Notas sobre la década (4): Los movimientos de resitencia global y el Cambio Climático

Otro aspecto que ha marcado la primera década del siglo XXI son los grandes movimientos de resistencia global: contra la globalización y la guerra de Iraq primero; y contra el Cambio Climático después. En efecto, el primer lustro de la década estuvo marcado por la oposición a la globalización económica, culpable de todos los males del planeta: desde la pobreza endémica en África hasta la guerra de Iraq. Los alter mundistas demostraron su capacidad de movilización en Seatlle, Praga o Barcelona, y coparon portadas de medios de todo el mundo (muchas veces por ataques contra la policía y actos de vandalismo), mientras organizaban un foro alternativo para discutir sobre temas sociales: el Foro Social Mundial (cuya primera edición se celebro en Porto Alegre en 2001). Sin embargo, su inconsistencia e incoherencia intelectual, sumada a la apabullante evidencia empírica sobre los beneficios que la globalización a traído durante estos últimos años a países como China, India, Vietnam, Indonesia, Sudáfrica o Brasil, ha dejado en entredicho a estos grupos que, con el tiempo, han ido despertando menos simpatías.

Sin embargo, si algo caracteriza el socialismo que quedó después de la caída de muro de Berlín es su capacidad de reinventarse a sí mismo. De esta forma, el socialismo ha ido mutando del rojo al verde durante los últimos veinte años. Así, llegamos al boom del Cambio Climático. La teoría del cambio climático de origen antropológico no es de ayer – la primera predicción climática catastrófica debido a la acción del hombre la hizo James Hansen en 1988–, pero estas teorías no se popularizaron hasta 2006 con el docu-drama del activista Albert Gore, Una verdad incomoda. Independientemente del análisis que cada uno haga al respecto, lo cierto es que el Cambio Climático es uno de los grandes temas en los foros de debate global, así como el origen de multitud de movilizaciones, titulares catastróficos (los que venden), y muchas de las nuevas regulaciones que se han ido aprobando estos últimos años en muchas naciones occidentales, que incluyen el mega estímulo a las energías renovables, entre otras medidas de carácter intervencionista. Sin embargo, se trata, en mi opinión, de un debate todavía muy verde, sesgado políticamente, en el que quedan muchas cuestiones abiertas por responder.

El fin del petróleo (I)

Andy Robinson (periodista que mejor no leer)) escribía ayer sobre el fin del petróleo en La Vanguardia. Dicho artículo se hacía eco de la enésima predicción sobre el fin de la era del petróleo. En efecto, desde que el club de Roma pronosticase que el petróleo se agotraía antes de llegar a 1990 en los 70s, con la primera crisis del petróleo, que cada año se revisan dichas predicciones sobre el fin del oro negro que parecen estar condenadas a no cumplirse nunca.

¿Por qué no se cumplen nunca estas predicciones (profecías)? En primer lugar, porqué el mundo es dinámico y cambiante. Si algo caracteriza a una sociedad capitalista es su rápida adaptabilidad: si el precio sube, es reflejo de escasez, hemos de consumir menos de ese bien, así disciplinamos nuestro comportamiento de forma eficiente y dinámica. De la misma manera, una subida en los precios es reflejo de una necesidad que no esta siendo cubierta de forma satisfactoria (si este sistema de precios no esta intervenido), es decir, se revela la existencia de una rentabilidad potencial para aquellos empresarios que sepan satisfacerla. Por eso, cuando la cotización del Brent se dispara, las reservas se multiplican de forma milagrosa. El motivo es simple, las empresas tienen mayores incentivos para buscar petróleo: muchas prospecciones que no son rentables cuando el barril de petróleo oscila entre los 40-50 dólares, sí lo son con el barril a 100 dólares.

Todas estas predicciones catastrofistas sobre el fin del petróleo, junto con los riesgos del cambio climático, tienen un objetivo último muy claro: la justificación de la intervención del Estado y su necesidad para corregir los presuntos fallos del mercado. Se arguye que el sistema capitalista alienta el consumo sin límite y de que las tasas de crecimiento son insostenibles. Sin embargo, paradójicamente, la solución al problema energético es justamente la contraria: más mercado, no menos. El sistema capitalista es el único capaz de asegurar una correcta asignación de los recursos, y disciplinar su uso (como decíamos antes, si el precio sube baja el consumo). Por otro lado, no resulta casual que los dos grandes desastres medioambientales de nuestro planeta hayan tenido lugar en países socialistas: la Unión Soviética y China.

Las nuevas predicciones sobre el fin del petróleo y su supuesto “peak” de producción no nos tienen que alarmar.  La edad de piedra no se acabo por falta de piedras, sino por la invención de una alternativa mejor. Lo mismo ocurrirá con el petróleo. Antes de que se consuma la última gota de petróleo, y si dejamos actuar a los mercados con normalidad, estaremos utilizando otras fuentes de energía mucho más eficientes y mejores que las actuales. Inventar cosas nuevas y mejorar el presente esta en nuestro ADN.