a la crudeza de estas experiencias, nuestro tiempo no es ajeno a la ensoñación de pretender dirigir la economía de forma planificada e imponer soluciones desde arriba –aunque sea mediante sistemas democráticos–. La lectura de Socialismo de Mises resulta hoy tan vigente como en 1922 cuando se publicó por primera vez.

Saliendo de una importante exposición de arte en Nueva York, uno de los reporteros le preguntó a Dalí: “¿Qué hay de nuevo en la pintura maestro?” A lo que el genio del Ampurdán respondió de forma automática: “Velázquez.” Sucede lo mismo hoy con Mises y las ciencias sociales.

Brainteasers, Bill Gross

A recent Internet blog posed the predicament of many medium/long-term relationships: At some point couples run out of historical stories or even topical things to say. After all, there are only so many Trump tweets you can talk about, and you’ve long since agreed to disagree about the meaning of life. The blog suggested inventing some new philosophical brainteasers to keep the conversation alive. Having written Investment Outlooks for over 30 years now, I thought it apropos to follow the same approach, so here are my twisters and summary comments following each. Spoiler alert: please think of your answer before reading the “comments”.

1) If forced to choose between killing your favorite pet or an anonymous human being, what would you do?

Comment: In a USA TODAY survey from a decade ago, the majority of responses seemed to favor killing the person and saving the pet!

2) Would you rather be “interested” or “interesting”?

Comment: Most say “interested”, (as would I), but it’s a close vote.

3) If you were offered one year of quality life in addition to how long you would have lived anyway, would you give up your cellphone for it?

Comment: This one creates the most controversy. Young people do not give up their phones. Older people jump at the chance for that additional year. They don’t know how to use a cellphone anyway!

4) If you were stranded on an island with a totally repugnant looking and abusive human being, would you entertain romance with him (her)?

Personal Comment: Maybe at 22, not 72!

5) If offered the certainty of a second life after your current one, but it would be a life of misery with no moments of happiness, would you take it?

Comment: A few actually say yes, suggesting that their misery might in some way lead to happiness for others.

6) Is there an emotional distinction between saying “Luv you” and “I love you”?

Comment: Almost certainly. Inserting the “I” signifies a much stronger – and riskier – personal commitment.

INVESTMENT BRAINTEASER:

Can the Trump Agenda recreate 3% growth?

Well, now, that is the investment question of the hour/day/decade and its conclusion, unlike romance on a desert island, will determine the level of asset prices across the investment spectrum. 3% growth leads to a levered rate of corporate revenue/profit increases and a significantly higher P/E ratio, all else equal. 3% growth also sends a green light/all clear signal to high yield bonds and other risk assets that are leveraged and growth dependent. It may also, although not necessarily, lead to higher real interest rates and a future bond bear market. So what’s the answer?

Northwestern’s Robert Gordon has long argued that lower productivity may now be a function of having picked all of the “low hanging fruit” such as electrification and other gains from 20th century technology.

Well, growth is productivity dependent, and the experts are in a tizzy trying to explain why productivity in the last five years has averaged only .5% versus a prior pre-Lehman “old normal” of 2%+. Fed Chair Janet Yellen, speaking on April 10th, said that no one really knows the answer, which was her way of saying that the past five years’ experience has been three standard deviations outside of the Fed’s model. But others, such as Northwestern University economist Robert Gordon, have long argued that lower productivity may now be a function of having picked all of the “low hanging fruit” such as electrification and other gains from 20th century technology. Then there is the obvious connection between recent years’ low levels of private sector investment, which perhaps begs another as to why that is so low. Optimists claim that the future benefit of smartphones and medical technology have yet to have an impact and that eventually – much like the introduction of the automobile – they will lead to a resumption of historical trends.

But in a detailed report by the IMF, their economists argue that the current trend is an offspring of the financial crisis. Slowing business investment/trade and an ongoing level of low to negative interest rates have resulted in a misallocation of capital to low risk projects and a slowdown in small business creation. Longer term secular demographic factors such as an aging population also play a significant part since older consumers consume less of almost everything except health care. So Chair Yellen may just be sticking to her old models and her educated but “common sense” deficient staff that claims that no one really knows the answer. She may need to “tease” her brain that is so focused on historical but dated economic models. There may be answers and solutions that other organizations are coming to grips with.

The same IMF study suggests that unless there is an unforeseen technological breakthrough, productivity growth is unlikely to return to the higher rates of the 1990’s for advanced economics or the early 2000’s for emerging economics. In other words, their warning speaks to a global productivity slowdown, not just a U.S. based phenomena. They warn that increasing tariffs and developing restrictions on immigration will only exacerbate the slowdown. Global growth, and of course U.S. growth, will be lower than average, they forecast.

High rates of growth, and the productivity that drives it, are likely distant memories from a bygone era.

And if so, what are the investment conclusions? Well here’s where a two handed economist might fall back on the conclusion of my six original brainteasers: There is no right or wrong answer. But since I have two hands but have frequently been accused (praised) of not being an economist, I’ll post my own comment. Equity markets are priced for too much hope, high yield bond markets for too much growth, and all asset prices elevated to artificial levels that only a model driven, historically biased investor would believe could lead to returns resembling the past six years, or the decades predating Lehman. High rates of growth, and the productivity that drives it, are likely distant memories from a bygone era. If you’re “interested” in investment performance, hopefully you’ll find these conclusions somewhat “interesting”. Now pick up your cellphone and know that the only real way to have one more year of extended life is to feast on blueberries instead of Oreo cookies and to exercise daily instead of heading for your couch and widescreen.

Brexit: se consumió el divorcio, Lorenzo B. de Quirós

El Reino Unido ha dado por terminada su participación en la Unión Europea. Desde que, hace 70 años, Winston Churchill lanzó la idea de unos Estados Unidos de Europa hasta la creación del euro en una UE presidida por Blair, las relaciones entre Gran Bretaña y la Europa continental han sido un elemento central de la agenda política en ambos lados del Canal de la Mancha. En el momento del adiós, hay que rechazar un tópico convertido en verdad popular: la idea de un Reino Unido antieuropeo.

La situación actual de Europa guarda enormes semejanzas con la etapa de entreguerras

Margaret Thatcher fue la principal impulsora del mayor programa liberalizador acometido hasta la fecha en Europa, el Mercado Único; Blair fue el promotor de la Agenda de Lisboa, el ambicioso y aparcado plan de reformas estructurales cuyo objetivo era hacer de la economía europea la más competitiva del mundo, y los gobiernos laboristas y conservadores postacherianos fueron campeones de las sucesivas ampliaciones de la UE. Sin embargo, siempre ha existido una profunda discrepancia sobre el proceso de construcción europea entre la visión anglosajona de corte liberal, asumida también por las pequeñas democracias nórdicas, y la continental, de naturaleza corporativo-estatista. La concepción de una «unión más estrecha» abanderada por la Comisión y por un buen número de los Estados ha sido percibida en Britania como un reforzamiento de esa predisposición estato-intervencionista. Los británicos han creído imposible reformar la UE desde dentro y han optado por dejarla. Esta explicación tiende a olvidarse, pero resulta fundamental para entender las causas del divorcio británico y también la persistencia de un problema de fondo que la salida del Reino Unido no elimina. Ahora bien, el optimismo manifestado por muchos liberales partidarios del Brexit ha de relativizarse. Por un lado, una parte sustancial del rechazo a la UE no procede de los partidarios de una Britania abierta al mundo, defensores de un modelo de capitalismo competitivo, sino de los sectores de la sociedad británica para quienes la globalización constituye una fuente de inseguridad y de amenaza para su nivel de vida y, también, para su concepción de una sociedad estable y equilibrada. Por otro, el discurso adoptado por el Partido Conservador supone un retroceso hacia una especie de tercera vía comunitarista, similar a la del conservadurismo prethatcheriano y de evidente aroma corporativista. Su plasmación en políticas concretas haría inviable el plan tory de construir una Britania Global. Sería una recreación dentro del Reino Unido del modelo socioeconómico europeo, que es precisamente del que se pretende huir al abandonar la UE.

El proceso negociador GB-UE debería conducir a un acuerdo razonable que permitiese a ambas aprovechar los beneficios de la cooperación. Pero esta desiderata no parece fácil. Europa no hará un traje a medida para los británicos y éstos no aceptarán un esquema de relación similar al noruego o al suizo que, en la práctica, tienen casi todos los costes de formar parte de la UE y menos beneficios que los derivados de la plena integración. Por añadidura, si salir del marco institucional europeo es gratis, los incentivos para que se produzcan movimientos centrífugos en otros Estados son muy altos. En la presente coyuntura continental parece improbable que la racionalidad económica se imponga a la razón política. En coherencia con este planteamiento, el resultado sería un juego de suma negativa… todos perderemos…La evaluación de los costes del Brexit para el Reino Unido y para la UE es de una enorme complejidad. Existen estudios sólidos cuyas conclusiones son radicalmente diferentes. Las repercusiones de un fenómeno inédito dependen de variables difíciles de prever y de controlar, tanto si el divorcio concluye en una relación beneficiosa para las partes como si culmina sin un acuerdo amigable entre ambas. En este último supuesto, no es obvio anticipar quiénes serán los ganadores y los perdedores relativos de la ruptura. Contemplar el Brexit como un desastre para el Reino Unido es tan irreal como considerarlo una garantía de éxito; estimar que es inocuo para la UE tampoco resiste un análisis económico-político elemental. A priori, sus implicaciones son indudablemente negativas para la UE e inciertas para Gran Bretaña.

La razón es evidente…El Brexit se produce en un momento de crisis existencial del proyecto europeo. La actual situación del Viejo Continente guarda extraordinarias semejanzas con la del periodo de entre-guerras (1918-1939). La puesta en cuestión de las instituciones democráticas por partidos antisistema, el anémico crecimiento de la economía y la evidente pérdida de interés estratégico de Europa para la nueva Administración norteamericana configuran un panorama similar al de aquella turbulenta época. En este entorno, el abandono de la UE por parte de la quinta economía del mundo, de su primer poder militar y del Estado con la red de soft power más consistente de Europa tiene implicaciones sustanciales y adversas para la economía, para la política y para la estrategia de seguridad del Viejo Continente.

En este contexto, el Brexit debería ser una llamada de atención para Europa. Guste o no, el proyecto europeo ha perdido atractivo para amplios sectores de la sociedad. Esto no obedece sólo a los efectos de la Gran Recesión, sino también a problemas estructurales de fondo, el déficit democrático de la UE y la resistencia a adoptar las reformas estructurales necesarias para impulsar el crecimiento, la competitividad y la creación de empleo. La actual UE ha degenerado en una especie de Despotismo Ilustrado al servicio del mantenimiento de un statu quo estatista, que es la causa eficiente de la innegable decadencia del Viejo Continente. Si la afirmación de fe europeísta realizada por todos los Estados Miembros esta semana se traduce en consolidar el marco existente, el futuro de Europa será cuanto menos gris.  Para terminar, el Brexit constituye el mayor movimiento sísmico registrado en Europa desde la caída del Muro de Berlín. Además, se produce en un momento de elevada inestabilidad e incertidumbre en el mundo y en el continente. La magnitud de sus consecuencias no puede ser predicha y dependerá no sólo de cuál sea la relación que se establezca entre la Unión Europea y el Reino Unido en el horizonte del corto, del medio y del largo plazo, sino de las políticas que uno y otro adopten. Ello implica la asunción de un escenario abierto, en el que nada está escrito. Al final, la evolución de los acontecimientos no depende nunca de unas supuestas y quiméricas fuerzas inexorables que rigen la historia y el destino de los pueblos, sino de las decisiones de los individuos y de quienes les representan